22. Temporada baja
Temporada baja
Calaluna se vacía en cuatro días y no avisa.
El uno de septiembre había ciento cuarenta y un cubiertos.
El dos, noventa y seis. El tres, setenta y ocho.
El viernes cuatro subimos a ciento diez porque quedaba gente de puente y porque hizo un día espléndido, y el sábado cinco cerramos con ciento veintitrés y con la sensación clarísima de que aquello era el último coletazo de algo.
El lunes siguiente, según los papeles del año pasado, tocaban cuarenta.
Se nota en la playa antes que en la caja.
El miércoles dos, a las cinco de la tarde, había ocho sombrillas en cien metros de arena y la mitad eran de gente del pueblo.
Se nota en el aparcamiento de arriba, que de pronto tiene sitio.
Se nota en el horno de Chelo, donde a las once de la mañana ya se puede hablar, y Chelo, que en agosto no habla, en septiembre te cuenta todo lo que se ha callado en agosto, que es mucho y está muy bien ordenado.
Y se nota, sobre todo, en la luz.
La luz de septiembre en esta costa entra de lado.
En julio caía de arriba y aplastaba las cosas contra el suelo; ahora viene tumbada desde la izquierda y le saca sombra a todo: a las tablas de la plataforma, a las sillas, a las caras.
El mar está mejor que en agosto. Está más limpio, más azul y más tranquilo, y no lo mira nadie, porque los que lo miraban se han ido y los que nos hemos quedado estamos trabajando.
Y hay una cosa más, que a mí me pilló desprevenida y que nadie me había avisado.
El ruido.
En agosto, en la calle del Forn, se oye a todas horas: maletas, la cerradura de numeritos, gente hablando en cuatro idiomas debajo de tu ventana a las dos de la mañana, la moto del reparto, el aire acondicionado del piso de enfrente. Yo llevaba tres meses quejándome de eso.
El jueves tres de septiembre me desperté a las cuatro de la mañana porque no se oía nada.
Nada de nada. Ni una maleta, ni un coche, ni una voz. Solo el frigorífico de la cocina, que es antiguo, y muy de lejos el mar, que a esa hora estaba bajo.
Estuve despierta hasta las cinco.
Al día siguiente se lo comenté a Rosario, en la puerta del horno, y me dijo que a ella le pasa todos los años la primera semana de septiembre y que se le quita en cuatro días.
—Es que uno se acostumbra al ruido, hija —dijo—. Y luego lo echa de menos, que ya me dirás.
◆
Nosotros, mientras tanto, funcionábamos perfectamente.
Eso es lo peor que puedo decir de aquellos días.
La coreografía no se rompió ni una vez. En la lancha seguíamos girando con la cadera, apartándonos sin mirar, calculando por el ruido de los pasos hacia dónde iba el otro.
La comanda salía. El pescado se pedía. Los turnos se cerraban.
El martes tuvo que cambiar una bombona en pleno servicio y yo le pasé la llave inglesa antes de que la pidiera, porque llevo tres meses viendo cómo se cambia esa bombona.
Lo que se murió fue el idioma.
Desaparecieron los apellidos. Del todo. Ni una vez, ni de broma, ni de paso.
Volvió «Gabriela», que es como me llama mi madre cuando está preocupada y como me llamaba mi jefa en los correos.
Y volvió «como veas», que es una expresión que él no había usado conmigo en todo el verano y que en cuatro días dijo siete veces.
La conté. «¿Pongo la sardina fuera?» «Como veas.
» «¿Cerramos la cocina a las once?» «Como veas. »
«Como veas» es una manera educadísima de decirle a alguien que ya no es asunto tuyo.
Y en la lancha, con la coreografía intacta, dejamos de rozarnos. Eso no se puede explicar bien y quien haya trabajado en un sitio pequeño lo entenderá: se puede pasar por un hueco de sesenta y cinco centímetros sin tocar a la otra persona. Se puede. Cuesta más. Hay que ir mirando.
Fuimos mirando cuatro días.
Y aquello, que no fue una bronca, ni un portazo, ni un grito, dolió bastante más que la noche del veintiocho.
◆
Lo de Marc lo hice el lunes treinta y uno a las ocho y media de la mañana, desde el balcón de casa, antes de bajar.
Cuatro líneas. Que agradecíamos la oferta revisada, que empezábamos a preparar la documentación de la operación y que confirmaríamos posición dentro del plazo de vigencia.
«Confirmaríamos posición». En plural. Un plural que a esas alturas era una figura retórica.
Marc contestó a los once minutos, porque contesta siempre a los once minutos: que perfecto, que su equipo se ponía en contacto con la gestoría, y una última línea que releí tres veces.
Por si sirve: no hace falta que lo tengáis decidido para preparar el papeleo. Pero conviene tenerlo decidido antes de firmarlo.
El martes, la gente de Mar Ponent le pidió a Ferrandis catorce documentos.
El miércoles, Ferrandis me pidió a mí seis.
Y a partir de ahí la operación empezó a andar sola, que es lo que hacen las operaciones: no las mueve nadie, se mueven ellas, y a los cuatro días te encuentras contestando correos a las siete de la mañana sobre una cosa que no has decidido.
Teo no preguntó ni una vez por el asunto. Ni una.
Yo tampoco se lo conté.
◆
El jueves tres, cuando llegué a las nueve y veinte, la pizarra estaba borrada.
Los seis indicadores, borrados. El KPI de Matilde, borrado. Lo de la cuota de apuestas, borrado. Y en la parte de abajo, en la zona azul, donde llevaba desde el veintiuno de junio una porra con columnas, fechas, raya doble y saldos arrastrados, no había nada.
Nadie la había puesto.
Yo pregunté, además. Le pregunté a Paco aquella misma mañana, como quien no quiere la cosa, si es que la liga se había parado.
—No, no. La liga está.
—¿Y entonces?
—Es que en septiembre ya no —dijo Paco—. Es que el año pasado tampoco.
Y volvió a su periódico.
Yo llevaba tres meses quejándome de aquella pizarra. Es mi pizarra, la compré yo en un chino de Vilarreal por ocho euros con noventa, y he escrito en ella seis indicadores que a esas alturas ya sabía de memoria.
Una pizarra vacía en un bar es un parte de guerra.
◆
El sábado cinco fue el último día completo de Óscar.
No se iba: su contrato acaba el treinta de septiembre y eso sigue en pie. Lo que se acababa era la temporada, y con la temporada, la jornada. Del lunes en adelante, viernes, sábado y domingo. Tres días. Sesenta por ciento menos de horas y el mismo alquiler compartido en Vilarreal.
Lo llevó bien. Lo llevó incluso demasiado bien.
—Es lo normal —dijo—. El año pasado fue el veintiocho de agosto, o sea que este es mejor.
Aquella tarde le pedí que me ayudara a cerrar el inventario del almacén, que no hacía ninguna falta, y estuvimos hora y media contando cajas de refrescos.
Fue idea mía y fue una excusa. Yo quería tenerlo ahí una hora más y no sabía decirlo de otra manera.
Contando cajas me contó su plan. Tiene un plan, además, bastante mejor que el mío: acabar el ciclo en junio, hacer las prácticas en un hotel grande de la costa —«en un cuatro estrellas se aprende de gestión lo que no se aprende en tres años»—, y después ya se verá, pero él lo que quiere es una barra.
No un restaurante: una barra. Un sitio pequeño, con quince taburetes, «donde la gente venga a estar, no a comer».
—Eso no gana dinero, Óscar.
—Ya. —Apuntó una caja—. Pero mira el jefe.
—El jefe no gana dinero.
—El jefe está en su sitio todos los días —dijo—. Que a mí eso me flipa. Me parece un pastón.
Lo apunté en la cabeza y no dije nada, porque llevaba tres días con un correo de mi jefa sin contestar.
A las cinco y media, cuando ya estaba todo recogido, Teo salió de la cocina con una caja de fruta llena.
Dentro había cuatro táperes de arroz, dos de sepia, un trozo de coca, medio queso, una bolsa de pan de ayer y cuatro botellas de cerveza.
—Excedente —dijo.
—Jefe, eso no es excedente.
—Es excedente. Cógelo, que si no lo tiro y me da rabia.
Óscar cogió la caja. La ató a la parte de atrás del leasing con dos pulpos que sacó de la mochila, con una destreza que dice mucho de cuántas veces ha atado cajas a ese patinete.
Y luego pasó lo del abrazo, que fue horroroso.
Porque Óscar se acercó a darme dos besos, y yo hice el gesto de abrazarlo, y él ya estaba haciendo el de los besos, y nos quedamos en una cosa intermedia con una mano en el hombro cada uno; y entonces Teo se acercó a darle la mano y Óscar le tendió los brazos, y acabaron dándose un abrazo de esos de dos palmadas fuertes en la espalda, muy corto, con los dos mirando al suelo después.
—Bueno —dijo Óscar.
—El viernes —dijo Teo.
—El viernes.
Y se fue con la caja atada detrás.
◆
Los del Comité, mientras tanto, hicieron lo que pudieron.
Y lo que pudieron fue bastante malo.
El jueves, Matilde me llamó a su mesa para preguntarme una cosa de un impreso del banco que no necesitaba preguntar, y cuando yo estaba explicándoselo llamó a Teo para que trajera un vaso de agua que no había pedido, y luego se levantó a hablar con Chelo dejándonos a los dos de pie delante de su silla vacía.
Nos quedamos ahí tres segundos. Teo dijo «voy dentro». Yo dije «vale».
El viernes, Rosario me enseñó cuatro vídeos de TikTok, dos de ellos de perros, y en el cuarto, sin ninguna transición, dijo que Luna siempre decía que las cosas del corazón hay que hablarlas antes de octubre. Andreu, desde la otra punta de la mesa, dijo:
—Eso no lo decía.
—Que sí.
—Que no lo decía, Rosario.
Y Paco, para arreglarlo, empezó a explicar cómo se arregla la tabla de la mesa ocho.
◆
La noche del sábado, a las doce y veinte, subí a la cocina a por mi chaqueta de punto, que llevaba desde el doce de julio colgada de la balda de arriba de la cámara y que en septiembre ya hacía falta.
Y desde la puerta le vi.
Estaba de espaldas, delante del estante de encima de las cajas de sal. Tenía la libreta azul en la mano.
No la estaba leyendo. La tenía cerrada, con la goma puesta, y la sujetaba con las dos manos, como se sujeta una cosa que se va a guardar.
Y la guardó.
No la dejó en el estante. Se agachó, abrió el cajón de abajo del todo del mueble de acero, el de los papeles viejos y los cables y el cargador de la báscula, y la metió al fondo, debajo de una carpeta, y cerró el cajón con la rodilla porque tenía las manos ocupadas.
Yo me fui sin coger la chaqueta.
Bajé los cuatro escalones del pase, crucé la barra y salí a la terraza, y me quedé de pie en el borde de la madera, donde acaba y empieza la arena, un rato.
Porque yo sabía perfectamente lo que acababa de ver. No hacía falta ser muy lista.
Un hombre guardando una libreta en el cajón de abajo del todo, debajo de una carpeta, en un mueble de acero de una cocina de un negocio que está en venta. Eso no es ordenar. Eso es recoger.
Y al pasar por la barra vi la otra cosa: que el folio de la pinza, el del arroz meloso, el que llevaba desde el veintiuno de julio colgado en la pared bajo el epígrafe «fuera de carta», ya no estaba.
La pinza sí. La pinza seguía clavada en la pared, cerrada, sin nada dentro.
No pregunté por ninguna de las dos cosas.
◆
El domingo seis hice la maleta.
La misma maleta con la que llegué el ocho de junio, que dio para tres semanas y que ha dado para tres meses porque compré ropa en Vilarreal dos veces.
Metí el portátil. Metí la carpeta de Mar Ponent y la de Ferrandis. Metí, en el último momento, la carpeta azul de cartón con la licencia de actividad, por si acaso, aunque ya está escaneada.
El cuaderno de tapas de hule lo dejé en la mesa camilla. Estuve un rato con él en la mano, calculando si me hacía falta.
No me hacía falta. Todo lo que hay ahí dentro que sirve para algo está pasado a limpio en una hoja de cálculo desde julio.
Lo dejé.
Bajé a las once a decirlo.
Teo estaba detrás de la barra revisando el pedido de la semana, que en septiembre cabe en media hoja.
—Me voy a Madrid unos días —dije—. A resolver los flecos. Tengo que pasar por la oficina y tengo que cerrar lo de la documentación con Ferrandis, que hay cosas que se firman allí.
—Vale.
—Estaré fuera esta semana. A lo mejor algo más.
Teo pasó una hoja del pedido, sin levantar la vista del pedido, y dijo:
—Como veas.
Estuve tres segundos esperando.
No sé exactamente qué esperaba, pero hay una palabra, una sola, que él podía haber dicho y que yo podía haber dicho, y que se puede decir de doce maneras distintas y todas sirven, y ninguno de los dos la dijo.
Se quedó ahí, encima del mostrador, sin usar, entre el pedido de la semana y la caja.
Cogí las llaves. Salí por la puerta de servicio, que es la que da al paseo, y antes de cerrar apagué la luz del pase, que era la única encendida, porque él estaba fuera con el pedido y esa luz la apago yo desde julio.