Volver a empezar Serie completa 10 Corazones desnudos #2
38%

10 Corazones desnudos #2

—No es nada de lo que te imaginas —comenzó, intentando restarle importancia a algo que comenzaba a cerrarle la garganta solo de pensarlo—.

Niña que crece con un padre que siempre remarca sus defectos para ignorar sus virtudes, hasta hacerla creer que no las tiene.

Que si su hermana es preciosa mientras ella parece el patito feo, que si es regordeta, que si sus tetas son como camiones, que si no es capaz de decir más que tonterías…

Quizá fue esa necesidad de volver a expresarlo en voz alta lo que la llevó a representar en su mente cada palabra escuchada otra vez, como si fueran descargas eléctricas.

«—No vales nada. Mira a tu hermana. Es preciosa, simpática, lista… ¡Y valiente! En cambio tú… ¡No tienes nada en su sitio, joder! ¡Ni siquiera el amor propio! Cuando abres la boca, ¡parece que estás pidiendo a gritos que alguien te la cierre!».

Apretó los párpados, intentando evitar el mordisco de la soledad en la que el desprecio siempre la había sumido, pero ya era demasiado tarde.

Visualizó una ocasión, siendo una adolescente de trece años, en la que su padre había dicho eso mismo delante de una pareja amiga que les acompañaba.

Nadie le había rebatido, pero cuando sus padres se habían marchado, dejándola sola con ellos, la mujer había mirado a su marido y luego a ella, con aquella expresión mitad compasiva, mitad incomprensible, que tanto la fastidiaba.

—Eres una buena niña, obediente y respetuosa —le dijo, en un intento tonto de borrarle las lágrimas de los ojos—. No entiendo por qué tu padre no lo ve.

Ella tampoco. Aun hoy, seguía sin entenderlo. Tuvo que repetirse mentalmente que todo estaba bien. Que el tiempo había pasado y que lo había superado. Casi silbó cuando soltó el aire y, con él, la pena. Ahora, tenía a su lado a alguien que solo escuchaba. No juzgaba, ni condenaba.

Las uñas se le clavaban en las palmas. Sudaba y se abrazaba al torso de Ethan procurando no apretarle demasiado, para evitar un nuevo ataque de angustia.

—Hija que termina llena de rencor, odiándose a sí misma por ser capaz de odiar a sus padres —continuó, sin moverse del sitio, con la voz medio quebrada.

—¿Los odiabas… a los dos?

—A mi padre, por actuar así. Supongo que nunca se lo tomó como algo personal.

Simplemente se divertía mostrando a sus amistades los defectos de su hija mayor, aunque en el fondo yo suponía que me quería…

a su modo. A mi madre, por no hacer nada al respecto.

Ni a favor, ni en contra. —Su resistencia estuvo a punto de venirse abajo cuando sintió la mano de Ethan posarse con suavidad sobre su pelo.

Pero hizo un par de inspiraciones profundas y continuó—: Adolescente llena de complejos que no está a gusto en su casa del pueblo, entre vacas, perros y gatos, pero que tiene miedo de que lo que encuentre si se va, sea peor de lo que tiene si se queda.

Hermana menor que la apoya cuando su padre muere de un infarto, y las dos se van a estudiar fuera con el beneplácito de su madre.

—Coge aire. —Ethan la apartó un poco y la miró con gravedad—. ¿Te puso la mano encima?

—Si te refieres a mi padre, no. —Aunque más de una vez lo hubiera preferido.

Los desplantes en público y las bromas soeces acerca de sus costumbres delante de otras personas, solo para reírse de ella, dolían mucho más que una simple bofetada.

Carolina se apresuró a volver al pecho de Ethan para recuperar la tranquilidad—.

El resto es demasiado típico. Estudios superados, trabajo conseguido, y un novio guapo con el que se va a vivir, que se aprovecha de ella, de su trabajo, de su amor y de su miedo, hasta conseguir que le perdone una infidelidad conocida y mil supuestas antes de abrir los ojos a la realidad.

Después de él, a ella no le quedan ganas de hombres.

Ethan respiró hondo para poder actuar de una manera coherente y tranquilizadora. Su capacidad mental no toleraba esa clase de comportamientos. Y si la principal perjudicada era Carolina, todavía menos.

—Acabas de contarme un caso de maltrato psicológico con una capacidad de síntesis alucinante —dijo.

—Yo tardé en verlo así.

—Lo habrías visto antes si la hubieras perdonado.

—¿A quién?

—A tu madre. Deberías hacerlo para sentirte mejor.

Ella levantó la cabeza, no sabía si sorprendida por la intuición de Ethan, o enfadada consigo misma por ser tan transparente.

—¿Cómo sabes que no la he perdonado?

—Por la forma en la que te has referido a ella. En circunstancias normales, nadie habla de su madre de pasada. ¿Era guapo?

—¿Quién?

—Tu novio. —Había conseguido reprimir la rabia introduciendo en la conversación a un imbécil al que no conocía. Qué penoso—. Eso has dicho. Que era guapo.

—Exnovio —puntualizó Carolina.

—Y todo eso pasó hace años —continuó Ethan, ignorando la puntualización.

—Todo menos la parte de Jorge. Esa todavía está reciente.

—Cuando te conocí, no me lo contaste.

—Como comprenderás, no es algo de lo que una pueda ir presumiendo por ahí, y menos con un chico al que acababa de conocer.

—¿No hay más? —Si había sido difícil sincerarse hasta ese punto, reafirmarse en todo lo dicho era como escalar el Everest con zapatillas de esparto. Carolina solo consiguió mover la cabeza—. Pues me quitas un peso de encima. Pensé que hace un rato te marchaste porque no te gustaba cómo besaba.

—Ya te dije en su día que me gusta cómo besas.

—Has podido cambiar de opinión.

—Te lo he demostrado. —Cuando se atrevió a levantarse, vio su amplia sonrisa llena de hoyuelos. Y le entraron unas ganas locas de chupárselos—. ¡Estás bromeando para hacerme reír!

Afortunadamente, el móvil de Ethan decidió echarle una mano y sonó cuando Carolina empezaba a pensar en la trascendencia de lo que acababa de descubrirse ante sí misma y ante él.

—Es de la clínica —comentó con fastidio, antes de colgar.

—¿No vas a contestar?

—Ni hablar. Esto es mucho más importante.

Había dicho importante. No interesante, ni nada por el estilo.

Carolina se incorporó del todo para verle cruzado de brazos.

Y no supo cómo actuar.

¿No iba a decir aquello de «lo siento, tengo que irme, pero te prometo que a mi vuelta seguimos hablando»?

Frase típica de Jorge. Siempre volvía, pero nunca seguían hablando. Y ahora, cuando esa actitud supondría un alivio para ella, Ethan se limitaba a esperar.

Solo por eso, ya era digno de un pedacito de su confianza.

El muro que Carolina había ido construyendo a su alrededor a base de tiempo, desengaños con la raza humana en general y todo tipo de sinsabores, comenzó a resquebrajarse, pero antes de que se derrumbara, ella volvió a apoyarse en su pecho.

—Llevo toda mi vida intentando agradar a los demás —siguió, procurando que la voz no le fallara—. Primero a mis padres, después a Jorge… La única persona que no me exige nada es Maca.

—¿Y te sientes bien así?

—Maca me hace sentir bien.

Él también, porque después de la conversación, Carolina se notaba varios kilos de remordimientos más delgada. Y la sensación aumentó cuando tuvo sus brazos alrededor de ella para reconfortarla.

—No es Maca. Eres tú. Ella te permite disfrutar de tu verdadera personalidad, pero tú eres así, Caro.

Lo supe hace tres años, después de estar hablando sobre temas mucho menos importantes.

Lo estoy comprobando ahora, cuando comparto contigo un tiempo más que intenso.

Y «me encanta demasiado» —concluyó, en un castellano lamentable.

—Se dice «me gusta demasiado» —le corrigió ella con una sonrisa.

—Pues eso. Que me gustas mucho.

El azul de sus ojos volvió a oscurecerse. Carolina había aprendido que eso sucedía solo cuando Ethan se dejaba llevar por alguna emoción. Obviamente era un acto reflejo que él no podía controlar. Y obviamente, las ganas de seguir con lo que habían comenzado en el salón le podían.

—Por eso tienes esa cara —afirmó ella, al cabo de una eternidad—. Estás pensativo.

—Pienso que me encantaría besarte. Pienso en lo que pasaría contigo, pero, sobre todo, conmigo, si te beso. —La incorporó para acercarla más a él y le miró los labios. Después, la apartó con un resoplido—. Y pienso en que podría ser Chuck Norris.

Si alguien tenía la capacidad innata de darle la vuelta a la tortilla con una salida inesperada e incluso cómica, ese era Ethan.

—¿Chuck Norris, el actor?

—No… El tipo duro que reparte tortazos a payasos como ese Jorge, y se queda tan feliz porque incluso le aplauden —afirmó él, enredando un dedo en uno de los rizos de Carolina para disimular su rabia y frustración.

Tenía celos de aquel desconocido. No de lo que había supuesto para Carolina, sino de lo que aún suponía.

A pesar de los malos momentos, de las discusiones y de la dichosa convivencia.

Y aquella revelación le asustó. Porque tuvo la absoluta convicción de que él jamás le hubiera hecho una jugada tan sucia—.

Pero no estarás tranquila hasta que las cosas no se hayan aclarado aquí —añadió, tocándole la frente—, y aquí —concluyó, llevando el dedo al corazón de Carolina.

—Has acertado.

—Podrías adelantar el vuelo. Estás a tiempo. Y si es por dinero, podría prestártelo. Con eso no digo que quiero que te vayas ni mucho menos…

—Ya he tomado mi decisión.

Ella bajó los ojos. Esa decisión tenía que ver con él, pero no estaba contenta. Parecía avergonzada por haberle revelado todas aquellas cosas que, contra todo pronóstico, le estaban afectando.

Ethan sintió cómo el enfado nacía en algún punto exacto de su interior y se extendía como una epidemia.

De repente estaba indignado. Con los padres de Carolina, por terminar con la autoestima de su hija antes de que pudiera tenerla.

Con los amigos de Carolina, por no ser capaces de curar sus heridas.

Y con el exnovio de Carolina, por terminar de machacar la poca confianza en sí misma que a esas alturas hubiera podido juntar.

Un tío muy estúpido, según su modesta opinión.

—No quiero que pienses eso de ti misma —la reprochó.

—¿El qué?

—Que no vales nada.