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26. Sin actuar

Sin actuar

Me paré a unos treinta metros, en la arena, donde no me veían.

No fue una decisión. Iba andando hacia allí y me paré, como se para uno a mirar una cosa que lleva viendo todo el verano y que de pronto está a la distancia justa.

Eran las seis menos veinte de la tarde de un sábado de septiembre.

Había cuatro mesas puestas de las veinte, que es lo que se pone entre servicios cuando ya sabes que no va a venir nadie hasta las ocho.

En la barandilla estaban los cuatro: Paco con el periódico local doblado por la mitad, Matilde con un café solo, Andreu mirando el agua y Rosario con el móvil en horizontal.

Teo estaba fuera, en la esquina de poniente, con una escalera de tijera.

Estaba atando caña.

Había subido tres o cuatro escalones, tenía un manojo debajo del brazo y estaba pasando alambre por la parte de abajo de la techumbre, en la zona que lleva abierta desde junio y que ha perdido seis manojos este verano.

Los manojos que se cayeron en agosto seguían apoyados en la pared, donde los dejó Óscar; había cogido uno.

No lo estaba arreglando. Eso se ve desde treinta metros. Estaba sujetando lo que quedaba con alambre para que aguantara, que es lo que se hace cuando no hay dinero para la obra y viene octubre.

Le costó cuatro intentos pasar el alambre. Al cuarto, se le cayó el manojo entero al suelo, y Paco dijo algo desde la barandilla que no oí, y Teo contestó algo que tampoco oí, y Matilde se rió.

Bajó, recogió el manojo, subió otra vez.

Y hay una cosa que quiero dejar apuntada aquí, aunque no venga a cuento y aunque no signifique nada.

En junio, viéndole trabajar, yo le habría puesto un nombre a aquello. Le habría llamado dependencia crítica de un recurso no sustituible, o mantenimiento correctivo aplazado, o le habría hecho un chiste sobre el coste de oportunidad de un cocinero con una escalera.

Aquella tarde no le puse ningún nombre.

Era un hombre atando caña con alambre a las seis menos veinte de un sábado de septiembre para que la techumbre le llegara a octubre. Ya está. Eso es todo lo que era y no se parecía a ninguna otra cosa.

◆

Estuve así cinco minutos.

Y en esos cinco minutos yo no pensé nada especialmente profundo. Esto lo digo porque conviene: no hubo música, no hubo una frase, no se me apareció mi abuela, no me dijo nada el mar.

Lo que hubo fue una cosa mucho más pequeña y bastante peor.

Vi la pizarra por el hueco de la puerta, que desde ahí se ve de refilón: la porra escrita en azul con las columnas de Matilde y, encima, una línea que ponía «13» y, tachado al lado, un «12».

Vi que en la mesa de la barandilla el café de Andreu estaba a la izquierda del vaso de agua, que es donde lo pone él, y que Rosario tenía las gafas subidas en la cabeza y que eso significa que estaba grabando algo.

Vi que la mesa ocho está la última de la fila porque desde julio la ponemos la última para que se siente menos gente.

Vi que Teo llevaba puesta la camiseta gris, que es la del sábado, porque la azul se lava el viernes.

Y me di cuenta de que sabía todo eso.

De que llevaba tres meses aprendiéndomelo sin proponérmelo y sin apuntarlo en ninguna parte, que es exactamente lo contrario de como aprendo yo las cosas.

Yo he entrado en veintitantas empresas en quince años.

Fábricas, aseguradoras, cadenas de tiendas, una funeraria.

Y en todas he hecho lo mismo: dos semanas de inmersión, entrevistas con doce personas, un mapa de procesos y un informe.

Y en todas he salido sabiendo cómo funcionaba aquello mejor que la mitad de los que trabajaban dentro.

Ninguna vez, ni una, he sabido dónde pone alguien el café.

Eso no está en el mapa de procesos. Eso no se levanta en dos semanas, y no se puede preguntar, porque si preguntas te contestan otra cosa.

Eso se aprende quedándose, y se aprende sin querer, y no sirve absolutamente para nada excepto para lo único que sirve, que es para saber que algo va mal antes de que salga en la hoja.

Yo llevaba tres meses acumulando esa clase de información inútil sobre catorce personas y un edificio de madera.

◆

Y ahí es donde me vino, y me vino sin ninguna elegancia, de pie en la arena con las sandalias en la mano.

No es que ame este sitio. Puede que sí, pero no es eso, y además «amar un sitio» es una frase de folleto.

No es que Madrid sea el mal. Madrid no es el mal. En Madrid tengo un piso que pago hasta 2041, tres amigas buenas, un trabajo que se me da bien y una oferta encima de la mesa que es objetivamente lo que llevaba queriendo desde 2022.

Y no es que me haya enamorado y eso lo arregle todo, que es la versión que se cuenta y la que yo llevaba tres meses temiendo, porque es una versión en la que la mujer no decide nada: le pasa algo y se queda.

Es esto:

Que el ocho de junio yo llegué aquí con un papel aprendido.

Llegué con un personaje entero: la consultora que baja a resolver un asunto patrimonial, que tiene tres semanas, que trae una carpeta, que dice «activo» y «puesta en valor» y «once semanas», y que iba a hacer aquí exactamente lo mismo que hace en todas partes, que es entrar en un sitio, entenderlo mejor que la gente que vive dentro y salir con un informe.

Y en algún momento de este verano dejé de hacerlo.

No sé cuándo. Eso es lo que me dejó de pie en la arena cinco minutos.

No hubo un momento. No fue en la cala, ni en el suelo del pasillo con las once hojas, ni en una silla de plástico a las cuatro y cuarto de la mañana.

En algún punto entre el nueve de junio y el doce de septiembre dejé de interpretarme a mí misma y no me di cuenta, que es como pasan las cosas de verdad, sin fecha.

Y lo otro, que es lo que me costó más:

Que lo del nueve de abril no fue un fallo del sistema.

Yo llevo desde abril contándome que se me fundió un plomo. Que trabajé de más, que dormí de menos, que fue una acumulación, que le pasa a mucha gente. Todo eso es verdad y no es lo importante.

Lo importante es que aquella mañana, en la diapositiva cuatro, delante de doce personas, se me acabó la interpretación. Se me acabó de golpe, a media frase, y me quedé sin saber qué hacía yo ahí de pie. No fue el cuerpo diciéndome que estaba cansada.

Era el sistema funcionando exactamente como funciona.

Y por si me quedaba alguna duda, el martes pasado, en una sala llamada Ávila, en la planta once, veintidós personas con una libreta corporativa estuvieron quince minutos analizando en grupos de cuatro qué señales se habían pasado por alto en el caso de la Empleada G.

Con viñetas.

Yo entre ellos.

Aportando dos ideas.

◆

Aquí hay que decir lo que la epifanía no arregla, porque si no, esto parece otra cosa.

No arregla que en octubre haya que pagar una obra de sesenta y cuatro mil euros que no tenemos.

No arregla que este negocio dependa de una sola persona, ni que esa persona esté subida a una escalera atando caña con alambre porque no hay para más.

No arregla que en Madrid haya un puesto esperándome cinco días, ni que mi jefa tenga razón cuando dice que los sitios no esperan.

No arregla lo del veintiocho de agosto, que sigue ahí, entero, dicho por los dos.

Y no me convierte en una persona distinta. Yo el trece de septiembre me levanté haciendo listas, igual que el doce. Lo único que cambió en aquellos cinco minutos, y ya es bastante, es que dejé de estar interpretando a la persona que hace las listas.

◆

Me senté en la arena. En la arena directamente, con el vaquero, a treinta metros de la terraza, cosa que no había hecho en todo el verano porque en todo el verano no me he sentado en la playa ni una vez.

Saqué la libreta del bolso.

La lista sigue en la primera página. Está más sucia que en junio, tiene una mancha de aceite en la esquina y la letra de las actas sigue siendo la letra de las actas:

CERRAR CALALUNA 1. Notaría (viernes 12) ✓ 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver 5. ¿?

Taché el título.

Taché la palabra «CERRAR» con dos rayas, no con una, y escribí encima, en mayúsculas, con el mismo bolígrafo:

AbrIR

Y luego fui al cinco.

El cinco lleva desde el treinta de junio con un interrogante. Lo escribí de madrugada, después de la primera noche que hablamos de verdad, y no lo he tocado desde entonces, y he mirado ese interrogante en junio, en julio y en agosto sin saber qué poner.

Puse una palabra.

Una sola, en minúscula, al lado del cinco, y la miré un rato, y la subrayé, cosa que yo hago cuando algo va en serio.

Guardé la libreta. Me sacudí la arena del vaquero.

Y antes de levantarme miré el móvil, porque llevaba dos horas sin mirarlo y porque soy quien soy.

Había un correo de Marc, de las once y cuarenta de la mañana, con el asunto «Recordatorio amable».

Cuatro líneas: que la oferta vence el martes quince a las veinticuatro horas, que a partir de esa hora su comité la retira automáticamente y él no puede hacer nada, y que no hacía falta que contestara a ese correo.

Y una posdata:

No te llamo porque los sábados no se llama. Pero he estado a punto.

Bloqueé el móvil y me lo guardé en el bolsillo de atrás, encima del papel doblado de siete palabras.

◆

Ahora tengo que explicar el orden en el que hice las cosas aquella tarde, porque el orden es lo único que importa de todo esto y porque me lo he preguntado mucho después.

Yo, en la arena, no decidí quedarme por él.

No lo pensé. No pensé en él ni una sola vez en esos cinco minutos, salvo para ver que estaba subido a una escalera y que la camiseta era la del sábado.

La decisión que tomé sentada en la arena con un bolígrafo la tomé sola, sobre mí, y la habría tomado igual si él se hubiera ido a Valencia en agosto.

Eso es lo que estuve tres meses sin poder hacer y lo que mi madre me preguntó a mediodía con las lentejas puestas.

Que quede claro en el orden: primero la arena, luego la barra.

Y no al revés, porque al revés no sirve.

◆

Entré por la puerta de servicio.

Que es la que da al paseo por detrás, la de la cocina, la que uso yo desde el veinte de junio y por la que no entra ningún cliente. Entré descalza, con las sandalias en una mano y el bolso en la otra, y con el papelito doblado de siete palabras en el bolsillo de atrás del vaquero.

Dentro no había nadie. La lancha estaba recogida del mediodía y preparada para la cena: el arroz pesado en dos boles, el pescado en la cámara, la tabla limpia y apoyada de canto, el trapo doblado encima del pase.

En el gancho de detrás de la puerta seguía colgado el delantal azul con la quemadura en el borde.

Crucé la cocina y salí a la barra.

Y en la barra, encima del mármol, estaba la libreta azul.

Abierta.

Abierta por la mitad, con la goma quitada y puesta alrededor de la tapa de atrás, con un bolígrafo al lado y con una servilleta de papel debajo con algo escrito que no llegué a leer.

Llevaba ahí, por lo que supe después, desde el viernes por la noche.

Y la libreta no estaba abierta por cualquier página.

Estaba abierta por una de la mitad, con la letra apretada y tres tachones, y en la página de la derecha, arriba, se leía en horizontal una lista de cuatro cosas con un número al lado de cada una, escrita con un bolígrafo distinto y más nuevo que el resto de la libreta.

Cuatro cosas con un precio.

Eso lo vi de refilón, de pie, en cuatro segundos, y luego ya no miré más, porque hay cosas que uno no lee en la barra de otro sin permiso, aunque lleve tres meses auditándolo todo.

Y detrás de la barra, de espaldas, subido todavía a la escalera de tijera pero ya dentro, atando el último alambre de la esquina que da al pase, estaba Teo.

Se dio la vuelta porque me oyó.

Me miró desde arriba, con el alambre en una mano, la escalera, la camiseta gris y esa cara suya de sonreír antes de hablar, que aquella tarde no hizo.

Miró las sandalias que llevaba en la mano. Miró la arena que traía en los pies.

Y dijo:

—¿Vienes de visita?