8 Trabajo low cost #2
—Hola, Ethan. —Carolina se sentó sobre la camilla y le enseñó la nota con una sonrisa—. Gracias por haber limpiado la cocina y por mi mitad del desayuno.
—¿Te gustó?
—Me gustó todo. —En un acto reflejo, Carolina se pasó la punta de la lengua por los labios. En otro acto reflejo, él se acercó y apoyó las manos en la camilla, a ambos lados de sus caderas. Sus miradas se entrelazaron—. ¿Es verdad lo que pusiste en la nota?
La colocó entre los dos, de modo que sus avances se frenaron de golpe. Él tuvo que leerla otra vez para recordar lo que había puesto.
—Yo nunca miento —afirmó, poniéndose recto—. Podría haberte llamado por teléfono o despacharte con un WhatsApp, pero todavía no tengo tu número.
—Prefiero la nota. Tiene más encanto.
—¿Dormiste bien?
—Muy bien. —Ella sí que mentía—. ¿Cómo te ha ido el día?
—Todavía es pronto para saberlo. —Se le veía cansado. Con ojeras y el pelo revuelto. Con la camiseta y los pantalones descolocados. ¡Deberían prohibir que alguien paseara por ahí todo ese atractivo!—. ¿Y tú? ¿Han sido muy duros contigo?
—Si nos olvidamos de que no me he atrevido a entrar en el recinto de Solomon ni de lejos, y que tu querida Brenda estaba esperando el mejor momento para saltar a mi yugular, perfecto —recitó ella torciendo la boca.
—Bueno, es mejor que lo que me espera a mí.
Al sonreír se le formaron sus hoyuelos, pero tenía la mirada triste. Carolina decidió compadecerse de él y dejó que se acercara para acariciarle la mejilla con la mano.
—No te preocupes —le reconfortó—. Solomon se pondrá bien.
—Es un espécimen maduro.
—Entonces a lo mejor solo son achaques de la edad.
Ethan no respondió. Se sentía demasiado bien por el contacto como para pensar.
Le cogió la mano y la apretó más contra su cara.
Pero de repente sus ojos se fijaron en otro punto mucho más erótico y mucho menos tierno para Carolina.
Justo donde ella comenzaba a sentir un cosquilleo cuyo origen no era nada romántico.
—¿Me estás mirando el escote? —le preguntó con el ceño fruncido.
—¿Cómo no voy a mirar? ¿Qué es eso que se mueve?
—Dos crías de demonio de Tasmania. —Carolina disimuló su desilusión al darse cuenta de que los bichos peludos que cobijaba entre los pechos provocaban en Ethan más interés que ella—. Me las dio Brenda para que les echaras un vistazo.
El veterinario que había en él salió a relucir. Esperó a que Carolina se las pusiera en las manos y las examinó por encima con un gesto de preocupación.
—Tengo que ver la madriguera —dijo, dirigiéndose a la puerta—. ¿Me acompañas?
Para una vez que pedía algo, no era plan de negarse.
Observó en silencio cómo Ethan apartaba hojas y ramas secas para dar con un trozo de carne medio podrido que levantó en el aire sin que su olor le repugnara lo más mínimo.
Luego volvió con las crías en una mano y el trozo de carne en la otra y siguió examinando con más minuciosidad a los animales, hasta que se decidió a levantar la vista.
—Botulismo —diagnosticó—. Pero habrá que asegurarse. Ahora lo más importante es hidratarlos para evitar la rigidez de sus músculos.
Con una jeringuilla les suministró agua en pequeñas dosis. Después, miró a Carolina.
—¿Tú te atreverías a cuidar de ellos?
—Depende. Infórmame.
—Sería algo así como encargarse de dos bebés, preocuparse de que toleran la comida…
—¿En tu casa?
—Y aquí —añadió él, levantando una ceja muy escéptica—. Aunque entenderé que no quieras aceptar tanta responsabilidad.
—Quiero saber qué pasaría si no se hiciera de ese modo.
—Supongo que habrás oído hablar del bótox.
—Es esa sustancia que los famosos se inyectan para parecer eternamente jóvenes —dijo Carolina—. Aunque muchos parecen momias andantes.
—Suele aparecer en la carne podrida —añadió Ethan con una sonrisa muy triste.
—No debería ser normal que comieran carne podrida.
—No. Pero nuestra prioridad ahora es hacer lo imposible para que no mueran.
—Vale. Con eso me basta. —Carolina cogió a las crías y las depositó en una pequeña jaula—. A partir de ahora soy vuestra segunda madre, preciosidades.
—Te lo agradezco.
—Es mi trabajo. —Y lo cumplía con tanta responsabilidad que le costó lo suyo no estrecharla entre los brazos para demostrarle mejor su gratitud—. Pero antes quería pedirte un par de horas para hacer la compra. Tu nevera hace eco.
—¿También tienes algo en contra de mi nevera? —resopló él. Ya que todo el encanto del momento se había esfumado con la cruda realidad, volvió a su asiento y le dio la espalda—. En el congelador hay comida precocinada.
—¿Has oído hablar de la dieta mediterránea? Pues yo la sigo. Además, necesito acondicionador para el pelo, champú, crema hidratante, cacao soluble…
—Creía que te había gustado el desayuno.
—Me gusta el café, pero soy más de leche con cacao —añadió Carolina, ensimismada en su lista de la compra—. Y agradecería tomar galletas de vez en cuando.
—Tiempo muerto —pidió Ethan, recostándose sobre el respaldo de la silla para sacar unos dólares.
Caro los miró con reticencia, y él sonrió, comprendiendo—.
Ya sé que crees en la emancipación de la mujer y todo eso.
Yo también, que conste, pero en el supermercado no serán tan comprensivos.
—Antes de que ella pudiera decir nada, él añadió—: Mi intención es simplemente que pagues la compra.
Ya me lo devolverás, si así te sientes mejor. ¿Irás sola?
—Había pensado en Maca para acompañarme. Gavin ya ha llegado y nos presta su coche.
—De acuerdo, pero antes dile a Adam que tengo que hablar con él urgentemente.
Desde luego, tenía un don especial para espantar pensamientos inoportunos y disfrazar órdenes de agradables sugerencias. Carolina no pudo hacer otra cosa que coger la jaula con las crías y darse media vuelta.
—¡Ah! Y, Caro…
—¿Sí?
—Igualmente te hubiera mirado el escote sin las crías. Tienes unos pechos preciosos.
Ethan se puso a mirar la pantalla del ordenador como si el comentario fuera trivial, pero en el fondo esperaba una respuesta. Por eso no se atrevió a girarse cuando solo escuchó el silencio. Y los pasos conocidos de Adam, rompiéndolo mucho más tarde.
Lo miró tan decepcionado que su amigo se rio.
—¿Qué has hecho con Caro? —bromeó—. Salía de aquí más roja que un tomate.
—Entonces sí que tenía respuesta…
—¿De qué hablas? ¿Y por qué tienes esa sonrisilla de zorro?
—Por nada —respondió, poniéndose serio—. Me preocupa Solomon . Y Caro ha venido con dos crías de demonio de Tasmania que presentan síntomas de botulismo.
—Brenda pidió expresamente que fuera ella quien te las trajera.
—Brenda debería haberlos examinado antes —puntualizó, levantando el dedo índice cuando vio que Adam iba a hablar—. No la justifiques solo porque te la ponga dura.
Para Ethan, los animales del refugio se habían convertido en una prioridad. No toleraba los fallos por omisión y le sobraban los motivos, así que Adam decidió no contradecirle.
—Dejemos las cuestiones sexuales aparte —claudicó—. ¿En qué estás pensando?
—En las casualidades.
O sea, en Robert. Adam resopló y se sentó en el borde de la mesa, obstaculizando la visión de Ethan.
—Vale. ¿Qué quieres? —preguntó—. ¿Que contratemos a un detective privado para que te asegure lo que Gavin, Ben y yo llevamos diciéndote años? ¡Robert sigue en la cárcel!
—En Melbourne. Ya lo sé —respondió Ethan sin inmutarse—. Pero podría tener contactos fuera.
—Tú también —replicó Adam, cruzándose de brazos para remarcar los músculos. Ethan acabó por sonreír al comprender lo que su amigo insinuaba—. Y ahora que te sientes seguro con tu séquito de guardaespaldas, ¿qué más quieres hacer?
—Actuar antes de que el funcionario sudoroso vuelva a amargarme la vida —concluyó Ethan—. Después me cuentas qué tal se ha portado Caro.
—Por lo que veo, mucho mejor conmigo que contigo —canturreó Adam—. ¡Ni siquiera la has besado todavía!
—Esto… Tenía pensado hacerlo al llegar a casa… Pero no sé si…
Ethan se revolvió en la silla y se pasó la mano por la nuca, en un intento tonto de tranquilizarse para explicar a Adam, en otro intento igual de torpe, que en realidad no necesitaba sus consejos de supuesto hombre experimentado con las mujeres.
Aunque no le quedaría otro remedio que recibirlos.
Gruñó al comprobar que las palabras no le salían con la fluidez adecuada e intentó escabullirse, pero su amigo se interpuso en el camino, con los brazos cruzados y esa sonrisilla pretenciosa que solía preceder a algún sermón de los suyos.
—No me digas que ella no quiere —auguró.
—¿Y yo qué sé? —Ethan se encogió de hombros. Tenía la impresión de parecer un pobre adolescente lleno de complejos, incapaz de acercarse a la chica de sus sueños—. No se lo he preguntado.
—Pues no entiendo a qué esperas. Podrías invitarla a cenar, hablar con ella para romper el hielo… Esas cosas que hacen que una chica se sienta bien contigo. Que viva en tu casa no significa que des por supuesto que se abrirá de piernas a la primera de cambio, hombre.
—No hables así de Caro.
¡Uf! ¿Por qué la expresión le parecía vulgar si se refería a ella? ¿Y por qué la defendía como si fuera el hombre de su vida?
—Bueno, puedes decirlo de muchas formas, pero eso es lo que buscas, ¿no?
Adam se marchó entre risas, impidiendo que él le respondiera como se merecía. Permaneció un rato más allí, decidiendo hasta qué punto sus consejos eran acertados y sus palabras, sinceras.
Y cuando logró que todo el montón de sensaciones contradictorias dejara de gritarle en el oído el nombre de Carolina, se entregó de lleno a su trabajo, esperando que así el tiempo que faltaba para volver a verla se hiciera más corto.
Se empeñó tanto en concentrarse que, cuando terminó, se dio cuenta de que la hora de la cena, al menos la australiana, había pasado de largo.