Volver a empezar Serie completa 11 La sangre de los inocentes
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11 La sangre de los inocentes

Preparación:

Corta la carne en dados. Pica las cebollas, escalda, pela y trocea los tomates y corta el pimiento en tiras.

A continuación, se sofríe la cebolla en una cazuela con margarina.

Se le añade los dados de carne para dorarlos y se le echa dos vasos de agua.

Se sala y se deja cocer durante una hora.

Después se añaden los trozos de tomate y el pimiento, para dejar cocer treinta minutos más.

Se mezcla el ajo picado con la nata líquida, el pimentón y el tomate triturado, se le añade al guiso, se remueve y se sirve.

Nota a pie de página:

Seguí temblando cuando él me puso las manos encima. Creyó que era por el miedo, pero no le dije que era, simplemente, por tenerlo cerca. Me lleva a un punto de ebullición que no sabía que existiera en mi cuerpo. Empiezo a sentirme única.

Carolina no encontró palabras para describir el paraíso terrenal que les rodeaba.

—¿Te gusta? Aquí podremos hablar tranquilos.

Y estar solos. Y llevar su conversación hasta donde ellos decidieran.

Después del día de reflexión que había pasado sin Ethan, aquella perspectiva le resultaba cada vez más atractiva.

Habían dejado el coche en una pequeña explanada para ascender por una colina hasta su cima, una elevación oculta entre el inmenso brezal alpino que terminaba en un pequeño lago.

Desde esa altura, podría alcanzar a ver incluso el corazón de Stubborn.

Carolina se llenó los pulmones de aire limpio y levantó la cara para recibir al completo la suave brisa que le apartó los rizos sueltos.

Se sentía completamente libre. Con un Adonis al lado que la miraba con pleno conocimiento de causa de lo que había logrado y de lo que quería conseguir.

—Parece un cuadro —admiró en cuanto se sentó junto a Ethan—. Es precioso.

—Eso de allí es el lago Wallis. Está muy cerca de la laguna que rodea la propiedad de Kamballa —añadió, señalando hacia su derecha—.

Junto al Smiths y al MyAll, forman lo que aquí llaman el «The Great Lakes».

Como verás, la vegetación es diferente. —Desde esa distancia, Carolina casi no pudo distinguir los eucaliptus—.

La temperatura es más baja, así que si tienes frío, dímelo. Te prestaré mi camiseta.

—¿Frío? Aquí se puede respirar, que no es lo mismo —dijo, frunciendo el ceño para hacer memoria—. ¿Estamos en el Parque Nacional de MyAll Lakes?

—Estamos cerca. Si nos callamos, a lo mejor escuchamos el reclamo de alguna kookaburra o se nos acerca algún equidna. Cuando Gavin y yo éramos pequeños solíamos verlos por aquí. Y eso que la zona era un hervidero de furtivos. Afortunadamente hoy día el tema está más controlado.

—No quiero parecer una ignorante, pero no tengo ni idea de lo que es una kookaburra —confesó encogiéndose de hombros.

En ese momento se escuchó un sonido familiar. Grave al principio, para subir varios tonos después.

Como si alguien les estuviera espiando y se riera de ellos.

Carolina se sobresaltó tanto que terminó colgada del brazo de Ethan, mirando en todas direcciones.

—¿Qué ha sido eso? —susurró.

—El reclamo de la kookaburra. —Sonrió Ethan con otro susurro—. Es un pájaro. Su canto se parece a una risa humana. Es espectacular, ¿verdad?

Carolina sonrió. Él sí que suponía un espectáculo. Solo con ver el brillo que tenía en los ojos y el entusiasmo de su cara, le entraban ganas de comérselo a besos.

—Necesitamos silencio —repitió Ethan, poniendo un dedo en sus labios.

—¿Y dejar que te escaquees sin contarme lo que te pasa? Ni lo sueñes, amigo —dijo en voz alta, apartando el dedo—. No me importan los equidnas ni las cacatúas.

—Kookaburras.

—Como se llamen. Ya estás soltando por esa boca.

Ethan se incorporó de nuevo y se quitó las gafas de sol. Debió suponer que su engaño no serviría de nada con ella.

—Hay cosas que pertenecen al ámbito privado de las personas, Caro.

—Ese ámbito cambia cuando las personas viven juntas. Prefiero no recordarte que yo he confiado en ti, pero tú no has confiado en mí.

—Es diferente. Yo podía ayudarte. Tú, no.

—¿Cómo lo sabes si ni siquiera me has dicho de qué se trata?

Se cruzó de brazos y tensó la espalda. Miró al frente, pero él pudo ver cómo ponía morritos. Sí, eso era lo que hacía. Acababa de enfadarse.

—Carolina, tengo muchas ocupaciones a la vez —trató de explicarse. Ella ni se movió—. Mi vida es así la mayor parte del tiempo. Ayer apenas nos vimos, y cuando volví a casa ya estabas dormida.

—Espero que no lo hayas hecho adrede, Brown.

—Si lo repites, te doy una patada en ese culo tan bonito que tienes —advirtió, con el dedo índice rozándole el escote y una expresión de pena en la cara.

El niño bueno volvía—. Hoy he tenido una mañana horrible, ¿sabes?

Solo quería que pasara pronto para poder estar contigo un ratito.

Y cuando llego, te encuentro como te encuentro.

El final perfecto para un día de perros.

—Si te doy un masaje capilar, ¿te relajarás lo suficiente para contármelo con más calma?

Carolina le quitó la visera y hundió los dedos en aquel pelo, tan negro que el sol le arrancaba reflejos azulados. Ethan se entregó al placer por unos segundos, antes de recordar lo que ella pretendía.

—Nadie cuenta sus cosas al completo —afirmó, apartándole las manos para poder pensar. Ella no se rindió. Siguió con sus caricias hasta que, con un largo suspiro, él lo dejó por imposible y se relajó. Después de todo, no estaba nada mal sentirse mimado.

—Tienes la mirada triste. —La escuchó apreciar, al cabo de un rato de cómodo silencio entre ellos.

—¿Te atraen los hombres de mirada triste?

—Digamos que me intriga su necesidad de cariño —puntualizó Carolina, alzando las cejas llena de seguridad.

Normal que se sintiera así. Ahora mismo, parecía más desamparado que las crías de demonio de Tasmania que se habían repuesto del botulismo.

—Yo no lo necesito.

—Todo el mundo lo necesita. Pero tú tienes miedo de reconocerlo.

—¡Esta sí que es buena! —exclamó él, arrugando la frente—. ¿Me lo dice alguien que ha estado a punto de convertirse en el menú principal de Shiba ?

—Ya se me ha pasado.

—No te lo crees ni tú. —Se lo demostraría. Y, de paso, desviaría la atención hacia donde le interesaba. Con una sonrisa maliciosa, deslizó una mano a lo largo del muslo de Caro—. ¿Ves? Todavía estás temblando.

—¿Ves? —respondió ella, devolviéndole la sonrisa y quitándole la mano—. Ahora ya he dejado de temblar. No es tan malo confiar tus miedos a los demás. No hace que desaparezcan, pero los convierte en más llevaderos.

—La mujer encorsetada da lecciones. Genial.

Caro se puso a la defensiva en cuestión de segundos.

—El corsé es propio de otras épocas y de otras mujeres —contraatacó.

—Para nada. Hay uno que comprime la mente, y ese te aprieta demasiado. Deberías aflojarlo un poco. Como hace un momento.

—Si crees que me voy a callar así, vas listo —murmuró Carolina.

—¿Y si te lo exijo como tu casero?

—Tampoco. Puedo esperar a que saques la cabeza de donde quiera que la tengas metida. Tarde o temprano tendrás que respirar o te ahogarás.

Carolina se cruzó de brazos. Estaba demasiado guapa con el pelo suelto, los ojos brillantes, la boca entreabierta y los pechos bien marcados con una de esas camisetas de tirantes ajustadas que decían a las claras que no llevaba nada más.

—Has ganado —admitió con un resoplido, levantando los brazos—. Reconozco que tengo miedo a ciertas cosas.

—Vamos bien. Dispara.

—¿A quién tengo que disparar? ¿Hay algún furtivo por la zona?

La payasada hizo que Carolina riera hasta que las lágrimas se le saltaron.

—¡Que no! ¡Que solo es una manera de hablar! —dijo, abrazándose las rodillas—. Con una revelación fuerte, bastará.

—No parece que te conformes con una sola.

—No. Pero has aceptado tus debilidades delante de mí. ¿Cuáles son?

Allá iba. Sin paracaídas ni red que amortiguara el trastazo que iba a darse en breve.

— Solomon —empezó, esforzándose al máximo para que la voz no le fallara al nombrarlo—. Está cada vez peor y no sé por qué. Mi instrumental todavía es demasiado básico para averiguar más. Y los resultados de las pruebas tardarán en llegar. La burocracia y vivir en un pueblo tiene sus inconvenientes.

—¿No vas a tomar ninguna otra medida?

—Aislarlo —declaró, rodeando los hombros de Caro con un brazo cuando ella se recostó a su lado. ¡Dios, qué bien se sentía cuando la tenía tan cerca!—. De momento no podemos hacer otra cosa.

—Ese animal es muy importante para ti.

Ethan permaneció callado. Todavía estaba muy lejos de decirle por qué Solomon era especial para él.

Tal vez nunca se lo dijera.

—También tengo miedo de viajar en avión —añadió, retomando el hilo de la conversación.

—Ya lo hiciste una vez. Cuando nos conocimos.

—Dos, para ser exactos. Una de ida, otra de vuelta. Y espero que no haya una tercera.

¿Por qué ella sí esperaba que la hubiera?

—Vale. Ahora, los siguientes.

—Los siguientes se pueden dominar.

—¿Todos?

—Todos menos uno.

—Que es…

—Tú —confesó, con una voz tan profunda que le provocó una sucesión de escalofríos en el cuerpo y en el corazón—. Me da pánico pensar lo que pienso, sentir lo que siento y, sobre todo, hacer lo que voy a hacer.

Y lo que ella tenía ganas de que hiciera. Ethan se incorporó a medias y enganchó el dedo índice en su escote para tirar de ella. Pero cuando todo apuntaba a que la besaría de nuevo, se detuvo.

—¿Sí? —preguntó.

Le pedía permiso. El conocido hormigueo que le sacudía el cuerpo cuando la miraba de esa forma, le dio el empujón definitivo. Tenía ganas de tocarlo y de que él la tocara. De besarle y de que él la besara. Por eso volvió a pasarle los dedos por el pelo con una sonrisa llena de serenidad.

—Sí —respondió.

El cuerpo de Ethan entró en combustión en cuanto tuvo la boca de Carolina sobre la suya. Tenía toda la intención de comenzar con un beso lento, envolvente, pero le fue imposible. Ella le succionó los labios con una insistencia tan salvaje que él tuvo que corresponder como se merecía.