Volver a Calaluna 27. Clímax invertido
90%

27. Clímax invertido

Clímax invertido

—No —dije—. Vengo a no firmar.

Teo se quedó arriba de la escalera con el alambre en la mano.

—¿Cómo?

—Que no voy a vender. Se lo voy a decir a Marc el lunes. La oferta vence el martes y no la vamos a coger.

Bajó. Bajó los cuatro escalones despacio, dejó el alambre en la barra, al lado de la libreta abierta, y se quedó de pie con las manos colgando.

—Gabi.

—Espera, que si paro no lo digo bien. —Dejé las sandalias en un taburete—. Y lo tengo que decir bien, porque si lo digo mal esto sale fatal dentro de seis meses.

—Vale.

—Yo no me quedo por ti.

Le vi la cara. Le vi exactamente la cara que se le puso, que fue la de alguien al que le acaban de dar y le acaban de quitar en la misma frase, y le vi tardar un segundo largo en decidir qué hacer con ella.

—Vale.

—No, escucha, que es lo importante. —Y aquí me lie, y lo dejo escrito tal como salió, porque salió así—.

Es que si yo me quedo por ti, dentro de seis meses o dentro de dos años esto se pone difícil, que se va a poner, porque esto se pone difícil siempre, y yo voy a estar aquí sin haber elegido nada, y voy a mirar alrededor y voy a pensar que estoy aquí por tu culpa.

Y entonces te lo voy a cobrar. Te lo voy a cobrar sin decirlo, como te lo cobré en el once desde Madrid, y como tú me lo cobraste a mí este verano. Que se nos da bien a los dos.

Teo no dijo nada.

—Esta tarde he estado cinco minutos ahí fuera, en la arena, sentada. Y he decidido yo, sola, sobre mí, sin pensar en ti. —Respiré—. Y eso es lo que hacía falta. Porque ahora que lo he decidido yo, tú y yo somos posibles. Antes no.

Silencio.

—O sea que no me quedo por ti —dije—. Me quedo yo. Y tú estás.

—Y yo estoy.

—Sí.

—Vale. —Se pasó la mano por la boca—. Es la cosa más rara que me han dicho en mi vida y creo que es que sí.

—Es que sí.

Y entonces sonó el móvil en la barra, que era Óscar preguntando si podía entrar a las ocho y cuarto en vez de a las ocho porque el autobús de Vilarreal los sábados va fatal.

Contesté yo. Le dije que sí, que sin problema.

Colgué y nos quedamos los dos de pie, a metro y medio, con una escalera de tijera abierta en medio, una libreta azul en la barra y un asunto de un millón trescientos veintidós mil quinientos euros recién resuelto en cuatro frases mal dichas.

—¿Y ahora qué hacemos? —dije.

Teo miró el reloj de la pared, que adelanta seis minutos desde antes de que yo naciera.

—Ahora hay que sacar el pescado de la cámara —dijo—, poner la mise y meter dos bandejas al horno. Que a las ocho y media entra gente.

—Vale.

—Y luego ya hablamos.

Me quedé mirando la escalera de tijera.

◆

Y luego trabajamos.

Cinco horas. Cuarenta y seis cubiertos, que en septiembre y un sábado está bien. Óscar llegó a las ocho y cuarto contando que Contabilidad II le había ido «entre regular y bien», que en su idioma significa aprobado raspado, y estuvo toda la noche especialmente hablador.

Cinco horas con eso encima. Yo cobrando, él en el pase, Óscar en las mesas, y en medio de todo, cada vez que nos cruzábamos en la lancha, la cosa aquella flotando en el aire como un mueble que hay que sacar.

Y no pasó nada, además. Eso es lo que quiero contar de aquellas cinco horas: que no pasó absolutamente nada.

A las nueve y veinte se sentó una familia de seis con un niño que no quería cenar.

A las diez menos cuarto vino Rosario a por su lata y se quedó veinte minutos contando lo de la escalera.

A las diez y media se cayó una copa. A las once, un matrimonio de Vilarreal pidió dos arroces que no había y se conformó con sepia, y les gustó, y lo dijeron.

Y en algún momento, a eso de las once menos diez, mientras yo cobraba una mesa, me di cuenta de que estaba de buen humor.

No contenta. De buen humor, que es otra cosa y que dura más, y que yo llevaba desde el veintiocho de agosto sin tener.

Volvimos a rozarnos, por cierto. Sin ponerlo en marcha nadie. A la tercera vez que pasé a por hielo ya íbamos otra vez de espaldas y a toda velocidad.

A las once y media cerró la cocina. A las doce menos cuarto se fue la última mesa. A las doce y diez, Óscar enchufó el leasing, dijo «hasta mañana» y subió la cuesta.

Y nos quedamos los dos, con las sillas por apilar.

◆

Se apilan de seis en seis. Eso ya lo he escrito antes.

Empezamos por el lado del pase, cada uno con su fila, y hablamos mirando las sillas, que es la única manera de que salgan estas conversaciones.

—Te tengo que decir una cosa de agosto —dijo él.

—Yo también.

—Empiezo yo, que llevo dos semanas.

Apiló tres.

—Tenías razón en lo de las llamadas —dijo—. Ya te lo dije aquella noche, pero lo dije mal, porque lo dije como quien reconoce una cosa para que se acabe la discusión.

Apilé dos sillas.

—He estado dándole vueltas. —Cuarta silla—. Yo no te llamé porque llevaba quince años esperando que llamaras tú. Eso te lo dije. Lo que no te dije, porque no lo sabía, es que llevaba quince años muy cómodo esperando.

Paré con una silla en la mano.

—Es que es muy cómodo —dijo—. Tú te fuiste sin despedirte.

Eso pasó, no me lo inventé. Y con eso yo tenía la razón, y teniendo la razón no hay que hacer nada.

No hay que llamar a nadie, ni escribir, ni presentarse en Madrid, ni preguntarle a tu madre por ti en quince años. Con la razón te apañas solo.

—Teo—

—Espera, que lo tengo pensado y si me paras se me va.

—Se limpió las manos en el pantalón—. Yo me he pasado quince años ganando una discusión que no tuvimos nunca.

Y este verano te tenía aquí delante todos los días, y podía haberla tenido de verdad en junio, en la primera semana. Y no la tuve. La fui cobrando.

Dejó la silla.

—Lo del quince de agosto, cuando Paco contó lo de tu abuela delante de todos y yo bajé la vista.

—Ya.

—Eso lo hago. —Me miró—. No sabía que lo hacía, y no sé si eso lo mejora o lo empeora. Pero lo hago.

◆

Entonces le conté yo lo mío.

Le conté lo que le había contado el veintiocho de agosto, pero sin la carpeta debajo del brazo y sin la voz rota, en orden y despacio: la bronca con mi madre, el billete comprado en la agencia de Vilarreal, los dos días en su casa sin decírselo, el medio melón, el disco.

Y luego le conté lo que no le había contado.

—El día que me fui, el veintiséis, salí a las seis y diez de la mañana en el autobús de Alicante —dije—. Y a las seis menos veinte estuve delante de tu casa.

—¿Qué?

—Con la maleta. Diez minutos, o doce. En la esquina de la ferretería. —Apilé una silla para tener algo que hacer con las manos—. Y no llamé. Y me fui andando a la parada.

Teo se sentó en la barandilla.

—¿Por qué no llamaste?

—Porque si salías, no me iba. Ya te lo dije.

—Le miré—. Lo que no te dije el otro día es que lo estuve pensando de verdad ahí de pie.

No fue un impulso. Estuve doce minutos calculando qué pasaba si llamaba, y salió que no me iba, y elegí el autobús.

A los dieciocho años, con una maleta, a las seis menos veinte de la mañana.

—Joder.

Dejé la silla en el montón.

—Y yo llevo quince años pensando que ni siquiera se te pasó por la cabeza.

—Pues se me pasó doce minutos.

Nos quedamos callados un rato. Faltaban ocho sillas.

—¿Qué habrías dicho? —dije—. Si llego a llamar.

—No lo sé.

—Piénsalo.

—Lo he pensado. —Se rascó la ceja con el pulgar—. Lo he pensado esta semana, además, que ya ves tú qué manera de perder el tiempo. Y no lo sé. Yo tenía veintiuno y era medio tonto. Igual te decía «pues vale, escríbeme». Igual te decía cualquier cosa.

—Ya.

—Y a lo mejor tú te ibas igual y esto es un cuento que nos estamos contando ahora, quince años después, con las sillas apiladas.

—A lo mejor.

—Pero yo habría salido a la calle —dijo—. Eso sí lo sé. A las seis menos veinte de la mañana, con la maleta ahí abajo. Yo salgo.

—Vale —dijo él después de un rato—. Pues ya está.

—Ya está.

Y ya estaba. Así de raro es: quince años en veinte minutos, apilando sillas, sin que nadie llorara y sin que nadie dijera una frase buena.

◆

Acabamos las ocho sillas. Barrió él, recogí yo la caja.

Y a la una menos veinte, con la luz amarilla de la barra encendida y todo lo demás apagado, Teo se apoyó en la mesa cuatro, miró la pizarra de tiza y dijo, con toda la naturalidad del mundo:

—Mañana hay que poner los verberechos.

Yo abrí la boca antes de pensarlo. Es automático. Llevo haciéndolo desde los catorce años.

—Berberechos. Con be y con be.

Y ahí, en voz baja, mirando la pizarra y no a mí:

—Gracias, Santos.

Y yo me oí decir lo que digo desde clase de Sociales, en el mismo tono, con la misma cadencia, cuatrocientas veces entre los quince y los diecinueve años:

—De nada, Arbona.

◆

Y luego pasó lo que tenía que pasar y donde tenía que pasar.

En la terraza, con las sillas apiladas, entre la mesa cuatro y la barandilla, que es el sitio donde llevamos hablando de verdad desde el treinta de junio.

Esta vez no sonó ninguna persiana.

Chelo empezaba a las dos, como siempre, y a las dos menos algo la persiana del obrador subió calle arriba con su ruido de siempre, y nosotros ya no estábamos allí.

Amaneció a las siete y veintitrés.

◆

El domingo por la mañana entró un mensaje en el grupo de WhatsApp del chiringuito, que se llama «El Varadero (no borrar)» y en el que estamos cuatro: Teo, Óscar, Nando y yo.

Óscar , 09:41: que conste que yo esto lo dije en julio. se me debe una caña

Óscar , 09:44: quien se lo ha contado? da igual. la caña.

Nadie se lo había contado.

Yo le pregunté después, en octubre, y me juró por su madre que no se lo había dicho nadie, que se lo había dicho «el pueblo», que es un sujeto que aquí funciona perfectamente y que no requiere personas concretas.

Nando contestó a las once con un emoji.

◆

Bajamos juntos a las diez y media, cada uno por su lado del paseo por si acaso, cosa que a estas alturas era ridícula y que hicimos igual.

En la puerta del horno estaba Chelo con las bandejas de la coca del domingo.

—Buenos días —dije.

—Buenos días. —Nos miró a los dos, uno detrás del otro, con dos metros de separación perfectamente calculados—. Anda, qué casualidad.

—Ya ves.

—Ya veo. —Cargó una bandeja—. Llévate esta, que pesa.

Y no dijo nada más, y eso, viniendo de Chelo, es una tarjeta de felicitación.

Abrimos. Puse los cafés. Él encendió el fuego del domingo, porque era domingo, porque hay arroz.

A las once menos veinte llegó el Comité en pleno, veinte minutos antes de su hora, los cuatro juntos, cosa que solo hacen cuando vienen a algo.

Se sentaron. Pidieron lo de siempre. Y estuvieron cuarenta minutos hablando del aparcamiento de la playa con una intensidad desproporcionada, sin mirarnos ni una sola vez, con una disciplina de la que todavía me acuerdo.

Solo Andreu, cuando le llevé el cortado, levantó un poco la barbilla y dijo:

—Buenos días, hija.

Y me llamó «hija», que no me había llamado en tres meses.

Y a las once menos cuarto, con el pueblo empezando a moverse y el Comité todavía sin llegar, saqué la libreta y la puse encima de la barra, abierta por la primera página, al lado de la libreta azul, que seguía allí.

Él se acercó y lo leyó del revés, que es como lee él.

AbrIR 1. Notaría (viernes 12) ✓ 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver 5. volver

—Ahí pone lo mismo dos veces —dijo.

—No pone lo mismo.

Se quedó un momento mirándolo.

—No —dijo—. No pone lo mismo.

Cerré la libreta.

—Tengo una contrapropuesta —dije—. Y por primera vez en mi vida, no lleva anexos.