7 Cenicienta y sus zapatos #5
Tom lo sujetaba para evitar que siguiera zarandeando el cadáver, pero necesitó la ayuda del doctor para intentar calmarlo.
Él los apartó. Se miró las manos. Abrió y cerró los dedos, como si ahí estuvieran escondidas todas las respuestas, como si pudiera hacerla volver a la vida.
Pero no podía. Se derrumbó sobre el cadáver cubierto y lo abrazó.
Lloró tan solo una pequeña parte de su frustración.
De la culpa que siempre le acompañaría, y mientras en el lugar solo se escuchaban sus lamentos desgarrados, besó los labios fríos de Hannah.
Sus párpados cerrados. Su pelo sucio y la rigidez de su cuerpo.
—Perdóname… —gimió junto a su oído—. Fue culpa mía, culpa mía… Tenía que haber visto los problemas. Tenía que haber evitado que te fueras con…
El nombre resonó en su cabeza con fuerza suficiente como para llenarle el pecho de aquel sentimiento podrido que le hizo ponerse en pie con lentitud.
Con un gesto pétreo, se giró hacia Tom.
—¿Dónde está?
—Él… Bueno, está en observación. Aparentemente no tiene nada grave, pero…
Ethan no necesitó escuchar más. Con la fuerza que surge de la rabia y el dolor más profundo, salió corriendo de allí para subir a planta.
Tras él oía las voces de Tom y del doctor intentando detenerle antes de que cometiera una locura.
Avivó el paso. Esperaba que no lo lograran antes de haber hecho justicia.
Encontró a Robert en una habitación individual, con la puerta entreabierta por la que se podía oír los sonidos amortiguados de la televisión.
La furia de Ethan se desbordó.
Hannah yacía en el sótano del hospital, mientras él veía las noticias de la mañana con apenas unos puntos de sutura y un collarín.
Abrió la puerta con tanta fuerza que la hoja rebotó en la pared. Sus ojos enrojecidos se clavaron en Robert y, con un rugido propio de un animal salvaje, se abalanzó sobre él.
—¡Tú! —gritó, cercándole el cuello con las manos para apretar sin ninguna medida.
Estaba en sus cabales. Sabía lo que hacía porque quería hacerlo.
No había nada más que ocupara su cabeza que Robert muerto por sus manos.
Por sus golpes—. ¡Tú la mataste, grandísimo hijo de puta! ¡¡¡La has matadooooo!!!
Su odio le retumbaba en el pecho mientras gritaba, entremezclándose con los lamentos y las lágrimas.
Se sentó sobre él para golpearle. Para marcar su cara tal y como había visto la de Hannah.
Robert tardó en recuperarse de la sorpresa, pero no pudo defenderse a tiempo.
Probablemente sí que estaba maltrecho por el accidente, porque solo fue capaz de intentar cubrirse la cara cuando los puñetazos le empezaron a llover.
—¡Ethan, cálmate!
Los gritos no provenían del despojo humano que tenía debajo. Alguien trató de sujetarle, sin conseguirlo. Él siguió rugiendo, hasta que un objeto punzante se clavó en su brazo.
Después, se hizo la oscuridad más absoluta.
Más tarde despertó en una habitación de hospital, con Gavin y Kaamballa rodeándole protectoramente.
Los ignoró. No necesitaba su compasión. Solo quería morirse.
—Tom dice que Robert presentará una denuncia contra ti por agresión, pero que probablemente no saldrá adelante —le informaba su hermano con voz monótona—. Le acusaremos de homicidio, Ethan. Pagará lo que ha hecho.
—¿Estás mejor? —Kamballa le acarició la frente. Él no contestó—. Tranquilo. Todos han comprendido tu actitud, hijo. Pero era necesario calmarte de alguna forma y el doctor te administró un sedante.
Por eso sentía el cuerpo entumecido y la boca pastosa. En todo caso, no era lo suficientemente fuerte como para olvidar.
Se acordaba perfectamente de la cara de Robert, morada por la falta de aire. Escuchó los gritos de los facultativos intentando separarlos.
Notó otra vez su profunda ira; la satisfactoria sensación de la carne aplastada bajo su puño mientras lo golpeaba.
Y Hannah. Con el cuerpo roto, componiendo un ángulo extraño y una expresión de sufrimiento en la cara.
Muerta.
Todo volvía a suceder ante sus ojos a cámara lenta. Reviviendo cada detalle, cada aguijonazo. Cada emoción, hasta que sintió un nuevo desgarro en su interior. Uno tan grave que notó cómo la sangre se le escapaba de las venas. Cómo inundaba cada uno de sus órganos y le ahogaba.
Tardó en comprender que era pena.
—Muerta —repitió en voz alta, lleno de impotencia y decepción. Le hubiera gustado gritar a Hannah todo aquello que le corroía por dentro. Todo lo que nunca podría volver a decirle—. Estás muerta, Hannah.
Y lo había dejado solo. Solo y vacío. Con aquel frío que persistía desde que había visto su cadáver, y que nunca le abandonaría.
Porque Hannah se había llevado su corazón con ella.
Ethan se preguntaba si alguna vez dejaría de recoger los pedazos de aquel estropicio. Si sería capaz de mirar la dichosa fotografía sin lágrimas en los ojos o cuándo podría, sencillamente, tirarla a la basura y soltar lastre.
De momento, volvió a guardarlo todo tal y como estaba y apagó la luz.
Al día siguiente cambiaría su pequeño tesoro de lugar. No era que desconfiara de su bonita inquilina, pero por si acaso, evitaría la ocasión.