28. Firmar con tu nombre
Firmar con tu nombre
A Marc lo llamé el lunes catorce a las nueve y media de la mañana, que es su hora.
Se lo dije en cuatro frases, sin preámbulo y sin adornarlo, porque a un profesional se le debe eso.
—Marc, no vendemos. Ni a vosotros ni a nadie. No es por precio: no vamos a abrir proceso, no vamos a pedir otras ofertas y no vamos a volver a llamarte en marzo. Es que no.
Hubo dos segundos de silencio.
—Vale —dijo—. Gracias por decírmelo un día antes y no el martes a las siete de la tarde.
—Faltaría más.
—Y por decírmelo tú y no un abogado.
Hablamos cinco minutos más de cosas prácticas: que su equipo cerraría la carpeta, que le dijera a Ferrandis que parase, que la documentación que habíamos preparado nos la quedábamos nosotros y no era poca cosa, «que os habéis hecho un due diligence gratis, aprovechadlo».
Y al final, ya despidiéndonos, dijo:
—Una cosa.
—Dime.
—Si algún día abrís un segundo en otro sitio, no me llames.
—¿Por?
—Porque me dolería tasarlo.
Y colgó.
El correo formal me llegó a los once minutos, porque contesta siempre a los once minutos: tres párrafos impecables, agradecimiento, retirada de la oferta con efectos inmediatos, y una posdata que decía «Suerte con octubre. Va en serio.»
Me caía bien en junio y me sigue cayendo bien. Eso es lo raro de todo este asunto: que aquí no hubo nadie malo. Hubo una cifra muy buena y una señora muerta con mejor puntería.
◆
La contrapropuesta se la conté a Teo el domingo trece con el arroz al fuego, y la escribí el lunes, y cabe en media hoja:
Uno. Él pasa del cuarenta al cincuenta por ciento. No pone dinero: lo pone en trabajo y en carta, valorado y escrito, con un calendario de cuatro años. Yo bajo del sesenta al cincuenta.
Dos. Yo llevo la gestión a media jornada de octubre a mayo y a jornada completa en temporada. Cobro por ello, y cobro lo que cobraría cualquiera, no lo que se cobraba mi abuela, que era nada.
Tres. Sigo haciendo consultoría, en remoto y por mi cuenta. Tres clientes. Tres, no cuatro. A los demás los rechazo con una educación carísima, que es una cosa que sé hacer y que además, si se hace bien, sube la tarifa.
Cuatro. La cocina es suya y la carta es suya. Con su nombre. Eso no es una concesión: es una condición mía, y está por escrito, y él intentó tres veces que lo quitáramos.
Cuando se lo enseñé, lo leyó dos veces y dijo:
—Esto no es un negocio, esto es una vida.
—Es lo mismo con más letra pequeña.
—Es que tú bajas del sesenta al cincuenta y no cobras nada por eso.
—Cobro por la gestión, que antes no cobraba nadie.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Ya. —Le quité la hoja y volví a dejarla en la barra—.
Tú llevas nueve años cobrándote a ti mismo un sueldo de camarero de temporada por hacer tres trabajos.
Yo he pasado tres meses viéndolo en una hoja de cálculo.
Esto no es generosidad, Teo, esto es que llevabas nueve años financiando este sitio con tu nómina y ahora ya no.
Se quedó callado.
—Ponlo así en el papel, entonces —dijo.
—Ya está puesto así.
—Ah.
—Léelo bien, que lo has leído dos veces por encima.
◆
Firmamos en la notaría de Bernat el viernes dieciocho a las once y media.
La misma sala de espera con las siete sillas, la máquina de agua sin vasos y el cuadro del puerto que no es el de aquí. Bernat salió a buscarnos en persona, como hace siempre, y nos dio la mano con la misma energía escasa.
—Pasen. Esto es más corto de lo que la gente se cree.
Leyó. Leyó como se lee un pliego de condiciones, sin subir ni bajar la voz, y a mí me volvió a parecer la persona más decente de la provincia.
Cuando terminó, yo cerré mi carpeta y pregunté, por deporte:
—¿Es impugnable?
Bernat se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz, exactamente igual que el doce de junio.
—Todo es impugnable —dijo—. Pero esto tiene pinta de compensar.
Y en el pasillo, dándonos la mano, añadió, sin dramatismo:
—Su abuela habría dicho que ya era hora.
—¿Eso lo sabe usted?
—No. —Se encogió de hombros—. Pero llevo cuarenta años redactando y sé qué documentos habrían gustado a quién. Es lo único bonito de este oficio.
◆
Lo de la carta llevó más tiempo y fue peor.
Teo tenía cuatro cosas escritas en la libreta azul con un precio al lado, hechas la semana que yo estuve en Madrid. Cuatro. Eso lo vi de refilón el sábado doce y no dije nada.
Le costó ocho días pasar de cuatro a nueve.
Y le costó, sobre todo, la parte que yo no me esperaba, que fue la de arriba. Porque la carta de otoño de El Varadero, en un folio, tal como quedó, es esto:
EL VARADERO Calaluna, otoño Cocina: Teo Arbona
Y esas tres palabras de la tercera línea nos llevaron dos días.
—Es que queda pretencioso.
—No queda pretencioso.
—Queda como de restaurante de esos.
—Teo, en todos los sitios del mundo pone quién cocina.
—En los sitios del mundo, sí. Aquí pone «El Varadero» desde el noventa y uno. —Estaba fregando y no me miraba—. Y antes ponía «El Varadero» también, y ni siquiera era de tu abuela.
—Ya. Y en el noventa y uno el que cocinaba era ella y no lo puso porque no le hacía falta, porque este pueblo sabía quién estaba dentro. —Dejé el folio en la barra—. Ahora hay gente que viene de Vilarreal y de Denia por un arroz meloso que has inventado tú, y no sabe tu nombre.
Silencio de fregadero.
—Es que si lo pongo ahí —dijo—, ya no puedo decir que me ha sobrado.
—Exacto.
—Ya.
Lo imprimimos el lunes veintiuno en la copistería de Vilarreal. Veinte copias plastificadas y una en A3 para la pared, en el sitio donde llevaba desde el veintiuno de julio clavada una pinza vacía.
En la copistería pasó una cosa pequeña que me guardo.
La chica que nos atendió, que tendría veintipocos y llevaba dos horas imprimiendo trabajos de fin de grado, cogió el pendrive, abrió el archivo en la pantalla y dijo, sin levantar la vista:
—¿La plastificamos brillo o mate?
—Mate —dije yo.
—Vale. —Y mientras configuraba la impresora, leyendo la pantalla, añadió—: ¿El Varadero es el de Calaluna?
—Es el de Calaluna.
—Ah, hemos ido. En agosto. Fuimos mi novio y yo y no había mesa y esperamos como cuarenta minutos de pie.
Teo, que estaba dos pasos por detrás mirando un expositor de fundas, se quedó quieto.
—¿Y qué tal? —dije.
—Bien, bien. Comimos un arroz raro que estaba buenísimo. —Le dio a imprimir—. Uno melosito.
Y ya está. Siguió a lo suyo, salieron las veinte copias, pagamos catorce euros con noventa y nos fuimos.
En el coche, Teo no dijo nada en todo el trayecto hasta el desvío de la comarcal.
Y en el desvío dijo:
—Cuarenta minutos de pie.
—Sí.
—Pues no lo pusimos en carta hasta el veintiuno de julio.
Y siguió conduciendo.
◆
El estreno fue el martes veintidós, a puerta cerrada, para siete personas.
El Comité entero, Chelo, Nuria y Óscar. La prima de Chelo se enteró y vino también, o sea que ocho.
Salieron seis de las nueve cosas. Y aquella noche Teo tenía un miedo escénico que yo no le había visto ni en agosto con doscientos setenta cubiertos: se equivocó dos veces, sacó el segundo plato antes que el primero, y en un momento dado le oí decir «esto está sin sal» a un plato que no estaba sin sal.
Salió bien.
No salió perfecto, que es distinto y es mejor. El postre —otra vez el postre— era razonable sin más. Y en cambio la cosa esa de la sepia con la naranja amarga, que ya conocíamos, con el tiempo de octubre y la sepia de octubre, estaba mejor que en julio.
Matilde levantó la vista del segundo plato, miró el A3 de la pared, leyó la tercera línea y dijo:
—Está mejor que lo de tu maestra.
—¿El qué?
—La letra. —Volvió al plato—. No se lo digas a la pizarra.
Y Andreu, que no había abierto la boca, dijo:
—El meloso.
Que en el idioma de Andreu es una crítica gastronómica de doce páginas.
◆
Y ahora lo del arroz, que pasó el jueves veinticuatro y que es la mejor cosa que me ha pasado en todo el año.
Yo había bajado la libreta de la bisabuela Amparo al chiringuito, porque tenía nueve páginas de arroces y porque me pareció que aquello, a estas alturas, era de la casa y no mío.
Teo se pasó dos días con ella. Los dos cuadernos abiertos en el pase, el de Amparo y el de tapas de hule, y él comparando como quien compara dos versiones de un contrato.
Y el jueves a las once de la mañana le oí decir una palabra que no voy a poner aquí.
—Ven —dijo—. Ven, ven, ven.
Tenía las dos libretas abiertas.
En la de Amparo, en la receta del arroz, en la letra antigua: ñora, tres, remojadas de la noche antes .
En el cuaderno de escandallos de mi abuela, en la columna de la página cuarenta, con su letra picuda: ñora … 2 ud.
Y en el margen derecho de esa misma página, una nota que yo había leído en junio y que había clasificado, con toda mi capacidad analítica, como incomprensible:
Aquí pongo dos y no son dos. Que se lo pregunten a Amparo.
Teo se sentó en un taburete.
—Doce años —dijo.
—Doce años.
—Doce años poniendo dos ñoras.
—Doce años.
Y se rió. Se rió solo, sentado en un taburete, con las dos manos en la cara, durante diez minutos largos, con esa risa que hace la gente cuando le acaban de gastar una broma muy buena y ya no puede protestar porque la que se la ha gastado se murió en mayo.
—Es que se lo hizo a ella también —dijo cuando pudo—. Amparo se lo hizo a ella. Está aquí puesto.
—Está ahí puesto.
—O sea que a tu abuela le costó lo suyo, y a mí me ha costado doce años, y esto lleva funcionando así desde… —Miró la libreta de Amparo, la primera página—. Desde el cincuenta y tantos.
El viernes veinticinco, que era el último día, hizo arroz aunque no fuera domingo. Con tres ñoras remojadas de la noche antes.
Le salió mejor. No un poco: mejor.
No se lo dijo a nadie. Solo a mí, en la cocina, con la cuchara del cordel en la mano, en voz baja, como quien confiesa un delito:
—Está bordado.
Y luego salió a la terraza a servirlo con la cara de siempre.
◆
El viernes veinticinco cerramos la temporada.
Cuarenta y ocho cubiertos, que para un viernes de finales de septiembre está bien, y de esos cuarenta y ocho, treinta y uno pidieron arroz, porque se corrió la voz por el pueblo a media mañana de que había arroz en viernes y aquí eso es una noticia.
La última mesa fue un matrimonio mayor de Alcoi que viene todos los años el último fin de semana y que ya lo sabe, y que a los postres nos dijo «hasta el año que viene» como quien dice hasta el martes.
Apilamos las sillas, de seis en seis. Óscar barrió, que le quedaban cinco días de contrato y estaba en esa fase en la que uno barre mejor que nunca. Metimos las sombrillas en el almacén. Bajamos la persiana de la barra.
Y al descolgar el A3 de la pared para guardarlo, Teo se quedó con él en la mano un momento, mirándolo.
—Esto en junio lo tengo que volver a colgar —dijo.
—Sí.
—Con lo que cuesta.
Y lo guardó entre dos cartones, con cuidado, que es como se guardan las cosas que uno piensa volver a sacar.
Y a las siete y media de la tarde, Matilde se levantó de la barandilla, cogió el rotulador azul y estuvo un rato delante de la pizarra.
La jornada se había quedado a medias. Faltaban dos partidos.
—Esto no está resuelto —dijo.
—Se paga en junio —dijo Paco.
Nadie discutió. Descolgamos la pizarra de la pared con la porra sin resolver escrita, la envolvimos en un plástico y la metimos dentro, en el almacén, apoyada contra la pared del fondo, al lado de las sombrillas.
Encima escribí con rotulador permanente, en el plástico: PIZARRA. NO BORRAR.
◆
El sábado veintiséis por la mañana bajamos a hacer las últimas cosas: vaciar la cámara, apagar el frigorífico, cerrar el gas, dejar la lancha limpia para el invierno.
Teo tenía puesta la radio pequeña que hay encima de la nevera, la de siempre, esa que solo coge dos emisoras.
Estaban dando el parte.
«…aviso de nivel naranja por fenómenos costeros en el litoral sur de la provincia a partir de la tarde de hoy y durante la jornada de mañana domingo, con levante de fuerza siete a ocho y olas de hasta cuatro metros. Se recomienda…»
Teo dejó el trapo.
Se acercó a la nevera y subió el volumen.
Nos quedamos los tres —Óscar estaba en la puerta con una caja— escuchando el parte entero, que duró cuarenta segundos más, y luego pasaron a hablar del tráfico.
Nadie dijo nada.