Volver a empezar Serie completa 10 Corazones desnudos
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10 Corazones desnudos

Si hubiera un premio a la panoli del año, ella se lo hubiera llevado de calle.

Después del desencuentro con Ethan, a Carolina le molestaba todo. Las sábanas de la cama, la camiseta y el pantaloncito corto del pijama, el pelo largo y hasta la lectura que había intentado empezar ya infinidad de veces, sin conseguirlo.

Tenía que aceptar que lo que sentía por él era pura atracción animal. Si la tocaba, se transformaba en una vampiresa con ganas de chuparle la sangre, además de otras cosas en las que prefirió no pensar para no volver a las andadas.

Pero también aceptaba que ese sentimiento era lo suficientemente fuerte como para haber resurgido después de tres años, unas cuantas horas juntos y un exnovio que reaparecía en su cabeza cuando menos se le necesitaba.

Ahí estaba el problema. ¿Cómo podría rechazarle cuando conviviría con él, en su casa y fuera de ella? ¿De dónde iba a sacar el valor para decirle que se marchaba, cuando lo que quería era quedarse?

Oyó rascar la puerta justo cuando comenzaba a pensar que sufría doble personalidad, y se quedó clavada en mitad del dormitorio.

—Caro. ¿Estás dormida?

Ella sonrió y se acercó.

—Como una marmota.

—Entonces, ¿por qué me respondes?

Porque era mejor seguirle el juego que tenerlo delante. Pero cuando se decidió a abrir, se encontró con la tentación personificada que apoyaba el hombro en el marco, mientras sujetaba cuatro botellines de cerveza en las manos.

Carolina no se dio cuenta. Solo veía lo despeinado que estaba, lo cansado que parecía y el brillo esperanzado que le iluminaba los ojos con aquel aire tan pillo capaz de derrumbar montañas, si es que esos pectorales morenos no lo habían hecho ya.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió él, ocultando con una sonrisa el impacto que le provocaba verla tan ligera de ropa, con aquel pijama blanco con ositos rosas que se transparentaba y los pezones de punta.

Menos mal que tenía las manos ocupadas, porque si no…

¡De ninguna de las maneras! De momento, Carolina no parecía querer otro tipo de acercamiento, así que tendría que poner a raya todos esos instintos animales que se le disparaban en cuanto la tenía a tiro.

—Reconozco que llevé mi proposición demasiado lejos y que di por supuesto que tú la habías aceptado. —Resopló, ladeando la cabeza—. Por favor, perdóname por ir demasiado deprisa hace un momento.

—Si tú me perdonas por ir demasiado despacio.

—Hecho. —Ethan se tomó su tiempo en mirarla antes de ofrecerle dos de las cervezas—. ¿Aceptas mi ofrenda de paz?

—Ayer me dijiste que no me dejarías ni oler el alcohol.

—Bah, esto apenas tiene alcohol. Y estás muy graciosa cuando bebes sin llegar a la inconsciencia. Además, ahora que se nos ha pasado el calentón, creo que deberíamos hablar.

Carolina permaneció donde estaba sin ceder ni un centímetro de su territorio.

—¿Para qué? —preguntó, quitándole las dos cervezas.

—Para conocernos. Tienes que reconocer que hablar se nos da bien. Y solo cuando te acercas de verdad a alguien puedes saber cómo es. Lo que le pasa o lo que necesita.

Con esa frase acababa de ganársela. Bueno, con la frase y con los andares decididos hacia la cama. ¡Madre del amor hermoso, menudo culo le hacían aquellos pantalones! ¿Se daría cuenta de lo atractivo que estaba?

—¿Vienes? —la invitó, palmeando el espacio libre del colchón.

No sería capaz de estar a su lado sin tocarlo. Y no quería tocarlo. Pero tampoco podía batirse en retirada como una cobarde.

—Hazme un sitio —respondió, tumbándose junto a él con las piernas rígidas, las manos sobre el regazo y la mirada al frente.

—Antes no cerraste con llave.

—De momento creo que no voy a necesitarlo. —Carolina cogió una de las cervezas y le dio dos largos tragos para calmarse—. Aunque cambiaré de opinión si sigues mirándome como si me quisieras comer.

—Es que quiero comerte —insistió él, apoyándose sobre un codo—. No soy de piedra, Caro. Y tú estás muy cerca y eres preciosa. Además de oler de maravilla.

—¡Alto ahí! —Ella dejó la cerveza y se parapetó detrás de los dos libros que tenía sobre la mesilla—. Ethan, entiende que en su día éramos de una manera, pero el tiempo ha pasado, y ahora somos de otra.

Él arqueó una ceja, pero no preguntó. Supuso a lo que se refería y asintió.

—La vida nos hace ser diferentes —afirmó, bebiendo de su cerveza—. No tienes que explicármelo, Caro. Por eso creo que debemos empezar de cero. ¿Qué te parece?

—Fantástico. —El libro seguía separándola de él. Caro sonrió—. Me gusta leer de todo, aunque tengo predilección por la romántica, como puedes ver. Y esto son recetas de cocina.

—Suena interesante. —Cuando le enseñó el cuaderno, él intentó cogérselo, pero ella fue más rápida y lo alejó. Con el movimiento, los labios de Ethan terminaron a milímetros de su escote. Estaba tan cerca que podría besárselo en cuanto respirara—. ¿Te gusta cocinar?

—Me relaja —aclaró, dándole un pequeño empujón para devolverle al sitio y poder beber—. Ahora te toca a ti.

—Vale. Ya sabes que me gusta el ejercicio físico diario y la música. Pero además, me encanta mi trabajo porque requiere dedicación total.

—Y tú, feliz de dársela.

«Recuerda que lo de empezar de cero es una frase hecha. Además de guapa, es muy perspicaz».

—Por si no lo sabes, soy el veterinario de Stubborn y los pueblos de alrededor —intentó defenderse—. Muchos aquí viven de los animales.

—No me digas… Ni cuenta que me había dado, oye.

Los dos se miraron muy serios, hasta que Carolina comenzó a reírse.

—¡No te cachondees de mí! —le dijo Ethan, dándole un suave codazo—. Paso mis días entre seres vivos que a menudo son más gratificantes que los humanos. No tengo tiempo para más.

—¿Qué incluye ese «más»?

—Mi nevera vacía, por ejemplo —añadió Ethan, antes de que ella pudiera pensar en otras cosas—. Y el congelador lleno de comida precocinada.

—A mí también me gusta mi trabajo. Pero no me escondo en él las veinticuatro horas del día para evitar pensar en otras cosas.

—No. Tú subes corriendo al piso de arriba en cuanto crees que alguien va a entrar ahí dentro —la acusó, señalándole el pecho.

Carolina lo miró de reojo. Se estaba comportando de la forma suave y contundente que estaría destinada a su mejor amigo.

Ella se lo permitía. Incluso le parecía algo lógico.

Se preguntaba hasta dónde estaría dispuesta a llegar con él cuando sintió en cada porción de su piel el líquido caliente de su mirada. Si seguiría aquella especie de juego iniciado años atrás solo para ver a dónde le conduciría.

Si le abriría el grueso de sus pensamientos antes de que él encontrara la llave para entrar en ellos.

—Tocada y hundida —apuntó, recogiéndose el pelo en una coleta informal para dejar al descubierto su cuello—. ¿Qué más te gusta?

—Tú.

Él hizo otro intento de acercarse a ese cuello tan dulce, pero ella le apartó de un empujón.

—No me calientes, Brown, que no es el momento.

—Siempre es buen momento para calentarnos, Caro.

—Es una manera de hablar —le aclaró con severidad—. Quería decir que no tengo ganas de bronca.

—Mensaje recibido. —Y todo controlado. Él entrelazó las manos por detrás de la nuca para ponerse cómodo—. Pero es que no voy a contarte nada nuevo, de verdad.

—O sea, que no hay ninguna señora Brown ni nada que se le parezca.

A Ethan la cerveza se le atragantó. Cuando consiguió dejar de toser, la miró como si tuviera delante a un monstruo de dos cabezas.

—Tienes un sentido del humor muy macabro —dijo entre carcajadas—. Si la hubiera, no estaría aquí contigo.

Pero estaba. Solo con ella. La perspectiva le produjo un inquietante cosquilleo en el estómago que la ayudó a relajarse.

—Entonces, sigue refrescándome la memoria —le animó, con una gran sonrisa.

—A ver... Me gusta alternar con mi gente cuando me es posible, En cuanto a música, ya sabes que me gustan Bon Jovi o Queen, entre otros dinosaurios.

—No me acordaba —Era mentira, pero la inesperada confesión de hacía un rato todavía le hacía temblar. Carolina le señaló el pecho con cautela—. ¿Puedo?

—Claro. —Ethan apartó un brazo y dejó que ella apoyara su perfumada cabeza en él—. Siempre que no tengas pensado devorarme.

—Ya te gustaría. Sigue.

—También sé escuchar a las personas cercanas que me cuentan sus problemas, así que puedes empezar.

Tan rápido como se había tumbado, Carolina se levantó.

Lo peor no era que lo hubiera adivinado con tanta facilidad. Ni siquiera todas aquellas reacciones que podrían producirse en él, si en un momento dado, ella decidía abrirse un poco más.

No. Lo peor era que estaba considerando la posibilidad de sacar todo lo que se le pudría dentro con la seguridad de que, fuera como fuese, él actuaría de la forma que ella esperaba.

—Yo no estoy cerca de ti —afirmó con el ceño fruncido.

—Un poco más, y podría tenerte encima. O debajo. Si eso no es estar cerca…

—Tampoco tengo problemas.

—Y lo que acaba de pasar entre nosotros no ha sido un pedazo de beso con lengua, sino un saludo inocente entre amigos, ¿a que sí?

—Ethan la tomó de la barbilla cuando Caro intentó desviar los ojos—.

Mi autoestima no soportaría que la perspectiva de tener sexo conmigo te haya asustado. ¿Me cuentas por qué te fuiste?

Hacía demasiado que no hablaba del tema. No quería molestar a Maca con algo que también le afectaba. Con sus amigas, los encuentros eran tan distantes en el tiempo que se reducían a conversaciones triviales destinadas a alegrarse la vida.

Con Jorge, sencillamente, ese tema nunca había existido. Las pocas veces que había intentado desahogarse con él, había recibido varios bufidos de disgusto, acusaciones de debilidad y, por último, una indiferencia demasiado hiriente.

Intentó analizar la mirada que recibía de aquel hombre que se mostraba tranquilo y receptivo. Era limpia, brillante, abierta. Demasiado clara como para esperar rechazo o enfado por su parte

«Sigue tu instinto. Hasta ahora, no te ha fallado».

¿Qué remedio le quedaba? Se terminó la primera cerveza y volvió a su posición original para escuchar la potencia de los latidos de su corazón.

Procuraría que la confesión fuese breve.