8 Trabajo low cost
REQUESÓN AL CAFÉ
Preparación:
Se disuelve el café soluble y el cacao en cuatro cucharadas de agua y se le añade al requesón, junto con el azúcar, removiendo hasta que tome consistencia cremosa. Después se añade la nata montada, se remueve y se deja enfriar.
Nota a pie de página:
¡A la mierda el espíritu aventurero! ¿Qué he hecho? ¿Pero qué he hecho?
Mezclar el sabor del cacao más puro con el del café que todavía me rondaba por la boca.
Quedarme con ganas de más, pese a saber a lo que me expongo con este embrollo en el que me he metido.
Menos mal que Jorge no me ha visto. A todo esto, ¿qué narices hago yo preocupándome por Jorge, cuando para él ya no existo?
—Solomon no está bien.
Adam esperó respuesta de Carolina, pero ella tenía la vista perdida en el improvisado sándwich que hacía de almuerzo. Con una media sonrisa en la cara y las mejillas muy rojas por el calor, a pesar de estar debajo de un árbol.
—Caro, acabo de comer un trozo de lechuga envenenado y voy a morirme.
—¿Qué?
Carolina pareció despertar de su sueño para mirar horrorizada cómo Adam se reía.
—Nada. Solo quería llamar tu atención. ¿Dónde estabas?
En la nota que aquella mañana, nada más poner un pie en la cocina, se había encontrado sobre la mesa, junto a un jugoso desayuno que Ethan le había dejado preparado, y justo delante de un fregadero reluciente y vacío.
Hola, Caro.
He tenido que marcharme a la clínica. Hoy estoy solo y tengo mucho trabajo.
Ben irá a buscarte para llevarte al refugio junto con Macarena. Te veo por la tarde, pero mientras tanto, aquí tienes tu primera lección “turística”: esto que ves aquí, de color marrón oscuro, es vegemite, un extracto de levadura de sabor salado que se unta sobre las tostadas. Espero que te guste.
Te dejé café preparado (si es que tomas café) para que solo tengas que calentarlo en el microondas. Las tostadas corren de tu cuenta.
Como ves, he cumplido con mi cincuenta por ciento de trabajo. La cocina está reluciente.
Un beso,
Ethan.
PD: perdóname por la encerrona de ayer. Tenías razón. Me dio miedo tu respuesta y me aseguré de estar bien arropado por si era un no.
Has demostrado ser muy valiente al aceptar la ayuda de un extraño.
Carolina suspiró al tocarla con los dedos por enésima vez, cabreándose con ella misma.
No había pegado ojo en toda la noche. Y no era por considerar a Ethan un extraño, sino por todo lo contrario.
Era humillante la forma en que la cercanía de aquel aussie con hoyuelos la convertía en una quinceañera hormonada, capaz de cargar con todo el trabajo asignado por Adam solo para no pensar en él.
—Va a haber un incendio en breve.
Carolina miró a Adam conteniendo la risa y se limpió con la servilleta. No había reducto, por pequeño que fuera, que no hubiera visitado ya gracias a él. Incluso le había prestado un par de botas de agua para que pudiera penetrar en determinados recintos de difícil acceso.
Por lo demás, perdió de vista a Ben y a Maca en cuanto pusieron un pie en su nuevo trabajo. Aún no había coincidido con la odiosa Brenda, aunque tarde o temprano tendría que coincidir.
—Ya te hago caso, Adam. ¿Qué decías de Solomon ?
—¿No te has fijado? Apenas ha probado la carne. Shiba se la ha comido prácticamente toda.
—Ethan me dijo que estaba ciego.
—Hablamos de un felino, Caro. —Adam entornó los ojos mientras atendía un Whatsapp que acababa de sonarle—. De uno muy especial para Ethan.
—¿Por qué?
—Pues porque… —Otro WhatsApp le obligó a interrumpir la conversación para levantarse con una sonrisa—. Brenda quiere que vayas al territorio de los demonios de Tasmania.
—¿Yo?
—No veo a otra española llamada Carolina por aquí.
—Brenda no me soporta —refunfuñó, negándose a moverse de donde estaban—. No creo que me llame para nada bueno.
—Te ve como a una rival.
—¿A mí?
—Has llegado de sopetón y te has llevado toda la atención de Ethan —añadió Adam, encogiéndose de hombros. Aparentaba indiferencia, pero Caro vio cómo se le apagaba la mirada—. Se siente amenazada.
—Acabo de salir de una relación. Te aseguro que no me apetece empezar otra. Ni con Ethan ni con nadie.
Pero no debió de resultar muy convincente, porque Adam meneó la cabeza y sonrió.
—No te preocupes. Brenda ladra pero no muerde. —Antes de que siguiera poniendo pegas, le rodeó los hombros con un brazo y la hizo salir de la sala—. Cuando la conozcas un poco más, verás que es encantadora. Y que puedes aprender mucho de ella.
Solo alguien enamorado podría hablar de aquella bruja en esos términos.
—Adam, ¿te gusta Brenda? —preguntó Carolina, más que escéptica. Aquel hombre era demasiado encantador, hospitalario y buena gente para esa mala pécora.
—Mucho.
Ella sonrió. ¡Qué bien!
—¿Y tú a ella?
—Me parece que nada.
La sonrisa se esfumó. Qué mal…
—Supongo que ni Maca ni Ben podrán sustituirme, ¿no?
Adam se detuvo y la observó como si fuera un profesor severo.
—Caro, si quieres seguir aquí, estáis condenadas a entenderos —concluyó, alejándose.
Cuando encontró a Brenda en cuclillas bajo un árbol, hurgando no sabía que, pensó en saludar amigablemente, pero después cambió de opinión. Si podía prescindir de su buena educación con alguien, era con ella.
—Me has llamado.
La veterinaria la miró de cabo a rabo con tanto desprecio que Carolina tuvo ganas de abofetearla primero, y de taparse después.
—¿Vas a algún desfile de modas? —le preguntó con retintín.
—Con las botas que me ha prestado Adam, lo dudo —respondió Carolina, levantando el mentón hasta donde le fue posible—. Dime qué quieres, estoy muy ocupada.
Brenda le enseñó lo que tenía en las manos. Parecían dos pequeños topos negros que temblaban, pero que no se movían.
—Esto —dijo, un poco decepcionada al ver que la española no se asustaba y sí miraba con curiosidad—. Son demonios de Tasmania. Llévalos al despacho de Ethan y que les eche un vistazo.
—¿Por qué no lo haces tú? Tengo entendido que eres buena en tu trabajo.
La veterinaria sonrió de medio lado y agarró las manos de Carolina para depositar a las criaturas en ellas.
Tampoco así se asustó.
—Tengo que irme a la clínica para sustituir a Ethan —aclaró—. Él ha llegado hace un rato. Hay que llevarlos a un lugar que les proporcione calor. Y tú eres la «chica de los recados», según tengo entendido.
—No hago los recados a quien no me lo pide con educación.
Los ojos oscuros brillaron de contrariedad; los dorados, de triunfo.
—Por favor, Carolina, ¿te importaría mostrarle estas crías a Ethan para que las examine? —sugirió Brenda con una voz engañosamente suave.
—Eso está mucho mejor.
—Y, de paso, ¿podrías meter la boca en el pantalón de otro?
Carolina se había dado la vuelta satisfecha por su logro, pero se quedó de piedra al escuchar el resto de la petición.
—Te lo explicaré en tu mismo idioma —recitó muy despacio, asegurándose de que la veterinaria la entendía—: hazte a la idea de que Ethan es un ciervo en celo y nosotras, dos de las candidatas para el apareamiento.
Ahora mismo, no hay otro macho alfa que le dispute el territorio.
Por lo tanto será él quien decida, si es que en algún momento tiene que decidir.
La mirada de Brenda brillaba con tanto odio que Carolina se marchó antes de que la alcanzara.
Se había comportado como una estúpida rebajándose de aquella manera. Ella no iba a luchar por Ethan porque, entre otras cosas, no quería a nadie en su vida.
***
Había sido un día intenso.
Primero, la clínica. Después, dar el visto bueno a las cuatro personas que, a partir de aquel día, se incorporarían al equipo de voluntarios del refugio.
Entre medias, comprobar in situ que su querido Solomon actuaba como un gato enfermo, tal y como le había dicho Adam. Huraño, inapetente y apartado de su compañera Shiba .
Y por si eso fuera poco, mientras intentaba centrarse en las pruebas que debería realizar al tigre, Carolina y su preocupación por ella copaban toda su atención.
«—¿Qué es lo primero que se codicia, Clarice? Aquello que vemos».
Recordaba una frase parecida en El silencio de los corderos. Ahora le venía como anillo al dedo.
Él no paraba de codiciar lo que llevaba un día viendo. Y oliendo. Y recordando.
Había pasado la noche intentando buscarle una lógica al hecho de que, por primera vez desde Hannah, era una persona, no un animal, lo que le quitaba el sueño.
Una mujer, para más señas. Con la que solo había compartido una hora de conversación y diez minutos de intercambio de fluidos bucales hacía años.
Se negaba a llamarlo de otra manera, porque tampoco podía comprender cómo era posible que, a esas alturas y teniéndola en su casa, no se hubiera lanzado a por ella.
La respuesta le vino casi de inmediato: el instinto. Le decía que lo que ella necesitaba era precisamente lo que él no tenía cuando la sentía alrededor. Paciencia. Tranquilidad. Tino.
Saber actuar como un felino inteligente, en vez de como un becerro en época de celo.
Resopló y miró a su alrededor. El lugar en el que estaba no podría definirse como laboratorio pese a contener muchos de sus utensilios.
Tampoco era una sala de curas, aunque contaba con todo lo necesario, incluida una camilla.
Ni un despacho al uso, por mucho que dispusiera de una mesa de rincón muy rudimentaria y un ordenador de la época de los dinosaurios.
Refunfuñó porque no pudo evitar comprobar el desorden al acordarse de ella.
Si estuviera allí, sacudiría su dedo índice delante de él para regañarle por comportarse como un cerdo.
Hablaría y hablaría, hasta que él se atreviera, de una puñetera vez, a silenciarla con un beso largo, profundo, que atravesara la línea invisible que había trazado desde su segundo encuentro.
¡Dios, cómo lo necesitaba!
—¿Puedo pasar?
Él salió de su aislamiento mental para encontrarse con dos preciosas piernas. Ni siquiera esas horribles botas le quitaban atractivo a los shorts que llevaba puestos. Tenía los rizos negros recogidos en una coleta alta, pero aun así, alguno se le iba hacia el centro de aquella preciosa cara.
—Hola, Caro —saludó con voz ronca.