2 Caro versus Ethan #2
—Lo último que necesito ahora es un tío, Maca.
—Un buen polvo te dejaría demasiado cansada como para pensar en impotentes que, al parecer, no han dado la talla.
Maca la miraba de arriba abajo, como si tuviera la palabra «insatisfecha», tatuada por todo el cuerpo.
¿Tanto se notaba la desidia de su novio?
¡Pues claro! Tenía veintiocho años. A esa edad, cualquier frustración sexual era más que notoria. Sobre todo para una hermana que, durante toda su vida, había hecho el papel de robusto bastón donde Carolina desahogaba todas sus miserias.
—No todo se reduce a sexo, Maca —intentó disculparse, sin éxito.
—Con Jorge, sí. —Su hermana se cruzó de brazos y levantó las cejas—. Si no, dime: ¿qué otras cosas te han llenado de él?
—Pues por ejemplo…
Por mucho que se estrujó el cerebro, no se le ocurrió ninguna.
El bagaje de su relación con Jorge era desolador.
Sin darse cuenta se había aislado del resto del mundo para que el suyo girara en torno a él.
Un trabajo anodino, una vida anodina y, lo que era aún peor, una cuenta corriente conjunta que se había acortado después de retirar cierta cantidad de euros para cambiarlos por dólares australianos, y que tendría que partir a la mitad a su vuelta.
—He esquivado el problema. Como siempre —reflexionó en voz alta, sacudiendo su cabeza llena de rizos negros como si fuera el fin del mundo.
—No. Le has hecho frente. Como nunca. —Cuando Carolina se giró, solo encontró la reconfortante sonrisa de Maca—. Si lo hablaras con mamá, te diría lo mismo.
—No hablo con mamá desde hace tiempo.
Esa aclaración era absurda. Maca ya sabía cuál era la situación entre ellas. Sobre todo en los últimos tres años en los que su relación se había limitado a un par de llamadas al año, siempre efectuadas por su madre.
Carolina había estado muchas veces a un tris de devolverle la llamada.
Todo era tan fácil como recurrir a la marcación rápida del móvil para romper el hielo.
Después habría un par de horas en coche y ya estaba.
La tendría de frente para poder arreglar algo que, en realidad, nunca se había terminado de estropear.
La distancia la había marcado Carolina con su alejamiento.
No había mediado una bronca monumental, ni problemas insalvables.
Pero cuando pensaba en la posibilidad de una reconciliación abierta, recordaba los continuos reproches de su padre.
Sus desprecios a cualquier cosa que ella hiciera, estuviese bien o mal.
Y si era en público, mejor. Por mucho que se esforzara, por muy segura que se creyera tras los ánimos de Macarena, él siempre encontraba una grieta en la que hundir el dedo para hacer daño.
Su madre nunca había sido capaz de defenderla. Había estado a punto muchas veces, eso sí. Carolina lo había visto cuando daba un paso adelante y abría la boca, para después retroceder y cerrarla.
Aquellas situaciones injustas y embarazosas, rotas casi siempre por la valentía de Macarena, habían provocado que Carolina construyese un muro a su alrededor que no se atrevía a traspasar.
Ella no era como su madre, se repitió mentalmente. Era fuerte. Decidida, siempre que alguien le diera el empujón definitivo. No escondía la cabeza bajo el ala. Lo ocurrido con Jorge solo había sido un paréntesis que debería cerrar para comenzar una nueva vida.
Un consuelo muy pobre si pensaba que, gracias a su inconmensurable egoísmo de hija, era incapaz de perdonar a aquella que esperaba paciente su perdón.
—¿No has hablado con mamá para decirle lo del viaje? —Antes de que Carolina pudiera contestar, Maca añadió—: Bueno, da igual. Ya se lo dije yo y está encantada de que nos vayamos juntas.
Pensar en Maca callándose algo, pertenecía al género de la ciencia ficción. Su filosofía de la vida era el equivalente a pura adrenalina. Aparentemente se lo tomaba todo a broma, pero en el fondo era tan fuerte como una roca.
—No pienses más en él. No se lo merece.
—Ya lo sé. —Había pasado el tiempo suficiente como para llegar a esa conclusión; no era eso lo que la preocupaba—. ¿Y si me he equivocado?
—Puede ser —dijo Maca con indulgencia, aparentando muchos más de los veintiséis años que tenía—.
Pero mírame a mí. Buscando a Gavin en un pueblo del que nadie ha oído hablar.
¿Crees que estoy segura de algo? ¡Pues no, porras!
Pero me arriesgaré a equivocarme. Y si me dan un tortazo en los dientes, me quejaré hasta que se me pase el dolor y después seguiré adelante.
—No puedo formatear mi cerebro como si fuera el disco duro de un ordenador —se quejó, retorciéndose las manos con nerviosismo.
—¡Ni falta que te hace! —exclamó Maca con los ojos muy abiertos, señalándola como si fuera algo obvio—. Tienes material de sobra para conseguir a cualquier sustituto. ¡Estás demasiado buena como para desperdiciarte!
Desde luego, era única levantando la moral de cualquiera. Carolina comenzó a reír, pero la risa se le cortó de cuajo cuando Maca agarró su mano derecha.
—Dime que esto que se me ha pasado por alto no es lo que creo que es —refunfuñó con el ceño fruncido.
—Ay, madre. —Carolina tiró del anillo que lucía en el dedo anular sin conseguir que saliera—. Se me ha olvidado quitármelo, y ahora no puedo.
—Para, que te vas a arrancar el dedo. ¿Me lo explicas?
—Sí —suspiró, escondiendo las manos del escrutinio de Maca—. No hace mucho comenté con Jorge la posibilidad de dar un paso más en nuestra relación, y él me regaló un anillo de compromiso. Pero no te preocupes. Ahora estoy convencida de que lo hizo para que no volviera a molestarle con el tema.
—Pues lo consiguió. —Dando un pequeño salto de alegría, Maca estiró los brazos y chilló sin contención—. ¡Prepárate, nena, porque vamos a celebrarlo! ¡Australia, allá vamos!
—Estás para que te encierren.
—Y tú para que te foll...
—No me gustan las palabrotas —la regañó Carolina, poniéndole un dedo en la boca antes de que terminara de hablar—. Como sigas, me largo.
Los hombros de Maca se sacudieron ligeramente al principio, con más intensidad después, a medida que la carcajada iba subiendo de volumen.
—He vaciado mi hucha para acompañarte. ¿Cómo me vas a dejar sola? —se quejó, con el dedo de Caro todavía en los labios—. Si eso no es amor de hermana, dime qué es.
—Tienes razón y mereces mi gratitud eterna, como poco.
—Vale. Empezaremos por un abrazo, una sonrisa y muchas bromas de esas tan brutas que a mí me gustan y a ti te escandalizan.
Guardaron el orden de las palabras. Carolina se vio envuelta en un abrazo que disipó sus penas, pero no sus dudas.
Su intuición volvía a funcionar. Y casi nunca fallaba. Por eso ella era tan imprevisible a veces. Por eso se dejaba llevar por los primeros impulsos, aunque luego lo lamentara.
Intentó relajarse y se terminó el resto de la cena animada por Maca, mientras su conversación pasaba a ser intrascendente. Hacía unas horas había terminado con una relación de años, sin contar con que a la vuelta era probable que no conservara ni el trabajo ni la casa que todavía tenía.
¿Qué más podría pasarle?
***
Stubborn, Australia, seis de la tarde hora local.
Ethan echó un vistazo a su paciente. La nariz y la boca permanecían dentro de la mascarilla de oxígeno. El monitor revelaba un ritmo cardíaco normal, pero los intestinos tenían un aspecto horrible. Sería un trabajo de artesanía reconstruirlos, siempre que el paciente lo aguantara.
—Necesito coser aquí, Brenda —murmuró a la mujer que le asistía en la operación, señalando el lugar con una mano y tendiendo la otra para coger el instrumento adecuado.
—Ethan, la anestesia puede resultar perjudicial a estas alturas. Está muy maltrecho.
—¡Ya lo sé! Pero lo vamos a intentar.
El pitido intermitente del monitor les indicó que los latidos del corazón comenzaban a ralentizarse.
De repente, una línea horizontal apareció en la pantalla y el pitido se convirtió en permanente, haciendo que Ethan soltase todo el instrumental quirúrgico y liberase al paciente de la máscara de oxígeno.
Comenzó el masaje cardiaco y la respiración boca a boca. Insistió para hacerle reaccionar, sin ningún resultado favorable. Repitió el proceso hasta que sintió la mano de Brenda en su hombro y comprendió que lo había perdido.
—Ya está. No hay nada que hacer.
—Mierda… ¡Mierda, mierda!
Ethan golpeó la mesa de operaciones con el puño. Después se quitó los guantes y la mascarilla y se dirigió a la sala de espera de la clínica.
La niña que esperaba sentada, arropada por su madre, no parecía tener más de cinco o seis años, pero fue la primera en levantarse para recibir la noticia.
—¿ Peter Pan está bien? —preguntó al borde del llanto.