11 La sangre de los inocentes #2
Le llenó la boca con su lengua. La movió como si fuera una gran serpiente, y entonces ya no existió nada más.
Solo su cuerpo y el de Caro pegados, rozándose entre sí para incrementar la tensión sexual que estaba a punto de destrozarle los pantalones, y que subió varios grados de temperatura cuando ella se sentó a horcajadas sobre él y tiró de su camiseta hasta tenerle sentado.
—Espera un momento… —Se ahogaba. Necesitaba respirar para poder plantear las cosas con un mínimo de sentido común—.
Caro, no tienes ni idea de las veces que he imaginado esto desde que estás conmigo.
Es algo que me supera. Ni siquiera yo sabía que pudiera tener tantas ganas de hacer el amor con alguien como contigo.
Puedo seguir hasta hacerte todas las cosas que se me pasan por la cabeza.
Y cuando termine, puedo empezar de nuevo. Pero esta vez, no voy a parar.
—Ni falta que hace.
Carolina se lo demostró quitándole la camiseta para palpar todos y cada uno de los músculos que estaban en tensión.
—No quiero que pienses que soy una estrecha —afirmó con una sonrisa despiadada que le deshizo el corazón—. Además, no tienes desperdicio.
—Tú tampoco.
—Hacer el amor contigo no estará tan mal.
—Espero que tu opinión mejore dentro de un rato.
—¿Cuánto rato?
Ethan dejó caer la cabeza entre sus pechos como si se la estuviera estrujando para pensar.
—Mucho —susurró, levantando los ojos hacia ella—. Mucho rato.
La mirada avariciosa de Carolina se intensificó cuando él sonrió con la seguridad de un jugador de rugby a punto de lanzar la pelota entre los tres palos.
Pasó una mano por su nuca y volvió a besarla.
Con fuerza y cierto sentido de posesión que no sabía de dónde había salido, pero que le excitaba todavía más.
Con Carolina sobre sus piernas perdía el control con una rapidez increíble.
Y cuando sintió la suavidad de aquellas manos recorriéndole la espalda, tuvo la impresión de que comenzaba a ascender rumbo a lo desconocido.
—Caro, me encantan tus camisetas —murmuró, respirando profundamente el aroma que desprendían sus pechos—. Pero me gusta mucho más lo que llevas debajo.
—Debajo no llevo nada.
—Por eso.
Levantó la camiseta con una sonrisa canalla. Iba a hacer el amor con ella como un salvaje. Ya habría tiempo para ir más lentos. La segunda vez, o la tercera…
Nunca había tenido tanta prisa en desnudar a una chica. Pero con Carolina era diferente. Experimentaba una necesidad que le era imposible controlar.
—Solo tienes que tocarme para que termine ardiendo —susurró, acercándola más a él para poder enterrar los labios entre sus pechos.
—Y tú solo tienes que pedirlo.
Carolina lo retuvo en ese lugar cuando sintió que él lo recorría con su lengua. Todo en ella había comenzado a removerse. A vibrar. Era como si despertara de nuevo después de haber permanecido dormida mucho tiempo.
Y el culpable le chupaba uno de los pezones endurecidos, mientras masajeaba el otro pecho con la mano.
La sensación de aquella lengua saboreándola como si ella fuera el mejor plato la hizo explotar. Gimió y echó la cabeza hacia atrás, arqueándose a la vez para facilitar las caricias.
Nunca se había sentido tan excitada. Tan mujer y tan poderosa.
—Ethan… —jadeó, frotándose contra la erección que presionaba entre sus piernas.
—¿Qué?
—¿Llevas protección?
Él tardó lo suyo en comprender lo que le preguntaba. Había perdido todo el control sobre su cuerpo, y su cabeza solo pensaba en lo que le haría. En cómo y cuántas veces se lo haría. Pero pudo apartar sus manos de ella para sacar un preservativo del bolsillo trasero de su pantalón.
Carolina le mordisqueó el lóbulo de la oreja mientras a un tiempo presionaba con los dedos sus tetillas.
Lo sintió respirar muy fuerte. Gemir muy quedo y gruñir muy profundo.
Y cuando notó cómo una mano se colaba bajo sus vaqueros para agarrarle el trasero, se dio cuenta de que en algún momento, él se los había desabrochado.
— Aroha …
Los dedos buscaron la parte delantera de Carolina y se perdieron en busca de lo que ocultaban sus braguitas. Encontraron el sedoso vello púbico, y siguieron hurgando más adentro. Allí jugaron con su clítoris mojado, hasta que ella comenzó a retorcerse buscando un placer más profundo y duradero.
Fue un instante antes de escuchar la primera detonación. Los dos se miraron confundidos, como si les costara regresar al mundo real.
—¿Has oído eso?
Carolina asintió muy rígida. Se llevó una mano al hombro derecho y se la enseñó a Ethan.
Estaba llena de sangre.
A él le faltó tiempo para reaccionar. El segundo disparo pasó como un macabro silbido muy cerca de su oreja antes de arrastrar a Carolina tras la roca. La colocó debajo de él para protegerla con su cuerpo y le indicó con el dedo que guardara silencio.
Permanecieron así mucho tiempo. Demasiado, en opinión de Ethan. Lo que de verdad quería era examinar la herida que Caro tenía en el hombro para ver si era tan grave como parecía.
No se incorporó hasta que el silencio que les rodeaba se convirtió en permanente y se atrevió a asomar la cabeza sin miedo a que se la volaran.
—¿Furtivos? —susurró Carolina, completamente aturdida.
—No creo. —Ethan tiró de ella con cuidado. La sangre ya cubría parte de su espalda. Notó una flojera tan fuerte en el estómago al verla así, que no se molestó en conjeturar más—. ¿Cómo te encuentras?
Mareada y a un paso de caerse desmayada por el susto. Pero sonrió e intentó levantarse.
—Ni siquiera me duele. —Mentira. Escocía tanto que apenas podía mantenerse de pie—. Tranquilo.
Estaba demasiado pálida como para que él se tranquilizara. Sin dejar de mirar en todas direcciones, ató su camiseta en torno al hombro de Carolina como pudo y la cogió en brazos.
—Tenemos que irnos ya —murmuró, dándole un beso en la mejilla para reconfortarla—. De momento, el salón de Kamballa es lo más cerca que estarás de un centro médico. ¿Te fías de mí?
Ella apoyó la cabeza en su pecho para controlar las náuseas y Ethan pudo sonreír.
Lo único que le importaba ahora era curarla.
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Cuando Kamballa se los encontró en la puerta, se apresuró a dejarles el salón libre.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Luego. Ahora necesito el botiquín.
Ethan la dejó sobre el sofá y apartó a Rusty , que se empeñaba en darles la bienvenida a su modo. No habló cuando le separó el tirante y vio, con inmenso alivio para su cuerpo y su mente, que la herida era superficial. Un simple arañazo sin mayor importancia.
—Tienes una espalda preciosa —bromeó.
—No hace falta que intentes distraerme con halagos.
—No quiero distraerte. Solo digo la verdad.
—Presionó la herida para comenzar a limpiarla.
Lo último que tenía en mente era esa espalda para otra cosa que no fuera curársela.
Carolina se mordió los labios conteniendo un gemido de dolor—.
Te pondré un buen apósito que te cubra la herida durante unos días para evitar que se humedezca.
—¿No voy a poder ducharme?
—Si quieres te ducho yo.
—Hummm… Déjame pensarlo.
Ethan sonrió y se dio prisa en terminar la tarea para arrodillarse junto a sus piernas sin dejar de observarla. Parecía haber recuperado algo de color, pero todavía estaba asustada, por mucho que intentara disimularlo.
—Tiene que dolerte. No pasa nada si dejas de hacerte la fuerte conmigo —dijo, acariciándole la mejilla con ternura—. Voy a por un analgésico para que te lo tomes. Mientras tanto, recuéstate del otro lado. Así el mareo se te pasará.
Carolina se dispuso a obedecer sin rechistar, pero el sonido de voces al otro lado de la puerta le hizo incorporarse. Se entremezclaba la indignación de Ethan con la serenidad de Kamballa, en un inglés tan rápido que no pudo entenderlo.
Dejó que Rusty apoyara la cabeza en sus piernas y esperó. ¿Y si Kamballa le estaba contando lo de su conversación telefónica? Tendría que haberlo hecho ella. Había tenido tiempo de sobra, pero no se atrevió.
Y ahora Ethan volvía a entrar en el salón, señalando al perro con una actitud mucho más distante y fría que la que había tenido antes de irse.
—Le estás rascando detrás de las orejas —observó.
—Le encanta.
—Puede que el chantaje emocional te funcione con Rusty , pero conmigo, no.
Le ofreció el comprimido y cerró la puerta cuando salió el perro. Carolina decidió aprovecharse de su estado. Si Adam y Ben habían dicho que no se enfadaría con ella, algo de verdad habría.