21. La discusión
La discusión
Se lo dije a las nueve y media de la mañana, en la lancha, mientras deshuesaba.
—Ha llegado la oferta revisada. Un millón trescientos veintidós mil quinientos por el cien por cien. Un quince por ciento más que la anterior. Y añaden compromiso escrito de mantener la plantilla doce meses desde la firma, con las condiciones actuales o mejores.
—Vale.
—Tu cuarenta por ciento son quinientos veintinueve mil euros.
Eso también se lo dije. Lo dije como se dice un dato, con la voz plana, y no fue un gesto generoso: fue lo contrario.
Lo dije porque llevaba seis semanas haciendo esa división en la cabeza sin decírsela a nadie y porque, aquella mañana, después de la noche anterior, me pareció que decírsela era una manera de ganar algo.
Teo siguió deshuesando.
—Vale.
—Y mi propuesta es empezar a avanzar en paralelo la documentación de la operación.
No es firmar nada. Es preparar el expediente: cuentas cerradas a treinta y uno de agosto, contratos, licencias, inventario valorado.
Si en septiembre decidimos que no, no hemos perdido nada.
Si decidimos que sí, ganamos tres semanas.
Y ahí me oí.
Me oí a mí misma decir «avanzar en paralelo» y «no hemos perdido nada» y «expediente», con esa cadencia, en una cocina de dos metros y medio por cuatro, a las nueve y media de la mañana, a un hombre con un cuchillo en la mano.
—Vale —dijo.
—¿Vale sí, o vale ya te he oído?
—Vale ya te he oído.
Y aquel fue el último intercambio del día.
◆
Trabajamos doce horas.
Fue un viernes bueno: doscientos treinta y uno. Salió todo, salió a tiempo, no se rompió nada. Óscar estuvo espléndido y no se enteró de nada, o eso creo, aunque a las cinco de la tarde me preguntó si me encontraba bien y le dije que sí.
Hay una manera de trabajar con alguien que consiste en no dirigirle la palabra sin que se note. Se puede. Se hace con Óscar de intermediario involuntario, con la comanda, con la campana, diciendo «marchando» al aire, dando las gracias a nadie.
A las dos y veinte, en el pase, coincidimos en una bandeja. La misma clase de bandeja, el mismo pase, el mismo sitio exacto.
Él la soltó inmediatamente.
Fue un movimiento limpio, de medio segundo, de esos que hace un profesional para que el otro pueda seguir trabajando, y no significa nada, y yo lo estuve pensando el resto de la tarde.
A las doce y media cerró la cocina. A la una menos cuarto se fue la última mesa. A la una y diez, Óscar se despidió, enchufó el leasing, dijo «hasta mañana» y se fue.
Y entonces me quedé de pie en la barra, con la carpeta.
◆
—Necesito que me firmes la autorización para pedirle a Ferrandis las cuentas cerradas —dije.
Teo estaba fregando la plancha. No se volvió.
—Mañana.
—Es una firma. Son cuarenta segundos.
—Mañana, Gabriela.
—Es que mañana es sábado y Ferrandis no—
Y ahí dejó el estropajo.
Lo dejó en el fregadero, se secó las manos, salió a la barra, y por primera vez en dieciséis días me miró de frente y de cerca.
—¿Tú te has oído esta mañana? —dijo.
—Me he oído perfectamente.
—Porque yo llevo todo el día dándole vueltas y no sé si lo peor es lo que has dicho o cómo lo has dicho.
—He dicho un dato y una propuesta de trabajo.
—Has dicho quinientos veintinueve mil euros. —No levantó la voz. No la levantó en toda la noche—. A las nueve y media de la mañana, mientras yo deshuesaba, me has dicho lo que valgo si me quito de en medio.
—No he dicho eso.
—Es lo que has dicho.
—He dicho lo que te corresponde. Que es información que tienes derecho a tener y que llevabas sin tener desde el dieciséis de julio, porque yo no te la di, porque hice la cuenta el mismo día y me la callé.
—Ah, bueno —dijo—. Entonces esto es una confesión.
—Esto es una comunicación entre socios.
—Todo es una comunicación entre socios contigo, Gabi. Todo. Hasta la piedra de la cala.
◆
Y ahí se abrió.
—No metas eso —dije.
—¿Por qué no?
—Porque acordamos que no cambiaba nada. Los dos. El mismo día, en el mismo sitio, con las mismas palabras.
—Ya. —Se apoyó en la barra, con las dos manos, mirando el mármol—. Es que ese es exactamente el problema, ¿sabes? Que a ti eso te sirvió.
—A los dos.
—A mí no me sirvió una mierda.
Fue la única vez en todo el verano que le oí decir un taco. Lo dijo bajo, casi sin fuerza, mirando el mármol de la barra.
—Yo estuve tres días esperando a que dijeras algo —dijo—. Tres. Y no dijiste nada. Y luego lo del sofá, y lo de las cajas, y lo de la silla. Y tampoco. Y ya está: ya sé cómo va esto. Ya lo sé, porque ya me pasó.
—Teo.
—Te fuiste sin despedirte de mí.
Silencio.
—De todos te despediste —dijo—. De todos. De tu abuela, de Chelo, de la prima de Chelo, de la mitad del pueblo, y a mí me lo contaron el jueves en la pescadería. Me lo contó la madre de Nuria. «Que se ha ido ya la nieta de Luna».
—Yo—
—Quince años, Gabi. Y este verano vuelves, y te sientas en mi cocina, y me haces una cena con mi libreta, y me pones la mano en la espalda cuando lloras en el suelo de tu casa, y luego me dices que ha llegado la oferta revisada y que valgo quinientos veintinueve mil euros.
◆
Y entonces se lo conté.
Se lo conté fatal, de pie, con la carpeta todavía debajo del brazo, y en desorden, empezando por donde no era.
Le conté que aquella semana mi madre y yo tuvimos la peor discusión de nuestra vida, en la cocina de Vilarreal, y que fue por una tontería, por el colegio mayor, y que acabó siendo por mi padre y por mi abuela y por los veranos y por quién había decidido qué cosa en 1999 sin preguntarme.
Le conté que yo me iba el día uno de septiembre y que compré el billete para el veintiséis de agosto en la agencia de Vilarreal, sola, con dinero de mis clases particulares, sin decírselo a nadie, en un momento de rabia, con dieciocho años recién cumplidos.
Le conté que en aquella semana estuve en su casa dos veces y no se lo dije.
—Ya lo sé —dijo él—. Estuviste el martes.
—Estuve el martes.
—Estuviste hasta las nueve. Y te comiste medio melón. Y hablamos de la selectividad y de un disco.
—Me acuerdo del disco.
—Y no me lo dijiste.
—No.
Y aquí es donde tuve que decir la parte que llevaba quince años sin decirle a nadie, ni a Nuria, y que no sale bien dicha en voz alta porque no está hecha de palabras:
—Es que si te lo decía, no me iba.
Teo no se movió.
—No es una manera de hablar —dije—. Es exactamente lo que pasaba.
Si yo bajaba a tu casa el sábado y te decía «me voy el miércoles» y tú me decías cualquier cosa, cualquiera, yo no cojo ese autobús.
Y llevaba desde los quince años sabiendo que en este pueblo yo me iba a quedar.
Lo sabía como se saben esas cosas. Y no quería quedarme por eso.
No quería que el motivo fueras tú, porque entonces, cuando la cosa saliera mal, y las cosas salen mal, el culpable ibas a ser tú y yo iba a ser una tía de cuarenta años que no se fue.
—O sea que huiste de mí.
—No huí de ti. —Y esto sí lo dije bien, porque es lo único que tenía claro—. Huí de la única persona que podía retenerme. Que es distinto y es peor.
◆
Se hizo un silencio muy largo.
Y en ese silencio, que duró lo que duró, a mí se me fue montando por dentro todo lo demás, todo lo que llevaba guardado desde julio, y salió como sale eso: mal, en desorden y por la mitad equivocada.
—Y tú también tenías mi número —dije.
—¿Qué?
—Lo del pedido de bebidas. —Me oí y no me gusté—. Lo de las dos y catorce de la mañana. Que me escribes a las dos y catorce para decirme que mañana toca el pedido de bebidas. O sea que sí sabes escribirme.
—Gabi—
—Espera. Que esto lo llevo… —Y ahí se me rompió la frase por la mitad, y tuve que empezar otra vez—. Cuando lo de mi abuela. La semana. La última.
—Sí.
—Llamaste a mi madre.
Teo no dijo nada.
—Dos veces. El lunes y el miércoles por la noche, para decirle que subiera si podía.
Y por eso llegó a tiempo. —Tenía la voz rara, no me salía la voz—.
Y a mí no. A mí no me llamaste ni una vez, ni el lunes, ni el miércoles, ni el jueves.
Y no me digas que no tenías el número porque lo tienes, y no me digas que no era asunto tuyo porque le llamaste a ella.
—No sabía si querrías—
—No. No, no, eso no. Eso es lo que se dice después.
—Estaba mirando la pizarra, la de la porra, sin verla—.
Tú no querías avisarme, Teo. Tú querías tener razón.
Y llevas todo el verano cobrándotela, y lo haces muy bien, lo haces sin decir una sola palabra, bajando la vista cuando Paco cuenta lo bueno que eres, y yo llevo tres meses aquí sintiéndome como una…
Y ahí se me acabó.
No hubo remate. Me quedé con la boca abierta, en medio de una frase, con la carpeta debajo del brazo, y no se me ocurrió cómo terminarla y no la terminé.
◆
Teo tardó bastante en hablar.
Cuando lo hizo, no lo hizo con la voz de tener razón. Eso quiero dejarlo escrito, porque durante muchos días yo me conté esta escena de otra manera, y no fue así.
—Es verdad —dijo—. Lo de las llamadas es verdad.
—Ya lo sé que es verdad.
—No lo había pensado nunca.
—Ya.
—Te lo digo en serio, Gabi. Nunca. Y llevo… —Se pasó la mano por la boca—. Llevo desde las nueve y media de la mañana pensando en lo tuyo, y ahora me sueltas esto, y es verdad. Llamé a tu madre. Dos veces. Y a ti no. Y me habría costado lo mismo.
Cogió aire.
—Yo creo que no te llamé porque llevaba quince años esperando que me llamaras tú.
Y luego dijo la otra cosa. La dijo despacio, sin subir la voz, mirando la barra, y no como quien acusa: como quien acaba de oír algo suyo y necesita decir lo que ha visto.
—Tú no vuelves a Calaluna —dijo—. Tú vienes de visita a tu propia vida.
◆
Yo tengo un mecanismo para cuando ya no puedo con algo, y es antiguo, y es muy eficaz, y esa noche funcionó como funciona siempre.
Enderecé la espalda.
—Vale —dije—. Entonces mañana le digo a Marc que avanzamos con la documentación.
Teo levantó la cabeza.
Y no dijo nada.
Ni «no», ni «espera», ni «Gabi», ni «Santos». Nada. Se quedó mirándome tres o cuatro segundos y luego bajó la vista a la barra y se puso a colocar los vasos limpios que ya estaban colocados.
Cogí la carpeta y el bolso y salí por el paseo.
No lloré.
Subí por la calle del mar contando persianas, que es lo que hago. Once bajadas hasta el desvío, once, las mismas de siempre. Entré en casa, dejé la carpeta encima de la mesa camilla, al lado del cuaderno de tapas de hule, y me senté en el borde de la cama de noventa con los zapatos puestos.
Y estuve un rato haciendo una cosa que me da bastante vergüenza y que voy a poner igual: reconstruyendo la discusión para ver dónde la había perdido.
Turno por turno. Como se revisa una reunión que ha ido mal.
La perdí en «tu cuarenta por ciento son quinientos veintinueve mil euros», dicho a las nueve y media de la mañana, en una cocina, a un hombre con un cuchillo en la mano. Todo lo demás vino de ahí.
Eso lo tenía claro a las tres de la mañana del veintinueve de agosto.
Lo que no se me ocurrió, ni aquella noche ni en los doce días siguientes, fue bajar a decírselo.
◆
El uno de septiembre a las cero horas venció la restricción del testamento.
A partir de esa fecha, según la escritura, la transmisión de las participaciones y del inmueble era libre. Ochenta y un días. Los conté una vez, en junio, en un coche caliente en el aparcamiento de una notaría de Vilarreal, y me parecieron una condena.
Bernat me mandó un correo de dos líneas a las nueve y cuarto para confirmarlo, con el asunto «Vencimiento disposición testamentaria» y sin ninguna otra palabra, porque él solo da fe.
Aquel día hicimos ciento cuarenta y un cubiertos. Vino Antonio con el hielo, que era martes. Óscar sacó ocho terrazas él solo. La caña de poniente perdió otro manojo con el aire de la tarde y se quedó en la arena hasta que alguien lo recogió.
Y nadie dijo nada, y no hubo ninguna conversación, y no brindó nadie.