Volver a empezar Serie completa 3 De los efectos inesperados del alcohol #2
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3 De los efectos inesperados del alcohol #2

—Brenda no va a venir hoy, ¿verdad? —Ethan miró de reojo a su amigo.

Adam siempre tenía aquella pinta. Atractivo para las mujeres, pero con cierto aire de pasotismo sereno que terminaba por desquiciar a cualquiera que tuviera un poco de temperamento.

Ahora sonreía, y no era para disimular su enfado.

Realmente, no se tomaría a mal el hecho de que Brenda, la mujer de hielo que hasta ahora se le había resistido, tuviera que hacer su turno de guardia en la clínica veterinaria.

Así era muy complicado discutir con él—.

Tú tienes la culpa. Un día de estos te voy a denunciar por explotador.

Esta vez, Ethan rio hasta que la mandíbula se le desencajó.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Adam, bebiendo de su vaso de tubo.

—Tú. Le dije a Brenda que me echarías la culpa de todos tus fiascos sexuales.

—No se te habrá ocurrido hablarle de mí y del sexo al mismo tiempo…

—Claro. —Sonrió Ethan, encogiéndose de hombros—. Es lo que buscas, ¿no? Tirártela. Aunque no puedo entenderlo, la verdad. Aquí tienes género de sobra para sustituirla hasta que se te quede en carne viva.

—Pero mira que eres bestia… —suspiró Gavin, sin dejar de mirar entre la multitud que atestaba la calle más que para consultar el reloj.

—Le dijo la sartén al cazo. Llevamos más de media hora esperando… nada. ¿Tienen que venir de otro país para que tú eches un polvo?

Su hermano le miró como si quisiera asesinarlo, aunque luego sonrió como un bobo.

—¿Te aburres? —le preguntó.

—Esperar a que los dos encontréis con quién picar billete no es el mejor plan para una noche de sábado.

—Hay que joderse… Bueno, pues nada. A alegrarle la noche al señor se ha dicho. —Ethan iba a responder lo que podía hacer con sus ironías, cuando Gavin le propinó un manotazo en el pecho que casi le deja en el sitio—. ¡Ahí está! ¿La veis?

Ni grapándose los párpados hubiera podido dejar de verla. Allí, en medio de la pequeña multitud que salía a respirar aire fresco, Ethan se encontró con quien menos esperaba encontrarse.

Llevaba el pelo suelto. Una maraña de rizos pequeños y muy marcados que le llegaba casi hasta la cintura. En ese momento reía a un comentario de la chica que la acompañaba, haciendo que Ethan reaccionara al sonido como si fuera un hueso y él, un perro hambriento.

La figura pequeña y voluptuosa, perfectamente marcada por un top negro sin mangas y por una minifalda muy mini, se acercaba a él. Tenía los ojos grandes y redondos, de un castaño tan claro que parecían dorados.

Inconfundibles.

Ethan contuvo la respiración y parpadeó para quitarse la sequedad hasta de la retina.

El recuerdo salía de su mente para caldearle el cuerpo, como si fuera lo más normal del mundo toparse con aquella española dulce y sensual en su propio territorio.

Solo esperaba que no fuera ella la elegida por Gavin, y sí la pelirroja de bote que le hacía ojitos a su hermano en cuanto se plantaron delante de ellos.

En caso contrario, tendría que liarse a puñetazos con él.

Gavin y Macarena se saludaron con timidez. Luego iniciaron ronda de presentaciones.

—Macarena, este es mi hermano Ethan. Y este, nuestro amigo Adam.

—Encantada. Ethan, Adam, esta es mi hermana Carolina. Perdonad el retraso, pero nos hemos entretenido antes de encontrar el Cheers.

Lo más probable era que las dos hubieran decidido hacer un alto en el camino para quitarse la vergüenza con un par de copas.

Por Ethan y Caro, Maca podía seguir poniendo excusas hasta que se hiciera de día.

Los dos se miraban asombrados. Sin creer lo que veían.

Carolina agarraba un botellín de cerveza con la misma fuerza con la que él impedía que su vaso se estrellara contra el suelo por la impresión.

—Esta es la chica de la que os hablé —le susurró Gavin, refiriéndose a Maca—. ¿No es preciosa?

—Ya lo creo —respondió Ethan, sin apartar los ojos de Carolina.

Aquel brillo frío y cálido a la vez, hizo que ella reaccionara como si la hubieran pinchado con una aguja.

—¡Ethan! —consiguió exclamar.

—¡Caro! —respondió él a un tiempo.

—¡¿Qué haces aquí?! —corearon los dos a la vez.

El primero en recuperarse de la sorpresa fue él. Levantó una ceja y arrugó la boca. Aquella boca de labios llenos que formaba parte de una cara de rasgos marcados, con una mandíbula firme y unos ojos azules tan oscuros que, cuando las pupilas se le dilataban, parecían negros.

Y ahora las tenía muy dilatadas, porque no comprendía muy bien la sensación de acogida que le recorría el cuerpo con solo mirarla.

Era perfectamente consciente de que le sobraba cualquier otra compañía.

Como la primera vez que se vieron, su primer impulso fue cogerla del brazo y perderse en la noche de verano, entre sus rizos sedosos y con ese aroma a fresas que en seguida le inundó la nariz, para terminar de afianzarle en el hecho de que no estaba soñando, ni estaba lo suficientemente borracho para considerarla una alucinación.

Era real. Estaba allí. Ya averiguaría cómo y por qué, pero eso era lo único que ahora parecía importarle.

—Vivo aquí —respondió, haciendo que Carolina tuviera que estirar el cuello hasta lo imposible para abarcar por completo su estatura.

No se sorprendió. Apenas había cambiado desde…

¿Qué posibilidades reales podría haber de que se lo encontrara justo en ese pueblo, justo en ese pub, justo con el cibernovio de Maca y justo cuando ya llevaba demasiado alcohol encima?

Pocas, por no decir ninguna, Y sin embargo allí lo tenía.

A punto de provocarle un auténtico infarto, vestido con una simple camiseta gris claro y unos vaqueros desgastados.

Al lado del tal Gavin, que parecía una copia actualizada de James Dean, y de su amigo, que la miraba con una expresión divertida en los ojos.

Aunque llevaba mucho tiempo preguntándose cómo sería el chico que le había sorbido el seso a su hermana, ahora que podía satisfacer su curiosidad, descubrió que no podía.

Ethan ocupaba toda su capacidad de atención.

Llevaba el pelo negro tan revuelto que ella sintió el impulso de peinárselo con los dedos, una sombra de barba que acentuaba su atractivo y un pecho amplio que prometía quitar el hipo a toda aquella que lo disfrutara.

Igual que sus caderas estrechas, o el bulto que le adornaba los vaqueros y al que Carolina miró más tiempo del necesario.

Recordó su presión dura aquella noche, mientras sus bocas estaban unidas y ella se movía sobre él…. Estuvo a punto de cerrar las piernas de repente, como si así pudiera espantar el flashback de su cabeza.

No se hubiera sorprendido tanto de tener delante al Yeti pero, ¡qué poco le faltó para saltar de alegría!

—Yo… estoy aquí —afirmó con torpeza, como si no fuera evidente.