Volver a empezar Serie completa 3 De los efectos inesperados del alcohol
7%

3 De los efectos inesperados del alcohol

Preparación:

Nota a pie de página:

La maldad no tiene límite ni nacionalidad. Lucho contra mis ganas de llorar y de volver. Me dejo rociar para no secarme, mientras intento sobreponerme a los imprevistos.

—Me ha pasado. ¡Al final me ha pasado!! ¡Tengo un imán para las desgracias! ¡Es que todavía no me lo creo! ¡Serán…!

Los calificativos no acudían a Carolina con facilidad. Lo que veía en la pantalla del portátil de Macarena confirmaba la hecatombe. La desgracia, el fin.

Después de las horas de avión y de un viaje en autobús desde Sidney hasta Stubborn, Maca y ella llegaron a la recepción del hotel para pedir las llaves de sus respectivas habitaciones.

Fue entonces cuando supieron que allí solo constaba la reserva efectuada por Macarena Serrano.

La que debía figurar de parte de la agencia a nombre de Carolina, había sido anulada aquella misma mañana, hora de Madrid, sin coste alguno para su superior.

Por si no tuviera bastante, su pobre cuenta corriente, esa que compartía con Jorge, había pasado a mejor vida apenas unas horas después de que ella emprendiera viaje rumbo a Australia.

Solo contaba con los dólares australianos que llevaba en efectivo y que no llegarían, ni de lejos, para pagar la cuenta del hotel.

Todo había cobrado un nuevo sentido para ella. Por eso Isabel le había comentado que ya le contaría cómo se las apañaba. Por eso Jorge estaba tan concentrado en la pantalla del ordenador mientras ella hacía un último intento de despedida cordial.

Preparaban su jugarreta. Y se sentía tan humillada y pisoteada, que no sabía si ponerse a llorar o volver solo para arreglar cuentas con esos dos.

—Capullo, gilipollas que se las da de lo que no es, mamonazo y todo lo que se te pase por la cabeza.

—Maca puso palabras a sus pensamientos y le quitó el portátil de un tirón, para después obligarla a ponerse de pie—.

Y la zorra de Isabel… Pues eso, una zorra.

Pero ahora no sirve de nada insultar ni lamentarse, Caro.

Pensemos con un poco de sentido práctico.

—¡Nada de esto tiene sentido! ¡Ni práctico, ni de ningún otro tipo!

Los ojos dorados de Carolina se achicaron cuando los fijó en el portátil.

Sentía que la sangre se le agolpaba en la cara y el corazón no era capaz de abarcar el ritmo frenético de su respiración.

Sentía que había sido engañada, y en más de un sentido.

Víctima de una venganza organizada a sus espaldas.

Pero sobre todo, sentía que estaba a punto de explotar en alguna dirección.

En realidad ni siquiera veía el ordenador; era tal la rabia que parecía consumirla que Macarena se apresuró a apartarlo de su radio de acción, no fuera a tirarlo por la ventana para desahogarse.

—Entiendo cómo te sientes —aventuró.

—No lo entiendes en absoluto.

Maca dio un paso atrás, realmente asustada. Cuando Carolina utilizaba ese tono ronco haciendo que las palabras silbaran entre los dientes, había que prepararse para cualquier cosa.

—Caro, deberías tranquilizarte. Así no arreglarás nada —insistió, aparentando calma.

—Es que esto no tiene arreglo.

—Verás cómo sí. Para empezar, estamos en mi habitación. No dormirás debajo de un puente.

—¡Vaya consuelo!

—Y el resto… —Carolina se derrumbó sobre la cama sin escuchar a Maca.

Dudaba entre ponerse a chillar como una histérica, llorar como una histérica, soltar tacos a diestro y siniestro como una histérica, o intentar tranquilizarse—.

Podrías llamar a alguna de tus amigas para que te ayuden con el dinero. O a Jorge.

—Ni de coña.

Después de lo ocurrido entre él y una de esas «amigas», no le quedaban ganas de tentar más a la suerte por ese camino, salvo que estuviera muriéndose de hambre, y no era el caso.

En cuanto a la segunda opción, ni siquiera merecía ser considerada.

La respuesta le había salido de sopetón, pero volver con el rabo entre las piernas era tan humillante como imposible.

Macarena lanzó su habitual chillido de júbilo y volvió a tirar de ella para que se levantara.

—¡Así me gusta! —exclamó, agitando el puño en señal de victoria—. ¿Qué tal si cambiamos la fecha de tu vuelta? El billete lo tienes pagado y no lo han anulado. No deberías tener problema para regresar.

—Sería más de lo mismo. No.

—Podríamos pedir el dinero prestado a mamá.

Había dicho «podríamos» y «prestado», pero a Carolina le dio igual. Soltó las manos de Macarena y se cruzó de brazos.

Aquel era un intento más por parte de su hermana de congraciarla con su madre, pero no era el momento, y mucho menos, el lugar.

—¡Ni de coña! —repitió, con mucho más énfasis.

—Mamá sabe que se lo devolverías.

—He dicho que no, Maca. Y no hay más que hablar.

Carolina se dirigió hacia la ventana para contemplar la noche a través de aquel lugar desconocido.

Las luces alumbraban una barriada tranquila, en un casi absoluto silencio, roto de vez en cuando por algún vehículo que la cruzaba, o por las voces alegres de algún que otro grupito de gente cuyo destino le era desconocido.

En realidad, todo parecía tan tranquilo que hubiera jurado que eran las únicas huéspedes del hotel.

Procuró analizar su precaria situación con toda la objetividad posible.

Stubborn. Aquel pueblo no parecía muy pequeño, pero tampoco era lo suficientemente grande como para poder considerarlo una ciudad.

Algo que tendría sus pros. Ella hablaba inglés con fluidez, casi como si fuera su lengua natal.

Eso suponía una ventaja. Y la ruptura con Jorge debía quedar como una anécdota más en su vida si quería llevar a cabo lo que tenía en mente para prescindir de limosnas y de visados donde se dijera que ella era una simple turista.

Su plan de choque tenía varios puntos. Primer paso para superar contrariedades: constatar hechos.

—Hoy es sábado por la noche —apreció—. No tengo ni gota de sueño.

—Eso es por el jet lag.

Segundo y tercer pasos: adelantar suposiciones y no implicar a terceros en tus problemas.

—Maca, no quiero dormir contigo cuando a lo mejor tú tienes otros planes. Ni amargarte las vacaciones con mis problemas.

—Eres muy cansina —murmuró Maca, cogiéndola de las manos. Entonces reparó en el dichoso anillo—. ¿Y si lo vendes? Podrías sacar una pasta con él y así te quedarías los doce días.

Sería una salida. Carolina intentó quitárselo, sin resultado. Se metió en el baño para untarse el dedo con una considerable cantidad de jabón, pero ni por esas.

—Nada, que no hay manera —refunfuñó. Intentó aparentar entusiasmo, pero la idea de quedarse allí en sus condiciones actuales resultó tan pesada que terminó por hundir los hombros, derrotada—. Mira, Macarena, solo me queda una opción, y es buscar un trabajo para estos días.

—¡No podemos ni debemos trabajar, mujer! ¡Estamos de vacaciones!

Carolina resopló frustrada.

—Algo tendré que hacer para no dormir en la calle —insistió.

—Que no dormirías en la calle…

—Mira esto. ¿Lo ves? —Muy cerca de la desesperación, Carolina sacó los dólares australianos y los sacudió—. Es lo único que tengo, y me sirve para bien poco. ¿Qué te parece?

Cuarto paso: situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Su parte racional se había ido a hacer puñetas para que su parte imprevisible salvara la situación.

Macarena cogió los billetes y los acarició como si fueran el torso desnudo de un hombre perfecto.

—No me parece suficiente para pagarte una estancia en Australia ni el alquiler de un coche durante doce días para recorrer el lugar y sus alrededores, pero sí para conocer el ambiente nocturno de Stubborn —murmuró con entusiasmo contenido—.

Todavía es pronto para acudir a la cita con Gavin, y aquí habrá más de un pub, supongo.

—¿Estás insinuando que me lo gaste en unas copas?

—O en invitar a cenar a tu hermana, que para eso te ha acompañado hasta aquí. ¿Crees que voy a dejarte tirada?

No. Por lo menos hasta que Maca estuviera segura de que irse a la cama con el australiano la primera noche no era lo más fiable que podía hacer.

Ella no estaba para remilgos. Ni para rechazar oportunidades, a no ser que agachara la cabeza y volviera por donde había venido.

Tampoco estaba de ánimos para fiestas, aunque se sentía capaz de cometer cualquier tontería con tal de aplacar sus instintos asesinos con respecto al capullo de Jorge y a la pelandrusca de Isabel.

—Entonces nos vamos a cenar.

Carolina levantó la vista. Y una sonrisa de oreja a oreja le cambió la expresión enfurruñada de la cara.

Macarena había abierto las maletas y tenía los brazos llenos de ropa que arrojó sobre la cama.

—Te dejo que elijas entre todo esto, algo sexy y provocador para ponerte. —Prácticamente ordenó, mientras se dirigía al baño—. Después recorreremos todos los tugurios de este sitio, antes de conocer a Gavin. ¡Me pido primera en la ducha!

***

El Cheers estaba hasta los topes. Y eso que la noche invitaba a estar fuera, tomando el fresco y relacionándose con quien, por otra parte, ya estaba cansado de relacionarse.

—Ben estará encantado. Hoy va a hacer una caja para recordar —dijo Gavin.

—Y va a trasnochar demasiado —añadió Adam.

—Nada que un par de litros de café no puedan solucionar.

Ethan sonrió al comentario y apoyó el trasero en su pequeño todoterreno negro.

No le apetecía lo más mínimo salir de casa.

El cansancio y la tarde que había tenido en la clínica veterinaria le habían dejado para el arrastre, pero la curiosidad por conocer a la chica con la que Gavin se mostraba tan entusiasmado pudo más.

Y siempre era bueno oxigenar el cerebro, aunque fuera con unas cuantas copas en el mejor pub del pueblo.

Un establecimiento decorado al más puro estilo de los años ochenta, para hacer honor a la famosa serie americana con algo más que su nombre.