Volver a empezar Serie completa 2 Caro versus Ethan #3
6%

2 Caro versus Ethan #3

—No, cariño. Las lesiones producidas por el atropello eran demasiado graves —informó Ethan, arrodillándose para estar a su altura—. Ha muerto.

Tras él apareció Brenda, con una caja de cartón entre las manos. La niña la miró y comenzó a llorar sin control.

—¿Peter Pan está ahí? ¿Está ahí?

La madre cogió la caja para abrirla. Efectivamente, allí estaba el cuerpo peludo de Peter Pan, el conejito blanco que había sido la mascota de su hija, antes de que esa misma tarde se escapara, para terminar siendo arrollado por un coche en mitad de la carretera.

—Sí, es él —dijo, evitando que la niña viera el cuerpo del animal—. Pero ahora debemos enterrarlo, ¿de acuerdo?

La pequeña no respondió. La madre murmuró unas palabras de agradecimiento al personal de la clínica y la arrastró hacia el coche.

—Comprendo que estés abatido —probó a decir Brenda—. Has tratado de salvarlo y no lo has conseguido, pero llorar por Peter Pan me parece excesivo.

—No es por el conejo, sino por la niña.

Brenda volvió a ponerle la mano en el hombro a modo de consuelo. Incluso lo masajeó para evitarle la tensión. Si tenía suerte, se la podría evitar de otras formas.

—Eres demasiado sensible —bromeó, esperando ver una sonrisa de las suyas—. No es la primera niña que pierde a su mascota.

Ethan se desprendió de la mano y de su bata con la misma desidia. Era verano, pero el sudor que le empapaba poco tenía que ver con el calor ambiental, o con la exuberante morena que trabajaba con él en la clínica y que ahora esperaba otra clase de respuesta.

No sabía por qué. Habían pasado los últimos años más unidos que muchas parejas que él conocía.

Por lo tanto, se conocían aún mejor. La miró una vez más, intentando averiguar qué veía Adam en ella, aparte del indudable físico que podría levantar a un muerto.

Era una chica joven, sí. Preciosa, desde luego.

Eficiente hasta decir basta, también. Pero demasiado ambiciosa.

Y con un punto de algo macabro que parecía mantener a raya pero que, en ocasiones como aquella, cuando aparentemente lo único que quería era consolarle, se dejaba ver en el fondo de sus pupilas negras.

A veces conseguía asustarlo. Desconcertarlo. Como si tuviera dos personalidades diferentes y utilizara una u otra según su conveniencia.

Y su conveniencia, casi siempre se centraba en él. Estaba seguro de que, en ese mismo momento, Brenda no tendría inconveniente en tirarse sobre él en la mesa de operaciones ante la más mínima insinuación al respecto.

—Me voy a casa —dijo, sacudiendo la cabeza—. Quiero ducharme y cenar algo. He quedado con Gavin para que me presente a no sé qué chica que quiere que conozca.

—Cuidado, doctor. Ya sabes que puedo ponerme celosa. Y celosa soy muy peligrosa. —Lo dijo de tal manera que Ethan casi se lo creyó.

—Limítate a opinar sobre temas de trabajo, Brenda —advirtió, sin poder evitar un ligero escalofrío a pesar del calor—. Una vez fuera de aquí, la vida privada de cada uno es de cada uno.

—Yo siempre me acabo enterando de la tuya.

—Que no te parezca mal, pero me trae sin cuidado de lo que te enteres, siempre y cuando no tenga que ver con cuestiones laborales.

No se cansaría de repetirlo si con ello conseguía marcar bien los límites.

La clínica era producto de una sociedad entre él y su hermano.

Brenda solo formaba parte del exiguo equipo que era capaz de pagar, pero gracias a su innegable competencia, la estrecha relación profesional se había convertido en amistosa.

No mucho, aunque al parecer sí lo suficiente como para que ella se creyera con derechos que en realidad no tenía.

Vio cómo el comentario le parecía más que mal, pero luego sonrió muy lentamente.

—¿Adam también irá? —le preguntó en tono ligero.

Adam y él eran amigos desde la infancia.

Y desde entonces, los sábados por la noche estaban marcados en rojo para los amigos.

Nada de mujeres, por lo menos a primera hora.

Brenda lo sabía, pero Ethan dudaba que realmente le interesara lo que Adam hiciera aquella noche, o cualquier otra, si no tenía que ver con él directamente.

—¿Qué pasa? ¿Quieres acompañarme? —intentó bromear.

—Para nada. Me aburriría como una ostra.

Ya. Por eso parpadeaba y ladeaba la cabeza de esa forma.

Llevaba con ella el tiempo suficiente como para conocer ciertas señales físicas.

Y esa en cuestión delataba su carácter caprichoso.

A veces, todavía se preguntaba cómo una profesional de la eficiencia de Brenda, podía pasar de adulta a niña consentida en cuestión de segundos.

—Tranquila, que cuando vea que tú no estás, me echará la culpa a mí —exclamó sobre el hombro con ironía. Pero justo antes de atravesar la puerta, se detuvo y agachó la cabeza con pena—. No era cualquier niña, Brenda. Se llamaba Hannah.

La veterinaria se tragó la respuesta que tenía preparada acerca de lo que pensaba de los hombres que se juntaban como si fueran una manada para acechar a las hembras elegidas de antemano, o de lo que haría para evitarlo en lo que a él se refería. No era el momento… Todavía.