11 La sangre de los inocentes #3
—No tengo la cabeza para hablar —se quejó, tapándose los ojos con la mano pero dejando una rendija entre los dedos para ver la reacción de él.
—Mejor. Así no me interrumpes. —No había colado.
Le cogió las manos para asegurarse de que le miraba.
No parecía enfadado, sino decepcionado—.
Señorita Serrano, que tengamos un contrato verbal que nos une, además de otras cosas pendientes que nos unirán en cuanto te repongas, no te da derecho a husmear en mis asuntos privados.
—Has hablado con Kamballa. —Ethan asintió—. Del tema del dinero. —Ethan volvió a asentir—. Bueno, espero que por lo menos hayas aceptado la ayuda.
—Estás metiéndote donde no debes.
Lo dijo con tanta suavidad que a Carolina le costó ofenderse como debía. Le apartó y se cruzó de brazos, pero volvió a dejarlos caer en cuanto sintió el dolor de la herida.
—Eres muy cabezota —insistió—. Desde luego haces honor al nombre de tu pueblo.
—No suelo darme por vencido fácilmente.
No se trataba de vencedores y vencidos, pero supo que sería inútil tratar de convencerle en cuanto se fijó en la arruga profunda que tenía en el entrecejo.
—Señor Brown —suspiró—, el hecho de que me hayas curado un raspón…
—Causado por un disparo.
—Un arañazo. Y no me interrumpas.
—Creí que no tenías ganas de hablar. —Ethan se estaba conteniendo. Carolina pudo sentir las malas vibraciones en cuanto él se sentó a su lado—. Continúa, por favor.
—Qué educado.
—Es que si pienso en los que te han metido de lleno en este asunto y en tu conversación con Kamballa, tendríamos una bronca memorable. Pero claro, luego recuerdo que no podríamos reconciliarnos aquí, y me echo para atrás —agregó con ironía—. ¿Qué me decías?
—Decía que no puedes comportarte como un cromañón porque a estas alturas sepas cosas de mí que solo Maca conocía. Estamos en el siglo XXI. Ya sabes. La época de la liberación de la mujer está más que superada. Puedo llamar a quién me dé la gana y hablar de lo que quiera.
—De mis asuntos no podrás hacerlo sin mi permiso.
Eso tenía que reconocérselo. Carolina nunca había sido una persona que se encerrara en su orgullo para no dar su brazo a torcer. No le importaba ceder la razón cuando no la tenía.
—Perdona —murmuró, mirándole de reojo—. Prometo no volver a meterme en tus asuntos, pero es que te he visto tan agobiado que pensé que no podrías con todo tú solo y quise darte un empujón. Solomon , los demonios de Tasmania, tus problemas de liquidez…
—Eso es cosa mía. Y quiero que siga siéndolo.
Permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho. Protegiéndose de ella. Como si fuera un cangrejo ermitaño que se escondía en su concha.
—Ya te lo dije antes —intentó calmarle. Alargó una mano para tocarle la cara, pero él se apartó—. Que pidas ayuda a los demás no quiere decir que seas incapaz de resolver los problemas. Sobre todo cuando nos ha pasado lo que ha ocurrido ahí fuera.
Aquel fue el punto de inflexión. Cuando vio cómo la actitud de Ethan pasaba de esquiva a preocupada, el corazón se le detuvo de golpe.
Parecía sumido en unos pensamientos que nada tenían que ver con ella cuando tiró de su brazo sano y la sentó sobre su regazo.
—Caro, no sabemos quién ha disparado —comenzó, masajeándole el cuero cabelludo hasta que ella volvió a relajarse contra su pecho—. Pero si quieres, iremos al centro de salud y a continuación denunciaremos.
Carolina meditó la cuestión.
—Si denunciamos, tendrás más problemas —afirmó—. No ha sido más que un susto. Podemos dejarlo pasar.
Demasiados sustos en un solo día. Pero él se limitó a aceptar su decisión con un breve asentimiento de cabeza cuando Kamballa entró en el salón con una taza de humeante tila.
—Tienes que tomártela así de caliente —aconsejó, cuando Carolina comenzó a soplarlo—. Menos mal que la cosa no ha ido a más.
—Ethan dice que es zona de furtivos.
—Últimamente parece poco segura. Si no, mira mi cobertizo. Todavía no sé para qué entraron en él.
—¿Te han robado?
—Anoche. Sé que entraron porque forzaron la cerradura, pero a simple vista no me falta nada. Y Rusty ni siquiera dio la voz de alarma.
—Qué raro… A lo mejor conocía a quien entró.
—Sería una gamberrada de algún crío —concluyó la mujer, encogiéndose de hombros.
Carolina dirigió su mirada interrogante a Ethan, pero él estaba demasiado ocupado regañando a Kamballa en silencio como para darse cuenta.
—¿Podemos hablar de esto en otra ocasión? —preguntó—. Caro necesita tranquilidad.
—Puedes quedarte aquí hasta la cena de Nochebuena, cariño.
—Kamballa, creo que estaré mejor con él —decidió, provocando una sonrisa de plena satisfacción masculina—. Por si hay complicaciones con la herida.
—Perfecto. —Antes de que se arrepintiera, Ethan le quitó la taza de las manos y la puso en pie con cuidado—. ¿Puedes caminar, o te llevo en brazos?
—Siento decepcionarte. Camino.
Aunque dejó que él la sujetara por la cintura. Kamballa les despidió desde la puerta con una sonrisa. Después entró, rascando las peludas orejas de Rusty .
—Me gusta esta chica —le confesó al perro—. Me gusta mucho.