10 Corazones desnudos #3
Era un poco difícil no pensarlo cuando alguien tan importante en su vida se había encargado de repetírselo hasta la saciedad.
—Confieso que en su día tuve que vivir con ello. Pero lo superé —afirmó, dándolo todo por resultar convincente—. Soy muy capaz de manejar mi vida. Estoy aquí contigo, ¿no?
—Conmigo y con demasiados complejos. No es un buen ejemplo, créeme.
—Qué manía.
Él la acalló con el dedo índice sobre sus labios. Le hubiera gustado mucho hacerlo de otra forma, pero se conformó con eso.
—Los complejos no son más que demostraciones de debilidades ajenas —recitó—. Los demás intentan hundirte en ellos porque no son capaces de cargar con las miserias que ven en el espejo cuando se miran. ¿Qué necesitas para convencerte?
—Necesito… —Caro abrió y cerró la boca varias veces, sobrecogida por tanta seguridad—. Necesito un amigo.
—Pues aquí tienes a uno.
Se bebieron el resto de las cervezas en silencio.
Él volvió a acogerla entre los brazos y trató de no pensar en la tela fina del pijama de Caro, o en el calor que despedía su cuerpo en un contacto tan directo.
Trató de asimilar que se protegía de él porque la habían hecho daño, pero no lo logró del todo.
Porque eso escocía. Dolía como si aquel primer encuentro se hubiera prolongado hasta el momento actual. Y le obligaba a tener una consideración con ella que no quería.
A la mañana siguiente le diría que no era ningún caballero de brillante armadura, sino un hombre que se moría por tenerla en su cama sin más complicaciones. Le diría que no era él quien había abierto una brecha en su confianza, ni tampoco el encargado de cerrarla.
Le diría que no quería ser su amigo, sino arrancarle ese pijama de ositos a bocados para lamerla desde el pelo de la cabeza hasta la punta de los pies.
No quería pensar; solo dejar que el tiempo pasara entre ellos, hasta que llegara el momento en el que ambos regresaran a la normalidad de sus vidas.
Pero la miró, y sintió remordimientos. Dormía acurrucada junto a su pecho, como si él representara un consuelo más allá de las palabras. Ethan la besó en la frente y le acarició la mejilla. A continuación, se levantó para devolver la llamada que había recibido de la clínica.
Era la primera vez, después de Hannah, que sentía peligrar su equilibrio emocional con alguien que, con todas sus imperfecciones, comenzaba a parecerle perfecto.
***
El cielo estaba tan estrellado que no tuvo ninguna dificultad en aparcar justo al lado del cobertizo de Kamballa con las luces apagadas.
Rusty salió a su encuentro, pero no ladró. Se dejó acariciar la cabezota un rato y luego se marchó, dejando que forzara la cerradura del cobertizo. A continuación encendió una linterna y rebuscó entre las estanterías ordenadas aquello que necesitaba.
No tardó en encontrarlo.
La bolsa era grande, de medio kilo aproximadamente, pero el borde estaba cerrado con cinta aislante.
Kamballa ya lo habría utilizado para los ratones, y no tenía otro remedio que llevárselo.
Sus propias existencias se habían terminado.
Como el tiempo apremiaba, debía entrar en propiedades ajenas para apropiarse de más, en vez de esperar eternamente un nuevo cargamento.
Con cierta sensación de fastidio, cerró la puerta del cobertizo y se dirigió hacia el parque.
A esas horas todo estaba muy tranquilo. Solo se encontró con el vigilante nocturno, un joven voluntario amigo de Ethan.
—¿Ha pasado algo? —preguntó.
— Solomon —respondió simplemente, antes de pasar.
Todo había empezado con los demonios de Tasmania. Se habían librado de momento, pero Solomon, no. Los achaques del viejo tigre servirían de excusa para que Ethan no sospechara. Y cuando los síntomas fueran más evidentes, nada tendría remedio.
Cuando lo pensó con detenimiento, supo que no era eso lo que de verdad quería. No deseaba la desgracia de Ethan, ni la muerte de los animales. Pero no tenía más salida. Las amenazas tenían ese efecto.
Entró en el recinto cerrado del animal y tomó un poco del compuesto para mezclarlo en el agua.
No dejaba olor, ni cambiaba el sabor de los líquidos.
Tendrían que recoger muestras de los animales y mandarlas analizar.
Para cuando Ethan recibiera los primeros resultados, Solomon estaría muerto y los demás animales le seguirían.
El plan seguía su curso.
10 Corazones desnudo s
TRUCHA EN PAPILLOTE CON SALSA Ingredientes: -4 truchas limpias. -1 vaso de leche desnatada. -1 vaso de nata líquida para cocinar. -2 limones. -1 pizca de pimienta negra. -1 cucharadita de maicena y sal.
Preparación:
Colocar las truchas sobre una hoja de aluminio y salarlas.
Se corta el limón en rodajas y se coloca encima.
A continuación se envuelven las truchas en el aluminio y se hornean treinta minutos a temperatura media.
Mientras, se diluye la maicena en leche, llevándola a ebullición hasta que espese.
Se agrega la nata y se retira del fuego, se salpimenta y se añade el jugo del otro limón, consiguiendo la salsa con la que se cubrirá la trucha, una vez desenvuelta del papel.
Nota a pie de página:
Hoy he experimentado por vez primera lo que es el miedo. Sin envoltorios que me libraran del susto. Todavía estoy temblando.