7 Cenicienta y sus zapatos #4
Quería huir de la profundidad de aquella mirada. De la magia que parecía atraerla hacia él. Pero no tenía la llave.
Él la sostenía en alto. Ella retrocedió para cogerla, pero no quiso marcharse sin antes preguntar:
—Ethan —llamó desde lo alto de la escalera, mirándole por encima del hombro.
—Dime, Caro.
—¿Por qué me has ofrecido todo esto?
—¿No lo sabes? —Carolina tenía una ligera idea que él se encargó de confirmar. Vio cómo apretaba los dientes para luego dejar caer los hombros. Y supo que lo que iba a decir era de suma importancia para él—. Aquella noche, en Madrid…
—¿Sí?
—A tu lado tuve paz. Quiero volver a sentirla.
No esperó a escuchar el sonido de la llave de Carolina y se refugió en su propio dormitorio.
Debía ser sincero consigo mismo: había esperado, de forma muy estúpida, que ella no la utilizara para cerrar la puerta.
Para Carolina, él era un desconocido con un comportamiento torpe y ridículo, intentando llegar a la categoría de amigo para llevársela a la cama.
Pero parecía tan noble que él se veía empujado hacia ella como si fuera un puñetero imán.
La conclusión era inevitable: había terminado muy cansado de luchar contra ese subconsciente que iba por libre cuando se daba cuenta de la mujer que tenía en el piso de arriba.
Desorientado por todas las emociones que había experimentado en un solo día.
Se quitó la ropa y se tumbó sobre la cama, completamente desnudo. Cerró los ojos y se frotó los párpados.
Solo apareció Carolina. Su risa fresca. Su mirada sugerente. Los pechos que asomaban por su top para dispararle la imaginación, la libido y la temperatura corporal.
Al cabo de una eternidad, se sentó en la cama pasándose la mano por la nuca. No podría dormirse así, por mucho que lo intentara. Necesitaba bajar sus defensas de hombre duro para ubicarse de nuevo, porque Carolina le había sacado de su hábitat natural.
En resumen: necesitaba a Hannah.
Sacó una foto enmarcada del cajón de la mesilla de noche, junto con un papel con varios dobleces, marcados por el tiempo.
Allí estaba él, abrazando a Hannah. Tan alegre y enamorado. Tan confiado y ajeno a los desengaños.
Tan idiota.
Nunca pasaría el tiempo suficiente como para olvidar. Todavía escocía, y él esperaba que siguiera así.
Tenía que centrarse en el dolor de la culpabilidad y el abandono para dejar de sentirse como se sentía con Carolina, pero no podía seguir mirando la felicidad que mostraba la foto, así que la dejó de lado y abrió el papel:
«Lo siento, Ethan. Me voy con Robert.
No quiero hacerte más daño».
Escueta y demoledora. Porque él había terminado destrozado y Robert, en la cárcel.
O eso esperaba. Hacía cuatro años que no le veía, y no tenía la menor intención de cambiar esa costumbre.
Llovía cuando empezó a amanecer.
Era el único sonido que superaba al zumbido de su cabeza después de estar toda la noche despierto.
Tenía los ojos hinchados de haber llorado. La mirada borrosa de tanto enfocarla en el móvil, esperando una llamada de Hannah.
Una simple llamada en la que volvería a escuchar su voz. Aunque nada más fuera para decirle lo mismo que en aquella nota repugnante que no había sido capaz de destruir.
La estrujó en la mano y se terminó el coñac del vaso. No sabía cuánto había bebido, ni las veces que había repasado su vida de casado, buscando los fallos. Los errores garrafales que podrían haber ocasionado la fuga de Hannah, nada menos que con Robert.
—Al menos no elegiste a mi hermano, o a mi mejor amigo —ironizó con la voz rota por la bebida y la noche en blanco—. Muy considerado por tu parte.
Pero Robert… Su relación con Ethan siempre había sido cordial aunque distante, centrada en sus respectivas profesiones. Cada vez que necesitaba unos análisis, recurría a él para que el proceso fuera más rápido.
Hacía más de un año que no lo veía, porque era Hannah quien se ofrecía a recoger los resultados.
Ingenuo. Idiota. Estúpido. Ahora comprendía por qué ella siempre se empeñaba en ir. Lo ciego que había estado. Tan seguro de que lo suyo funcionaba. De que Hannah se daba en cuerpo y alma a su relación. De que realmente lo quería.
Todo había sido un cuento macabro. Una mentira. Ahora empezaba a darse cuenta, pero la impresión de la verdad fue tan fuerte que tardó en escuchar los golpes insistentes en la puerta.
Con un pálpito repentino, la abrió.
Cuando se encontró con Tom, el jefe de policía, que estrujaba su gorra entre las manos sin saber muy bien cómo mirarle, se dio cuenta de lo ridículo de sus esperanzas.
Hannah nunca hubiera llamado para entrar en su propia casa.
—Ethan…
No tuvo que decirle más, para que el corazón se le detuviera y el vaso se le cayera de las manos.
Conocía a Tom desde que eran unos niños.
Siempre habían utilizado la sinceridad mutua, con mayor o menor sutileza, según el caso.
Por eso el jefe de policía rehuía su mirada, pero no por completo.
Lo que tuviera que decirle, era de suficiente gravedad como para no poder ocultarlo en su cara.
—¿Qué pasa? —Su propia voz le sonó extraña. Un negro presentimiento le cruzó por la mente. El estómago se le retorció con tanta fuerza que tuvo que contener un grito de angustia. Era una posibilidad en la que no había pensado, pero… —. ¡Tom! ¿Ella está bien?
No supo cómo, pero Tom tuvo que sujetarlo cuando se tambaleó. El zumbido de su cabeza se agudizó hasta que ni siquiera pudo ver la cara de su amigo. Parpadeó con fuerza. Sentía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor; sin embargo, temblaba de pies a cabeza.
—Lo siento… Robert conducía… Barranco… Los trasladaron al hospital… Reconocer el cadáver…
Las palabras le llegaban lejanas, aparentemente inconexas.
Las sintió por todo su cuerpo, como si fueran tijeretazos que le arrancaban trozos de carne hasta dejar sus órganos al descubierto.
Soltó el aire de sus pulmones de golpe y apartó a Tom de un manotazo. Salió a la calle aturdido, dando bandazos como un maldito borracho. A medida que comprendió, no quiso seguir respirando, pero su corazón seguía latiendo. Lo sentía en las sienes, en el pecho paralizado por el dolor.
Y después, nada.
Entumecimiento. Locura transitoria. Negación absurda de la realidad y agotamiento total.
No supo cómo actuar. Se quedó allí, empapándose bajo la lluvia torrencial, sin saber qué hacer.
Se dejó llevar por Tom hasta el coche patrulla y volvió a vaciar los pulmones.
Le costaba trabajo respirar. A su alrededor, todo se volvió irreal y borroso.
La voz de Tom, que no dejó de hablarle en todo el camino, sonaba metálica, lejana, como envuelta en un sopor lleno de ecos.
Solo regresó a la realidad cuando llegaron al hospital.
Tom lo condujo a través de pasillos llenos de gente.
Sus voces resonaban vacías, entrelazadas e ininteligibles.
Movía las piernas por inercia, como un zombi.
Hasta que la mano de su amigo lo guio hacia el cuarto solitario y frío.
Completamente aséptico, con un hedor penetrante a algo desconocido pero que le recordaba a la muerte.
Hannah.
El primer mazazo en el pecho le dijo que era ella antes de que el doctor que los acompañaba descubriera la parte superior del cadáver que ocupaba el centro de la habitación.
Hannah.
Una especie de lamento ahogado salió de su boca. Con disimulo, se agarró al borde de la camilla.
«—¡Ojalá estés muerta! —había gritado horas antes en su casa, lleno de impotencia—. ¡Ojalá estéis muertos los dos!».
Al parecer su deseo se cumplía. Ethan trató de ver con claridad. Se mareaba, pero no podía desmoronarse ahora. Tenía que mantener el tipo como fuera. En cierta forma, se lo debía a Hannah y a él mismo.
Pero no pudo evitar que la angustia le saliera por los ojos, por la boca, por los dedos crispados.
—Es… ella.
Ni siquiera estuvo seguro de ser él quien pronunciara aquellas palabras cuando se arrodilló a su lado para acariciar los múltiples hematomas que le habían oscurecido la piel de la cara hasta volverla azul y morada.
El pelo, su precioso pelo rubio, estaba tan manchado de sangre y barro que no se reconocía su color original.
Todavía estaba tibia. La carne aún no había adquirido la rigidez post mortem.
Era Hannah. Su Hannah. Su amor.
«Abre los ojos. ¡Mírame con ellos! Sonríeme como solías hacerlo justo antes de besarme. ¡Abre esos labios cortados y dime que me quieres otra vez! ¡Vive!».
—¡Ethan! ¡Ethan, para!