Volver a empezar Serie completa 6 El por qué de las cosas
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6 El por qué de las cosas

El móvil de Ethan sonó justo cuando pensaba que aquel día, y como auto-castigo por la noche pasada, correría dos kilómetros más de lo habitual.

Vio que era Brenda quién llamaba y decidió ignorarla. El tiempo se le echaba encima. Había dejado a Carolina profundamente dormida, pero no quería que despertara sola en su casa, más que nada por seguridad.

Una cosa era el impacto emocional que le había supuesto tenerla con él, compartiendo una intimidad que ninguno había buscado, y otra muy distinta la confianza.

Esa, de momento, se quedaba donde estaba. No había mujer en la Tierra que se la mereciera.

Alargó la zancada y saludó con la mano a un par de vecinas que solían salir a hacer ejercicio a la misma hora que él, recorriendo siempre el mismo parque pero en sentido contrario al suyo.

Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que lo hacían para poder verle de frente, porque siempre que pasaban por su lado, le hacían la radiografía visual correspondiente y se alejaban entre risillas, que a él le recordaban más las de unas niñitas traviesas que las de unas mujeres hechas y derechas.

Hablando de niñas… El móvil siguió sonando, hasta conseguir que Ethan se detuviera y recuperara el aliento para descolgar.

Brenda podía ser insistente hasta la obsesión. No era la primera vez que quemaba el sonido de llamada para desquiciarlo.

—¿Sí? —respondió con voz ahogada, caminando para no dejar de moverse.

—Menos mal. Ya pensaba que estaba interrumpiendo algo importante con la chica que te ligaste anoche.

—Veo que las noticias vuelan. —Ethan contuvo un resoplido. Casi podía imaginarse a Adam contándole las suculentas novedades—. Si pensabas eso, ¿por qué insistes?

—Porque te conozco, doctor. Y sé que tu amor al trabajo supera cualquier calentón pasajero.

Después de esa declaración de intenciones, silencio. Ethan terminó por sentarse en un banco cercano. Para soportar las interferencias de Brenda, lo iba a necesitar.

—No voy a responder a eso —concluyó con cansancio—. ¿Qué quieres? ¿Hay alguna urgencia en la clínica?

Más silencio.

—Cuestión de papeleo. Tengo que llevar informes al refugio, y no sé dónde están. —Con infinita paciencia, la ilustró al respecto. Esperó que ella se despidiera y colgara, pero solo escuchó una leve risilla—. ¿Qué tal te fue anoche?

—Cotillear no se te da nada bien.

—Quería que me lo dijeras de primera mano. —La risilla se repitió—. Es española, ¿no? Dicen que las españolas se lo montan de maravilla en la cama.

Ethan separó el móvil de la oreja, murmuró un «imbécil», y volvió a colocárselo en el mismo sitio.

Esa era la consecuencia de una cadena de errores que no sabía dónde terminaría. Si no fuera porque su trabajo era impecable, la habría echado de su vida laboral y privada hacía mucho tiempo.

—Brenda, no me importaría mantener esta conversación con cualquiera de mis amigos, pero contigo…

—Somos amigos, Ethan. Además de colegas profesionales. Yo al menos así lo considero.

—Siento dejarte, pero tengo mejores cosas que hacer que satisfacer tu curiosidad macabra.

—Pues hazlas pronto, porque creo que tendrás que trabajar en domingo.

—Ya sabía a lo que se refería. Y no sabía qué le fastidiaba más, si tener que desplazarse al refugio si pensaba en la perspectiva de retener a Carolina con él, o tener que soportar a Brenda.

Se notaba a leguas que la había ofendido—. ¿Vas a llevarla contigo?

—Te veo en un rato…

Colgó antes de seguir sometiéndose al tercer grado, y siguió su camino de vuelta.

¿Por qué no podía considerar ninguna conversación con Brenda como casual y espontánea? Siempre tenía aquel tonillo inquietante que lo dejaba intranquilo.

Y aquella no era diferente. No había machacado demasiado el cuerpo, pero se sentía la mente tan saturada que, cuando llegó a la ducha, le pesaban los pies.

***

Cuando Carolina abrió los ojos, constató tres hechos:

El primero, que aquel cuarto no era el suyo, ni tampoco la habitación de Maca en el hotel. Por las rendijas de la persiana se filtraba luz suficiente como para ver los muebles funcionales que adornaban un dormitorio totalmente desconocido, sembrado de prendas de ropa.

El segundo, que lo que parecía un sueño surrealista era de verdad. La noche antes se había pillado una mierda del quince. Por eso ahora tenía la cabeza a punto de reventar.

Pero el tercero fue el más inquietante. No llevaba nada encima. Su ropa estaba amontonada junto a otra de procedencia muy masculina, en un desorden tan absoluto que a Carolina le dio pavor.

Gimió. Todo parecía indicar que la juerga había seguido en aquella habitación.

Ethan. Gavin y Maca. Una noche loca para olvidar penas. Y he ahí el resultado.

No sabía qué le daba más vergüenza, si haber vaciado la cerveza encima de Ethan, la vomitona que dejó de recuerdo en aquel pub o la posibilidad de haber tenido sexo sin recordarlo.

Con cuidado de no caerse, Carolina se levantó y fue tanteando la pared hasta una puerta entornada que daba a un baño reducido.

La imagen que le devolvió el espejo era de todo menos sexy.

Tenía el pelo enmarañado, los ojos enrojecidos, el rímel corrido y un sabor asqueroso en la boca que se apresuró en hacer desaparecer con un colutorio de marca desconocida que encontró sobre el lavabo.

No podría lavarse los dientes, pero eso disimularía el mal aliento.

Lo siguiente que urgía era adecentar su aspecto en general. Y no servía con un lavado de cara y un leve cepillado.

No supo cuánto tiempo estuvo debajo de la ducha, pero cuando salió, solo persistía el dolor de cabeza y un aturdimiento que creció cuando cruzó la puerta del dormitorio rumbo a lo desconocido.

Y lo desconocido era un breve hall con una puerta cerrada que la separaba de las escaleras. Siguiendo el olor a café recién hecho y a tostadas, Carolina las bajó para encontrarse plantada en la entrada de la cocina.

No parecía una casa grande, pero a ella se le hizo inmensa. Y el desorden, también. La pila de platos y vasos sin limpiar sobrepasaba el borde del fregadero. Ethan le daba la espalda, enfrascado en unos huevos revueltos que dejó sobre el plato en cuanto la vio.

Allí estaba. Alto e imponente. El último hombre que la había besado antes de que Jorge apareciera en su vida, y el primero que había conseguido que lo olvidara del todo.

Solo vestía unos amplios pantalones oscuros. Carolina hizo un recorrido visual por el pecho descubierto. Con el vello justo para no ser considerado un «metrosexual». Casi perfecto con su barba descuidada, el pelo revuelto todavía húmedo y el entrecejo fruncido.

Pese al gesto, a ella le pareció un auténtico derroche de sensualidad masculina por el solo hecho de aparecer de esa manera. Tenía un cuerpo cien por cien aprovechable. Y una mirada penetrante y profunda que la estaba chequeando a ella con el mismo interés.

Recordó lo que le provocó la primera vez que se encontró con él: el mismo tembleque de piernas, idéntico acaloramiento y su corazón completamente descontrolado, antes de interactuar con él con una cautela que fue disminuyendo a medida que crecía la afinidad.

Pero había una diferencia. Aquella noche en Madrid, y aunque sabía que lo único que los dos buscaban era un revolcón sin complicaciones, se había sentido en completa sincronía con él. Con una complicidad que no había alcanzado con ninguna de sus amigas.

Ahora, él se movía con familiaridad por su propia casa, pero parecía fuera de la escena. Como si todo estuviera demasiado forzado.

No quería, pero echó de menos aquel acoplamiento emocional que, en su momento, le llevó a considerarlo un hombre digno de confianza.

—Buenos días, Caro —comenzó él con voz grave, mientras se secaba las manos en un paño de cocina. Las tenía muy cuidadas, saltaba a la vista. Con dedos largos y uñas bien cortadas.

«Manos de pianista», que diría su madre.

Carolina sonrió, preguntándose qué teclas tocarían.

—Buenos días, Ethan —respondió, intentando no sentirse como si aquella fuera su casa y él, su novio.

Pero así se sentiría, salvo que fuera capaz de romper el contacto visual. Y como no podía, recurrió al plan B: sentarse en una de las sillas que rodeaban la mesa para evitar caerse.

—Has utilizado la ducha —siguió Ethan, señalando su pelo mojado.

—Espero que no te moleste.

—Para nada —aclaró, colocando parte de su desayuno sobre la mesa para ocupar la silla de enfrente—. Este es para mí, pero puedo prepararte otro igual, si quieres.

—¡Uf, no, por favor! Tengo la lengua como la suela de un zapato, y el estómago a punto de iniciar un centrifugado rápido.

—No queremos ensuciar el suelo de la cocina con más ron con Coca-Cola. Fue tu bebida de hace tres años, si mal no recuerdo. La misma que tomaste anoche.

Ella no daba crédito a sus oídos. ¡Se acordaba de lo que había bebido cuando se conocieron!

Parecía preocupado. O cabreado. O las dos cosas por igual.

A Carolina le era imposible saberlo. Además, la persistente idea de que habría compartido la cama con él para algo más que dormir la mona se estaba convirtiendo en recurrente.

—Gracias por acogerme en tu casa —dijo, sabiendo a la perfección que una disculpa estaría mucho mejor y sería mucho más eficaz—. Creo que anoche me pasé.

—Un poco, sí.

Ethan apartó los huevos revueltos y se zampó la primera tostada sin quitarle los ojos de encima.

—Es que me impresionó verte —continuó ella, echándose hacia atrás los rizos negros.

—Ya. Es normal. —Como si no hubiera pasado nada, dio un par de sorbos al café—. Aunque me gustaría saber si vas a seguir comportándote como una neurótica, arrojándome bebidas por encima, o podremos hablar tranquilamente.

¿Cómo de tranquilamente? ¿Como si fueran viejos amigos que tienen una relación continuada? ¿O como si lo que empezaron hacía tres años hubiera continuado la noche pasada?

Tenía que saberlo. Lo necesitaba, pero no se atrevía a preguntar.

—Me sorprendió que te acordaras de mí y no supe lo que hacer —fue su débil excusa.

—Vamos, que no se te ocurrió nada mejor para salir del paso.