7 Cenicienta y sus zapatos
Preparación:
Moraleja:
Voy a recordarme a mí misma que debo reposar cada idea unas horas antes de tomar una decisión. Y si no me convenzo, no tengo más que pensar en mi situación actual, acalorada al pensar en la compañía del piso de abajo, para abandonar la idea de las improvisaciones.
—¿Qué era lo que tenías que contarme?
Ethan no desvió la atención de la carretera mientras pensaba en palabras convincentes y seguras.
Tenía planes muy arriesgados con los que neutralizar el imprevisto que había supuesto la presencia de Caro en su casa. Algo que serviría para calmar ese nerviosismo tonto que le abrumaba desde que la tenía tan cerca.
Pues adelante. Ella parecía una persona cabal y madura.
No tenía más que proponérselo de una forma mucho más directa y específica.
Sin vaguedades. Como un adulto responsable de sus actos.
Tampoco suponía tanto esfuerzo. Si le decía que sí, estaba seguro que de ambos disfrutarían al máximo de su estancia en Australia.
Y si le decía que no, pues tampoco se acababa el mundo, ¿verdad?
Abrió la boca, pero se le marchó por ella toda su resolución.
Podría no acabarse el mundo, pero supondría un serio revés para él.
Se cabrearía como si fuera un niño pequeño al que le quitan su juguete preferido, lo reconocía.
Por otro lado, la reacción de Caro era un misterio.
Podría aceptar sin más, o comportarse como una energúmena a la que no sabría cómo tratar.
Llevaba demasiado tiempo sin aguantar a una mujer furiosa, y no era el mejor momento para provocar a la que llevaba a su izquierda. Sobre todo, porque lo único que quería era parar el coche y disfrutar de esa intimidad un poco más. O mucho. Eso ya dependería de ella.
—Es algo relativo al refugio —declaró. «Y a tu presencia en mi casa.
Y también a lo atolondrado que me siento si te miro la boca, o los ojos, o el resto del cuerpo».
Pero esa parte, por mucho que le pesara, tendría que esperar.
Su experiencia le decía que Carolina estaba imponiendo sus propios límites de manera tácita.
Y él, contra todo pronóstico, se estaba aguantando las ganas—.
Pero quiero que antes conozcas a alguien.
—¿A quién?
—Kamballa. —Antes de que ella siguiera con su ronda de preguntas, añadió—: Es mi abuela. Gavin y yo comemos con ella todos los domingos.
—Tu… abuela.
Carolina se sintió muy incómoda. De haber podido, se hubiera arrojado a la carretera con el coche en marcha.
Aquello sonaba muy raro. Como hubiera querido que sonara meses atrás, cuando creía que su compromiso con Jorge era serio. Sí. En ese momento, hubiera dado su brazo izquierdo por acompañar a su novio a conocer a su familia.
Ahora, no.
Por el rabillo del ojo, Ethan pareció captar su malestar. Torció la boca en una sonrisa canalla y se encogió de hombros.
—No pongas esa cara —dijo—. No pasa nada si no quieres ir, pero tampoco me parecía muy normal dejarte sola en tu… situación.
Bueno, ese era un buen momento para negarse, pero la última observación de Ethan la echó para atrás. Intentó controlar su histeria pensando en lo absurdo de sus conclusiones. Ni él era su novio, ni aquello una presentación formal.
Además, la curiosidad le pudo.
—Tu abuela —repitió, como si no hubiera entendido la explicación—. ¿Es la que se hizo cargo de Gavin y de ti cuando vuestros padres murieron?
—Típico de mujeres. Se enteran de todo en un tiempo récord. —Por su expresión relajada, Carolina supo que el comentario no le había sentado mal—. Papá Ben te ha informado, por lo que veo.
—De todo. Refugio incluido.
—Entonces será mejor que termine de desnudar mi alma ahora que estamos solos. —Carolina abrió mucho los ojos, esperando una gran confesión, pero resopló desilusionada cuando le oyó decir—: me gustan las mujeres, el pastel de carne y los regalos en Navidad.
—Pues vaya un alma que tienes…
—¿No te ha impresionado?
—Si concretas, será más interesante —respondió, haciendo caso de una vocecilla perversa que le susurraba al oído—. Por ejemplo, ¿cuál es tu ideal de mujer?
—Ninguno.
—No me lo creo.
Ethan se revolvió todavía más el pelo y apretó los dientes. Eso le pasaba por empezar conversaciones antes de calcular dónde podían terminar.
—Me gustan de todo tipo, siempre que sean respetuosas, inteligentes, independientes y sepan aceptar un no por respuesta.
«Que es lo que suelen recibir cuando quieren entablar una relación más allá de la primera noche», añadió para sí mismo.
—Qué intriga. No has hablado de si te gustan altas o bajas, rubias o morenas… —recitó Carolina, conteniendo la risa—. O no le haces ascos a nada, o eres un hombre fuera de lo común que no lo tienes tanto en cuenta como deberías.
—No he dicho que no lo tenga en cuenta. ¿Por qué crees que te miro como te miro desde esta mañana? —La sonrisilla desapareció, para ser sustituida por un violento calor en la cara—. Pero eso pertenece a la segunda parte de mi alma. Ahora ya hemos llegado.
Y ella lo agradeció infinitamente. Ya fuera del coche, dio una vuelta completa alrededor de sí misma sin importarle el hecho de estar descalza en medio de un sendero que dividía una extensa pradera, bordeada por un vallado de madera.
Una parte desembocaba en un pequeño muelle de madera que iba a dar a una laguna de aguas cristalinas.
El otro lado del sendero se abría para dar paso a una casa de campo de dos plantas, con la misma decoración navideña que había visto en Stubborn colocada en el porche.
Un poco más allá se encontraba aparcada una camioneta vieja, tuneada con los motivos florales propios de un hippie, junto a unos grandes portones de madera que parecían pertenecer a un pajar o a unos establos.
Desde luego, una abuela que tuviera semejante vehículo no podía ser muy al uso.
Cuando de la casa salió una mujer de edad avanzada, Carolina reprimió una carcajada al darse cuenta de que había acertado en sus suposiciones.
Llevaba unos pantalones vaqueros que acentuaban su delgadez y un corte de pelo de lo más moderno que le daba un aire sofisticado.
Tras ella, emergió un perro de raza indefinida y considerables dimensiones que recibió a Carolina como si la conociera de toda la vida, a base de lametones que ella se apresuró en corresponder, agachándose para acariciarle.
—Eres muy bonito, y cariñoso —le elogió, rascándole detrás de las orejas—. ¿Lo sabías?
—Yo también lo sabría si me acariciaras así.
Sentía unos deseos repentinos de ser Rusty, el viejo perro que ahora se hacía el remolón. Y si la dueña de la casa no hubiera aparecido para darle un par de besos en las mejillas, Ethan se lo habría demostrado en condiciones.
Carolina le vio sonreír a la desconocida. No solo con la boca, sino también con los ojos. Y con esos hoyuelos que invitaban a hundir su lengua en ellos para…
Sacudió la cabeza a tiempo de no parecer boba. ¡Qué pensamientos más sucios le venían a la mente cuando lo tenía cerca!
—Te esperaba más pronto —apreció la mujer, enseñándole un pequeño dosificador que llevaba en la mano.
—He estado ocupado. ¿Qué es eso?
—Sirve para esparcir veneno. Los ratones se han hecho fuertes en el cobertizo, pero Ben me ha proporcionado algo que acabará con ellos sí o sí. Creo que se lo han traído de México. —Rio, dedicando una mirada apreciativa a Carolina—. Hola, preciosa. ¿Y tú quién eres?
—Es una amiga española a la que conocí hace un tiempo —se apresuró a corregir Ethan—. Pero tiene el visto bueno de Rusty .
—Muy amiga debe ser si ha venido a verte desde tan lejos.
—No ha venido a verme. Su hermana es la cibernovia de Gavin.
La mujer se recobró de la sorpresa y ladeó la cabeza, nada convencida.
—¿Ni siquiera me la vas a presentar como es debido?
—Carolina, te presento a Kamballa, mi abuela. Te aconsejo que utilices su nombre maorí si quieres ganártela.
—Cómo no. Encantada de conocerla, señora.
—¡Pero si la traes descalza! Ven, que te dejaré unas deportivas para que al menos puedas moverte por aquí hasta que volváis a Stubborn.
Ethan, cariño, ¿te importa encargarte tú del veneno?
—añadió, dándole el dosificador para arrastrar a Carolina con ella—.
Está en una bolsa, en el primer estante de la derecha.
—¿Pides a un veterinario que mate a un animal?
—Pido a mi nieto que me haga un favor —replicó Kamballa, ya desde la puerta, sabiendo que Ethan no sería capaz de hacerlo—. Esos ratones van a morir de una manera u otra.
Carolina fue conducida al interior de la casa, calzada con unas deportivas que le iban como un guante, y sentada en la silla de una cocina amplia y luminosa, para poder ver cómo Kamballa trabajaba una masa con una energía impropia de alguien de su edad.
—Estoy preparando parte de la cena de Nochebuena —le dijo, con la cara llena de harina—. No te preocupes: Ethan no pondrá el veneno para los ratones.
—Entonces, ¿por qué se lo ha encargado?
—Porque así podremos hablar tranquilas. —Como si fuera su confidente, la mujer se acercó a ella y le guiñó un ojo—. Si él estuviera por aquí, se haría el encontradizo para saber lo que se cuece en la cocina.
Y no se refería a la comida. Carolina sintió una instantánea simpatía hacia ella.
—¿Puedo ayudarla? —se ofreció, aunque no tenía ni idea de lo que hacer.
—Puedes tutearme, que para eso estás con él.
—No estoy con él. Solo nos vimos en una ocasión hace tres años. Pero en las últimas horas he oído hablar mucho de ti.
—Es una pena que yo no pueda decir lo mismo. —Kamballa le dirigió una sonrisa tan cordial como explícita. Antes de que hablara, ya sabía lo que iba a decirle. Y no se lo creería—. Dime, ¿dónde lo conociste?
—En Madrid, hace años. Él estaba de vacaciones con Gavin.
—Oh, ya me acuerdo… Pero Ethan nunca contó nada relevante del viaje.
¿Qué iba a decirle? ¿Que había conocido a una española facilona con la que había estado a punto de irse a la cama?