Volver a empezar Serie completa 4 El cazador cazado #2
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4 El cazador cazado #2

Hasta donde le daba la memoria, ella apenas había cambiado. Hacía tres años, Gavin le había convencido para viajar a España, nada menos. Para disfrutar del sol, las playas y el encanto cosmopolita. Para aprender a vivir sin Hannah.

Como si en Australia no hubiera sol, playas y ciudades. Como si pudiera olvidar a Hannah.

Ethan había aceptado con resignación. La misma que tenía ahora, cuando le venía a la cabeza lo ocurrido aquella noche con todo lujo de detalles…

—Voy a pedir algo a la barra. Ahora vuelvo.

Ethan no respondió. Le traía sin cuidado lo que Gavin pidiera, con tal de que le ayudara a evadirse. Estaba rodeado de gente que bailaba, reía, bebía y se metía mano al ritmo de aquella odiosa música tecno que le taponaba los oídos.

Nunca le había gustado esa clase de repiqueteo incesante que terminaba por taladrarle el cerebro.

Y ahora, con unas cuantas copas encima, menos.

No solía aguantar más de diez minutos seguidos en ningún tugurio.

Antes de ese tiempo, empezaba a sudar por mucho frío que hiciera.

Perdía los nervios y buscaba la salida con desesperación, como si alguien le hubiera encerrado intencionadamente.

Gavin le decía que debía ir a un psicólogo, que eso era claustrofobia y que podía haberse originado como consecuencia de lo sucedido con Hannah.

También le traía sin cuidado.

De hecho, resultaba una compañía muy poco agradable para su hermano en esas vacaciones improvisadas/programadas a las que había accedido solo para no tener que escuchar más sermones, ni de él, ni de Kamballa, su abuela.

Miró el reloj y empezó a impacientarse. Estiró el cuello intentando localizar a Gavin entre la marabunta de cabezas que sepultaban la barra, con toda la intención de dejarle plantado y volver al hotel para emplear el resto de la noche en dormir.

Entonces la vio.

Y empezó a pensar que quizá podría quedarse un poco más.

Reía alegremente, rodeada de un grupo de chicas que, supuso, serían sus amigas. Todas le lanzaban miradas subrepticias y luego se tapaban la boca, disimulando bastante mal.

Se reían de él.

Eso le pareció, porque al cabo de diez minutos de intensa observación por su parte, la morena de pelo rizado que había llamado su atención con aquellos vaqueros desgastados y aquella camiseta que apenas le tapaba el ombligo, le señalaba, probablemente sin sospechar siquiera que se acercaría a ellas, intrigado y bastante molesto.

—Hola —saludó en inglés cuando estuvo a su altura—. Llevo un rato mirando y he visto que os habéis fijado en mí. ¿Podéis contarme qué es tan gracioso para reírme yo también?

La desbandada fue general, y no porque le hubieran entendido. En un abrir y cerrar de ojos, las amigas de la chica retrocedieron con diversas excusas dichas en español que no entendió, para dejarla delante de él, con la boca abierta por la sorpresa y sin saber a dónde mirar.

—Tus amigas son un poco cobardes, ¿no? Te dejan sola a la menor oportunidad.

—Sola del todo no estoy. —Ethan arqueó las cejas. Hablaba inglés con claridad y fluidez—. Creo que querían dejarme contigo.

—¿Y tú? ¿También quieres?

La repasó de arriba abajo. Las luces parpadeantes le impedían apreciarla al completo, pero lo que vio le bastó para calentarle el cuerpo.

La chica llevaba el ritmo de la música con cierta languidez, agarrando el vaso de tubo con las dos manos sin saber muy bien cómo disimular que en realidad le estaba estudiando al detalle.

Se volvió hacia el resto que les observaba, y pareció decidirse.

—Claro —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no?

—No sé… ¿Por la música machacona?

—Es lo que hay —añadió ella, como si no le importara someter sus oídos a semejante tortura—. ¿No te gusta?

—Noooo… —Ethan exageró el gesto, fingiendo que se ahogaba, provocando que ella se riera otra vez.

Le gustaba ese sonido, amortiguado por el ruido reinante.

Era como una corriente de aire fresco que le podía llevar a cualquier otro lugar—.

Tengo otros gustos musicales. Por cierto, me llamo Ethan —añadió, estampándole dos besos en las mejillas—. ¿Y tú?

La chica parecía cada vez más avergonzada. En un intento por suavizar la situación, quiso beber del vaso, pero comprobó que estaba vacío.

—C-Carolina —tartamudeó al fin, dirigiendo hacia él aquellos impresionantes ojos castaños que le dejaron clavado en el sitio.

—Bonito. Ca-ro-li-na…

En ese momento el DJ de turno decidió compadecerse de él y cambió de registro. Ahora sonaba una canción con buen ritmo, cuyo estribillo contenía el nombre que había arrastrado de esa manera tan irresistible.

—Caro para los amigos —añadió ella.

—Caro —repitió él, con mucha más facilidad, acercándose y posando la mano en su cintura para poder seguirle el ritmo—. Veo que te gusta bailar.

—Me da demasiada vergüenza si no he bebido antes algo.

Lo cual quería decir que había bebido. Ethan apoyó el mentón en su cabeza y tarareó el estribillo. Se repetía tantas veces en la canción que al final se lo aprendió.

—¿Me lo traduces? —pidió.

—«Carolina, trátame bien, o al final te tendré que comer…».

Vaya, qué oportuno.

—No tienes nada para beber —apreció—. Si quieres, pedimos algo.

Ella miró para otro lado, como si buscara algo que no encontraba. Hasta que lo miró fijamente.

—Oye, perdona por lo de antes —intentó disculparse, dejando el vaso en algún lugar para poder retorcerse las manos a gusto—. No era lo que parecía, de verdad. No nos estábamos riendo de ti.

—Pues menos mal. —Sonrió Ethan—. Creí que llevaba algo raro por algún sitio…

—¡No, no! ¡Tu aspecto no tiene nada de malo!

La sonrisa se acentuó. Era consciente de que se le habrían formado esos hoyuelos que tanto atraían a las mujeres, y se enorgulleció de ellos por primera vez en mucho tiempo.

Cuando consiguió llegar a la barra, pidió un vodka limón para él y un ron con Coca-Cola para ella y la cogió del brazo para abrirse paso entre la muchedumbre hacia la salida.

Ella le decía algo que él no podía escuchar, pero se le ocurrió pensar que a lo mejor no quería salir de allí.

Se acercó a su oído y le apartó el pelo con la mano libre. ¡Qué bien olía! Entre el ambiente cargado del pub, el aroma a fresas que salía de los rizos negros resultaba refrescante.

Lo aspiró y cerró los ojos. Cualquiera con dos dedos de frente vería que había conexión entre ellos.

Aquella era una de las raras ocasiones en las que tenía la impresión de que había elegido la compañía adecuada para volver a sentirse una persona íntegra, normal.

Un hombre atraído por el físico de una mujer que respondía bien.

Una pareja inesperada que se gustaba mutuamente, perdiéndose en mitad de la noche. Sin nada más que pedir ni que exigir.

Estuvo a punto de mordisquearle el lóbulo de la oreja cuando vio que ella no se apartaba, pero luego recordó por qué se había acercado tanto.

—¿Me acompañas? —le susurró—. Así podrás explicarme con más calma eso de mi aspecto.

Carolina se estremeció de pies a cabeza. No pudo disimularlo, y a él le encantó, porque le acompañó afuera tan tranquila y confiada como lo estaba él.

Se sentaron en un banco, a escasos metros del pub, y se dedicaron a mirar la luna de Madrid antes de entablar conversación.

—Eres inglés —empezó ella, estudiándole con curiosidad mal disimulada.

—Australiano. Veterinario. Y acompañante de mi hermano en unas vacaciones que nunca quise, aunque estoy a punto de cambiar de opinión.

—No tuvo que decir más para que ella se pusiera roja.

Era una delicia. Con aquella luz, parecía mucho más guapa.

Y aceptaba los piropos como si fuera una adolescente.

¿Lo sería? Si analizaba con más atención sus rasgos aniñados, lo dudaba—.

Oye, tendrás los dieciocho cumplidos, ¿no?

Ella dio un trago y casi se ahogó por la risa.

—Hace tiempo. —Ahora lo miró con mucho más detenimiento e interés.

Ethan no sabía si esos arranques de espontaneidad se debían a la bebida, pero tampoco le importaba demasiado.

Era preciosa. Con unas formas equilibradas y pronunciadas, como a él le gustaba.

Y además hablaba inglés a la perfección.

Él también había bebido. Quería tener un trato más cercano con ella.

Mucho más cercano e íntimo—. Mis amigas y yo celebrábamos que acabo de conseguir mi primer trabajo en una agencia de viajes.

—Enhorabuena —la felicitó, con la voz ronca al imaginar lo que los dos podrían divertirse.

—También hacíamos apuestas —añadió ella, enseñándole una débil sonrisa que a él le encantó.

—¿Acerca de qué?

—De tu lugar de procedencia.

—Ah. ¿Y quién ganó?

—Ninguna. La verdad, no pareces australiano.

Ethan volvió a sonreír y se acomodó en el banco. Rodeó los hombros de Carolina con toda la intención. Bajo su mano, el hombro suave y desnudo de ella pareció relajarse.

Estaba flirteando, y era correspondido. Le faltó poco para dejarse de prolegómenos y llevársela al hotel.

—¿Y qué pinta se supone que debemos tener? —preguntó.

—No sé… ¿Rubios, ojos claros, piel rosa como los cerditos?

Ethan se imaginó a sí mismo con ese aspecto, y estalló en carcajadas.

—Nos confundes con los ingleses. Algunos de nosotros parecemos muy oscuros.

Hasta podemos dar miedo a las chicas que se atreven a acompañarnos sin conocernos —comentó, acercando su cara a la de ella muy serio.

La mano aferró el hombro con más firmeza, por si su reciente conquista decidía dar marcha atrás antes de que pudiera convencerla de lo contrario.

Pero no. Ella sacudió las pestañas y rio por el comentario—. Aunque tú solo estás tonteando conmigo.

—Sí, lo reconozco.

—No nos conocemos. Ahora mismo, podría llevarte a donde yo quisiera.

La insinuación no la asustó. Pareció adentrarse en la profundidad de sus ojos cuando se arrimó más a él, como si tuviera frío.

—Hay casi tanta gente fuera como dentro —susurró, haciendo un gesto con el mentón—. No te atreverías. Además, ¿quién dice que tengas que llevarme a algún sitio? A lo mejor quiero ir sola.