23. Empleada G.
Empleada G.
Mi piso está en la calle Rafael Calvo, tercero, exterior, cincuenta y ocho metros cuadrados, y cuando abrí la puerta el domingo seis de septiembre a las siete y media de la tarde, después de tres meses cerrado, no olía a nada.
Eso fue lo primero. Que no olía a nada.
Está impecable, además. Vino la señora que viene cada quince días y lo dejó todo hecho, y estaba tal cual: el sofá gris con los dos cojines en su sitio, los tres libros de la mesa baja en orden decreciente de tamaño, la cocina abierta con la encimera vacía, el frutero vacío, la cafetera limpia.
Parecía un piso piloto. No un piso vacío: un piso piloto. De esos que se enseñan.
Abrí las ventanas y entró Madrid, que en septiembre a las siete y media suena a obra y a autobús y a un aire acondicionado de la finca de enfrente.
Y me quedé un rato de pie en mitad del salón con la maleta al lado y con la sensación exacta de estar visitando la casa de una conocida mía a la que aprecio mucho.
Esa noche hice tres cosas raras.
La primera: a las nueve me sorprendí calculando si íbamos a llegar a los ochenta cubiertos.
La segunda: bajé a comprar y volví con pan, huevos, tomate y una lata, y me di cuenta en la cocina de que me había puesto en la cola de la caja detrás de una señora mayor y le había dicho buenas tardes, y de que ella me había mirado como se mira a alguien que dice buenas tardes en un supermercado de Chamberí.
Y la tercera: dormí fatal. No por nada. Por el silencio de dentro y el ruido de fuera, que en Madrid van justo al revés que en Calaluna.
Aquí el ruido está en la calle y dentro de casa no hay nada; allí la calle se calla a la una y dentro se oye el frigorífico, la puerta de abajo, la persiana de Chelo a las dos, el mar cuando el aire viene de cara.
◆
El lunes fui a la oficina.
Y en la oficina fueron todos encantadores.
Yo me había imaginado esa vuelta con miradas raras y silencios. No hubo nada de eso. Nadie fue cruel, nadie fue frío, todo fue correcto.
Marta, de recepción, me dijo que estaba estupenda.
Alberto, del equipo, se levantó a darme dos besos y me dijo que qué bien y que ya tocaba.
Me preguntaron por «lo de tu abuela» tres personas, con la cabeza inclinada, la misma inclinación.
Y me pusieron al día del proyecto de la aseguradora, que se ha complicado, y del de retail, que se ha caído, y todo el mundo hizo la broma de siempre sobre el aire acondicionado de la planta once.
Nadie me preguntó nada más.
Y a las once y media, en la máquina del café, mientras un compañero muy amable me contaba con mucho detalle una cosa de un cliente que ya no es mi cliente, tuve una sensación que tardé todo el día en identificar.
La identifiqué por la noche, en el metro.
Era la misma sensación exacta que tuve el nueve de junio, sentada en la mesa cuatro de El Varadero, con un hombre con delantal poniéndome la mejor mesa y quitándome unas migas que no había.
Amabilidad de delantal. La misma. Con moqueta.
Lo cual es curioso, porque en Calaluna aquello significaba «tú y yo tenemos una cuenta pendiente», y aquí no significaba nada de eso.
Aquí significaba lo otro. Aquí significaba: te tratamos así porque ya no cuentas exactamente igual y ninguno de nosotros va a decírtelo.
◆
El martes ocho, a las diez de la mañana, había una formación en la sala Ávila.
«Bienestar y resiliencia en entornos de alta exigencia», cuatro horas, obligatoria para managers, impartida por una consultora externa que no es de las nuestras. Yo no tenía por qué ir. Fui porque estaba, porque me lo dijo Marta, y porque a los tres meses de ausencia uno hace ese tipo de cosas.
Éramos veintidós. Café, libretas corporativas, un rotulador cada uno.
La sesión iba bien. Estaba bien hecha, además: sin humo, con datos, con esa mezcla razonable de fisiología y organización que ya no me parece una tontería. A las once y cuarto pasamos a la parte de casos.
—Vamos a trabajar sobre un caso real de una empresa cliente del sector —dijo—. Está anonimizado, evidentemente. Es de hace unos meses.
Y puso la diapositiva.
CASO: EMPLEADA G. Manager sénior, 12+ años de antigüedad. Episodio agudo de ansiedad durante presentación a cliente. Interrumpe su intervención y delega en un compañero. Baja acordada al día siguiente. ¿Qué señales previas se pasaron por alto? Debatan en grupos de cuatro (15 min).
Hay tres cosas que quiero contar en orden.
La primera es que no me reconoció nadie. No podía. Éramos veintidós y allí no había nadie de aquella sala; era otro cliente, otro equipo, otra planta.
La segunda es que yo sí lo reconocí. Y no lo reconocí por la letra G, ni por el puesto, ni por lo del compañero, que le pasa a mucha gente.
Lo reconocí por tres detalles.
Uno: en la diapositiva siguiente, en el cronograma del caso, ponía «10:42». Yo me senté a las diez y cuarenta y dos. Eso lo sé porque el director de proyecto lo apuntó en el acta y yo he leído esa acta.
Dos: el sector del cliente. Ponía «distribución alimentaria». Somos cuatro empresas en Madrid trabajando para distribución alimentaria y aquello fue el nueve de abril.
Y tres, que es el que me dejó sin aire: en la lista de «señales previas registradas» había una entrada que decía, entre comillas, «llevo tres semanas durmiendo regular pero estoy operativa» .
Eso lo dije yo. Lo dije en el pasillo de la planta once, el veintiséis de marzo, a una compañera que me preguntó qué tal, con un café en la mano, de pasada, en cuatro segundos.
Y alguien lo anotó.
La tercera cosa es lo que hice.
◆
Lo que hice fue debatir en grupo.
Nos juntamos cuatro: dos de riesgos, uno de tecnología y yo. Y durante quince minutos analizamos el caso de la Empleada G.
El de tecnología dijo que le parecía muy fuerte que nadie hubiera visto nada. Una de riesgos dijo que en su equipo eso no pasaría porque hacen «check-ins quincenales». La otra dijo que a ella el año pasado le pasó algo parecido con una persona de su equipo y que lo llevó fatal.
Y yo aporté dos ideas.
La primera fue que las señales del caso están mal ordenadas, porque las tres primeras son de carga de trabajo y las dos últimas son de otra cosa, y que mezclarlas hace que el patrón parezca menos claro de lo que es. Eso lo dije bien y lo apuntaron.
La segunda fue esta, y la reproduzco entera porque me la sé:
—Yo creo que el error de base está en la última frase que registran.
Cuando alguien dice «estoy operativa», ahí ya no hay que preguntar por la carga.
Ahí lo que hay que preguntar es otra cosa.
Porque «operativa» es una palabra que uno solo usa cuando está midiéndose a sí mismo como se mide una máquina, y eso ya es el síntoma, no el dato.
Se hizo un silencio breve, de los buenos, y la de riesgos dijo «qué bueno eso» y lo escribió, y el de tecnología dijo que lo llevaba al pleno del comité.
Y yo me quedé con el rotulador en la mano, en una sala llamada Ávila, oyéndome desde fuera.
Porque yo esa palabra la he usado. La he usado con proveedores, con mi jefa, con la médica de empresa y con el techo de mi habitación a las cuatro de la mañana.
La usé el ocho de junio en un coche, en la comarcal, para explicarme a mí misma por qué no había ido a ver a mi abuela. La escribí en un mensaje.
Y hasta aquella mañana de septiembre, en la sala Ávila, con veintidós managers y una libreta corporativa, me hacía gracia.
Salí a las doce y diez, antes del café.
No hubo escándalo. No me indigné, no levanté la mano, no dije «ese caso soy yo».
No lo dije porque decirlo habría sido contarles a veintidós compañeros lo del nueve de abril con nombre y apellidos, y porque lo único que había allí que me pertenecía era una frase de cuatro segundos dicha en un pasillo, y reclamarla habría sido confesarla.
Estuve veinte minutos en el baño de la planta once. En el mismo. Es un dato tonto y lo consigno igual: es el único baño de esa planta.
Y luego bajé a la calle y me fui andando hasta Chamberí, que son cuarenta minutos, porque no quería meterme en el metro.
Madrid en septiembre a mediodía está muy bien. Eso también es verdad y me lo tengo que decir a mí misma de vez en cuando, porque tiendo a contar esta parte como si Madrid fuera un sitio hostil, y no lo es: es una ciudad estupenda en la que he sido bastante feliz.
Pasé por delante de la cafetería donde desayuno desde 2019 y el chico de la barra levantó la mano y me dijo «¡cuánto tiempo!», y yo le dije que había estado fuera, y él dijo «¿de vacaciones?», y yo dije que sí, porque explicar lo otro llevaba veinte minutos y él tenía cuatro cafés en marcha.
Y me pidió el de siempre sin que yo lo pidiera. Con leche de avena.
Me lo tomé de pie, en la barra, y estaba bueno.
Y estuve un rato pensando en que a ese chico, del que no sé el nombre, le llevo pidiendo lo mismo cuatro años, y en que en Calaluna hay una mujer que me sirve leche de vaca a propósito y que sabe cuántas maletas traje.
Las dos cosas son afecto. No son la misma cantidad.
◆
El martes por la noche se me rompió el termo eléctrico.
Cuento esto porque pasó y porque no significa nada.
A las nueve y media me metí en la ducha y salió agua fría. Bajé al cuadro, subí el diferencial, no era el diferencial. Miré el aparato, que está en un hueco encima de la lavadora y al que hay que subirse a la encimera para verlo, y tenía una luz naranja parpadeando y un charco pequeño debajo.
Llamé al seguro del hogar a las nueve y cuarenta y cinco. Me dijeron que sí, que urgencias de agua, que un técnico entre las ocho y las catorce del día siguiente, y me dieron un número de expediente de nueve dígitos que apunté en el móvil.
Me duché en frío, deprisa, en un piso de Chamberí, un martes de septiembre, a los treinta y cuatro años.
Y luego me senté en el sofá gris con los dos cojines y estuve veinte minutos mirando el charco desde lejos, calculando si eso lo pagaba el seguro, si había que cambiar el aparato entero o la resistencia, y cuánto cuesta un termo eléctrico de ochenta litros.
Ochenta litros. Para una persona.
Al día siguiente vino el técnico a las once y veinte, cambió una pieza, cobró la franquicia y se fue en dieciocho minutos.
No hay nada más. Fue un termo.
◆
Mi jefa me recibió el miércoles a las nueve.
Fue una reunión buena. Ella es una mujer decente, trabaja como una bestia y no me ha mentido nunca.
Me ofreció la vuelta con una mejora: salir de la unidad de la aseguradora, entrar en el equipo de reestructuración operativa, dos escalones de responsabilidad más y una subida que no voy a poner aquí porque la escribí en un Excel aquella misma noche y me pareció mucho dinero.
Es, objetivamente, lo que yo llevaba queriendo desde 2022.
—Me lo tengo que pensar —dije—. Necesito unos días.
Ella no puso ninguna cara.
—Los que quieras. —Cerró la carpeta—. De verdad, Gabriela, los que quieras. Pero te digo una cosa, y te la digo como amiga, que casi nunca lo hago: los sitios no esperan.
—Ya.
—Las personas a veces sí. Los sitios no.
◆
A Marc lo despaché por videollamada el miércoles a las cinco, veinte minutos, desde el salón del piso piloto.
Cerramos flecos de documentación. Su equipo tenía dos dudas sobre el epígrafe de la licencia y una sobre el contrato de Óscar, que resultó ser la única cosa de toda la operación que me hizo sentir algo mientras la contestaba.
Y al final, cuando ya nos íbamos a despedir, se echó hacia atrás en su silla y dijo:
—Te voy a decir una cosa que llevo dos meses queriendo decir y no viene a cuento.
—Dime.
—La cláusula de tu abuela es lo más inteligente que ha hecho un vendedor conmigo en veinte años.
—Ella no era vendedora.
—Por eso. —Se rió—. Mira: me ha tenido cuatro meses tasando una cosa que no se puede tasar. Cuatro. Y me ha subido el precio un quince por ciento sin negociar conmigo ni una sola vez, y sin estar viva.
—Marc.
—Ya paro. —Recogió sus papeles—. Solo digo esto: si firmas, yo pago encantado, y voy a cuidar ese sitio todo lo que se puede cuidar un sitio desde una empresa, que es bastante y no es todo. Y si no firmas, lo voy a entender mejor que tú.
Y colgó.
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Aquella noche, a la una y media, con el piso a oscuras y la ventana abierta, abrí el portátil y busqué las fotos de la cala.
Estaban en una carpeta que se llama dossier_entorno_JUL . Dieciocho archivos.
Las miré una por una, en pantalla grande, por primera vez desde el veinticuatro de julio.
En cuatro sale la punta del norte con El Varadero al fondo. Cuatro. En tres de esas cuatro está movida, y en la cuarta el chiringuito ocupa una franja de doscientos píxeles en la esquina de abajo y no se distingue si es un chiringuito o un cobertizo.
Las otras catorce son de él.
No posando. Ninguna posando. De espaldas, casi todas: bajando a la orilla, mirando el agua, agachado cogiendo una piedra. Dos de perfil. Una en la que sale medio cuerpo y media roca porque disparé sin mirar.
Están mal encuadradas todas. Están mal expuestas todas. No sirven absolutamente para nada.
Yo bajé a aquella cala el veinticuatro de julio a hacer el material gráfico del dossier de venta de un activo, con la excusa profesional más fina de mi carrera, y volví con cuatro fotos inservibles del activo y catorce de un hombre de espaldas.
Cerré el portátil.