25. Siete palabras
Siete palabras
Salí de Madrid el sábado doce a las siete y diez de la mañana sin habérselo dicho a nadie.
Es la misma carretera. Los mismos cuatrocientos y pico kilómetros, el mismo desvío de la comarcal, las mismas curvas. Y la diferencia es tan tonta que me da vergüenza escribirla: en junio yo venía ensayando cómo iba a contar aquello en Madrid, y en septiembre venía sin ensayar nada.
Kilómetro doce, los invernaderos del Serrano, que sí son del Serrano, me lo dijo Paco en agosto.
Kilómetro nueve, la gasolinera; el cartel nuevo en inglés lleva ahí desde el año pasado y lo puso el hijo, que se llama Quique.
Kilómetro cuatro, el bar de carretera donde Chelo compra la harina cuando le falla el proveedor.
En junio pasé por aquí haciendo un inventario. Iba tasando: fachadas, ocupación, plan urbanístico, riesgo.
En septiembre pasé por aquí y no tasé nada. Fui diciendo nombres.
Y en la curva de arriba, cuando se ve el pueblo entero de golpe, blanco y torcido bajando hasta el agua, me pasó una cosa que no me esperaba, que fue que no me pasó nada.
No hubo pinchazo, ni nudo, ni ninguna de esas cosas.
Vi el pueblo y pensé: ya está. Ya estoy.
◆
Aparqué en la placeta, esta vez no debajo de la morera, y subí a casa.
La llave sigue en el hueco de detrás del contador, envuelta en el trozo de bolsa del Consum, aunque yo llevo la mía en el llavero desde junio. La dejo ahí porque estaba ahí.
Y la casa, por primera vez desde el ocho de junio, no me pareció una casa cerrada.
Está desordenada, además. Está desordenada como se desordenan las casas donde vive alguien: las cajas del pasillo abiertas desde el seis de agosto, la ropa de mi abuela doblada en tres montones encima de la de ROPA, la caja de zapatos con las once hojas ordenadas por fecha, la caja de puros con los papeles de los demás.
Y la rebeca mostaza encima de todo, donde la dejé, sin volver a meterla.
En la nevera seguía el tarro de mermelada de higo de julio de hace tres años.
Lo saqué. Le quité la tapa. Olía a higo y a alcohol viejo, y estaba, evidentemente, imposible.
Lo tiré. Tardé tres meses y cuatro días en tirar un tarro de mermelada, y lo tiré sin ninguna ceremonia, de pie, con el cubo abierto con el pie, como se tira todo.
Y luego di una vuelta por la casa.
Es una casa de pueblo de las de antes: entrada, pasillo largo, tres habitaciones a un lado, salón y cocina al fondo, y una terracita arriba a la que se sube por una escalera de caracol imposible y en la que hay una cuerda de tender y dos macetas muertas.
Subí a la terracita, que no había subido en tres meses.
Desde ahí se ve el pueblo por arriba: los tejados, las antenas, el campanario, y a lo lejos, entre dos casas, un trozo de mar del tamaño de una toalla. Se ve también, si uno se asoma, el patio de los vecinos de atrás, donde hay un limonero y un tendedero con ropa de niño.
Y en la pared de la terracita, a la altura de la rodilla, había cuatro rayas hechas con lápiz y cuatro fechas al lado.
92. 94. 97. 99.
Mi altura. Cuatro veces, entre el año que nací y el año en que se murió mi padre.
Después del 99 no hay más rayas. Yo seguí viniendo todos los veranos hasta los diecinueve años, y aquí nadie volvió a medirme.
Bajé, me lavé las manos y no volví a subir hasta noviembre.
◆
El cuaderno de tapas de hule estaba donde lo dejé el seis de septiembre, en la mesa camilla, con la goma puesta.
Yo iba a por otra cosa. Iba a por la libreta de AMPARO, la de la caja de PAPELES, porque me lo dijo mi madre el quince de agosto y porque en Madrid, una noche, me acordé.
La abrí. La abrí allí de pie, en el pasillo, y resulta que la bisabuela Amparo escribía recetas.
Recetas de verdad, con cantidades, con tiempos y con esa manera antigua de decir las cosas: «una taza de las de café», «hasta que huela».
Nueve páginas de arroces. Cuatro de escabeches.
Una hoja suelta de una cosa con almendra que no entiendo.
Yo llevaba tres meses leyendo el cuaderno de mi abuela buscando ahí dentro cómo se hacían las cosas y no estaba, y no estaba porque estaba en otro sitio, en una caja, debajo de las facturas de la luz de 1998.
Me la llevé a la mesa camilla para leerla con luz.
Y al dejarla, moví el cuaderno de hule. La goma se soltó, el cuaderno se abrió solo por el lomo, que está roto por la mitad, y de dentro se cayó un papel.
◆
Era un papel pequeño, cuadrado, arrancado de una libreta de esas de espiral.
El mismo tipo de papel que el de «mi nieta, la importante». La misma letra picuda inclinada a la izquierda. Estaba metido en el cuaderno por la página de la sepia, sin doblar, como se mete un papel en un sitio en el que sabes que alguien va a mirar.
Ponía siete palabras:
Si estás leyendo esto, ya te quedas.
Me senté en la silla de la mesa camilla.
Y estuve, calculo, cinco o seis minutos riéndome y llorando a la vez, que es una cosa que yo creía que solo pasaba en las películas y que resulta que se puede hacer perfectamente y que además te deja agotada.
Porque es una trampa.
Es una trampa de una mujer que se murió en mayo y que sabía tres cosas: que yo iba a tener que ordenar sus papeles, que yo, teniendo delante un cuaderno con doce años de números, lo iba a leer entero, y que cuando lo hubiera leído entero ya no iba a poder venderlo igual.
Y sabía una cuarta cosa, que es la que me hizo llorar: sabía que yo tardaría meses en encontrar ese papel, porque en junio yo abrí ese cuaderno por la mitad, por los escandallos, y no lo abrí nunca por el lomo, y no lo abrí nunca del todo, porque yo no leo: yo consulto.
Setenta y cuatro años, una educación de posguerra y un chiringuito. Y le montó a su nieta, la importante, un dispositivo de tres fases que le funcionó a la primera.
Doblé el papel y me lo metí en el bolsillo de atrás.
Y luego me pasé un rato largo diciendo tacos en voz alta en una casa vacía, que es la única manera decente de reconocerle a alguien que te ha ganado.
Después hice lo que hago yo, que fue sacarlo otra vez y mirarle la letra.
La tinta es la misma azul de siempre. El papel está amarillo por un borde, del sol, o sea que ese papel ha estado un tiempo en algún sitio con luz antes de acabar dentro del cuaderno.
Y la nota no está fechada, cosa que ella hacía siempre; en doce años de márgenes hay fecha en todo, hasta en los avisos de que hay que hablar con Antonio.
Esta no.
Yo creo, y no lo voy a poder comprobar nunca, que la escribió en febrero.
En febrero fue a la notaría de Vilarreal, cambió tres líneas y media y, según Bernat, se quedó tranquila.
Y creo que volvió a casa y escribió siete palabras en un papel y las metió en un cuaderno de escandallos por la página de la sepia.
Y que luego estuvo tres meses viviendo con eso puesto, y hablando conmigo por teléfono los domingos, y preguntándome si comía.
◆
A mi madre la avisé desde la carretera y le dije que estaría en Vilarreal a la una.
Vive en un tercero con ascensor en la calle Blasco Ibáñez, a diez minutos del hospital, en un piso de sesenta y cinco metros que compró en 2004 y que tiene la cocina impecable, el salón con dos sillones que no hacen juego y, en el pasillo, una foto de mi padre y otra mía de la comunión, las dos con el mismo marco.
Comimos allí. Hizo lentejas, en septiembre, con veintiséis grados.
Y hablamos de cosas normales durante cuarenta minutos: del cambio de turno de octubre, de que a Puri le han puesto una prótesis, de que el aire acondicionado del coche al final era una tontería del filtro.
Y después de la fruta, sin levantarse, dijo:
—¿Ya has decidido?
—No.
—Ya.
—Tengo hasta el quince. El martes.
—Ya. —Recogió las mondas en el plato—. ¿Y qué te falta?Y me quedé un rato pensándolo, porque era una pregunta buena y ella no hace preguntas buenas.
—Me falta saber si me quiero quedar yo —dije—, o si me quiero quedar porque él está aquí. Porque si es lo segundo, esto sale mal. Sale mal seguro. Y no dentro de veinte años: sale mal en marzo.
Mi madre asintió con la barbilla, muy poco, dos veces.
—Es la primera cosa sensata que dices en todo el verano.
—Gracias, mamá.
—No, si te lo digo en serio. —Se levantó a por el café—. Es que la gente eso no se lo pregunta. Yo no me lo pregunté.
Puso la cafetera.
—¿Y tú qué habrías contestado? —dije—. Si te lo hubieras preguntado.
—Uf.
—En serio.
Se quedó de espaldas, con las manos en el borde de la encimera.
—Pues mira, no lo sé —dijo—. En el noventa y nueve no lo sé.
Yo tenía treinta y uno, una niña de siete y a todo el mundo diciéndome lo que tenía que hacer, incluida tu abuela, que me lo decía sin decírmelo, que es peor.
—Encendió el fuego—. Y me fui, y me fui bien, ¿eh?
Que yo no me arrepiento. Aquí he estado bien y tú has crecido bien.
—Ya.
—Lo que pasa es que yo me fui de allí y aquí no me metí en nada. —Bajó la llama—. Veintisiete años, Gabi. Veintisiete años en Vilarreal y no tengo una amiga de aquí. Tengo compañeras. Tengo a Puri, que es del hospital. Y bajo a Calaluna a lo que hay que bajar y me vuelvo el mismo día.
—Eso no lo sabía.
—Es que no es para contarlo. —Se encogió de hombros, todavía de espaldas—. Yo me fui para no ser «la viuda de» y me quedé en «la enfermera del turno de tardes». Que es más cómodo. Pero tampoco es un nombre.
Se hizo un silencio de cafetera.
—Bueno —dijo—. Que eso a ti no te sirve de nada.
—Me sirve.
—Ya. —Y desde ahí, sin volverse, dijo lo otro—: Yo me fui de Calaluna para no ser «la viuda de». Tú te fuiste de Calaluna para no ser «la nieta de». —Bajó el fuego—. Mira tú la herencia de esta familia: las piernas.
Se rió sola, corto, con la mano en el mango de la cafetera.
Fue la única vez en todo el verano que le vi hacer un chiste.
◆
El café lo tomamos de pie, en la cocina, porque en esta familia el café se toma de pie.
Y ahí ya volvió al idioma normal.
—Bueno —dijo—. Pues haz lo que sea. Pero que sea tuyo.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocas. —Enjuagó la taza—. Yo me equivoqué en el noventa y nueve. Me fui de un pueblo donde tenía a toda la gente que me conocía y me vine a un piso a diez minutos del hospital con una niña de siete años. ¿Sabes cuánta gente vino a esta casa el primer año? Cuatro. Y una era tu abuela.
—¿Vino la abuela?
—Vino la abuela. —Dejó la taza en el escurridor—. Tres veces. Y las tres nos peleamos. Pero vino.
Se secó las manos.
—Quédate si es tuyo. Vete si es de ella. Eso es todo el testamento que importa. —Y me miró de arriba abajo con ojo profesional—. Y come algo, hija, que tienes cara de agosto.
◆
Volví a Calaluna a las cinco y veinte de la tarde.
Aparqué arriba, en la placeta. Dejé la maleta en el recibidor sin abrirla. Me lavé la cara, me cambié de camiseta y me hice una coleta que se me deshizo a los dos minutos, porque el pelo, para septiembre, ya estaba rizado del todo y no le hacía caso a nada.
Y bajé andando.
Bajé por la calle del Forn, con el chasquido de la cerradura de numeritos del siete a mi espalda, y por la calle del mar, y salí al paseo por delante del banco que mira a la carretera en vez de al agua.
A las cinco y media de un sábado de septiembre, en Calaluna, hay tres personas en la playa y la luz entra de lado.
Chelo estaba cerrando el horno. Me vio, levantó la mano y no dijo nada, que es lo que hace la gente de aquí cuando ya te ha visto suficientes veces.
Me quité las sandalias en el borde del cemento y seguí por la arena, que a esa hora ya no quema, hasta la punta del norte.
Anduve despacio. Tardé como diez minutos en hacer doscientos metros.
Desde ahí se ve toda la terraza de El Varadero: las mesas, las sillas, la barandilla, el hueco de la puerta de la cocina, la esquina de poniente con la caña abierta.
Y se ve, si uno se acerca, el trozo de pared de dentro donde está colgada la pizarra.