19. La guerra fría
La guerra fría
La noche del catorce cayó una tormenta seca.
Seca del todo: dos horas de relámpagos por detrás del monte, sin una gota, con ese aire quieto y espeso que se pone antes y que no se va después.
La gente salió a la terraza a mirar. Y como la gente estaba fuera mirando y no en su casa, y como al día siguiente era fiesta, hicimos la caja más grande del verano: trescientos cuarenta y dos cubiertos y ciento cuatro consumiciones sueltas.
A las dos y media de la madrugada, con el último relámpago todavía dando por el monte, Óscar levantó su vaso de agua y dijo:
—Esto hay que apuntarlo en la pizarra.
—Está apuntado —dije yo.
—En la de arriba no. En la de abajo.
Y lo apuntó él, en azul, entre la porra y lo de las apuestas: 14 de agosto: récord histórico. Que conste.
Aquella noche, además, se llevó el aire otros tres manojos de caña de la esquina de poniente, que amanecieron el sábado en la arena, y Óscar los recogió y los dejó apoyados en la pared de fuera, donde se quedaron.
◆
Mi madre apareció el sábado quince a la una y veinte, sin avisar.
La vi desde la barra. Venía por el paseo con un vestido azul de los buenos, andando despacio, con el bolso pegado al cuerpo, y se paró a unos quince metros de la terraza, junto a la papelera, y se quedó mirando el chiringuito un rato. No mirando a ver si me veía. Mirando el sitio.
Luego siguió y entró.
—Hola —dije.
—Hola.
—¿Y esto?
—Que hoy libro. —Se colocó el bolso—. Y que es la Virgen.
Y ahí, en medio del ruido de doscientas personas comiendo, mi madre se quedó de pie sin saber dónde ponerse, en una terraza de veinte mesas, con el bolso agarrado como se agarra un bolso en la sala de espera de un sitio importante.
—¿Cuándo estuviste aquí por última vez? —dije.
Miró alrededor sin prisa. La barra. La pizarra de tiza. La barandilla.
—Antes de que tú nacieras.
Y hubo, en los cuatro minutos siguientes, una cosa que no había previsto: el pueblo se enteró.
No hizo falta que nadie dijera nada. Matilde, desde la barandilla, la vio entrar y se quedó con el café a medio camino.
Paco dijo «anda» en voz alta y sin dirigirse a nadie.
Chelo, que estaba en la barra dejando las cocas, la miró, la reconoció, hizo el cálculo entero en dos segundos y salió de detrás de la barra a darle dos besos y a decirle que estaba igual, que es la mentira más piadosa que existe.
Y Rosario, que llevaba media hora con el móvil, guardó el móvil.
Mi madre lo aguantó de pie, con el bolso, saludando por orden.
Y a mí me pasó una cosa fea y muy pequeña, que fue darme cuenta de que aquello no era una visita: era un regreso. Que llevaban veintisiete años sin verla ahí dentro y que ella lo sabía perfectamente cuando salió de su casa de Vilarreal aquella mañana con el vestido azul de los buenos.
◆
Comimos los tres. Y digo los tres porque a las tres y veinte Teo salió de la cocina, se sentó con nosotras y no se levantó en cuarenta minutos, que en un quince de agosto es más o menos como si un cirujano se saliera de un quirófano.
Yo creo que lo hizo por mí. Lo pensé entonces y lo sigo pensando.
Y lo hizo, además, con una técnica que no le he visto a nadie: se pasó cuarenta minutos hablando de comida.
De nada más. De cómo se limpia la sepia, de por qué el escabeche se sirve templado y no frío, de que su madre le echaba pimentón a un guiso que no llevaba pimentón, de que en Valencia hay una discusión sobre el pollo que dura setenta años.
Mi madre, que en veinte años no le ha hecho a nadie una pregunta personal, le hizo cuatro preguntas sobre el escabeche.
Y en la tercera se le escapó una cosa. Dijo:
—Eso lo hacía la madre de mi suegra. La bisabuela de esta. Con laurel del monte, que iban a cogerlo ellas.
—¿Amparo? —dijo Teo.
—Amparo.
—Yo tengo su libreta —dije yo.
Las dos cabezas se giraron a la vez.
—¿Cómo que tienes su libreta?
—Está en una caja, en casa. Con su nombre en la primera página. No la he abierto.
Mi madre se quedó quieta un segundo, con el tenedor en el aire, y luego dijo «ah», y siguió comiendo, y a los diez minutos, cuando ya hablábamos de otra cosa, dijo, sin mirar a nadie:
—Ábrela algún día.
Fue la comida más fácil que he tenido con mi madre desde que tengo memoria, y no participé casi.
◆
Lo de la cintura pasó a las cuatro menos cuarto.
Yo estaba de pie al lado de la mesa, recogiendo los platos, que es una cosa que hago sin darme cuenta desde julio, y él pasó por detrás con una bandeja llena y con el pase todavía abierto, y en el hueco entre mi silla y la mesa de al lado —que son cuarenta centímetros mal contados— me puso la mano en la cintura un segundo, un segundo exacto, para que yo supiera que iba por detrás y no me girara.
Es un gesto de cocina. Se hace mil veces al día. Óscar me lo hace, Nando me lo hace, y en agosto lo hace hasta la prima de Chelo cuando viene a echar una mano.
Mi madre lo vio.
No dijo nada. No levantó una ceja, no hizo un gesto, no cambió de tema. Siguió comiendo pan con el escabeche que le quedaba, y a los diez segundos preguntó si la cebolla del escabeche era dulce o de la otra.
Pero lo vio. Y yo vi que lo vio. Y ella vio que yo vi que lo vio.
Y las tres cosas se quedaron ahí, encima de la mesa, junto a la jarra de agua, hasta el final de la comida.
◆
A las cinco menos veinte ya no quedaba casi nadie y Teo se metió a fregar.
Y entonces mi madre, sin ningún preámbulo, dijo:
—Yo no me llevaba mal con tu abuela.
No dije nada.
—No me llevaba mal, Gabi. Nos llevábamos de otra manera. —Se quedó mirando la barandilla—. Con tu padre vivo nos llevábamos bien, que eso tampoco lo sabes. Bien de verdad. Ella era muy suya y yo también, y nos aguantábamos. Nos aguantábamos porque estaba él.
Yo no dije nada. Es de las pocas cosas que he aprendido este verano y la aprendí con Nuria en una plaza.
—Cuando se murió tu padre, tú tenías siete años —dijo—. Y yo tenía treinta y uno.
—Ya.
De mi padre yo tengo cuatro recuerdos y medio.
Uno es de aquí: de estar sentada en la barandilla de este chiringuito, en esta misma barandilla, con las piernas colgando y él sujetándome por la camiseta desde detrás, sin mirarme, hablando con alguien.
Eso es todo el recuerdo. La camiseta tirante en la espalda y una conversación de adultos por encima.
Nunca he sabido si es mío o me lo he montado con una foto.
—Ella tenía cincuenta y dos y se le había muerto su único hijo.
Cogió el vaso, que estaba vacío.
—Y las dos hicimos lo que pudimos, que no fue mucho, y lo hicimos de dos maneras que no se podían ver la una a la otra.
Ella se metió aquí dentro. Aquí, en esto.
—Dio dos golpecitos en la mesa—. Abrió el uno de abril, un mes después del entierro.
El uno de abril, hija. Con la gente del pueblo en la barra dándole el pésame mientras servía.
Y no lloró delante de nadie, y a mí eso me pareció…
no sé lo que me pareció. Me pareció mal.
—¿Y tú?
—Yo me fui.
Lo dijo sin ningún dramatismo, exactamente igual que dice que ha entrado un chaval con una cosa en el ojo.
—Me fui a Vilarreal en el noventa y nueve, con la plaza del hospital, contigo.
Y aquí se dijo lo que se dijo. Que si la nuera se lleva a la niña, que si a los seis meses.
—Se encogió de hombros—. Y yo te traía. Te traía todos los veranos y todos los puentes y te dejaba aquí con ella, que eso nadie lo cuenta.
—Nadie me lo ha contado nunca.
—Ya. Bueno.
Y ahí llegó lo otro, que es lo que llevaba veintisiete años sin decirle a nadie:
—Yo me fui porque en este pueblo yo ya no era yo.
Yo era «la viuda de Rafa Santos». Y eso a los treinta y uno todavía se puede arreglar, pero a los cuarenta ya no.
—Puso el vaso boca abajo, que es un gesto suyo—.
Y tu abuela no me lo perdonó nunca. Ella se quedó a ser «la madre de Rafa» hasta el final.
Cuarenta años. Y a mí me parece admirable y me parece una barbaridad, y las dos cosas a la vez.
Yo estaba mirando la mesa.
Porque hay una cosa que se me estaba montando sola por dentro mientras ella hablaba, y era esta: mi madre se fue de un sitio para no ser lo que aquel sitio había decidido que era.
Yo hice lo mismo a los diecinueve años, una semana antes de lo que había dicho, sin despedirme de nadie.
No lo dije. Guardé también eso.
◆
Cuando terminó, mi madre hizo una cosa que no me esperaba.
Cogió su plato, el vaso y los cubiertos, se levantó, entró en la cocina de El Varadero —en la lancha, donde no cabe nadie— y los fregó ella, en el fregadero pequeño, al lado de un hombre que estaba fregando cazuelas.
Estuvieron un minuto y medio ahí dentro los dos.
No sé lo que hablaron. Fue muy poco, porque yo estaba fuera y no se oyó nada. Lo único que vi, desde la mesa, por el hueco de la puerta, fue que en algún momento él se apartó medio paso para hacerle sitio en el fregadero, con la cadera, sin mirar, igual que se aparta para dejarme pasar a mí.
Cuando salió, se estaba secando las manos en un trapo que no era suyo.
—Me voy, que a las siete he quedado con Puri.
—Vale.
Y desde la puerta, sin volverse del todo, le dijo a Teo:
—Cuídame el arroz.
Teo, desde el fregadero, contestó que sí con la cabeza.
Yo llevo desde el quince de agosto dándole vueltas a esa frase. En el idioma de mi familia, que es un idioma en el que nadie dice nunca lo que quiere decir, «cuídame el arroz» puede significar cuatro o cinco cosas, y ninguna de ellas es el arroz.
◆
La sobremesa la aguantaron los de siempre, que en la Virgen no se van a ninguna parte.
Y a las seis, Paco, que llevaba media hora contándole a mi madre quién ha muerto en Calaluna desde 1999, llegó al capítulo de mi abuela y lo dijo delante de todos, con esa voz suya de tribuna:
—Y el chico, todos los días. Todos los días, Elena, ¿eh? Todos. Que aquí lo sabe todo el mundo. Le subía la compra, le hacía la comida, la bajaba en el coche cuando ya no podía andar. Todos los días.
Y Teo, que estaba de pie a dos metros con una caja de vasos, bajó la vista.
Bajó la vista y no dijo nada, con una modestia impecable, del tamaño exacto, ni un milímetro de más.
Y yo me quedé mirándolo con una cosa fea dándome vueltas en la cabeza, que era esta: o llevaba años ensayando esa manera de bajar la vista, o era peor, y le salía sola.
No dije nada.
Guardé también eso, con los otros dos: con las dos llamadas a mi madre en la semana del final y con ninguna a mí.
Tres cosas guardadas. Yo, con las cosas que guardo, tengo un problema, y es que no las tiro.
◆
Acompañé a mi madre al coche a las seis y cuarto.
Está aparcado siempre en el mismo sitio, en la cuesta de arriba, a la sombra, mirando hacia la salida, que es como aparca la gente que ha decidido de antemano cuánto va a durar la visita.
Abrió la puerta, dejó el bolso dentro y se quedó con la mano en el techo.
—Oye —dijo—. ¿Tú qué vas a hacer?
—Con la venta.
—Con la venta.
—Todavía no lo he decidido. Hay una oferta buena. Tengo hasta el quince de septiembre.
—Ya. —Se quedó un momento mirando la cuesta—. Pues haz lo que quieras. Te lo digo en serio: lo que quieras. Véndelo, o no lo vendas, o quémalo.
—Mamá.
—Pero decide tú, Gabi. Tú. No lo que decidió ella en febrero en una notaría, ni lo que crea el pueblo, ni lo que le convenga a nadie.
Se metió en el coche y bajó la ventanilla.
—A tu abuela no le obedecimos ninguna —dijo—. Ya sabes cómo somos.
Y arrancó.