Volver a empezar Serie completa 2 Caro versus Ethan
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2 Caro versus Ethan

SOPA DE TOMATE CON ARROZ

Preparación :

Se escaldan los tomates, se pelan y se tritura la pulpa, para pasarla por un colador chino.

A continuación se le añade la pastilla desleída en un vaso de agua.

Se salpimenta, se espolvorea el orégano y se lleva la mezcla a ebullición.

Por último, se añade el arroz y se deja cocer quince minutos, para finalmente emplatar y espolvorear con el cebollino picado.

Nota a pie de página:

Australia. Stubborn. Suena fuerte, pero cálido, casi caliente, que diría Maca. Una mezcla que puede resultar extraña. De momento solo es un nombre, asociado a unos vagos recuerdos. Cuestión de posibilidades, Carolina, cuestión de posibilidades…

—Me dijo que no tenía iniciativa propia. ¿Te lo puedes creer? ¡Incluso llamó a mis lecturas «folletines rosas»!

Y eso sí que era intolerable. Cuanto más lo pensaba, más irreal le parecía que hubiera pasado tanto tiempo al lado de un egocéntrico semejante.

Menos mal que, después de hacer las maletas, se había ido a casa de Maca a desahogar sus penas.

Su hermana pequeña no se sorprendió de verla en ese estado.

Era como si hubiera esperado pacientemente a que el momento llegara.

Macarena no la regañó, ni le reprochó absolutamente nada. Solo le prestó su hombro para consolarla, sus oídos para escucharla y un par de pizzas para llenar el estómago.

—Has dejado de perder el tiempo con un indeseable para emplearlo con quien te dé la gana —fue lo primero que le dijo al cabo de una hora—. No voy a consentir que te consideres menos de lo que eres por culpa de un imbécil que se cree el rey del mundo solo porque te ha tenido en un puño.

Aquella fue la primera cura de realidad. Y reconoció que le había venido de perlas, porque había una gran verdad detrás de cada palabra, y un deseo infinito de reconfortarla detrás de cada actitud.

En frío, analizando las cosas como siempre hacía para quedarse tranquila antes de tomar una decisión, comprendía que había perdido el tiempo.

Esa era la única sensación que le quedaba después de haber dejado a Jorge. No había rabia, ni pena. Solo pérdida de tiempo.

Pero ya le había puesto remedio. Y pese a saber que Australia solo suponía un paréntesis que no se cerraría hasta que no volviera, Carolina empezaba a pensar que, por fin, había tomado las riendas de su vida.

Cosa que la llenaba de auténtico pánico.

Hasta ese día siempre pensó que, si un hombre tan guapo, elegante y con tanto don de gentes como Jorge, estaba con ella, era porque la quería de verdad.

Una afirmación poco menos que surrealista.

—Piensa que lo tuyo con ese imbécil ha pasado a mejor vida. Eso te animará.

Repantingada en su sofá de segunda mano, con la cabeza de Carolina en su regazo, Maca se alegraba de lo ocurrido. Como debería ocurrirle a ella si no se tomara las cosas tan a pecho.

Su hermana siempre le decía que hacía una montaña de un grano de arena, pero en aquella ocasión el grano de arena era demasiado grande como para tomárselo a la ligera. Tres años de su vida tirados a la basura por no haberse dado cuenta antes de lo evidente.

Miró a Maca y asintió, felicitándose por haber recurrido a la persona adecuada. Maca siempre estaba ahí. En cada uno de sus bajones y en cada una de sus celebraciones.

Ni siquiera ahora la juzgaba. Se limitó a escuchar, consolar y apoyar, como venía haciendo desde que ella recordaba. Y eso era mucho decir, teniendo en cuenta  que en sus veintiocho años de existencia había pasado por demasiadas cosas.

Sin Maca, hubiera terminado muy mal, emocionalmente hablando. Pero su hermana tenía voluntad de hierro que derribaba inseguridades y levantaba ánimos.

Además, su aspecto siempre invitaba al optimismo. Era alta y esbelta, al contrario que ella, pero a su juicio, Maca tenía unos encantos completamente desaprovechados.

El natural tono castaño de su pelo había sido abducido por aquel rojo chillón al que Carolina no lograba acostumbrarse.

Lo llevaba tan corto que, de no ser por el maquillaje de su cara, más de uno la hubiera confundido con un chico.

Con varios pendientes en la oreja derecha, y ninguno en la izquierda.

Mientras ella ya se había puesto su pijama y sus zapatillas, Macarena seguía con unos vaqueros desgastados que tenían una pata larga hasta el tobillo, y la otra cubriendo apenas la mitad del muslo.

Por si eso fuera poco, mascaba chicle y hacía pompas que no dejaba de explotar.

Un comportamiento y un aspecto repulsivo para muchos, pero divertido para Carolina.

Maca era muy camaleónica. Ahora mismo, con el pequeño salón de su apartamento invadido por dos cajas de pizza y dos latas de refrescos, además de todo tipo de prendas de ropa, nadie se creería que tenía un trabajo serio y estable como recepcionista de uno de los hoteles más céntricos de Madrid.

Esa faceta de Maca siempre le había causado admiración. A veces se preguntaba cómo podían ser hermanas y tan radicalmente opuestas.

—Lo creas o no, todavía estoy algo confundida —confesó.

—Eso es porque en unas horas pasaremos del invierno al verano, del día a la noche, conduciremos por la izquierda, pondremos en práctica ese inglés tan bien logrado en nuestros veranos como au-pair en Londres pero, sobre todo, ¡veremos a hombres directamente emparentados con Cocodrilo Dundee y comeremos pastel de carne a todas horas!

Carolina no pudo evitar sonreír. Pintado así, la perspectiva era incluso atractiva. Y atrayente, si echaba mano a ciertos recuerdos que se le presentaron de repente, creando expectativas. ¿Y si…?

Pero no. Sería tan probable como que le tocara la lotería.

Aunque en esos momentos, no sabía qué le daría más alegría.

—No es por eso —reconoció resoplando—. Es por la forma en la que Jorge y yo terminamos.

—¿La patada en los huevos no fue lo suficientemente fuerte? —se burló Maca.

—Le dije que se había terminado, entre otras cosas —respondió, sin poder evitar los dichosos remordimientos y las continuas miradas a un móvil que no iba a sonar.

—Tenías que haberle dado la patada. Para dejar las cosas claras, más que nada.

—¡No podía! Me marché con tanta prisa que no pude recoger todas mis cosas como es debido. —Maca la miraba completamente indiferente. Vaya, tendría que dar más detalles—. El apartamento es suyo. ¡Tendré que volver!

Esta vez su hermana resopló y sacudió la cabeza. Seguramente la estaba dando por perdida.

—¿Contribuías con tu sueldo a pagar la hipoteca de un apartamento que figuraba solo a nombre de Jorge?

—Bueno… Sí.

—Ay, Señor, dame fuerzas… De verdad, eres de lo que no hay, Carolina. Pero bueno, si pasamos por alto la estupidez cometida, que tengas que volver no está tan mal. A no ser que para entonces haya cambiado la cerradura, en cuyo caso…

—En cuyo caso, nada —la atajó Caro—. También tendré que verle en el trabajo. ¿No has pensado en eso?

—Pues cambia de agencia. A estas alturas, ya tienes más experiencia que él, y mucho más talento. Encontrarás otro trabajo. ¿Tú tampoco has pensado en eso?

En realidad no había pensado en nada. Estaba tan abrumada por el paso que había sido capaz de dar, que no se imaginaba lo que podría venir a continuación.

Sobre todo al suponer que tendría que afrontarlo sola.

—La ninfómana de tu jefa te va a echar de menos.

Seguro que se tira a Jorge cuando tú no estás, solo por fastidiarte, pero cuando sepa que has cortado con él, el tema ya no tendrá aliciente y se cansará.

—Una expresión de auténtico gusto pasó por la cara paliducha de Maca al pensarlo—.

Puede que incluso le despida. ¡Cómo me gustaría verle en la cola del paro, desesperado por encontrar algo que le permita seguir con sus caprichos de niño bien!

Carolina no se enfadó por lo que estaba escuchando. No tenía sexo con Jorge desde hacía…

Ya había perdido la cuenta de cuánto hacía, pero seguro que Jorge, no.

Le resultaba muy difícil imaginarlo tan célibe como un monje.

¡Por favor! Era un tío. Y a no ser que se tratara de una leyenda urbana, de todos era sabido que los tíos no aguantaban sin sexo más de…

Bueno, en todo caso, aguantaban mucho menos de lo que se suponía que él había aguantado.

Ya estaba dicho. Pensado, e incluso asimilado. Y Carolina se asustó tanto que dio un bote en el sofá.

—No te preocupes. El que saldrá perdiendo, de un modo u otro, será él. —Maca volvía a la carga con otro ataque de frescura y fuerza. Como si fueran las cuatro de la tarde y no las cuatro de la madrugada, miró el reloj y soltó un grito—. ¡Solo quedan unas horas para marcharnos!

—Maca, me siento culpable. Vas a acompañarme cuando en realidad deberías…

—¿Morirme de asco en Madrid mis doce últimos días de vacaciones?

¿O morirme de asco en el pueblo, encerrada en casa con mamá porque el frío y la nieve nos tienen incomunicados?

—Ante la mención de su madre, Carolina volvió a tensarse—.

Llevo más de un año chateando con ese bombón de Gavin, y tu viaje ha sido una oportunidad única de conocerle en persona.

¡Si hubieras visto su foto, comprenderías que merece la pena vaciar la hucha para arriesgarme, Caro! Porque no lo has visto, ¿verdad?

—Verdad.

Aunque hubiera podido. Entre ellas no existían secretos de ese tipo. Maca conocía la contraseña de Carolina para acceder a su Facebook y a su Twitter, y viceversa. Pero un pacto tácito les impedía husmear en las intimidades de la otra.

Carolina suspiró. Las redes sociales se componían de un poco de realidad y mucho de fantasía. Gavin podía formar parte de lo segundo más que de lo primero.

Doce días. Ese era el tiempo del que disponía para llevar a cabo el encargo de Isabel, si daba por hecho que, después de su ruptura con Jorge, seguía conservando el trabajo.

—Stubborn  —recitó Carolina, irguiendo la espalda y cruzando los tobillos sobre el sofá—. ¿Qué clase de pueblo tiene ese nombre?

—Uno en el que los tíos los tienen muy bien puestos —respondió Maca con una sonrisa jovial—. Justo lo que tú necesitas.