7 Cenicienta y sus zapatos #3
Con el gesto, los pechos se elevaron todavía más sobre el corpiño, atrayendo la atención de Ethan.
Las pupilas se le dilataron hasta que sus ojos parecieron negros.
La ráfaga de deseo le llegó de una manera tan imprevista que tuvo que apretar los puños para seguir aparentando normalidad.
Toda su capacidad de análisis se centró en las suaves curvas que moldeaban la tela, y en la ranura profunda que se formaba entre ellos.
Se imaginó poniendo su boca justo ahí. Besando la piel morena, chupando la parte que quedaba oculta debajo de la ropa…
—Puedo hacerlo —murmuró con los labios resecos y los ojos ardiendo. Estuvo a punto de sacudirse el pelaje, como Rusty después de su baño, para regresar a la conversación sin parecer que la había abandonado—. Soy tu casero.
—Todavía no he aceptado.
—Lo harás en cuanto veas que no tienes otra alternativa.
Si no tuviera tanta razón... La triste realidad era que, de todas las propuestas escuchadas, compartir casa con Ethan era la única que le atraía del todo.
¿Es que nadie le iba a decir que irse a vivir con un desconocido era una auténtica locura? ¿Maca no iba a recordarle la experiencia pasada con Jorge, para ver si así cambiaba de opinión?
Pues no. Maca miraba a Ethan como si representara la santidad.
Y Carolina tomó su decisión.
—Yo también tengo mis condiciones —declaró—. Si acepto colaborar en el refugio, me encargaré de los animales.
—No estás preparada para eso, Caro.
—He crecido en una explotación ganadera. ¿Quién dice que no estoy preparada?
—¿Un veterinario con experiencia?
—Lo haré con Adam —insistió ella—. Además, no creo que a los animales les moleste mi perfecto inglés.
Acababa de recibir un ¡zas! en toda la boca. Y cuando quiso protestar, Carolina volvió a cerrársela.
—En cuanto al tema de tu casa, podría aceptar —añadió—, siempre y cuando seas más ordenado y no te comportes como un cerdo.
Ya no pudieron aguantar más. Las carcajadas del resto ahogaron cualquier clase de excusa por parte de Ethan, aunque tampoco le vino ninguna a la cabeza con la suficiente rapidez.
—Caro, ¿estás segura de que no has vivido antes con él? —exclamó Gavin, retorciéndose de risa.
—Si son amigos, conocerán sus miserias mutuas. —Rio Kamballa—. Tengo anécdotas para aburrir acerca de su desidia. ¡Era un auténtico desastre! Pero no entraré en detalles. Si tienes interés en él, prefiero enseñarte las fotos de cuando era un bebé.
—Las dos cosas serían igual de humillantes, abuelita —remató Ethan, remarcando la última palabra con un gesto triunfal. La risa de la mujer se marchó casi al mismo tiempo que él sonreía.
—Por mí no os preocupéis —intervino Caro—. Lo soportaré.
—Pues por mí, sí deberíais preocuparos. Caro, yo puedo responder a todas tus preguntas.
—Pero no igual —añadió Gavin—. Reconoce que te dejarías unas cuantas cosas.
Carolina se unió a las risas de los demás. Él la miraba pasmado. Sorprendido y, para qué negarlo, completamente atraído por ella. Por el brillo que tenía en los ojos y por el olor a fresas que, todavía a aquellas alturas del día, le llegaba a la nariz.
Por lo auténtica que parecía, tanto enfadada como contenta.
—¿Qué me decís del tanga? —preguntó Kamballa, decidida a hacerle pagar el haberla llamado «abuela».
—Ah, sí, el tanga —añadió Gavin con aire de victoria.
—¿Qué tanga? —intervino Carolina, cada vez más intrigada al comprobar que Ethan pasaba de mirarle el escote a frotarse la cara—. Eso no me lo has contado, Brown.
—El que encontró una de sus amiguitas en la parte trasera del coche mientras Ethan y ella…
—No llegamos a nada, Gavin.
—No me extraña. La chica salió del coche hecha una furia, con el tanga de tu anterior ligue en la mano, llamándote impotente —añadió Kamballa con total naturalidad.
—Aunque hay que reconocer que su trabajo no le deja mucho tiempo y energías para dedicarse a la limpieza, se puede vivir en su casa y viajar en su coche sin sorpresas, Caro. —Ethan resopló. ¡Vaya! Menos mal que Gavin le daba una tregua—. Mi hermano es un buen hombre. Generoso y trabajador.
—Eso sí. Y muy sensible. No es la primera vez que le veo llorar por la pérdida de un animal.
Después de dejarse diseccionar como si fuera una rana, Ethan no sabía qué era peor: que lo tacharan de descuidado en sus relaciones sexuales, o de blandengue.
—Tuve que despedir a la asistenta y no utilizo lavavajillas —bromeó muy serio—. Soy un hombre independiente que no tiene por qué dar explicaciones.
—Entonces tendrás que ser tú quien friegue los platos sucios.
Una lástima. —Carolina tenía la boca tan fruncida que él tuvo ganas de estirársela a base de besos.
Con lengua incluida—. Si tengo que compartir la cocina contigo, al menos que sea con una higiene aceptable. Tienes un auténtico caos contigo.
—Es mi caos. —Ella se inclinó hacia delante, y los ojos azules se fueron a los labios entreabiertos.
Tenían un ligero color rosa que quiso avivar.
Solo tenía que atreverse a besarla sin pensar en las consecuencias…
¡Mierda! Llenarle la boca con algo más que comida se estaba convirtiendo en una obsesión.
Estaba sudando. Respiraba tan rápida como silenciosamente para no parecer ridículo delante de su familia.
Y no habían transcurrido ni veinticuatro horas desde que la casualidad les había juntado—.
Si yo puedo vivir con él todo el año, supongo que tú podrás hacerlo durante unos días.
—Al cincuenta por ciento.
Ethan parpadeó desorientado. ¿De qué hablaban? ¡Ah, sí! Del orden y la limpieza.
—Cuarenta yo, sesenta tú —ofreció.
—Cincuenta por ciento. Si yo trabajo, tú también.
—Es dura de pelar. —Rio Kamballa, más que satisfecha por el rumbo de las negociaciones.
—¿Y bien? —insistió Caro—. ¿Qué dices?
Que no era la única dura, pensó él, cruzando las piernas para disimular su erección.
Aquella mujer tenía la facultad de excitarle con cualquier cosa que hiciera o dijera.
Incluso si no decía ni hacía nada. Tenía la impresión de que empezaría a babear si la veía mover su dedo meñique en su dirección.
¿Qué iba a decir? A esas alturas, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de tenerla para él.
—Trato hecho —murmuró, vencido. Esperó a que el dolor de sus ingles remitiera un poco y extendió una mano por encima de la mesa, pero cuando Carolina la cogió, él tiró de ella hasta tenerla a un suspiro de su boca—. Cómo me lo voy a pasar, Caro…
Casi al mismo tiempo la soltó para rebuscar en uno de los cajones de la mesa, hasta encontrar una gorra púrpura y azul, con las palabras «Melbourne Storn» grabadas en letras grandes.
—Es mi equipo —explicó, ajustándosela en la cabeza—. Gavin, creo que en la tele ya va a empezar el rugby.
—Nuestro equipo —suscribió Gavin, palmeándole la espalda—. Ha ganado varias veces la NRL. ¿Nos preparamos?
***
El ritual fue sencillo: cuando todo estuvo limpio y recogido, Ethan y Gavin saltaron al sofá, armados con un arsenal de cerveza y patatas fritas, y comenzaron a gritar con sus vozarrones antes de que empezara el partido.
El motivo estaba en la televisión. El rival de los Melbourne Storn imitaba a la selección de rugby neozelandesa y bailaba el haka , la danza de origen maorí destinada a intimidar al enemigo, pero que no debió surtir efecto alguno.
—Son unos niñatos —comentaba Gavin, entre trago y trago.
—¡Chupaos esa! —chilló Ethan, cuando los suyos anotaron los primeros puntos.
Ya había visto suficiente despliegue de simpleza masculina. Carolina siguió a Kamballa y Maca por el resto de la casa hasta el pequeño establo donde Gretel , una preciosa yegua blanca, descansaba.
—Está preñada —les informó Kamballa—. Ethan dice que parirá dos potrillos antes de que llegue Navidad.
Carolina no escuchaba. Ni siquiera veía. Solo tenía en la cabeza la intensidad con la que él le había mirado los pechos. Los labios. La boca.
Era peligroso, pero muy excitante imaginar lo que habría pensado mientras la miraba de aquella forma.
La había dejado tan aturdida que apenas habló para despedirse de Gavin y Maca.
Siguió medio muda cuando prometió volver a visitar a Kamballa, y terminó de esa manera mucho después en el recibidor de Ethan, con su maleta entre los dos.
—¿Te han gustado?
Parecía preocupado por su silencio. También arrepentido. Pero en ningún caso indiferente. Muy distinto de Jorge y su eterno egocentrismo ante una situación parecida.
—Tienes una familia encantadora —afirmó Carolina. Si seguía estableciendo comparaciones, terminaría cayendo donde no debía—. Ellos te adoran.
—Me sorprende que llegues a esa conclusión después de ver cómo se han metido conmigo.
—Sé distinguir cuándo se hace desde el cariño —sentenció ella con una sonrisa—. Me han hecho sentir como en casa.
—¿Y yo?
—Eso te lo diré mañana. Hoy todavía estoy demasiado enfadada contigo por haber intentado pillarme a traición.
—Pero no lo conseguí. Eso debería contar a mi favor.
Ethan la volvió hacia él y apoyó su frente en la de ella, capturando su mirada hasta que pudo sentir su mimetismo de una manera más íntima.
Como si siempre hubiera existido y ahora, simplemente, se limitara a dejarse notar.
Los dos sabían lo que pensaba el otro. Y lo sabían mutuamente.
Podía parecer absurdo, pero existía una conexión atávica entre ellos que iba más allá.
Mucho más allá.
—Caro, te prometo que no te arrepentirás de haber aceptado.
Eso era dudoso. Sobre todo cuando vio la solemnidad con la que le acarició la parte superior de su cuello con los pulgares.
Hubo un instante, en el pasado, en el que se había mezclado con él. En el que sintió esa misma caricia sobre sus labios, un momento antes de que él los saboreara.
¡Oh, Dios! ¡Quería que los saboreara! Pero por alguna extraña jugarreta del destino, ella no daba el primer paso y él, tampoco. El nudo que se le formó en la garganta era tan grande que solo pudo apartarse y tirar de la maleta escaleras arriba.