Volver a empezar Serie completa 8 Trabajo low cost #3
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8 Trabajo low cost #3

Supuso que Caro estaría en casa, pero no se atrevió a averiguarlo a través del móvil y de Macarena.

Pensar en ella le provocaba un montón de inseguridades que no le ayudaban en nada.

Si para colmo, sus planes de seguir los consejos de Adam se habían esfumado por un despiste con la hora, las probabilidades de terminar la noche con final feliz se reducían bastante.

Condujo con prisa y dejó el coche en el garaje, metido en sus propios pensamientos. Unos pensamientos que se quedaron en la puerta en cuanto el sonido estrepitoso de la televisión le recibió nada más entrar.

Carolina parecía dormir en el sofá. Una maraña de rizos negros y húmedos tapaba uno de los brazos del mueble.

Del resto de su cuerpo, Ethan solo pudo vislumbrar las redondeces de sus pechos asomando por el escote de su albornoz blanco —se lo repitió mentalmente: su albornoz—, que se había abierto demasiado porque le quedaba grande.

Clavó los ojos en aquella parte en concreto y abrió la boca, repentinamente seca.

El olor a fresas que ya le resultaba familiar, se mezcló con el de comida recién hecha que le llegaba de la cocina, pero que él desechó enseguida.

Todo lo que quería comer, estaba allí delante.

Como si ella notara la intensidad de su mirada, se movió un poco, dejando que el albornoz resbalara por sus piernas hasta casi medio muslo.

El cuerpo de Ethan reaccionó como si llevara meses padeciendo necesidad sexual.

Sin embargo, su mente se retrajo. Supo que antes de acercarse a ella y romper aquella extraña sensación de alejamiento que todavía persistía entre ellos, debía darse una ducha, a ser posible, fría, pero una extraña sensación de déjà vu se lo impedía.

Ya había experimentado antes ese calor en el pecho al saber que no estaba solo en su casa, ni en su vida.

Que sería felizmente acogido en ambas por otra persona distinta de sí mismo.

Revivirlo con Carolina fue todo un descubrimiento.

Bueno, podía quedarse mirando el resto de la noche, o hacer algo al respecto.

Se descalzó para no despertarla y casi corrió a ducharse.

El agua prácticamente fría le calmó la excitación y le ordenó los pensamientos.

Apenas cinco minutos después, estaba engullendo una tortilla francesa que había sobre la mesa de la cocina a toda velocidad, temiendo que Caro se despertara antes de que él pudiera jugar su ventaja.

No fue así. Vestido tan solo con sus habituales pantalones oscuros, se asomó al salón para comprobar que Carolina seguía en la misma postura en la que la había dejado.

Mil veces mejor. Con una sonrisa destinada a infundirse ánimos, Ethan se acercó y terminó en cuclillas junto a su cara.

Parecía tranquila, tan bonita… Con sigilo, apartó la jaula de los demonios de Tasmania que descansaba a los pies del sofá, y se acercó más.

Le apartó un rizo mojado de la cara, aspirando el aroma que desprendía de él.

Cerró los ojos y lo disfrutó. Cuando los volvió a abrir, parecía mucho más dispuesto a aprovechar el hecho de que ella continuara dormida.

Desplazó la yema de su dedo índice por los párpados en una caricia liviana hasta llegar al contorno de la mejilla.

La piel allí era suave. Con un ligero tono rosado.

La tenía tan cerca que pudo apreciar esa clase de detalles cuando llegó al mentón y descendió por el hueco de su garganta.

Algo se despertó dentro de él. No podía ponerle nombre, pero estaba seguro de que no era solo deseo contenido.

A ese lo conocía bien. Se trataba de un impulso primitivo que le llevó a sentarse al otro extremo del sofá, levantándole los pies con todo el cuidado del mundo para colocárselos sobre su regazo.

Tampoco así se despertó. Aunque el contacto, tan cerca de su parte más vulnerable, estuviera a punto de hacerle saltar hasta el techo.

Ethan carraspeó y se acomodó como pudo. Cogió el mando de la televisión y se puso a hacer zapping a la velocidad de la luz, intentando distraerse con algo, pero no tuvo éxito. La programación ese día era penosa.

Y su cabeza comenzaba a centrarse en un único objetivo.

Por el rabillo del ojo, vio las pantorrillas desnudas de Caro. Parecían suaves, bien torneadas y firmes. Pudiera ser que no hiciera tanto ejercicio físico como él, pero no le hacía ninguna falta para excitarle. Desde luego que no.

Extendió la mano para calmar el hormigueo de las yemas de los dedos, pero la dejó suspendida sobre ella, a un par de centímetros. Se imaginó cómo sería rozar su piel. Oler de cerca el aroma a excitación o lamer la humedad del sudor mezclada con el agua de la ducha reciente.

De momento, no se atrevía a ir más lejos. Sabía que ahora ella estaba tan indefensa como cuando se la encontró en el Cheers, completamente bebida.

No se aprovecharía de ella en ese estado, dormida como un ángel inocente.

Pero tarde o temprano despertaría. Y a él le gustaba demasiado aquel lento descubrimiento como para parar en el momento apropiado, o en cualquier otro.

Las sienes le palpitaron con fuerza cuando empezó a sentir sudores fríos por la espalda.

Carolina se movió hasta ponerse boca arriba, dejándole ver a través de la abertura del albornoz el comienzo de su vello púbico.

Fue un despliegue inconsciente de sensualidad tan grande que él soltó un suspiro medido para evitar explotar.

Se sintió impulsado hacia esa parte de su cuerpo como si fuera un enorme imán. Dios… Ni siquiera llevaba un simple tanga que pudiera contener sus instintos más básicos. Ahora tenía las piernas entreabiertas, como invitándolo a que siguiera.

Ethan sentía los músculos agarrotados. El sudor se le adhería a la piel a pesar de que acababa de ducharse y los dedos comenzaron a temblarle cuando los dirigió hacia allí, disfrutando de su extraño magnetismo que le hacía endurecerse sin haberla tocado.

Ella gimió en sueños, atrayéndole todavía con más fuerza.

Podría conseguir que esos gemidos fueran para él.

Que la firmeza de sus pechos redondos se ablandara a causa de sus masajes, de sus caricias, hasta sentir en las palmas de las manos la dulce presión de los pezones duros y excitados.

Que esas piernas se abrieran todavía más.

Que esos ojos le miraran llenos de lujuria y desenfreno y que esa boca le besara por todas partes…

¡Dios! Estaba duro. Palpitante y tan dolorido que incluso la tela del bóxer le molestaba.

Los dedos le temblaron cuando los acercó más, pero justo antes de que el contacto se produjera, los retiró.

Le ardían. Parecían a punto de desintegrarse por efecto del calor.

Empezaba a perder el control. A esas alturas, casi rogaba que ella abriera los ojos y le mirara a través de sus largas y espesas pestañas oscuras. Así al menos sabría si podría dar rienda suelta a sus fantasías o recibiría una sonora bofetada que ahuyentara todo lo que su mente fabricaba para ella.

Al fin, sus deseos se cumplieron. Carolina parpadeó desorientada y miró a su alrededor, como preguntándose qué hacía en aquella posición, con él tan cerca, pero no se apartó ni un milímetro cuando le vio acomodarse entre sus piernas y sonreír.

—Hola, Bella Durmiente —la saludó con ternura—. Pensaba que tendría que montar un concierto en casa para despertarte.

No le hubiera hecho falta. Ahora sabía la razón por la que se había despertado agitada y acalorada.

Al principio, pensó que se trataba de un sueño erótico. Se había oído suspirar a sí misma, ¿o había sido el hombre que parecía devorarla con los ojos?

Daba igual. Lo único que importaba era el aliento que sentía cerca de su cara, el aroma masculino, profundo y sensual.

Le estaba gustando demasiado aquel Ethan ocupando toda su capacidad de visión, con su espléndido pecho al descubierto y aquellos pantalones, demasiado finos para ocultar lo que no podía ser ocultado por su tamaño, contundencia y, seguramente, dureza.

Los ojos azules se habían vuelto a oscurecer cuando los clavó en ella, despertando todas las alarmas. No quería moverse, pero lo hizo para recuperar la calma.

¡Por favor! No podía estar suspirando por un hombre al que no conocía. Ni catalogar de normal la postura en la que estaban, con Ethan acercándose hasta posar las manos a ambos lados de su cabeza, con toda la intención de acorralarla.

—Te estuve esperando —afirmó, retrocediendo hasta incorporarse un poco—. Te he llenado la nevera, y sobre la mesa tienes una tortilla francesa que ya estará caducada.

—Muchas gracias por las dos cosas —ronroneó él, avanzando lo que ella había retrocedido—. La tortilla estaba buenísima, y los animales, satisfechos. Aunque no todos.

Era evidente quién esperaba su satisfacción. Olía a recién duchado. Su pelo todavía estaba húmedo. Y se había comido la tortilla. Carolina sintió un ligero escalofrío. ¿Cuánto tiempo llevaba observándola, devorándola, sin que ella se diera cuenta?

—Me ha costado lo mío encontrar algo comestible en el supermercado de Stubborn —siguió diciendo, sintiéndose completamente estúpida por aquella conversación tan frívola—. Llegué a pensar que las crías tendrían que echarle mano al pan de molde.

Él suspiró y se apartó un poco. Resignación. Al parecer, ella volvía a establecer barreras que tendría que saltarse. En esta ocasión, parecía fácil. Solo se empeñaba en hablar para dar frialdad a la escena caliente que él se había montado en la cabeza.

—Brenda te hubiera dado comida enlatada para gatos en la clínica —sugirió, recorriendo con la vista el increíble espectáculo que ofrecía con las piernas entreabiertas, el albornoz abierto casi hasta la cintura y los rizos negros desparramados por parte de sus pechos.

Ella notó el deseo fulgurante de aquella mirada y procuró cubrirse, pero las manos le temblaron demasiado para hacerlo con la suficiente rapidez.

—Eso fue lo que compré —continuó hablando con la voz estrangulada, como si toda su fuerza se la hubiera llevado aquel par de ojos sagaces—. No quiero soportar a Brenda más de lo necesario.