6 El por qué de las cosas #3
Carolina lo examinó con los ojos muy abiertos, asegurándose de que simplificaba las cosas por la razón que ella sospechaba.
Oh, sí. Estaba insinuando lo que creía que estaba insinuando.
Él la miraba con una sonrisa canalla que le hizo echar de menos cada cosa que veía.
Ahora le tocaba el turno a sus hoyuelos.
—Imposible —afirmó, sacudiendo la cabeza como si quisiera volver de un mal sueño—. Ethan, lo de aquel día no pasó de ser un… ligoteo de fin de semana.
—Me parece que congeniamos muy bien.
Demasiado bien, añadió en silencio. Todavía tenía sobre sus piernas el calor creciente de Caro mientras la besaba.
Como si hiciera horas, y no años, que hubiera ocurrido.
—Fue un simple magreo —siguió, no muy segura de que él la hubiera entendido—. No llegó a más.
—Pues yo no le veo el lado malo a seguir…
¿magreándonos? —Sí. La había entendido. Ella tampoco se lo veía si se concentraba en las líneas de los músculos que tenía tan cerca.
Solo con alargar la mano, podría disfrutar de ellos y de todo lo demás—.
No tengo ningún tipo de impedimento, ni físico ni emocional.
Y salvo que seas una consumada mentirosa, cosa que dudo, parece que no te soy para nada indiferente.
Puedes volver a tomar la iniciativa cuando quieras.
Cualquier tipo de réplica aguda dejó de existir en el acto.
Probablemente, aquella era la proposición más indecente que había recibido nunca, proveniente de uno de los hombres más atractivos que había conocido.
Desde luego, aquello suave y potente que fluía entre ellos cada vez que se miraban o se tocaban, no era precisamente indiferencia.
Además, lo ocurrido con la agencia, el hotel y Jorge, parecía contribuir a unirles todavía más.
—Es demasiado absurdo —insistió, dejando caer la cabeza sobre la mesa. No podía creer que estuviera considerando siquiera la posibilidad.
—Yo no busqué encontrarme contigo. Por mí, ni siquiera habrías olido el alcohol —añadió molesto—. Así que…
—No es buena idea que esté en tu casa. Compartiendo tu cama y tu cocina.
—Técnicamente todavía no has compartido mi cama, aunque sí mi agua, mis medicamentos y uno de mis baños. La otra alternativa era dejarte en la calle. —En dos pasos estuvo junto a ella. Se inclinó y le levantó el mentón con los dedos—. Puedo ser muchas cosas, pero nunca un capullo de ese calibre.
Aunque si tenía que convencerla, lo haría de la mejor manera.
La misma situación que a ella la cohibía, a él le parecía de lo más familiar y cotidiana.
Tenía una boca provocativa, de labios gruesos y pequeños, que cuando se entreabría prometía el cielo.
Él ya la había probado. Y se acordaba de su sabor.
Dulce, tan suave como la textura de sus labios.
Se adentró en la profundidad de los ojos dorados y comprobó que ella tenía las pupilas brillantes.
Detectó un ligero suspiro y supo que quería ser besada tanto como él quería besarla.
Se acercó con toda la intención de comprobar si ese detalle había cambiado con el tiempo, cuando el sonido del móvil les sobresaltó.
Carolina parpadeó como si hubiera sido arrancada de un profundo trance y se apartó para atender la llamada.
—Salvada por la campana —canturreó Ethan, antes de atender su propio teléfono, que también sonaba.
¡Y tanto! Aunque fuera Maca quien se dignara a dar señales de vida, y no el imbécil de Jorge arrastrándose para purgar sus meteduras de pata.
—¿Dónde te metiste anoche? —susurró Carolina sin quitar la vista de encima a Ethan, que salía de la cocina y bajaba su tono de voz para no ser escuchado por ella.
—¿Y tú me lo preguntas?
—Sí. Me debes alguna explicación, además del dinero que me guardaste. Lo necesito.
—¿Para qué? No te iba a servir de mucho, suponiendo que no te lo hubieras gastado.
La garganta de Carolina empezó a cerrarse.
—Maca, no me digas que me lo gasté… todo.
—En beber —añadió su hermana—. Pero tranquila. Alguien se ocupó de tu borrachera, ¿no?
—Sí.
—¿Y sigue ocupándose de ti?
Carolina se mordió la lengua al escuchar la risilla de su hermana.
—Verás cuando te tenga delante —amenazó—. Dime dónde puedo quedar contigo.
—Uy, va a ser un poco complicado. ¡Ahora mismo estoy con Gavin fuera de Stubborn, en un lugar precioso, Caro! ¡Tienes que verlo, de verdad!
—Ponme con él —exigió, levantándose con cuidado para no provocar más dolor en su cabeza.
—Está hablando con Ethan, pero si quieres luego le digo…
—¡No-quiero-que-le-digas-nada!
Ethan se giró y le preguntó qué pasaba con gestos. Carolina se las arregló para devolverle una sonrisa despreocupada.
—Me has preparado una encerrona, Macarena. Pero ya hablaremos —siseó entre dientes.
—¡Espera, no cuelgues! —Carolina volvió a ponerse el móvil en la oreja—. Anoche no me acosté con Gavin. Volví al hotel pensando que te dejaba en buenas manos. Solo quería que lo supieras.
¡Manipuladora! Carolina colgó con un terrible remordimiento a pesar del cabreo sublime que le provocaba la situación. Justo al mismo tiempo, Ethan regresaba a la cocina con cara de preocupación.
—Tengo que irme —anunció—. Hay problemas en el trabajo.
—Pero hoy es domingo, ¿no?
—En mi profesión no existe la diferencia, Caro. Ni el día o la noche.
—Perfecto. —Antes de pensar en lo que hacía, se acercó y le estampó un beso en la mejilla—. Gracias por todo de nuevo. Me ha encantado volver a verte, pero ahora regresaré al hotel.
—No tan deprisa. —Cuando Carolina quiso apartarse, no pudo. Él la sostenía por la cintura—. ¿Cómo lo sabes?
—¿El qué?
—Que te ha encantado volver a verme. No has estado conmigo el tiempo suficiente.
Ni quería seguir estándolo. Corría el riesgo de que le gustara demasiado.
—¿Qué propones?
—Que me acompañes. Me gustaría enseñarte algo. —Como si hasta el momento no se diera cuenta de que la tenía agarrada, Ethan la soltó y alzó una ceja llena de seguridad.
Su afinidad y confianza no llegaba hasta el punto de dejarla sola en su casa. Pero tampoco quería romper la posibilidad de acostarse con ella haciendo un alarde de sinceridad. No era el momento.
—Vas a trabajar. Sería un estorbo.
—Me dijiste que buscabas información turística. —Carolina asintió—. Si me acompañas, la tendrás. Después podrás decidir que te ha encantado verme de verdad.
Al parecer, él ya lo había decidido por ella. No admitiría un no por respuesta.
—No llevo la ropa adecuada —insistió.
Ethan se le acercó y la repasó de arriba abajo con un fuego en los ojos tan intenso que tuvo la impresión de que los tacones de sus sandalias se habían deshecho.
—Estás perfecta así.
No debía aceptar. Pero tampoco podía huir de lo evidente. Por lo menos de momento.
Se había dejado atrapar de nuevo. Y él esperaba respuesta.
—De acuerdo —dijo—. ¿Te cambias o piensas ir en pijama?
6 El por qué de las cosa s
MAGDALENAS DE CHOCOLATE Ingredientes: -125 gr. de mantequilla. -125 gr. de azúcar. -Un sobre de levadura. -125 gr. de harina. -Tres cucharadas de cacao. -Tres huevos.
Preparación:
En un bol se remueve la mantequilla, se añade el azúcar y se bate; después se añade la levadura y se bate; a continuación los huevos y seguimos batiendo.
En penúltimo lugar va la harina, y cuando ya está todo perfectamente unido se añade el cacao en polvo hasta conseguir una masa homogénea que repartir y llevar al horno, que se habrá precalentado a 180º.
Nota a pie de página:
Es tan importante ir aceptando los sucesos de uno en uno, que si se hace al contrario, jamás se logrará una masa perfecta.
Y yo estoy lejos de lograrlo, pensando en ciertos ojos azul oscuro muy expresivos e insondables.
Decidiendo acompañarle a su santuario, a pesar de que mi sentido común me grita lo contrario.
Quizá, después de todo, sí que tenga espíritu aventurero.