6 El por qué de las cosas #2
—Er… —A esas alturas, hubiera podido encender un cigarrillo en su cara, si es que fumaba—. Suelo ser impulsiva cuando menos lo necesito.
—Pues no te hubiera hecho falta. Soy hospitalario, como habrás podido comprobar.
Te habría dado la bienvenida de un amigo, aunque tampoco suelo olvidar besos como los que nos dimos mutuamente —aclaró él, engullendo sin piedad los huevos revueltos.
Tenía toda la intención de continuar con la conversación interrumpida hacía tres años, como si la vida no hubiera pasado en medio—.
¿Todavía sigues trabajando en esa agencia de viajes de la que me hablaste?
—Esto… sí. Por eso estoy aquí. Mi jefa me encargó recoger información acerca de Australia para ofrecer al cliente. Algo que se saliera un poco de lo común.
—Y decidiste que Stubborn era el lugar ideal.
—En realidad, Maca lo decidió. Me acompañó para conocer a Gavin —informó Carolina, encogiéndose en su asiento conforme hablaba—. Llevan chateando mucho tiempo, y al saber que yo debía viajar hasta aquí, propuso este lugar.
—Un pueblo pequeño poco dado al turismo internacional —añadió Ethan, levantando una suspicaz ceja—. Entonces supongo que anoche debería haberte llevado a tu habitación de hotel, ¿no?
La barbilla de Caro estuvo a punto de hundirse en el escote del corpiño. Mentirosa, con agravante. Ella no sabía disimular hasta el punto de ocultar todo lo que le había sucedido con la agencia. Siempre había sido demasiado honesta.
—Algo así —susurró.
—Me alegro de que hayamos podido hablar después de lo de anoche, Caro. Y me alegra todavía más que tú también te hayas acordado de mí.
¡Si él supiera! Había pasado mucho tiempo desde su primer y único encuentro.
Y muchas cosas que la habían hecho cambiar en ciertos aspectos de su vida.
Pero ahora que lo tenía delante, a una distancia lo suficientemente corta como para convencerse de que no formaba parte de un sueño, no podía evitar echar de menos las sensaciones que la habían llevado a tratarlo con la confianza de un viejo amigo.
La fluidez en la conversación. El atractivo de Ethan, incrementado por un gesto risueño que ahora no tenía.
Aunque las circunstancias no serían las mismas tampoco para él, claro.
Podría estar casado, o viviendo con alguien, como había hecho ella.
Incluso podría haberlo estado cuando la sentó sobre su regazo para poder devorarle la boca, en Madrid. Lo cierto era que ninguno de los dos se molestó en averiguar el estado sentimental del otro.
Ethan se había acercado a ella y la observaba con intensidad.
—Te sentaste encima de mí y te comportaste justo como yo necesitaba —afirmó, como si pudiera leerle el pensamiento—. Me encantó.
—¡Menuda vergüenza!
—¿Por qué?
Porque ahora lo tenía delante, hablando del tema con total naturalidad mientras no podía quitarle los ojos de aquel pecho espectacular.
—Creo que nunca me he liado con alguien en un intervalo de tiempo tan corto…
—Hasta que tus amigas te abdujeron como si fueran extraterrestres. —Carolina se tapó la cara con las manos, pero él se las apartó y sonrió. Le colocó un mechón mojado detrás de la oreja sin que ella consiguiera moverse—. Si hubieras salido del pub, te habría llevado conmigo.
—¿Me estás diciendo que esperaste fuera?
—Por lo menos una media hora. Lo indispensable para llegar a la conclusión de que no saliste porque no quisiste.
Se apartó un poco, como si el detalle todavía le fastidiara, pero Carolina estaba tan abrumada que optó por ir con la verdad por delante y dejarse de remilgos.
—¡Claro que quise! —exclamó—. Pero yo era el motivo de la fiesta. No podía marcharme así como así. Estábamos haciendo exaltación de la amistad. ¿Sabes lo que es?
—¿Que si lo sé? Yo lo inventé. También tengo amigos. Y nos exaltamos todos los sábados por la noche. —Rio Ethan, mirándola de aquella manera tan impresionante—. Te busqué al día siguiente, Caro. Ni siquiera tenía un número de teléfono al que llamar.
De haber llevado medias, se le habrían caído.
¿Por qué no se lo dio ese día? A lo mejor ahora sería más feliz.
Jorge no hubiera existido para ella, ni la infidelidad que había herido de muerte la confianza y la sinceridad, ni tampoco hubiera tenido que romper con él de aquella manera tan poco noble.
Carolina carraspeó tan fuerte que tuvo que sujetarse la cabeza, pero esta vez él se levantó y le puso delante un vaso, una jarra con agua y una pastilla.
—¿Qué es esto?
—Tu desayuno, en vista de que no quieres nada más. Paracetamol y mucha agua —respondió él, volviendo a su sitio—. Lo mejor para la resaca.
Otra muestra más de consideración hacia ella. Aquello empeoraba las cosas en todos los aspectos. Incluso en lo relativo al sexo que no recordaba.
—Ethan —comenzó, después de tomarse el medicamento, vaciar el vaso y volver a llenarlo—. ¿Anoche no haríamos…?
El resto se le atragantó, así que bebió más agua.
—Fue increíble. Jamás oí semejantes sonidos en una mujer —declaró él con solemnidad.
—No me digas que hicimos…
—Soy veterinario, pero no me gustan los animales hasta ese punto.
—Creo que me he perdido.
Él se acercó y le rozó los labios con el dedo índice, embelesado. Con el movimiento, los pectorales se le tensaron y Carolina cerró los ojos. ¡Qué bien olía!
Seguro que sabría mil veces mejor. Si lo hubiera probado, no lo olvidaría tan fácilmente.
—Dormida pareces un ángel —le susurró a milímetros de su boca—. Y roncas como un jabalí.
Adiós música de violines, hechizo de luna y atontamiento en general. Carolina abrió los ojos de golpe para apreciar una sonrisa demasiado cínica.
—No nos hemos acostado juntos, si es lo que preguntas —añadió él, sin moverse de su posición.
—Menos mal. Me desperté completamente desnuda y…
—Una pena que no estuviera ahí para verlo —dijo, chasqueando la lengua al mismo tiempo que los dedos—. Hace tiempo que ocupo el dormitorio de la planta baja por comodidad, ya sabes.
¡Se estaba divirtiendo a su costa! En cierta forma se lo tenía merecido, así que procuró encajar el golpe con la mayor dignidad posible.
—No tenías por qué soportar mi borrachera ni hacerte cargo de mí. Podrías haberte aprovechado de la situación, pero estoy aquí con un remedio para la resaca, hablando contigo y sintiéndome la mar de a gusto —reconoció, cabizbaja.
—Me alegro. No es mi intención hacer que te sientas mal.
Pero sí lo era que se encontrara en las nubes. Él le acarició la mejilla con las yemas de los dedos y suspiró, como si algo le impidiera seguir con la caricia.
—Suelo hablar demasiado cuando estoy nerviosa, pero solo quería disculparme por lo de anoche —añadió ella, aprovechando sus dudas.
—Disculpas aceptadas. Pero ya que estamos juntos, podemos arreglar el plantón de Madrid y seguir con el baile de Stubborn.
—¿Qué baile?
—El que me pediste anoche, frotándote contra mí como si tuvieras frío.
¡Alarma! ¡No se acordaba de eso! Ahora él le masajeaba los dedos mientras ella le sostenía la mirada.
Tragó saliva una, dos y hasta tres veces. Y cuando estuvo segura de que su voz no sería un chillido patético, habló:
—Tenía frío —murmuró—. En mi país, ahora es invierno.
—En el mío, nos comportarnos así cuando nos emborrachamos.
—No suelo beber.
—Ya lo noté. Algo muy fuerte debió de pasarte para que rompieras la rutina. ¿No sería yo?
¿Se le ocurría otra razón? Carolina intentó apartar la mano, pero las ligeras caricias que él le proporcionaba entre los dedos se lo impidieron.
—La impresión al verte fue tan grande que estuve a punto de sufrir una apoplejía.
—Pues yo me alegro. Del encuentro, y de que te haya impresionado tanto. —Ethan empezó a recoger la mesa sin perderse detalle de ella—. Habiendo pasado tanto tiempo, y siendo tan guapa, es normal que tengas a alguien esperándote en España. Creí que estabas así por él.
Esta vez pegó un bote en la silla. Era imposible que supiera nada de Jorge, pero la pilló tan de improvisto que no pudo negarlo con convicción.
—¿Cómo sabes que hay un «él»? —reconoció. Lo supo en cuanto siguió la dirección de su mirada.
—¿Es de compromiso?
—¡Ex–compromiso! ¡Ex–novio!
¡Mierda! Carolina tiró del anillo sin disimulo, y sin resultado.
—Y como sigas así, ex–dedo —apostilló Ethan, cada vez más divertido por el apuro en el que la estaba poniendo.
El pantalón tenía bolsillos. Carolina lo comprobó cuando él metió las manos en ellos, haciendo que cobrara mayor conciencia de aquel cuerpo de infarto cerca de ella, con el trasero apoyado en el borde de la encimera, su perfil afilado remarcado contra la luz que entraba por la ventana, y el enorme bulto de su entrepierna perfectamente definido bajo la tela estirada.
Parecía que todo en él tenía un tamaño en consonancia con su envergadura.
Soltó el aire de golpe cuando se dio cuenta de que llevaba varios segundos observándole, y procuró centrar la vista en cualquier otro lugar.
Ethan sonrió con cordialidad. No se había dado cuenta del terremoto interno que acababa de provocar en ella solo con meterse las manos en los bolsillos, porque estaba mucho más centrado en el suyo propio.
Verla recién salida de la ducha, con la ropa de la noche anterior pero oliendo a cielo abierto, le había descolocado por completo.
Tuvo que concentrarse al máximo para ofrecerle una conversación mínimamente coherente.
No tenía la sensación de que hubieran transcurrido años entre ellos, sino más bien horas.
Pero la reacción de ella le confundía. Reservada cuando él la pinchó con lo de la agencia esperando que confesara, pero renegando de otro hombre a la vez que reconocía su importancia.
El detalle no le hizo ni pizca de gracia.
—Esto no ha sido buena idea —se lamentó Carolina con un largo y ruidoso suspiro.
Él volvió a su posición distante y se cruzó de brazos.
—No pensabas lo mismo cuando nos conocimos.
—Tú lo has dicho antes. Ha pasado el tiempo. Y eran otras circunstancias —replicó, fijando su atención en los armarios de la cocina.
—Yo lo veo de esta manera: en su día, era yo el que estaba de vacaciones. Ahora, lo estás tú.