Volver a empezar Serie completa 7 Cenicienta y sus zapatos #2
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7 Cenicienta y sus zapatos #2

Los ojos oscuros de Kamballa no dejaban de calibrarla mientras hablaban. Carolina tenía la impresión de que averiguaba cada respuesta a sus preguntas, antes de que ella se las diera.

—Es que… Nos conocimos durante un intercambio de conocimientos… culturales. —No se le ocurría nada más imaginativo y, a la vez, más cerca de la verdad—. Pero después dejamos de tener contacto, hasta anoche.

—No recuerdo cuándo fue la última vez que Ethan trajo a comer a una chica, fuera su amiga o no, ¿sabes? Te mira de una forma muy especial.

Como si la viera desnuda a todas horas y disfrutara. Ya lo había notado.

Carolina enrojeció; la sonrisa de Kamballa, tan parecida a la de Ethan, se acentuó.

—No te avergüences, cariño. Tengo una mente muy abierta para mi edad. Es lo que me dicen mis nietos —le recomendó, sentándose a su lado para cogerle las manos, con toda la intención de reconfortarla—. Es normal que le gustes.

—No creo que le guste.

—Pues yo estoy convencida de lo contrario. Necesita el tipo de estímulo que parece que ha encontrado en ti. Soy vieja, pero todavía hay cosas que puedo ver.

Por eso no le preguntó dónde se alojaba, o por cuánto tiempo pensaba quedarse. Eran cortesías que se había saltado al corroborar algo que parecía más que claro para ella.

En cierta manera, Carolina lo agradeció. Llevaba un día poniendo excusas de todo tipo para ocultar su precaria situación. No le apetecía seguir haciéndolo con una mujer que, pese a representar la hospitalidad andante, no dejaba de ser una desconocida.

—Gavin y Macarena acaban de llegar.

Ethan asomó la nariz por la puerta. Tenía el pelo revuelto, las mangas de la camisa arremangadas y los ojos brillantes.

Ella casi esperó que irrumpiera en la cocina, la agarrara de la cintura y le robara un beso ardiente delante de su abuela.

Sería más que excitante. Sería único y deliciosamente inesperado.

Carolina se mojó los labios con la punta de la lengua, pero cuando fue consciente de los ojos de Ethan clavados en ella y del hormigueo creciente en las yemas de sus dedos, supo con exactitud cuánto deseaba que eso ocurriera.

—Vamos a conocer a tu hermana. —Kamballa le puso en las manos una enorme fuente con un pastel de carne que olía a manjar de dioses—. ¿Me ayudas?

Carolina la siguió hasta un enorme salón rodeado de amplios ventanales, con una mesa en su centro que bien podría acoger a la mitad de la población de Stubborn y un enorme árbol de Navidad llenando uno de sus rincones.

Macarena y sus piercing fueron tan bien recibidos por Kamballa que las dos se sentaron juntas a la mesa, llena de platos con un aspecto buenísimo. Ethan se comportó como un perfecto caballero arrimándole la silla cuando ella se sentó, y ocupó su lugar justo enfrente.

—Me encanta ver a Gavin tan enamorado —comenzó Kamballa, acariciando la mejilla de su nieto—. Desde luego, hoy es un día especial.

—Venir a comer los domingos es una especie de ritual desde que nos independizamos —aclaró Ethan, levantándose para ofrecerle un buen trozo de pastel de carne—. Pruébalo. Verás cómo te gusta.

—Gracias.

—Siempre nos contamos todo alrededor de la mesa. Llevamos haciéndolo desde que ellos tienen uso de razón. Y en época navideña, todavía más.

—¡Ah, sí! —rio Gavin—. La Nochebuena de Kamballa es única… Y este año, la mía también.

—La nuestra —puntualizó su abuela, guiñando un ojo a Carolina—. Estás invitada, cariño. Podrás venir con Ethan, ¿verdad?

—Claro que podrá, Kamballa. Ya me encargo yo de eso.

Carolina se atragantó intentando asimilar lo que acababa de oír.

—¿Cómo has dicho? —preguntó.

—Me gustaría proponerte que utilizaras la parte superior de mi casa durante tus… vacaciones.

El tenedor quedó a medio camino entre el plato y su boca y el murmullo agradable que provocaba una conversación distendida, desapareció. Cuando se atrevió a levantar la vista, le vio sonriendo, completamente relajado.

Bien. No era el momento de ponerse nerviosa, ni de demostrar su absoluto asombro. Él había abonado el terreno porque estaba convencido de que su respuesta, en presencia de toda su familia, sería un sí.

Ahora era su turno.

—¿Y eso para qué? —le preguntó muy despacio.

—Para vivir en ella. Espero no haberte molestado con mi sugerencia —añadió él con cara de niño bueno.

Pura fachada.

—No. Pero podías habérmelo dicho antes de llegar o después de habernos ido.

—Si esto forma parte de vuestra intimidad… —comentó Kamballa.

—La única intimidad es cierto aprieto en el que Carolina se ha visto envuelta, nada más.

—Cobarde —murmuró en inglés.

—¿Qué me has llamado?

—Lo que eres. No has tenido pelotas para hablar este tema a solas conmigo.

—¡Ja! —Había acertado de lleno—. ¿Estás sugiriendo que tengo miedo de ti?

—No lo sugiero; lo afirmo.

—Cariño, ¿qué te ha pasado? —intervino Kamballa. Y parecía realmente preocupada.

—La agencia para la que trabaja le ha anulado la reserva del hotel y se ha quedado prácticamente en la calle… ¡Ups! —Maca se tapó la boca, como siempre, demasiado tarde.

—Gracias, Macarena, pero puedo hablar por mí misma —fue lo máximo que pudo dedicarle sin lanzarse a su yugular—. Ethan, no.

—Hay una puerta que separa la planta baja del primer piso —continuó él como si nada—.

Tiene cerradura porque hace años Gavin ocupaba la parte de arriba; por lo tanto, podrás conservar tu intimidad.

El único inconveniente son las zonas comunes.

Tendremos que compartir el salón y la cocina, pero me verás poco.

Suelo salir a correr todas las mañanas, antes de ir a la clínica.

Y tengo un pequeño despacho que utilizo cuando me llevo el trabajo a casa, con lo cual me verás menos.

Estaba cerrando el cerco. Ella tenía que negarse. Rotundamente. Convincentemente. De manera que el tema no implicara un lío mayor del que ya tenía entre manos.

—Que no.

—Deberías escuchar la propuesta al completo antes de decidir, Caro.

—Me estás proponiendo algo absurdo.

—¿No confías en mí?

Sí. Y eso era lo más extraño de todo. Pero lo preguntó de un modo tan tierno que Carolina no supo qué responder.

—Ahora eres tú la que tiene miedo —apuntó Ethan, con una sonrisa de victoria cuando la vio ponerse recta.

—¿Piensas que puedes convencerme porque no estás solo?

—Tenía la esperanza —reconoció, inclinándose hacia delante.

Caro estaba tan bonita con aquel ramalazo de cabezonería, que le costó concentrarse en lo que estaba diciendo—.

Yo lo veo de esta manera: no puedo ofrecerte un contrato escrito de trabajo ni uno de alquiler por falta de tiempo, pero podemos hacerlo verbalmente.

Contamos con testigos, así que ten la seguridad de que cumpliré mi parte.

Además, tendrás una oportunidad única de conocer parajes inhóspitos que añadir a tu lista turística para la agencia.

—La verdad es que Maca y yo habíamos decidido invitarla a mi casa —apuntó Gavin.

Los ojos de Carolina se abrieron tanto que le extrañó no verlos rodar por la mesa.

—¿Estás en casa de Gavin? —Maca asintió y le cogió de la mano—. No me lo puedo creer.

—Caro, a eso vine.

—¿Qué pasa con el hotel?

—Esta mañana anulé la reserva.

—¿Qué? —No salía de su asombro—. ¡Pero ya la tenías pagada!

—Me reembolsaron parte del dinero…

—¿No pensaste en que podría haberme venido de perlas para solucionar mi problema?

Maca se encogió de hombros.

—Estabas con Ethan. No podía saber cuáles eran tus planes al respecto —se disculpó—. Ahora creo que lo mejor sería que aceptaras su propuesta. Y por la maleta no te preocupes. Gavin la tiene en el coche.

La furia de Carolina sobrepasó todos los límites cuando vio la indiferencia de su hermana, pero se controló como pudo.

—¿Y tu trabajo en Madrid? —insistió.

—Creo que me quedaré por aquí una temporada más larga de lo previsto —confesó Maca, sin dejar de mirar a Gavin.

—Macarena, ¿me estás tomando el pelo?

—Joder, Carolina. Cuando te pones en plan «hermana mayor» no te soporto, de verdad.

—Yo tengo habitaciones de sobra —sugirió Kamballa.

Ethan los miraba desolado. Le había costado mucho montar una propuesta mínimamente coherente para ella, sin perder ni un milímetro de su independencia de soltero. No iba a permitir que se la chafaran con tanta hospitalidad.

—Creo que mi idea es la mejor —insinuó—. A cambio, podrías trabajar en el refugio como voluntaria.

—Aquí estará más tranquila. Y me hará compañía —insistió Kamballa.

—Perdonad, pero creo que yo tendré algo que decir, ¿no? —Carolina tosió tan fuerte que se hizo daño en la garganta. Todos la miraron como si se hubieran olvidado de ella—. En primer lugar, quiero saber exactamente en qué consistiría mi colaboración.

—Tu hermana dice que se te da bien la contabilidad.

—Mi hermana habla de más la mayor parte de las veces. Y para llevar bien la contabilidad, necesitaría un tiempo que no tengo.

Los ojos de Ethan comenzaron a oscurecerse. No esperaba tanta excusa.

—No sabía que eso fuera un problema para alguien tan inteligente como tú —la pinchó.

—Ni yo que tuvieras que regalarle la oreja a una chica para convencerla de algo. —Tanto Kamballa como Gavin silbaron de admiración. Aquello se ponía cada vez más interesante—. Puede que la contabilidad australiana sea diferente.

—La contabilidad es la contabilidad, aquí y en la China —resopló Ethan con fastidio, levantando una ceja como si el tema no le interesase—. Aunque deberías hacer algo con tu inglés.

—¿Qué le pasa a mi inglés?

—Pues eso mismo. Que es demasiado inglés. Pero tranquila. Es un defecto que puedo pasar por alto.

¿Él, pasar por alto un inglés tan trabajado, tan perfecto y armonioso como el suyo?

En ese punto, Carolina decidió tomar el asunto como algo personal.

— Asshole —murmuró.

—¿Dónde has aprendido eso?

—Lo primero que se aprende de un idioma son los insultos —canturreó Carolina, con una sonrisa de satisfacción—. Ben me lo enseñó.

—Mira qué bien. Ya eres políglota.

—Y tú un capullo —añadió en perfecto castellano.

—Te he entendido. Yo también aprendí en su día.

—No te las des de listo —se burló ella, cruzándose de brazos.