Volver a empezar Serie completa 8 Trabajo low cost #4
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8 Trabajo low cost #4

—Os falta el barro para que la pelea sea completa. —Él lanzó una risilla provocadora y le acarició la frente—. Brenda fue una recomendación de Ben, ¿sabes? Recién salida de la facultad, empezó a trabajar conmigo en la clínica. Es muy profesional.

—Le gustas.

—Ella a mí, no —afirmó, deslizando una mano por detrás de su nuca. Ella reaccionó echando la cabeza hacia delante para disfrutar del contacto—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Sus dedos comenzaron a trazar lentos círculos para ablandar los músculos del cuello. Carolina suspiró.

—Mmm —murmuró—. Si sigues con el masaje, puedes preguntar hasta cansarte.

—¿Qué es lo que hacen las parejas españolas cuando se encuentran en su casa, después de un duro día de trabajo?

—¿Cómo? —No quería romper la magia del momento, pero no pudo evitar reírse a pesar de que él le miraba la boca muy serio—. Supongo que lo mismo que una australiana… Pero tú y yo no somos pareja.

—Tengo otra pregunta. —Como si dudara acerca de su efectividad, llevó los dedos hasta su boca y le recorrió los labios con las yemas, completamente absorto en lo que hacía—. ¿Quieres que te bese, Carolina? Estoy casi seguro de la respuesta, pero necesito oírtelo decir para no equivocarme.

Llevaba queriéndolo desde que había vuelto a aparecer en su vida de manera tan casual.

Pero también quería volver a ver al Ethan despreocupado que conoció por casualidad.

Quería volver a ver las emociones que ahora parecían estar escondidas detrás de una mirada enigmática y ardiente.

A veces dura, a veces insensible, pero siempre cautelosa.

Quería que todo lo ocurrido en aquel intervalo de tiempo se borrara para que los dos regresaran a aquel banco de Madrid, a reescribir su historia.

—Eso depende de lo que seas capaz de darme —desafió, pegando la espalda a uno de los brazos del sofá.

Con el movimiento, el albornoz volvió a abrirse hasta dejar casi al descubierto la parte superior de sus muslos. Los ojos azules chisporrotearon y él gruñó.

—Eso depende de lo que seas capaz de pedirme —respondió, dejando caer la mano desde su nuca, hasta su clavícula.

—Prepotente —lo acusó ella, a un centímetro escaso de su boca.

—Reprimida.

—Retira eso. —Ethan volvió a sonreír, demostrando que no tenía intención de retirar nada—. Lo que pasa es que tengo poca experiencia.

—¿Como cuánta?

—Solo he estado con una persona en serio. —Carolina le cogió la cara con las manos. Tenía la mirada espesa. Melosa. A un paso de robarle el corazón—. Y fue después de conocerte a ti.

—Comprendido. ¿Respondes a mi pregunta, por favor?

—Vas directo al grano.

—Carolina, llevo queriendo besarte desde que volví a encontrarte. —Su voz sonó profunda, envolvente. Demasiado contundente y llena de matices como para que ella se molestara en descifrarlos.

—No… lo sabía.

—Lo sabías. Lo sabes. Y te encanta jugar. —Pero él parecía muy molesto cuando se echó hacia atrás en el respaldo del sofá y apretó el botón del mando a distancia para apagar la televisión—. Ya somos lo suficientemente adultos como para seguir, ¿no?

—Si me dieras pistas de a qué te refieres…

Con una exclamación, Ethan se incorporó lo justo para que ella pudiera apreciar aquel cuerpo soberbio en toda su extensión, brillo y dureza. Y el calor de su erección, insatisfecha y palpitante.

—A esto —dijo, sabiendo perfectamente hacia dónde se dirigían los ojos de Caro—.

Llevo en casa el tiempo suficiente como para haberme dado una ducha rápida, haber cenado y haberme calentado con el postre que tenía delante.

¿Qué esperabas? Con mi albornoz puesto pareces la sensualidad andante.

Seamos sinceros el uno con el otro, por favor.

La última vez, faltó poco para que me comieras entero.

Te propuse continuar con lo que fuera que habíamos empezado entonces, y no me has respondido.

Pero ahora que quiero que lo hagas, ninguno de los dos da el primer paso.

Parecemos dos vírgenes y no lo somos. —Apretó los dientes y se pasó la mano por el pelo, sin dejar de mirarla—. Basta de cháchara inútil.

—¿Consideras el estado de los demonios de Tasmania como una cháchara inútil?

—En este momento, sí. —Perfectamente acoplado entre las piernas de Caro, Ethan volvió a inclinarse hacia delante para sujetarle la cara con las manos—. Ya sabes hacia dónde quiero ir. Ahora, ¿hacia dónde quieres ir tú?

Hacia sus labios. Hacia su boca. Hacia el resto de su cuerpo. No eran pensamientos muy racionales, pero su cuerpo dictaba las normas.

Le miró la boca con ansia. Con tanta intensidad que provocó en él otro gruñido.

—¿Me respondes… por favor?

El susurro había sido lento. Como si le costara hablar.

—Sí —susurró—. Y sí.

La boca de Ethan se relajó cuando rozó sus labios poco a poco.

Ella los entreabrió cuando él pasó a recorrérselos con la lengua.

Carolina cerró los ojos e inclinó ligeramente la cabeza para apoyarla en su pecho.

El contacto era más que agradable. Era idílico.

Como dar la bienvenida a un sabor que había reaparecido en su vida.

Como encontrar la fórmula mágica para recuperar el tiempo perdido.

Era un beso que abrió puertas cerradas en su cuerpo, pero también desenterró emociones que le explotaron por dentro.

Las aceptó. Abrió la boca y recibió la lengua de Ethan que exploraba lentamente; que buscaba precisamente la reacción que provocaba. Era caliente. Áspera y suave a un tiempo. Se movía muy bien, pero se movió mejor en cuanto encontró la de ella, hasta convertirla en una gata salvaje.

Carolina se sentía arder por dentro. Antes de que se diera cuenta tenía sus dedos enredados en el pelo negro, el pecho pegado al de él y un calor asfixiante en cada una de sus terminaciones nerviosas que le pedía más.

Ethan la reclinó sobre el sofá y se tumbó sobre ella sin dejar de comerle la boca. Comenzaba a parecerle que nada más existía. Solo su aliento. Sus labios que se movían como si estuvieran hechos para él.

Y volvió a ocurrir. El chispazo saltó entre ellos con tanta fuerza que los dos parpadearon sorprendidos.

—Caro, ¿no lo has sentido?

—¿El qué?

—El temblor. Ha sido tan fuerte que lo hubiera registrado un sismógrafo. —La suave sonrisa de ella fue borrada por otro beso, mucho más exigente y duro. Mucho más caliente, al que Carolina respondió con sus manos abarcando las duras nalgas de él—. Dios, vas a quemarme los pantalones…

—No haber empezado.

La voz gutural que le salió no era la suya, seguro.

Claro que tampoco se reconocía en el ímpetu a la hora de seguir besándolo.

Tenía fuego en las venas. Un fuego que la llevó a abrazarlo para quedar completamente acoplada a él.

Sus bocas siguieron moviéndose, hasta que Ethan levantó la cabeza para poder respirar.

Tenía las piernas de Carolina alrededor de su cintura.

Sus pechos prácticamente al descubierto y los labios rojos por aquel beso que le estaba volviendo loco.

—Quiero que lo hagamos aquí —dijo. Apartó la parte posterior del albornoz y comenzó a ascender por el muslo de Carolina con la mano—. Después en tu cama, o en la mía. O en las dos.

—Ethan…

Se inclinó para seguir besándola. Ahora que había empezado, no podía parar.

La mano siguió subiendo hasta clavarle los dedos en la cadera desnuda para inmovilizarla debajo de él.

Quería sentir su calor, los latidos de su corazón.

Quería sentirla por completo, pero cuando comenzó a desatarse el cordón de los pantalones, Carolina reaccionó.

Si seguía, posiblemente se arrepentiría.

—Ethan, espera —pidió entre jadeos.

—Ahora no, Caro. Quieres que siga.

—Ethan, para —insistió, y extendió una mano cuando él intentó acercarse de nuevo.

—Me has puesto como una moto. No puedes hablar en serio…

—Totalmente.

Bastó con un pequeño empujón para dejárselo claro. Carolina se sentó y se colocó el albornoz mientras él se ponía de pie y se sacudía el pelo como si tuviera pulgas, pero no tardó ni dos segundos en volver a arrodillarse entre sus piernas.

—Yo lo veo de esta manera —comenzó, acariciándola por encima de la tela—: Ninguno pensaba excitarse tanto, pero nos hemos excitado.

Podemos interpretarlo como una continuación de lo ocurrido en su día.

Era algo que tenía que pasar. Somos dos personas adultas y libres que han decidido voluntariamente vivir juntas por un tiempo.

Es absurdo intentar racionalizar algo instintivo.

—Pero yo no soy así.

—¿Así, cómo?

—Pues… —De repente no encontraba las palabras exactas. Ni en inglés ni en castellano—. Suelo ser más tranquila.

—No me importa. —Él intentó mantener la calma. ¿Qué había hecho mal?—. Si es porque trabajas para mí…

—No. Conozco a varios que se han liado con sus jefes.

Jorge, sin ir más lejos. Y aparecía justamente ahora, cuando ella había detenido las manos de Ethan con las suyas y las acariciaba con lentitud.

Cuando él parecía suplicarle con la mirada y una humildad llena de ternura.

—No quiero liarme contigo. Quiero hacer el amor contigo, Caro —susurró a un paso de la desesperación—. Quiero meterme en tu cuerpo. Quiero disfrutar y que disfrutes. Y quiero que aprovechemos la oportunidad que se nos ha presentado, porque me acabas de demostrar que los dos lo estamos deseando.

—No tenía que haberte esperado en el sofá, ni haberme quedado dormida en albornoz. —Le apartó temblando y se alejó de él—. Y tenía que haberte parado mucho antes.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que me hagas daño.

Hacía cinco minutos la tenía debajo de él, jadeando. No podía haberse equivocado tanto con su lenguaje corporal. Pero ahora estaba cabizbaja, con los ojos brillantes por lágrimas cuyo significado empezaba a entender.

—Espera un momento… ¿Buscas un amor platónico de esos? —aventuró incrédulo—. ¿Quién está hablando de sentimientos?

—Yo. De los míos —respondió ella, antes de dejarle sumido en un mar de confusiones, con el cuerpo dolorido por la frustración sexual, y el corazón palpitando desenfrenado sin razón aparente.