Volver a empezar Serie completa 4 El cazador cazado #3
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4 El cazador cazado #3

Él sonrió con comodidad. Le encantaba el tira y afloja. La mezcla de timidez y determinación de aquella Carolina.

—No opinarás lo mismo cuando sepas que tengo antepasados aborígenes —declaró en broma.

—¿Maoríes?

—Veo que te has ganado ese puesto en la agencia de viajes.

—Ethan dejó el vaso a un lado para poder acariciar sus labios con el dedo índice.

Fue un impulso, pero a ella pareció gustarle, porque percibió el comienzo de un suspiro antes de que retirara el dedo—.

De ahí mi piel morena, mi pelo negro y la forma exótica de mis ojos.

Eso sí, el resto es producto del ejercicio físico diario.

—¡Lo sabía! Les dije que tenías pinta de guerrero y se rieron.

Aquel fue el principio. La primera hora, Ethan pensó que tenía todas las papeletas para hacérselo pasar bien en la cama y empezó a desear que Gavin no apareciera.

La segunda, comprobó que la chica tenía fondo además de formas.

Y cuando quiso darse cuenta, se encontró con que había dejado de sentirse encerrado, melancólico, frustrado o malhumorado.

Gavin había pasado a la historia y ahora eran unos ojos dorados los que atraían toda su atención.

De repente, el sonido melodioso de su voz se cortó con un chispazo que les alcanzó de lleno. Carolina tenía la boca entreabierta. Si hacía caso al ceño fruncido, parecía considerar ciertas cosas que, desde luego, no pensaba confesarle.

—Perdona, pero tengo que hacer esto. Luego te lo explico. —Eso fue lo último que dijo antes de plantarle un beso en plena boca.

Fue algo demasiado rápido, pero también demasiado intenso como para que Ethan permaneciera quieto. Con el movimiento, los pechos de ella chocaron contra sus pectorales. Y eso no era algo que pudiera dejar pasar así como así.

—Supongo que ahora vendrá la explicación —le dijo, cerrando el brazo que tenía sobre sus hombros para dejarla casi pegada a él.

—Mis amigas y yo hacíamos apuestas acerca de cómo besarías. —Ella bajó los ojos, pero él le sujetó el mentón para que volviera a mirarle. Cuando eso pasaba, Ethan se sentía mucho mejor—. Tenía que comprobarlo.

—Ah. —No supo si reírse o enfadarse. Había pasado por muchos estadios en su vida, pero nunca por ser un conejillo de indias—. ¿Y cuál es la conclusión?

Ella se encogió de hombros y sonrió, bajando la mirada otra vez. Como si fuera virgen y nunca hubiera ligado con un chico.

—No ha estado mal —concluyó—. Aunque si te he ofendido, no tengo inconveniente en marcharme por donde he venido.

¿Y eso qué quería decir exactamente? Ethan frunció el ceño e inclinó la cabeza en busca de esos labios que apenas había podido sentir.

—Todavía no lo sé. No te has esmerado lo suficiente —aclaró con la voz ronca—. Pero te dejo repetir.

—¿Que me dejas…?

—Sí. Mira. —Antes de que ella pudiera echarle en cara su prepotencia, la rodeó con los brazos y la besó.

Fulgurante, demasiado íntimo para dos personas que hacía apenas unas horas que se conocían, pero lo suficientemente aclaratorio acerca de cuál era su relación.

Cuando ella abrió la boca, le dijo que estaba deseando ser besada.

Cuando movió los labios sobre los de él y se los mordisqueó, le confirmó que desde el principio le había gustado mucho.

Ethan gruñó y ella se dejó sentar a horcajadas sobre sus muslos.

Siguieron saboreándose durante un tiempo, hasta que, bajo sus vaqueros, ella sintió cierta creciente excitación que tendría que haberla obligado a salir de allí, pero que solo contribuyó a que se moviera un poco para acomodarse mejor.

A cambio de semejante movimiento, Ethan gimió dentro de su boca, profundizó en el beso y la presionó más hacia abajo—. Así está mucho mejor, ¿verdad?

Los dos se apartaron jadeantes y completamente desconcertados.

Sí, lo habían sentido. Fue como si una ráfaga entera de rayos les hubiera atravesado el cuerpo.

Todavía tenían su electricidad recorriendo cada terminación nerviosa.

Se habían quedado sin palabras. Cada uno inmerso en los ojos del otro, intentando buscar una explicación coherente a lo que acababa de ocurrir.

—Muchísimo mejor —corroboró ella con voz entrecortada.

—Supongo que esto significa que quieres lo mismo que yo.

—Empezaremos por admitir que besas de maravilla.

Ethan rio con ganas. Empezaba a considerar sus confidencias como el inicio de una amistad con la puerta abierta a lo que surgiera, cuando unos gritos a su espalda rompieron el hechizo y todas las posibilidades que pudieran presentárseles.

—¡Caro! ¡Pensábamos que te habías ido sin nosotras!

—¡Pero miradla, qué chispa tiene! ¡Desde luego, no ha desaprovechado el tiempo, no!

—¡Eh, ven con nosotras! ¡Hoy los hombres están prohibidos!

Por lo menos, él pasó a esa categoría en cuanto se vieron rodeados por media docena de gallinas chillonas que tiraron de ella hasta volverla a meter en el pub.

Ethan se quedó allí plantado, sin saber qué hacer. Al final, decidió esperar antes de entrar otra vez. Si realmente ella quería continuar la noche en su compañía, no tardaría demasiado en salir.

Pero no salió. Y cuando Gavin le encontró, Ethan solo pudo pensar que ni siquiera le había pedido un número de teléfono.

Aún no se creía que estuviera allí. En su casa, irrumpiendo en su cómoda vida, en su cómoda independencia y en sus cómodos planes de ermitaño.

Obligándole a ser amable, atento y respetuoso, cuando lo único que quería era comérsela enterita y olvidarse al día siguiente.

Apoyado en el marco de la puerta, Ethan resopló al reconocer que eran otras las razones que le habían movido. La curiosidad, la primera. También cierta humanidad al conocer, por boca de Macarena y Gavin, la jugarreta de la agencia de viajes que había dejado a Carolina prácticamente en la calle.

Se le presentaba una especie de segunda oportunidad, así que terminó por no pensárselo demasiado.

Desechó los momentos de afinidad compartidos con ella y se centró en la explosión física que le nubló la cabeza cuando se conocieron.

Quiero sexo contigo, nos lo pasamos bien, pero nada más. Desde Hannah, así había funcionado.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Carolina refunfuñó algo y se movió, haciendo que su falda subiera un par de centímetros.

Ethan clavó los ojos en aquellas piernas. No eran largas, pero sí proporcionadas.

Su imaginación empezó a ir por libre. Y él sonrió.