20. Máquina de dudar
Máquina de dudar
La última semana de agosto es una cosa muy rara.
Por fuera no ha cambiado nada: el pueblo sigue lleno, la terraza sigue llena, los números siguen siendo buenos.
Pero empieza a vaciarse por los bordes. El jueves veinte ya no había cola en el horno de Chelo a las doce.
El domingo veintitrés hicimos ciento noventa cubiertos, que en julio habría sido un récord y en agosto es una bajada del veintiocho por ciento.
Los franceses se fueron el fin de semana.
La calle del Forn amaneció el lunes con dos maletas menos por la mañana y ninguna por la noche.
Y en la playa, a las siete de la tarde, la gente ya se pone la toalla en la primera fila.
Esa semana, además, se me juntó todo.
◆
Lunes veinticuatro. Correo de mi jefa. Asunto: «Planificación Q4». Cuatro líneas amables preguntándome si podía indicar «fechas aproximadas de reincorporación» para poder «encajar el arranque de los proyectos de octubre». Firmado con su nombre de pila, sin más.
Lo contesté el jueves. Tardé tres días en contestar cuatro líneas.
Y lo que contesté, después de tres días, fue esto: «Hola. Estoy cerrando el asunto familiar, que ha resultado más largo de lo previsto. Te confirmo fechas la primera semana de septiembre.»
Cuarenta minutos me llevó escribir eso. Cuarenta minutos y siete versiones. La quinta versión decía «no sé si voy a volver» y la borré entera sin releerla, como se tira una cosa que quema.
Martes veinticinco. Bernat.
Me llamó él, cosa que no había hecho nunca, a las ocho y cuarto de la tarde, cuando en un despacho de Vilarreal ya no queda nadie.
—Señora Santos. Bernat. Perdone la hora.
—No se preocupe.
—Es una llamada de trámite y prefiero hacerla yo antes de que se la haga un aviso automático de mi gestor documental, que las hace fatal.
—Se le oía pasar papeles—. El uno de septiembre vence la disposición testamentaria de su abuela.
A partir de esa fecha, la transmisión de las participaciones y del inmueble es libre.
No hay que hacer nada, no hay que firmar nada y no hay que comunicar nada a nadie. Vence y ya está.
—Vale.
—Solo se lo digo para que la fecha no le pille de sorpresa, porque a la gente estas fechas le pillan de sorpresa siempre, y luego hay prisas.
Anoté la fecha en la libreta y no dije nada.
Silencio de dos segundos.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dije.
—Depende.
—¿Usted qué me recomienda?
Y ahí, Bernat, que lleva cuarenta años en esto, se tomó su tiempo.
—Yo doy fe —dijo—. Eso significa que estoy delante y certifico que lo que ustedes deciden es lo que ustedes deciden. No es una manera de escaquearme: es lo que soy. Si yo empiezo a recomendar, esto se convierte en otro oficio y bastante peor.
—Ya.
—Pero le voy a decir un dato, que un dato no es un consejo.
—Dejó de pasar papeles—. En cuarenta años he levantado un número considerable de compraventas de negocios familiares.
Muchísimas. Y la parte vendedora, en el momento de firmar, se comporta siempre de una de estas dos maneras: o está tranquila y habla del futuro, o está tranquila y habla del pasado.
—¿Y eso qué diferencia hace?
—Ninguna para la escritura. —Carraspeó—. Buenas tardes, señora Santos. Y coma usted algo, que su madre me dijo el otro día en el súper que está muy delgada.
Y colgó.
Estuve un rato mirando el móvil. En este pueblo no se puede ni tener una conversación con un notario sin que aparezca mi madre.
Miércoles veintiséis. Óscar, en la barra, a las cinco de la tarde, con el móvil en la mano y la aplicación del banco abierta.
—Treinta y cuatro días —dijo.
—¿De qué?
—De contrato. —Bloqueó el móvil—. Y luego octubre, noviembre, diciembre, que son tres meses sin nada. Enero ya empiezan las prácticas del ciclo.
—¿Y qué haces en octubre?
—Buscar. —Se encogió de hombros—. El año pasado estuve en un almacén en Elche. Está bien pagado, pero está a cincuenta kilómetros y no tengo coche.
Y se fue a poner los saleros.
Treinta y cuatro días. Yo tenía en el móvil, en una carpeta, un dossier de veintidós páginas con una cláusula que garantizaba la continuidad de la actividad durante dos temporadas, y no le podía decir absolutamente nada a un chico de veintidós años que hace ciento noventa cubiertos él solo un domingo.
◆
Y luego está lo mío, que fue peor y que empezó el jueves veinte a las tres de la mañana.
Yo llevo desde abril sin trabajar de verdad.
Lo que he hecho este verano no cuenta: esto es un chiringuito, y aunque he puesto en pie un sistema de costes decente y he sacado un rappel y he ordenado doce años de papeles, esto no es mi trabajo.
Mi trabajo es otra cosa. Mi trabajo consiste en coger un lío enorme, meterlo en una estructura y devolverlo convertido en tres opciones con sus consecuencias.
Y aquella noche, sin decidirlo, abrí el portátil y lo hice.
Se llamaba, en el nombre del archivo, VAC_escenarios_v1.xlsx . Tenía cuatro pestañas.
Escenario A — Venta a Mar Ponent. Con su cifra, su reparto, su fiscalidad estimada, su calendario. Con una casilla que ponía «reinversión socio 40%» y que yo dejé en blanco tres noches seguidas.
Escenario B — Venta a tercero. Con dos compradores hipotéticos, un descuento por falta de tensión competitiva y una nota al pie sobre el riesgo de que Mar Ponent retire la oferta si abrimos proceso.
Escenario C — No venta, continuidad con gestión profesionalizada.
Con una necesidad de inversión de sesenta y cuatro mil euros a tres años (plataforma, techumbre, cámara, un segundo cocinero), un escenario de caja que aguantaba justo y una fila que ponía «dependencia crítica: 1 persona» que yo llevo escribiendo desde el nueve de junio.
Escenario D. La cuarta pestaña estaba vacía y se llamaba «D». Nunca escribí nada dentro. La creé la primera noche y ahí sigue.
De la pestaña C tengo que decir una cosa.
La pestaña C es la de no vender, y es la única de las tres que yo, en mi vida profesional, no habría defendido jamás delante de un cliente.
Los números no la sostienen. Sale un negocio que aguanta si todo va razonablemente bien, que no admite un año malo, que depende de una persona que no se puede sustituir y que necesita meterle sesenta y cuatro mil euros que no tiene.
En una sala de reuniones, esa pestaña se llama «escenario de continuidad» y se pone la tercera, después de las buenas, para que el cliente vea que has sido exhaustivo.
Yo trabajé cuatro noches en ella.
Le puse cosas que no le pone nadie a un escenario que va a descartar.
Le puse una previsión de temporada baja con dos aperturas de fin de semana en marzo.
Le puse una línea de «formación segundo cocinero» a partir del año dos.
Le busqué precios reales de plataforma de madera a tres carpinterías distintas, dos de Vilarreal y una de Denia, y anoté los plazos.
Un modelo se nota en las manos. Yo llevo quince años leyendo modelos ajenos y sé perfectamente distinguir la pestaña que alguien ha rellenado por obligación de la que ha rellenado con ganas.
Aquella pestaña estaba llena de ganas y yo la miraba todas las noches como quien mira una cosa que no va a comprarse.
Trabajé en eso las noches del veinte, del veintiuno, del veinticuatro, del veinticinco y del veintiséis, entre la una y media y las tres y media, después de cerrar, con el balcón abierto y el pueblo en silencio.
Y sé perfectamente lo que estaba haciendo, porque llevo quince años viéndolo hacer a directivos que no saben decidir: cuando ya sabes lo que vas a hacer y no te atreves, montas un modelo. El modelo no sirve para decidir. El modelo sirve para que la decisión parezca el resultado de algo.
◆
El miércoles veintiséis, a las dos y cuarto de la madrugada, con las cuatro pestañas abiertas, saqué la libreta de la lista.
La leí entera:
CERRAR CALALUNA 1. Notaría (viernes 12) ✓ 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver 5. ¿?
Y me pasó una cosa que no me esperaba, que es que no la reconocí.
No en el sentido cursi. En el sentido literal: leí esas cuatro líneas escritas por mí con mi letra de las actas, el ocho de junio, sentada en una cama de noventa con un delfín de cerámica al lado, y me pareció que las había escrito otra persona.
Una persona que llegó aquí a hacer cuatro cosas y volverse, que tenía muy claro lo que era este sitio, que en tres semanas estaba fuera.
Yo la reconozco. La conozco muy bien. Trabajé quince años con ella.
Lo que me asustó no fue haber cambiado. Lo que me asustó fue no saber cuándo.
No hubo un día. No hubo una conversación, ni una cena, ni un beso en una piedra caliente. Fue como se pierden las cosas de verdad, o sea, sin fecha, y cuando te das cuenta ya llevas semanas siendo otra y contestando correos como si no.
Cerré la libreta y volví a la pestaña C.
◆
En la madrugada del jueves veintisiete, a la una y media, Teo me pilló.
Me pilló literalmente. Yo estaba en la mesa de dentro con el portátil, ya cerrado todo, y creía que él se había ido hacía veinte minutos porque le había oído el candado de la puerta de servicio. Había vuelto a por el móvil.
Y se paró detrás de mí.
Yo tenía la pestaña C abierta, con la fila de los sesenta y cuatro mil en rojo.
—Anda —dijo.
Cerré el portátil. No lo pensé: lo cerré, con esa velocidad que tiene uno para cerrar cosas, y con eso lo empeoré todo, porque cerrar un portátil delante de alguien es una confesión completa.
—Es un modelo de escenarios —dije.
—Ya lo veo.
—Es lo que hago yo, Teo. Es literalmente mi profesión. Antes de tomar una decisión de este tamaño hay que tener los números de las opciones, todas, incluida la de no vender, que está ahí y que es la pestaña que estabas mirando.
—Ya.
Se apoyó en el respaldo de la silla de enfrente, sin sentarse, como el quince de junio.
Y entonces lo hizo.
—Tú ya has decidido, Santos —dijo—. Llevas decidido desde julio. Lo que estás buscando es el Excel que te dé permiso.
◆
Aquí conviene decir tres cosas, en orden.
La primera es que tenía razón.
La segunda es que era la una y media de la madrugada del jueves veintisiete de agosto, después de un servicio de doscientos cuatro cubiertos, y que aquel hombre llevaba dieciséis días sin decirme una sola palabra de lo que pensaba, guardándoselo desde una mesa nueve con un señor de Mar Ponent comiendo en ella.
La tercera es que lo dijo a metro y medio. Y que ninguno de los dos se movió.
—Vale —dije—. Dos cosas.
—Dime.
—Una: no me hables como si supieras lo que pienso, porque no lo sabes, porque llevas dos semanas sin preguntarme nada.
—Yo pregunté. El dieciséis de julio. Cuatro palabras. Me contestaste con tres fases.
—Dos —dije, y esto es lo que no debería haber dicho—: tú llevas doce años esperando que alguien te dé permiso a ti.
Y ahí sí se movió.
Fue un movimiento pequeño: se enderezó. Nada más.
—Explícate.
—Explícate tú, que es más corto. —Yo tenía la voz baja y muy firme, que es la mía cuando algo va mal de verdad—.
Tienes una libreta encima de las cajas de sal, debajo de un rollo de papel film.
Tienes cuatro platos que la gente de este pueblo se comería cinco veces por semana.
Y llevas doce años sacándolos por la puerta de atrás diciendo «esto me ha sobrado», y colgando un folio con una pinza que pone «fuera de carta» para poder quitarlo el día que alguien tuerza el gesto.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene todo que ver. Yo hago Excel y tú haces sobras. Es lo mismo. Es exactamente lo mismo, y a los dos nos sirve para no tener que decir en voz alta lo que queremos.
Silencio.
Un silencio de tres o cuatro segundos, a metro y medio, a la una y media de la madrugada, en una terraza con las sillas del revés.
Y en esos tres o cuatro segundos hubo una cosa que no voy a poder explicar bien y que consigno porque es verdad: que estábamos demasiado cerca para estar discutiendo así.
Metro y medio es una distancia de trabajo. Es la distancia del pase, la de pasarse una comanda, la de decir «detrás». No es una distancia desde la que se le dice a alguien lo que le acabábamos de decir cada uno.
Y ninguno de los dos retrocedió.
Eso es lo peor de aquella noche, si lo pienso: que teníamos veinte mesas vacías alrededor, una terraza entera para separarnos, y nos quedamos los dos ahí clavados, sin apartarnos, respirando mal.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Sin apellidos.
◆
El jueves veintisiete, o sea, doce horas después, trabajamos perfectamente.
Nadie levantó la voz, nadie se saltó un turno, la comanda salió a tiempo y en la lancha nos cruzamos con la misma coreografía de siempre, cadera y hombro, sin rozarnos ni una vez, cosa que en dos metros y medio por cuatro requiere una precisión notable.
Cuatro días antes, el domingo, nos habíamos reído los dos de una señora que pidió el arroz «sin arroz».
Nuria vino aquel jueves por la tarde a por dos cafés y estuvo veinte minutos en la barra. Nos vio. Vio cómo yo le pasaba la comanda por el pase sin decir nada y cómo él la cogía sin decir nada, y cómo dábamos los dos las gracias a Óscar en la misma frase y a ninguno de los dos en particular.
Cuando se iba, en la puerta, me dijo:
—Oye.
—Dime.
—¿Vosotros habláis?
—Todo el rato. Nos pasamos el día hablando.
—Ya. —Se colgó el bolso—. Habláis todo el rato y no os habéis dicho nada. Sois un pódcast.
◆
El correo de Marc entró el viernes veintiocho de agosto a las nueve y catorce de la mañana.
Yo estaba en la barra con el segundo café.
Gabriela, buenos días. Como te anticipé, hemos revisado la valoración al alza tras la visita.
Adjunto oferta revisada: 1.322.500 € por el 100 %, un 15 % por encima de la anterior.
Incluimos además compromiso escrito de mantenimiento de plantilla durante doce meses desde la firma, con las condiciones actuales o mejores.
Vigencia: 15 de septiembre.
Un abrazo, M.
Lo leí dos veces. Miré la fecha. Miré el importe.
Y luego miré hacia el pase, donde había un hombre de treinta y seis años deshuesando pollo a las nueve y cuarto de la mañana, cuya parte, con la oferta nueva, eran quinientos veintinueve mil euros.