3 De los efectos inesperados del alcohol #3
—Inesperadamente. —Ethan levantó una ceja y acercó su cara a la de ella.
Después de la primera sorpresa, comenzaba a controlar la situación.
Era curioso. De entre todos los recuerdos que le bloquearon la mente, uno parecía hacerse con el control absoluto: los besos.
En aquella ocasión fueron lentos, para saborear aquellos labios llenos que volvía a tener tan cerca.
Profundos, para disfrutar de la suavidad húmeda de aquella boca.
Intensos, para terminar lo que, por diversas circunstancias, había quedado a medias.
Los ojos se le quedaron clavados ahí. Precisamente ahí.
Y sintió cómo le burbujeaba la sangre cuando pensó que, quizá y solo quizá, podría volver a repetir la experiencia ahora que se le había presentado sin avisar—.
Me encantaría saber por qué y hasta cuándo, porque todavía no me lo creo.
Sonreía de medio lado, acentuando ese aspecto de niño malo que le había robado todo sentido común en su día.
Carolina le acompañó con esa sonrisa y se mordió el labio intentando encontrar una excusa superficial para explicarle.
Los ojos de Ethan se quedaron pegados en ese diente que asomaba sobre el labio, dejando salir sus intenciones con tanta claridad que Carolina se puso seria.
¡Ay!, que ahora se quedaba sin argumentos.
Y sin capacidad de reacción cuando él le retiró un rizo de la cara para acercarse a su oído y respirar cerca de su cuello.
Él olía igual. Con esa mezcla de alcohol y after save que comenzó a elevarla a las alturas cuando sintió su aliento posándose con cuidado en una porción muy pequeña de su cuello. Justo donde le latía el pulso con completo descontrol.
—Ethan… —murmuró, extrañamente tranquila por tenerle al lado.
—Caro… —dijo él a un tiempo.
—… lina —terminó ella, despertando de la hipnosis para ponerle en su sitio.
—«Trátame bien, o al final te tendré que comer». ¡Ñam!
¡Ay, ay, ay, que recordaba la canción, aunque casi no se entendiera su castellano! ¡Y seguro que se acordaba de lo demás!
Por eso se había acercado tanto que sintió un escalofrío cuando él se rio y percibió el roce de su boca un segundo antes de que se produjera.
Fue una bienvenida que la obligó a retroceder en el tiempo hasta asentarse en él. Literalmente. Carolina estaba mareada. Extasiada. Vencida. En un mundo paralelo que nada tenía que ver con las caras estupefactas de Maca y Gavin, y sí con el interés que Ethan comenzaba a generar en ella.
Él torció la boca con seguridad. Lo tenía cada vez más cerca y parecía decidido a ignorar al resto del mundo.
Las rodillas de Carolina chocaron entre sí, pero reaccionó. Tenía que defenderse con lo que tuviera a mano.
Y lo que tenía a mano era un botellín de cerveza que no dudó en vaciarle sobre los vaqueros.
—Se te ha mojado el paquete —dijo, antes de echar a correr hacia el lavabo de chicas, seguida por Maca.
—La madre que me parió…
—¿Llamo a la policía o a los bomberos?
Ethan no respondió a Adam. Bastante tenía con cerrar la boca y tranquilizarse. El corazón parecía un coro de tambores, por no hablar de la incomodidad de los vaqueros mojados. Se bebió lo que le quedaba en el vaso de un trago y se cruzó de brazos.
—Mejor llamad a un médico —murmuró, regresando a su habitual expresión ceñuda—. O a un psicólogo. No voy a cometer un delito ni a provocar un incendio, pero estoy a punto de sufrir un infarto. Y ni siquiera sé qué coño me ha pasado.
—Pues yo lo veo muy claro —añadió Gavin—. No has dejado de comértela con los ojos desde que te he presentado a Macarena.
Ethan lo miró totalmente extrañado.
—¿Qué Macarena?
—Carolina es su hermana mayor.
—¿Eso también me lo has dicho?
—Sí.
Pues tampoco se acordaba. El asunto prometía ser más grave de lo que en un principio parecía.
—No me he dado cuenta —murmuró, sin quitar la vista de la entrada del Cheers.
—Ni de eso, ni de nada que no fueran las piernas de Carolina, las tetas de Carolina, los morros de Carolina que parecían decir «cómeme»…
—Se los comeré.
Tan claro como que ahora era de noche y Carolina se había escapado de la manera más cobarde e insólita que él había visto nunca en una mujer.
Lo único que había conseguido con aquella retirada era incrementar sus deseos de hablar con ella.
De abrazarla como si fuera una amiga para darle la bienvenida que se merecía.
De volver a besarla, solo para comprobar si podía recuperar la sensación de segura tranquilidad que tuvo durante horas aquella noche.
Y también de ponerla en su sitio. No podía ir por ahí vaciando botellines de cerveza en las pelotas de cualquiera y salir airosa del asunto.
—Ni tú eres su tipo, ni ella es el tuyo. —Adam se reía de él como si estuviera manchado de barro después de haberse caído en un charco.
—¿Y tú qué sabes quién es mi tipo?
—Hacía mucho que no te veía esa expresión en la cara, pero la reconozco —añadió Adam, con una mueca divertida—. Acabas de decidir qué quieres tirártela, así que yo desaparezco para no tener que verlo.
—Lo decidí hace tres años, pero el momento se ha hecho esperar.
—¡Está buenísima y la conoces! —Ethan achicó los ojos azules cuando Gavin tiró de él, decidido a llevarlo a un lugar menos concurrido—. ¡Ahora mismo me lo vas a contar!