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12 Lazos de familia

EMPANADA DE ACELGAS

Preparación:

Nota a pie de página:

Ahora ya he dejado de temblar. Estoy curada, protegida. Gracias a él. Pero me siento tan deslavada como si tuviera esas acelgas en mi estómago. Y tan cansada que no creo poder mantenerme despierta el tiempo suficiente como para decírselo…

—Esta noche dormiremos juntos.

—Sí, hombre. Deja de vacilarme.

—¿Tengo cara de vacilón?

No. En realidad, tenía cara de mucha angustia y sincera preocupación, allí plantado delante de ella, con los brazos en jarras y la paciencia destinada a una niña terca y un pelín obtusa. Con sus bronceados pectorales bien a la vista y aquella boca de labios gruesos entreabierta.

—Vamos a ver, Carolina. Hemos estado a punto de echar un polvo en plena naturaleza —añadió, por si no había quedado claro—. No pasará nada que no quieras que pase.

—Reivindico mi parte de la casa —proclamó ella con gesto cansado.

—Tu parte de la casa está a dos tramos de escalera de distancia. Si me necesitas durante la noche, puede que ni siquiera te oiga llamarme. Está decidido.

Se marchó a por sus cosas antes de que el fastidio que tanto le incomodaba se convirtiera en auténtico enfado. Carolina no se sintió con fuerzas para detenerle ni para ir detrás. Arrastrando los pies, se sentó en un lateral de la cama y apartó los cojines.

Ethan no tardó en llegar armado con su cepillo de dientes, su peine, el pijama de ositos e incluso los libros que ella se había traído de España.

—He pensado que a lo mejor te apetece leer mientras descansas —dijo con una voz mucho más conciliadora, dejándolos sobre una de las mesillas de noche.

—¿Tanto tiempo piensas que voy a estar en esta cama? —Ethan le respondió con una mirada llena de insinuaciones, se arrodilló y le quitó las deportivas—. ¡Oye! ¿Qué haces?

—Desnudarte. —Caro intentó apartarlo cuando él le desabrochó los vaqueros.

Su corazón comenzó a galopar sin razón aparente.

Él tiró de los pantalones y emitió una risa baja, ronca, que la hizo vibrar todavía más—.

No te hagas ilusiones, aroha . Solo te ayudo.

Yo también soy un hombre del siglo XXI. —Le puso los pantaloncitos del pijama y le quitó la camiseta.

No paraba de decirse que tendría más oportunidades de desnudarla, pero eso no evitaba que las manos le temblaran al hacerlo ahora—.

Tengo todos mis instintos completamente a raya.

—Resopló con disimulo y trató de no mirar.

No iba a acariciarle los pechos, ni a chuparlos, ni a besarlos.

Solo tenía que cubrirlos con la parte superior del dichoso pijama para volver a recuperar la calma—.

También puedo ser racional, sensato y pragmático.

—Eso suena a auto convencimiento.

—Con poco resultado. Lo reconozco. —Ethan le abrió la cama y la ayudó a tumbarse—. ¿Mejor así?

—Me duele.

—No hace ni media hora que te tomaste el analgésico —señaló, consultando su reloj de pulsera para disimular un repentino ataque de impotencia—. Te hará efecto dentro de poco, ya lo verás.

La besó en la mejilla justo cuando alguien llamó a la puerta, haciendo que Carolina abriera los ojos cuando ya empezaba a cerrarlos.

—¿Esperas visita? —preguntó medio adormilada.

—Seguro que son Gavin y Macarena. Les llamé cuando estábamos con Kamballa.

—¡Me aseguraste que no le dirías nada a mi hermana! —exclamó hasta donde le fue posible.

—Y no lo hice. Solo hablé con Gavin.

—Traidor.

—Guapa.

Caro agarró un cojín con toda la intención de arrojárselo a la cabeza, pero él ya no estaba. Y Macarena entraba en la habitación en tromba, seguida por Gavin.

—Hemos venido en cuanto nos hemos enterado, Caro. ¿Cómo estás?

—Mejor. No sé lo que Ethan os habrá contado, pero ya pasó todo.

—Eso díselo a él, que está como un flan de gelatina. —Gavin le acarició la mano y, con la otra, apretó el hombro de Macarena—. ¿No habéis ido al centro médico?

—No. Me fío de él.

Desde el umbral de la puerta, las pupilas azules temblaron al mismo ritmo que Ethan.

Estaba tan conmovido que se derrumbaría delante de ellos si no se marchaba de allí. Aunque lo último que quería era dejarla, bien sola o en compañía, dio media vuelta y desapareció.

—Vuelvo en un rato —dijo, emprendiendo la huida.

Hacía tanto tiempo que no le veía comportarse así, que Gavin no supo si ponerse a saltar de alegría, o ir tras él para darle cera y luego pulirle.

—Voy a tranquilizarlo —señaló con una atractiva media sonrisa—. Caro, te dejo en buenas manos.

—No lo dudes —replicó Maca con jactancia. Después de la primera impresión, sonreía—. Ya pasó todo. ¿Te sientes mejor?

Caro se dejó abrazar. Estuvieron así un buen rato, hasta que ella pudo controlar las lágrimas y sonreír con nerviosismo.

—Sí —respondió.

—No me extraña. Madre mía… Entre esa mole de bíceps cualquiera se cura.

—Esa mole temblaba más que yo, Maca. Está muy asustado.

—Es normal. —Maca se mordió los labios con aire pensativo—. ¿Ya lo habéis denunciado?

—Ethan quería, pero yo le quité las intenciones. Aunque no sé si me hará caso. No lo he visto muy convencido.

—¿Quieres que te ayude a convencerle?

—¡Ya te gustaría! —exclamó Caro, fingiendo enfado—. ¿Tú no deberías beber los vientos por Gavin?

Cuando la oyó, su hermana puso la misma cara que si se hubiera tragado un litro de vinagre a palo seco.

—¿Qué he dicho?

—No ha sido lo que has dicho, sino cómo lo has dicho. —Maca cogió los libros que Ethan le había dejado sobre la mesilla de noche y los alejó de ella todo lo que pudo—. La culpa es de esto. No los vuelvas a leer. Si Ethan te oye hablar así, ¡va a pensar que eres una cursi!

Carolina se rio al pensarlo, pero en seguida un nuevo pinchazo en el hombro la hizo callar.

De repente volvía a sentirse melancólica.

—No me importa. Seguro que no será peor que la opinión que ya tendrá de mí —se lamentó, a punto de hacer pucheros como una niña.

—Seguro, si te ve ponerte así de moñas.

—Es que no le traigo más que problemas, en el trabajo y fuera de él —lloriqueó.

—Oficialmente estás de baja. Ethan se lo dijo a Gavin cuando le llamó —aclaró Maca, apartándole los rizos de la cara—. Los problemas del trabajo ya no existen, pero está lo otro.

Le señaló la herida. Después, puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, como si se contuviera para no echarle una bronca de órdago.

—Carolina, ¿qué estabas haciendo por ahí, perdida con semejante hombre?

—Nada que pueda interesarte, Macarena.

—Eso es lo que tú te crees, bonita. ¿Me lo cuentas o te lo arranco?

—Te lo cuento, te lo cuento —se defendió Carolina, dejándose ayudar por Maca para recostarse sobre su hombro izquierdo—.

Esta tarde me quedé encerrada en el recinto de los tigres.

Con Shiba a punto de hincarme el diente.

Ethan llegó a tiempo de sacarme de allí, y como le dije que quería hablar con él, me llevó a un lugar más tranquilo para hacerlo —siguió Caro, intentando ignorar el gesto serio de su hermana.

—¿Y lo hicisteis?

—¿El qué?

—¡Pues hablar, mujer! ¿Qué va a ser?

¿Eran cosas suyas, o se le estaba poniendo cara de boba solo con acordarse de la conversación y de lo que vino después?

—Sí —respondió, sonriendo sin poder evitarlo.

—Ajá. —Maca fingió que le interesaba uno de los libros de Caro, pero en realidad le daba vueltas a una idea que no tardaría en soltar. Finalmente, lo dejó sobre la cómoda y afrontó la mirada interrogante de su hermana—. ¿De qué?

—Si te refieres a lo mío con Jorge, ya lo sabe.

—¿Y qué te dijo?

—Se lo tomó muy bien —concluyó Carolina.

¡Porras! Hasta el dolor de la herida se le pasaba si pensaba en la sensación de seguridad que la había transmitido cuando le contó lo de sus padres.

Era eso, o que aquel día la cerveza la había afectado más de lo que quería admitir—.

Aunque no le gustó un pelo que Jorge me tratase…

—Como a una muñeca hinchable, vamos —terminó Maca—. Son como el agua y el vino, ¿verdad? Espero que ya lo hayas catado.

—Casi. —Caro se rio por lo bajo—. Fue cuando escuchamos los disparos. Supongo que  algún cazador confundió nuestros movimientos con los de un animal.

Maca la escuchaba muy seria.

—Estás más preocupada por él que por ti —concluyó.

—Vivo con él. —Y eso le hizo pensar en algo. Sus ojos brillaron para después apagarse—. Es como si la historia se repitiera.

—¿Qué historia?

—Jorge y yo. Ethan y yo. —Carolina deshizo el nudo de su garganta con un breve carraspeo—. El trabajo y la casa en común. Con los dos.

—Ahí se acaba el parecido. Con Jorge te unía… Bueno, la verdad es que todavía no sé qué coño te unía a él. Pero con Ethan estás cayendo.

—No.

—Cuesta abajo y sin frenos —añadió su hermana con aire satisfecho—. ¿Qué tal vamos con el orden y la limpieza?

—Siempre me levanto cuando él ya se ha ido, pero cumple con su parte. Me deja el desayuno sobre la mesa y una notita colgada de la puerta de la nevera. —No quería reconocerlo, pero guardaba cada una de esas notas en su cuaderno de recetas como pequeños tesoros.

—Odio la perfección en los tíos —refunfuñó Maca, poniendo los ojos en blanco.

—Le encanta la música de Bon Jovi y de Queen —siguió Caro con un chispazo de alegría en los ojos—. ¿Te lo puedes creer?

—Me cuesta. Que conste que me cuesta. Pero lo intento. A lo mejor con el tiempo se cura.

—No creo. Todavía no le he dado mi número de teléfono.

—Lo vuestro es muy fuerte, de verdad…

—¿Por qué? Me gusta más el papel que el WhatsApp. Como a él.

Macarena sacudió la cabeza mirándola como si no tuviera arreglo, pero luego se arrodilló a su lado y la abrazó tan fuerte que le hizo daño en la herida.

—Al final vais a ser almas gemelas. ¡Me alegro mucho por ti! —casi chilló, besándola en la mejilla—. Y por él también. Aunque todavía no hayáis consumado.

La expresión quedaba tan ridícula en labios de Macarena, que las dos terminaron riendo como dos niñas felices de haberse reencontrado, a pesar de que nunca se habían perdido.

***

Ethan solo se había encerrado en su despacho dos veces.

La primera, cuando perdió a Hannah.

La segunda, cuando tuvo la certeza de que Robert terminaría en la cárcel.