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24. El pueblo sin ella

El pueblo sin ella

De estos dos días yo no estaba.

Lo que viene ahora me lo contaron a plazos, y en desorden, y cada uno la parte que le tocaba: Nuria una tarde en la farmacia, el Comité entero y a gritos un domingo de octubre, Óscar por mensajes, mi madre en una cocina de hospital con dos cafés de máquina delante y Chelo, que en septiembre habla, en el horno, un martes, mientras metía la pala.

De todas las fuentes, la de Chelo es la mejor, porque Chelo no cuenta lo que pasó: cuenta lo que compró la gente.

Y lo que compró la gente aquellos dos días, según ella, fue esto: que el jueves diez, a las siete y cuarto de la mañana, Teo bajó a por pan como todos los días, y que compró una barra en vez de dos.

—Una —me dijo, con la pala en la mano—. Lleva doce años comprando dos.

—A lo mejor le sobraba de ayer.

—A ese hombre no le sobra pan.

Y que el viernes once compró dos otra vez, pero que se dejó el cambio en el mostrador y tuvo ella que salir a la puerta a llamarlo.

Eso es todo el parte de Chelo. Dos frases sobre el pan.

Yo, cuando me lo contó, en octubre, me reí. Y luego, en casa, me quedé pensando que en tres meses de auditar aquel negocio con hoja de cálculo, cronómetro y comanda digital, yo no había conseguido nunca un indicador tan bueno.

Lo he juntado yo. Puede que haya cosas cambiadas de sitio. Me lo creo entero igualmente.

Yo, esos dos días, estuve en Madrid haciendo cosas razonables.

El jueves comí con una amiga de la facultad y le conté el verano en versión corta, que dura once minutos y en la que no sale nadie llorando en un pasillo.

El viernes por la mañana firmé en la gestoría dos poderes de representación para la operación y por la tarde estuve en una tienda de la calle Fuencarral probándome ropa de otoño, que es lo que hace uno cuando no quiere estar en su casa.

Compré una chaqueta.

Es un dato que consigno porque el día once de septiembre yo, técnicamente, no sabía dónde iba a vivir en octubre, y me compré una chaqueta.

◆

El jueves diez de septiembre, El Varadero hizo treinta y ocho cubiertos.

Treinta y ocho. En agosto eso es una hora mala. En septiembre es un jueves.

Es un dato que yo tenía en la hoja desde junio, porque estaba en las libretas del año pasado y en las de todos los años, y aun así, cuando Óscar me lo mandó por mensaje aquella tarde, me quedé mirando el número.

Y con treinta y ocho cubiertos pasa una cosa: que sobran mesas.

No en el sentido de que haya sitio. En el sentido de que veinte mesas puestas para treinta y ocho personas son doce mesas vacías con el mantel de papel puesto, y a las cuatro de la tarde hay que recogerlas todas igual, y el ruido de recoger doce mesas vacías es distinto del ruido de recoger doce mesas usadas.

En septiembre, además, el mar está mejor que en todo el año.

Está plano, transparente, sin un plástico, con esa temperatura que en julio nadie tiene y a la que ya nadie viene.

Está para bañarse a las cinco de la tarde y no hay nadie bañándose.

Rosario lo graba todos los días para el TikTok y le va bien, según ella, «porque la gente de Madrid en septiembre se pone triste y le da al corazoncito».

Y de la caña de poniente, según el parte de Óscar, ya faltaban seis manojos y nadie los había repuesto.

Nuria bajó el jueves a media tarde con los niños, que empezaban el colegio el lunes y estaban en esa fase de septiembre en la que un niño se aburre de una manera casi profesional.

Se sentó en la barandilla con un café y estuvo hora y media. Y su parte del relato, que es el más corto de todos, es este:

—Estuvo majísimo. Muy majo. Me preguntó por los críos, le sacó a Nil un helado de esos que no vendemos, se rió con lo de la logopeda. Perfecto.

—¿Y?

—Y no me preguntó por ti. —Se encogió de hombros—. En hora y media. Y yo no la saqué, por no meter la pata, y me pasé el camino de vuelta pensando que a lo mejor la había metido por no meterla.

◆

Teo, aquellos dos días, cocinó de más.

Esto me lo contó Óscar, que trabajaba el viernes, y luego me lo confirmaron los otros por su cuenta y sin que yo preguntara.

El jueves hizo caldo para el doble. El viernes hizo dos arroces en un día que no era domingo. Sacó a la mesa de la barandilla una sepia que no había pedido nadie, sin decir «esto me ha sobrado» y sin decir nada, y volvió a la cocina.

Paco, que aquella semana estaba pesadísimo, dijo desde la mesa:

—Oye, chaval, ¿esto es la carta nueva o qué?

Y Teo contestó desde dentro:

—Esto es que había sepia.

◆

El viernes once, a las doce del mediodía, Paco contó lo del contrabandista.

Estaban los cuatro. Estaba también, según todas las versiones, la prima de Chelo, que ha desarrollado la costumbre de bajar los viernes.

—Esto fue el setenta y ocho —dijo Paco—. Aquí donde estáis vosotros, un tío de Denia al que le decían el Cabra…

Y contó lo de siempre. Con el tabaco. Con los cajones. Con Segura, el de la Guardia Civil, buena persona, que luego se casó con una de Pego.

Y añadió, aquel viernes, que Segura estaba enamorado de una hermana del Cabra.

—Por eso miraba para otro lado —dijo Paco—. Que eso lo sabíamos todos y nadie lo decía. Que aquello no era contrabando: aquello era una historia de amor.

Y ahí, después de veinte años, Matilde se dio la vuelta en la silla.

—Paco.

—Dime.

—En junio eran medias.

—¿Cómo?

—En junio le contaste a la niña que eran medias de señora, en cajas de fruta, y que era en agosto. En julio, en la cena, era tabaco y era febrero. Y hoy hay un carabinero enamorado.

Silencio en la mesa de la barandilla.

Paco se tomó su tiempo. Dobló el periódico local por la mitad, que es lo que hace cuando va a hablar en serio, y dijo:

—Será en tu versión.

Y no hubo más. Andreu dijo «el Cabra», Rosario dijo que qué bonito lo del carabinero, y la prima de Chelo preguntó si aquello lo habían hecho serie.

Matilde se acabó el café solo mirando el mar, y según ella misma me contó en octubre, tan a gusto, porque llevaba veinte años esperando el momento y el momento no había servido para absolutamente nada, que es lo que ella esperaba.

◆

Y aquel mismo viernes, a la hora del café, Matilde se levantó, cogió el rotulador azul —el que compré yo, según lo pactado el veintiuno de junio— y se puso delante de la pizarra.

Llevaba borrada desde el tres de septiembre.

Escribió la porra. La jornada entera, con sus columnas, sus fechas, su raya doble y sus saldos arrastrados, todo de memoria, porque Paco lleva el cuaderno pero Matilde lleva la cabeza.

Y arriba del todo, encima de la porra, donde antes estaban mis seis indicadores, escribió una línea:

Días que llevamos sin decirle al chico que la llame: 11

Andreu, que estaba sentado, se levantó a los diez minutos, cogió el rotulador, se puso las gafas, y escribió debajo:

12

—¿Doce? —dijo Matilde.

—Doce.

—¿Y tú desde cuándo cuentas?

—Desde el domingo aquel —dijo Andreu— que dejaron de llamarse por el apellido.

Y se sentó.

Nadie lo discutió. Ni Matilde. Nadie discute a Andreu porque Andreu habla una vez cada quince días y cuando habla ha estado quince días mirando.

Y hubo, según Rosario, un cuarto asunto aquella tarde, que fue el de si había que hacer algo.

Rosario era partidaria de hacer algo. Su propuesta consistía en que ella me escribía a mí «como quien no quiere la cosa» y me mandaba un vídeo del mar.

Paco era partidario de hablar con Teo directamente, «de hombre a hombre», expresión que Matilde le hizo repetir dos veces para asegurarse de que la había dicho.

Matilde era partidaria de no hacer absolutamente nada.

—A estos dos no hay que empujarlos —dijo—. Si los empujas, se paran. Yo he tenido cuarenta años a niños de once en un aula y esto es igual: cuanto más se les mira, más tardan.

—Pues llevan once días —dijo Rosario.

—Doce —dijo Andreu.

—Doce —dijo Matilde—. Pues doce. Escríbelo y déjalo ahí, que ya lo leerá alguien.

Y por eso está escrito en la pizarra y no me llegó a mí ningún vídeo del mar.

Teo, según Óscar, salió a media tarde, vio la pizarra, la leyó entera, se quedó un momento, dijo «hombre, la porra otra vez» y se metió dentro.

No borró nada.

◆

Lo de mi madre lo sé por ella, y me lo contó al día siguiente, y me lo contó mal, que es como cuenta ella las cosas importantes: metida en medio de otra cosa, mientras se sacaba una piedrecita del zapato.

El jueves diez, a las nueve y veinte de la noche, a mi madre le sonó el móvil en el vestuario del hospital.

Número de Calaluna. Fijo. El del chiringuito.

—Dígame.

—Elena. Soy Teo.

Mi madre me juró que estuvo dos segundos sin saber quién era, no porque no lo reconociera, sino porque en quince años ese hombre no la había llamado nunca por su cuenta. La llamó dos veces en mayo, las dos con motivo. Antes de eso, nada. Después, tampoco.

—Dime, hijo.

—Perdona la hora.

—No, si estoy saliendo.

Y luego, según ella, hubo una pausa larguísima, de esas que hace la gente cuando ha marcado un número sin tener preparada la frase.

—¿Está bien? —dijo él.

Mi madre no preguntó quién.

—Está decidiendo —dijo.

—Ya. —Otra pausa—. ¿Y está bien?

—Eso es lo que está decidiendo.

Y ya está. No hubo más. Él dijo que perdón por la hora otra vez, ella dijo que nada, él dijo buenas noches y colgó.

Mi madre me contó que se quedó de pie en el vestuario, con el móvil en la mano y la bata a medio quitar, mirando la pantalla apagada un rato largo.

Y que la sensación que tuvo —esto lo dijo así, con la piedrecita del zapato en la mano— fue la de quien mira una avería que lleva años dando la lata y que un día, sin que nadie la toque, se arregla sola.

Y luego dijo:

—Es que ese chico no llama a nadie, Gabi.

Y se puso el zapato.

Yo, cuando me lo contó, hice lo que hago siempre, que es sacar la cuenta.

Quince años sin llamarme a mí. Dos llamadas a mi madre en mayo, las dos con motivo, las dos para avisar de algo que estaba pasando.

Y esta, la del diez de septiembre a las nueve y veinte de la noche, desde el fijo del chiringuito, sin motivo ninguno, sin nada que comunicar, sin nada que pedir, con una pausa larga antes de la primera pregunta porque no tenía preparada la frase.

Y con la particularidad, que a mí me llevó todo octubre entender del todo, de que aquella llamada la hizo un jueves, cuando él no tenía la menor idea de si yo iba a volver, ni cuándo, ni con qué papeles debajo del brazo.

Él, aquella noche, todavía creía que yo estaba vendiendo el sitio.

◆

Lo de la libreta lo vio Óscar, y me lo contó por mensaje a la una y media de la madrugada del sábado, con dos faltas de ortografía y sin darle ninguna importancia, porque él no sabía lo que estaba contando.

El viernes cerraron a las once y media, que en septiembre es tarde. Óscar se fue a las doce menos cuarto, enchufó el leasing, subió la cuesta y a mitad de la cuesta se dio cuenta de que se había dejado el cargador en la regleta de detrás de la barra.

Volvió. Tardaría siete u ocho minutos entre bajar y volver a subir.

Cuando llegó, la puerta de servicio estaba abierta y dentro había luz, pero no la del pase ni la de la barra: la pequeña, la de encima del fregadero, que es la que se deja cuando se está acabando algo.

Y Teo estaba sentado en un taburete, en el lado de dentro de la barra.

Delante de él, encima del mármol, estaba la libreta azul.

Abierta.

No la estaba leyendo, según Óscar. No estaba escribiendo tampoco. La tenía abierta por una página y estaba con los codos en la barra y las manos juntas delante de la boca, mirándola, quieto, como se mira una cosa que uno ha decidido sacar de un cajón y todavía no sabe para qué.

—Perdona, jefe, el cargador.

—Ahí está.

Óscar cogió el cargador de la regleta, dijo hasta mañana y se fue.

Y desde la cuesta, según me contó, se veía todavía encendida la luz pequeña de encima del fregadero, y él pensó que era raro, y luego pensó en otra cosa, y luego llegó a Vilarreal.