Volver a empezar Serie completa 4 El cazador cazado
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4 El cazador cazado

Preparación:

Nota a pie de página:

Si me paro a pensar en la expresión de él cuando me ha visto, me entran ganas de pasar yo también por un colador para tamizar emociones… ¡Pero me ha reconocido! Y borracha y todo, estoy segura de que le he gustado. La cuestión es: ¿me gusta gustarle? No me atrevo a responderme en estas condiciones.

—¡Caro, está buenísimo! ¡Y le conoces! ¡Ahora mismo me lo vas a contar!

Carolina se apoyó en la barra y enterró la cabeza entre los brazos. Al fin se había atrevido a salir del baño, pero ni muerta se movería del sitio para encontrarse de nuevo con Ethan.

¡En vez de comportarse como una persona normal que se encontraba inesperadamente con un amigo, le había empapado los pantalones! Él estaría enfurecido, si es que todavía se encontraba allí y no se había marchado con su amigo y su hermano.

O con alguna de las chicas que merodeaban por sus alrededores cuando Maca y ella hicieron su aparición.

Por alguna razón, aquella segunda posibilidad no le gustó en absoluto, pero lo achacó a las copas que llevaba encima.

—Mañana te lo cuento, Macarena —se excusó. No pensaba contárselo, por lo menos en los próximos cien años.

—Carolina, quiero saber por qué has hecho lo que acabas de hacer.

Como si fuera tan fácil. Un cuarto de hora después de su desbandada, había bebido más que en los últimos tres años, solo para intentar recuperar la tranquilidad que había perdido nada más tenerlo delante.

A esas alturas, ya nada le parecía tan grave como lo que acababa de sucederle.

La cabeza le daba vueltas. Le costaba trabajo recordar por qué estaba allí, y solo le salía por la boca una risa floja muy sospechosa.

—Se acordaba de la canción —consiguió decir—. No entiendo cómo puede acordarse de M Clan.

—Le gustas tanto que me extraña que no se haya presentado aquí a buscarte. Aunque nada más sea para matarte por haberle empapado.

—Está con tu Gavin. —Otra carcajada. ¡Todo le resultaba gracioso!—. Si vas a buscarle, a lo mejor él se queda conmigo.

Quiso apurar la tercera copa desde su huida, pero Maca le quitó el vaso.

—Me parece que has bebido suficiente —le regañó.

—Lo justo, Maca. Lo justo.

—¿Para qué?

La mirada extraviada de Carolina se fue hacia el centro del pub. Estaba tan lleno que nadie parecía reparar en ellas.

Pues mira qué bien. Así podía hacer lo que le diera la gana. Total, al día siguiente ni se acordaría del ridículo.

—Para bailar —respondió, abriéndose paso entre la gente sin que Maca pudiera evitarlo.

Antes de contar tres, comenzó a contonearse siguiendo los compases de una canción de country.

No tenía la cabeza para pensar qué hacía bailando country en un pub de un pueblo perdido en Australia como una loca, pero se dejó llevar. Comenzó a girar sin prestar atención al mareo, hasta que las manos de alguien la detuvieron.

Carolina parpadeó para descubrir que la gente se movía demasiado, que el sonido de la música le llegaba distorsionado y que nada parecía permanecer en su sitio. Ni siquiera ella.

Intentó centrarse en los ojos que la miraban con una mezcla de desconcierto, cierto enfado y bastante interés.

—Te están haciendo corro —le recriminó una voz profunda, sensual y conocida.

—He bebido demasiado —reconoció ella, balanceándose de un lado a otro sin conseguir mantener el equilibrio. No quería, pero sus ojos se fueron a la entrepierna de él, solo para asegurarse de que ya no tenía rastro de la cerveza. No pudo asegurarlo, pero parecía que el pantalón ya estaba seco.

—No hace falta que lo jures.

Ethan la sujetó con más fuerza y casi la arrastró hacia una esquina del bar, lo suficientemente oscura como para tener un poco de privacidad.

Dudaba entre dejarla allí o sacarla fuera para que le diera el aire, pero cuando vio que su hermano y Macarena no les quitaban el ojo de encima, se decidió por lo primero.

—¿Estás bien?

Carolina pudo levantar la mirada para encontrarse con la cara de Ethan muy cerca de la suya.

Tanto, que podría besarle sin apenas moverse.

Su cuerpo enorme le tapaba la visión del resto de los clientes del bar, y su característico olor volvió a llegarle directamente al cerebro para recordarle con cuántas ganas le había besado en su día.

Tomó la iniciativa sin que le importara lo que él podía pensar. ¿Y si lo hacía otra vez? Siempre podría decir que fue culpa de la borrachera, o que necesitaba olvidarse de su fiasco con Jorge y había decidido hacerlo con él. En cierto modo, no mentiría.

Ethan se acercó más. Pasó las yemas de los dedos por el contorno de su mentón y frunció el ceño. No parecía que estuviera pensando en besos.

—Caro, ¿te encuentras bien? —repitió, preocupado de verdad.

—Todo lo bien que puedo estar, dadas las circunstancias —respondió, con un suspiro al escuchar cómo él pronunciaba el diminutivo de su nombre, arrastrando la erre de esa manera tan peculiar—. No te he saludado como una amiga, precisamente.

—Entonces seguro que tienes una disculpa preparada para mí.

—Ah, que has venido por eso… —Un tropezón casi la hizo caer al suelo, pero el pecho duro y caliente de Ethan le sirvió de apoyo. Ella hizo un breve recorrido visual desde aquella imponente parte hasta los ojos sorprendidos de él—. Bueno, vale. Perdona.

—Te perdono si me dices por qué lo has hecho.

—Es que no me acuerdo —se disculpó entre risas tontas.

No se dio cuenta, pero él murmuró una palabrota y la agarró con fuerza por la cintura, con toda la intención de sacarla de aquel ambiente tan cargado.

Estaba bebida, indefensa como una hoja a merced del viento, pero quería hablar con ella con tranquilidad.

Acababa de descubrir que necesitaba hacerlo, pero con la música encumbrada a tantos decibelios era muy difícil. Y Carolina tenía que despejarse.

—¿Vienes conmigo afuera? —le pidió, parado de repente en mitad del bar—. Allí seguro que te encuentras mejor.

—Ya veo que sigues igual de amable…

—Las buenas costumbres no deberían cambiar nunca. —Sonrió él, abriéndose paso entre la gente sin soltarla. Pero Caro se negó a moverse del sitio.

—Espera un poco. —Ella tenía los ojos vidriosos y se movía como si estuviera a punto de desmayarse, pero Ethan terminó por ceder—. ¿Bailas conmigo? La última vez, no se te dio mal.

En vista de que no podía mantenerse en pie, Carolina se colgó de su cuello y reanudó su baile, esta vez contoneándose contra él.

—Otro día, seguro. —Gruñó fastidiado y la apartó a regañadientes. Si no hubiera estado convencido de que aquel desastre era producto del alcohol, le hubiera seguido el juego más que animado—. Ahora estás demasiado borracha como para pensar.

—No me subestimes, señor veterinario —le reprochó ella, demostrando que no solo se acordaba de su nombre, sino también de su profesión—. No he pensado tanto ni tan deprisa desde que tengo uso de razón.

—¿Sí? Pues úsala y acompáñame.

Tiró de ella otra vez, con idéntico resultado.

—Puedes soltarme —pidió Carolina.

—Si te suelto, te caerás redonda.

—Sé andar sola.

Ethan ladeó la cabeza y se encogió de hombros.

—Está bien —dijo—. Como quieras.

Dicho y hecho. En cuanto dejó de sujetarla, Carolina se tambaleó tan fuerte que tuvo que volver a enlazarla por la cintura para tirar de ella hacia la salida. Menos mal que parecían invisibles para el resto de la gente, porque cualquiera hubiera podido pensar que intentaba llevársela por la fuerza.

—Ethan… Estás aquí. —Tenía problemas para enfocar la vista en algún punto concreto. Por eso le miraba como si acabara de descubrir su presencia. El estómago le dio un retortijón, pero ella lo ignoró—. Pellízcame para decirme que esto está pasando de verdad…

—Lo haría si supiera que me lo pides con tus cinco sentidos intactos —respondió él, levantando una ceja—. ¿Podemos seguir hablando en otro lugar? Esto empieza a asfixiarme.

—Eres la última persona a la que hubiera esperado encontrar, pero la única a la que me alegro de ver.

Las náuseas volvieron con tanta fuerza que Carolina no pudo contenerlas. Apenas tuvo tiempo de separarse de él para no vomitarle encima.

—Seré tonta…

Allí. Tenía que haberla dejado allí, y que su hermanita hiciera de niñera. Pero no podía arriesgarse a no volver a verla antes de que respondiera a todas sus preguntas.

Por pura curiosidad y por esa atracción tan fuerte que había vuelto solo con tenerla delante, Ethan la cogió en brazos con un gruñido y la sacó afuera cuando Carolina estuvo a punto de desmayarse.

Macarena y Gavin tardaron unos segundos más en irse. Y durante ese tiempo, la despierta mente de Maca comenzó a funcionar a toda velocidad.

—¿Me dijiste que tu hermano era veterinario? —preguntó.

—De Stubborn y alrededores. Cuenta con personal especializado y yo colaboro cuando puedo, pero a veces el trabajo le supera.

Maca deslizó una zalamera mirada por el cuerpo de Gavin. Su aspecto era impecable, todo lo contrario que el de su hermano. Parecía exactamente lo que le había dicho que era: el ordenado empleado de banca al que nada se le escapaba de las manos.

Al contrario que Ethan, se repitió. Cada uno parecía ofrecer justo lo que ella necesitaba y lo que Caro pedía a gritos.

—Gavin —ronroneó—. Tu hermano se dará cuenta de que mi hermana no es dueña de sus actos.

—Pues claro.

—¿Y a dónde la lleva?

—Supongo que a su casa —respondió Gabin encogiéndose de hombros—. Si te quedas más tranquila te puedo llevar hasta allí sin problema.

Había un problema bien gordo, aunque la solución comenzaba a dejarse ver.

Macarena dio unos disimulados golpecitos en el bolsillo del vaquero donde descansaba el dinero que Carolina le había pedido que le guardara por ella y sonrió.

Su hermana estaba tan borracha que difícilmente se acordaría de lo que había hecho con él. Mejor que mejor.

—Vamos —concluyó, arrastrándole de la mano—. Por el camino tengo que contarte algo.

***

No podía dejar de mirarla.

Tirada sobre la cama, durmiendo el sueño de los inocentes, parecía un ángel de piernas bien torneadas, falda que tapaba lo justo, rizos extendidos por todos los lados y boca que prometía el Kamasutra al completo.