29. El temporal
El temporal
El levante entró el sábado veintiséis a las siete y veinte de la tarde y no paró hasta el domingo a mediodía.
Lo pasamos en casa de mi abuela, en la calle del Forn número catorce, que está dos calles hacia arriba y a la que no llega el agua ni ha llegado nunca.
Y a las tres de la madrugada estábamos los dos despiertos.
No hablábamos. Teo estaba sentado en el sofá malísimo con los pies en el suelo, y yo estaba en el sillón de mi abuela, y teníamos la luz apagada y la ventana cerrada, y aun así se oía.
Un temporal de levante no suena como suena el mar.
El mar hace un ruido que va y viene, con su ritmo, y ese ruido se puede oír durante horas sin enterarse.
Un levante de fuerza ocho hace otra cosa: hace un ruido continuo, grave, como de motor, que no sube ni baja, y encima de ese ruido, cada quince o veinte segundos, hay un golpe.
El golpe es lo que no deja dormir. Porque el golpe suena a algo. No suena a agua: suena a que algo, en alguna parte, se está moviendo de sitio.
A las tres y media, Teo dijo:
—La cámara está vacía y el gas está cerrado.
No contesté.
—Y el A3 está entre dos cartones, en la parte de arriba.
—Ya.
Y a las cuatro y diez dijo:
—Es la plataforma.
No le pregunté cómo lo sabía. Lleva doce años oyendo eso desde una casa de este pueblo.
◆
Bajamos el domingo a las once y veinte, cuando ya se podía andar.
Y lo primero que vimos, antes que el chiringuito, fue la playa, que estaba cambiada de sitio.
Eso pasa y nadie lo cuenta. Un levante fuerte se lleva la arena de un extremo y la deja en el otro.
La playa de Calaluna, el domingo veintisiete, tenía dos metros menos de ancho en la punta del norte y un montón de arena nueva delante del paseo, y en el escalón del quiosco, que está a treinta metros del agua, había algas.
Había algas hasta en el banco que mira a la carretera.
Y luego, ya sí, El Varadero.
La techumbre de caña no estaba. Eso fue lo primero que se vio desde lejos: el hueco.
La estructura de madera aguantaba, con sus travesaños, y encima no había nada, y la caña estaba repartida por doscientos metros de playa hacia el sur en manojos y en trozos, algunos enteros con el alambre puesto, el alambre que él ató el sábado doce a las seis menos veinte de la tarde.
La plataforma estaba reventada por tres sitios.
No hundida: reventada. Las tablas levantadas desde abajo, con los clavos hacia arriba, en la esquina de poniente, en el centro y —esto lo miré dos veces— justo debajo de donde va la mesa ocho.
La barandilla se había ido entera por el lado norte.
Y la lancha estaba bien.
La cocina, quiero decir. La cocina está construida sobre tabique de obra desde el noventa y uno, porque mi bisabuela Amparo, según Chelo, no se fiaba de la madera, y aquel tabique aguantó el temporal como si no fuera con él.
Dentro había un dedo de agua y arena, la nevera desenchufada, la tabla apoyada de canto donde la dejamos y el trapo doblado encima del pase.
En la cámara, colgada de la balda de arriba, seguía mi chaqueta de punto. Lleva ahí desde el doce de julio. Está mojada por abajo, tiene arena en el puño derecho y la voy a tirar en cuanto me acuerde, cosa que llevo sin hacer desde octubre.
Teo entró, miró aquello, y dijo:
—Bueno. Aquí no ha pasado nada.
Y se le rompió la voz en «nada», que fue la única vez.
◆
El perito vino el martes veintinueve a las diez de la mañana y se llamaba Ricardo.
Ricardo era un hombre amabilísimo, de unos cincuenta y cinco años, con una tableta y una cinta métrica, y con esa manera de hablar de los que llevan veinte años dando malas noticias a gente que acaba de tener un año malo.
Estuvo hora y media. Midió todo. Hizo cuarenta fotos. Preguntó por la fecha de la última reforma, por la fecha de la última revisión de la estructura y por los partes anteriores, y las tres respuestas fueron, respectivamente, 2011, nunca y ninguno.
Y luego se sentó en un taburete, en la barra, que estaba mojada, y abrió la póliza.
—A ver. La póliza es del noventa y ocho, con actualizaciones automáticas del capital hasta 2019 y ninguna a partir de ahí.
—¿Y eso qué significa?
—Que el capital asegurado está calculado sobre un valor de reconstrucción de hace siete años.
Asentí.
—Y hay una cosa más. —Pasó la pantalla—. Aquí, en la descripción del riesgo, pone «edificación de fábrica». La cocina es de fábrica, sí. La plataforma y la cubierta no son de fábrica.
—Están en el mismo negocio.
—Están en el mismo negocio, sí, señora. —Y aquí hizo la pausa de los que ya han tenido esta conversación muchas veces—. Pero la caña, señora, la caña no la contempla nadie.
Nos dio la cifra el jueves.
El presupuesto de reparación, con las tres cosas —plataforma nueva, estructura revisada, cubierta— era de noventa y seis mil euros más IVA. La compañía cubría treinta y ocho mil doscientos.
Faltaban, redondeando por lo bajo y sin contar el IVA, unos cincuenta y ocho mil euros.
Y la caja de un chiringuito que acaba de cerrar la temporada y no vuelve a facturar hasta abril.
◆
Los números los hicimos el jueves por la tarde, en la barra, con el portátil apoyado en un sitio seco.
Yo tengo un procedimiento para esto. Se llama «peor caso realista» y consiste en calcular no lo que puede pasar, sino lo que pasa si nada sale bien.
El peor caso realista era: obra sin hacer, plataforma acordonada, apertura en junio de la mitad del aforo, temporada al cincuenta por ciento, un año más con la caña puesta con alambre.
Eso, en el papel, se aguanta. Se aguanta un año.
Lo que no se aguanta es lo que viene después de ese año, que es la misma obra un año más cara y una temporada menos para pagarla.
Y estábamos en eso cuando sonó el móvil.
◆
—Gabriela. Marc.
—Hola, Marc.
—Me he enterado. —No preguntó cómo estábamos, que se lo agradecí—. ¿Cuánto?
—Noventa y seis. El seguro pone treinta y ocho.
Hubo dos segundos de silencio. Te voy a decir una cosa y te vas a enfadar.
—Dila.
—La oferta sigue en pie. No la de septiembre: un veinte por ciento menos, porque ahora hay un daño estructural documentado y yo tengo un comité que va a mirar el informe del perito antes que la foto de la playa.
—Cogió aire—. Un millón cincuenta y ocho mil.
Y me odio un poco por hacer esta llamada un jueves, doce días después, pero es mi trabajo, y si no la hago yo la hace otro peor.
—Ya.
—Y con esa cifra vosotros no arregláis nada: vosotros os vais a casa con dinero. Que es distinto y es peor de decir.
Cerré el portátil un momento.
—Última llamada, Gabriela. Sin rencor y sin insistir más. Si me dices que no, esto se acabó de verdad y yo no vuelvo a llamar en marzo.
Yo estaba de pie en una barra mojada, en un local sin techo, con un presupuesto de noventa y seis mil euros en la pantalla y un socio a dos metros fregando arena con una escoba de goma.
Y lo peor de aquella llamada es que Marc tenía razón.
Coger aquel dinero, aquel jueves, era lo sensato. No lo cómodo: lo sensato. Cualquier asesor honrado del mundo, incluida yo, se lo habría recomendado a un cliente en esa situación sin dudarlo cuatro segundos.
—Te llamo mañana —dije.
—Vale.
◆
Aquella noche hicimos los números de los dos.
Yo abrí el Excel. El último. Cuatro pestañas, tres llenas y una vacía que se llama «D» y que sigue vacía a día de hoy.
Y a la media hora, Teo se levantó, dijo «espera» y desapareció.
Volvió a los quince minutos con una libreta.
No una libreta de escribir. Una libreta de ahorro, de esas de tapas de plástico con el logotipo de la caja rural, de las que ya casi no se hacen y que él sigue actualizando en la sucursal de Vilarreal porque, según dijo, «así lo veo».
La dejó al lado del portátil, abierta por la última página, y volvió a su taburete.
Yo la miré.
Cuarenta y un mil seiscientos y pico euros.
—Teo.
—Está desde 2018 ahí quieto —dijo—. Antes había menos porque estuvo lo de mi madre.
—Es que esto es todo lo que tienes.
—Es todo lo que tengo, sí.
—No es—
—Santos. —Se apoyó en la barra—. No es mérito. Que parece que es mérito y no lo es. Yo vivo en la casa de mi madre, que es mía y no pago nada, y como aquí, y el coche es la furgoneta del negocio. Yo no he ahorrado eso: es que no tenía dónde gastarlo.
Se quedó mirando la libreta.
—Es que ese es exactamente el problema —dijo—. Que llevo nueve años sin tener dónde.
◆
Y luego tuvimos la conversación, que fue corta.
—Si ponemos esto —dije—, y ponemos lo mío, la obra sale. Sale justa, sin colchón y sin margen para nada, y si en junio llueve tres fines de semana seguidos, lo pasamos mal de verdad.
—Ya.
—Y no hay vuelta atrás, Teo. Esto no es una inversión de la que uno se sale. Yo vendo el piso y ya no tengo piso.
Él miró la libreta de la caja rural, que seguía abierta al lado del portátil, y no dijo nada.
Nos quedamos un rato callados, con la escoba de goma apoyada en la barra y el mar sonando fuera como si no hubiera hecho nada.
—¿Y si nos estamos equivocando? —dije.
—Puede.
—Puede, no. Puede perfectamente.
—Puede perfectamente.
—¿Y entonces qué?
—Entonces nos habremos equivocado nosotros —dijo—. Que ya sería novedad.
Y ya está. Esa es toda la conversación. La he repetido en mi cabeza treinta veces desde entonces buscándole algo más y no lo tiene: dos personas en una barra mojada calculando que a lo mejor la están cagando y decidiendo cagarla juntas.
◆
Llamé a Marc el viernes dos de octubre a las nueve y media y le dije que no.
Fue amable, fue breve y cumplió su palabra: no ha vuelto a llamar.
Y luego hice el resto.
Los cuarenta y un mil seiscientos de Teo entraron en la primera fase de la obra: desmontaje, estructura y plataforma. El de la obra empezó el lunes cinco de octubre porque en octubre está libre y porque, según dijo, «en enero no se puede clavar nada aquí abajo».
El lunes cinco de octubre puse el piso de Rafael Calvo en venta con dos agencias.
Cincuenta y ocho metros, tercero exterior, reformado en 2016, con una hipoteca hasta 2041 de la que llevo pagada poco menos de la mitad. Lo que queda después de cancelarla, si sale por lo que dicen las agencias que va a salir, cubre lo que falta de la obra y deja algo para el primer invierno.
Algo. No mucho.
Las visitas son los jueves por la tarde, porque pedí que las agruparan y porque no quiero saber los otros días que hay gente andando por mi salón.
Y el martes seis de octubre, a las once y cuarto de la mañana, me llegó un correo de mi jefa.
Cuatro líneas. Que la posición de reestructuración operativa se había cubierto internamente a finales de septiembre, que lo sentía, que entendía que mi situación personal se había alargado, y que contaba conmigo para hablar de otras cosas más adelante, sin concretar cuáles.
Y una última línea, escrita a mano, o sea, escrita por ella y no por el departamento:
Me alegro por ti, Gabriela. Lo digo en serio. Ya no sé si tú lo dirías.
Lo leí dos veces y lo archivé.
Ninguna de estas tres cosas se ha deshecho.
El piso sigue en venta. La libreta de la caja rural está a cero.
La puerta de Madrid no se cerró de un portazo: se cerró como se cierran las puertas de verdad, con un clic administrativo, un martes por la mañana, mientras yo estaba mirando un presupuesto de carpintería.
◆
El sábado tres de octubre estuvimos todo el día recogiendo caña de la playa.
Fuimos seis: nosotros dos, Óscar —que ya no cobraba, porque su contrato acabó el treinta, y que vino igual—, Nando, Paco, que no podía cargar nada y dirigió la operación entera desde una silla, y la prima de Chelo.
La caña se recoge en montones y se quema, o se deja secar si está entera, y de doscientos metros de playa salieron once montones.
Y a media tarde, en el almacén, donde había entrado medio metro de agua por debajo de la puerta, Teo sacó una cosa envuelta en un plástico roto y llena de barro por un lado.
Le quitó el plástico. La apoyó contra la barra. Le pasó la manga por encima, una vez, de arriba abajo.
De la porra no quedaba nada. Del rotulador azul de Matilde, en la parte de arriba, se leía todavía media línea:
…sin decirle al chico…
Teo la dejó ahí apoyada, contra la barra, con el barro y todo.
Y siguió recogiendo cañas.