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30. Rebeca

Rebeca

Calaluna en octubre tiene tres mil habitantes y todos se conocen, que es una frase que suena bonita y que significa, en la práctica, que si te compras una chaqueta el jueves, el sábado te preguntan por ella tres personas.

El paseo está vacío. El quiosco de los helados cerró el cuatro. La calle del Forn tiene siete pisos turísticos con la cerradura de numeritos apagada y sin maletas, y Rosario duerme del tirón por primera vez desde mayo y no para de decirlo.

Chelo hace la mitad de pan y lo vende igual de rápido.

Y la playa, que en agosto tenía doce mil personas, tiene por las mañanas a cuatro señores andando por la orilla con las manos a la espalda y, algunos días, a un chaval con un perro.

El mar está buenísimo. Está en su mejor momento del año, transparente y sin una medusa, y se puede uno bañar perfectamente hasta primeros de noviembre.

No se baña nadie. Eso también es octubre.

◆

El Varadero, a diecisiete de octubre, está a medio hacer.

La plataforma nueva está puesta desde el martes trece. Es de madera de pino tratada, sin barnizar todavía, y de un color rubio que canta muchísimo al lado de la barandilla vieja, que salvamos por el lado sur y que es gris de veinte años de sal. Parece dos chiringuitos pegados.

La cubierta va por fases. La estructura de madera está revisada y reforzada, y encima, de momento, no hay caña: hay un toldo de lona verde que compramos en el sitio de Vilarreal donde se compran esas cosas y que va sujeto con bridas.

Teo lo detesta.

—Parece un puesto de mercadillo con pretensiones.

—Es provisional.

—Ya. —Lo miró desde la arena, con las manos en la cintura, como se miran los disgustos—. Provisional hasta abril.

La caña se pone en marzo, porque la caña se corta en enero y hay que dejarla secar, y porque el hombre que la pone en este pueblo la pone en marzo desde hace cuarenta años y no hay manera de discutirlo. Lo intenté. Le llevé un calendario.

Dentro, la lancha está impecable. Es lo único que está impecable.

Y en la pared, en el sitio de siempre, está la pizarra.

La limpiamos entre los dos con agua y un estropajo, y el barro salió, y el rotulador azul de Matilde salió también, y ahora está vacía y colgada, sin nada escrito.

Matilde no la ha vuelto a estrenar.

—En junio —dice.

—Puedes escribir la porra ahora, Matilde.

—En junio.

El Comité, mientras tanto, se ha mudado. En invierno se reúnen en el bar de la plaza, el de la iglesia, que tiene estufa. Pero bajan igual dos o tres veces por semana a mirar la obra desde la arena, con las manos a la espalda, y opinan.

Paco tiene una teoría sobre la madera nueva. La ha expuesto entera cuatro veces. Consiste, resumida, en que el pino tratado de ahora no es como el pino tratado de antes, y termina siempre en el aparcamiento de la playa, no me preguntes cómo.

Toni vino el ocho de octubre a llevarse las cajas de botellas vacías del almacén, que en invierno no hay reparto pero hay retorno.

Se bajó de la furgoneta, miró la estructura sin techumbre, miró los montones de caña quemada de la playa, se puso las manos en la cintura y estuvo así unos segundos.

—Yo lo dije —dijo.

Y lo dijo sin ninguna satisfacción, que es lo que lo hizo insoportable y también lo que hizo que fuera verdad. Lo dijo en agosto, debajo de la esquina de poniente, con dos cajas al hombro. Estábamos Teo y yo delante. Se lo tragó el pádel.

—Lo dijiste, Toni.

—Es que la caña se pudre por abajo. Por donde apoya. —Abrió el portón trasero—. Y luego ya no es la caña, es la estructura.

—La estructura ha aguantado.

—Pues ha tenido suerte. —Cargó la primera caja—. Como en el pádel.

Y ahí, otra vez, lo perdimos.

Andreu vino un martes con dos kilos de sardina que había comprado en Vilarreal, en octubre, con el chiringuito cerrado, y los dejó en la barra.

—Es que estaba buena —dijo.

Nos la comimos nosotros. A la plancha, en la lancha, de pie.

◆

Mi vida, desde el cinco de octubre, es esta:

Vivo en la casa de la calle del Forn número catorce.

Las cajas del pasillo ya no están; las vacié la primera semana de octubre, sin ninguna solemnidad, en cuatro tardes.

La ropa buena la dio mi madre a la parroquia.

Las fotos están en dos álbumes. La libreta de Amparo está en el chiringuito, en el estante de encima de las cajas de sal, en el sitio donde estuvo doce años la libreta azul.

Trabajo desde el balcón, con el alargador naranja de la cinta aislante, que sigue siendo ilegal.

Tengo tres clientes. Tres. Uno es una cadena de veinte ópticas de Levante, otro es una empresa familiar de logística que se está peleando por la sucesión y el tercero es una bodega.

Los tres saben que yo trabajo martes, miércoles y jueves y que los viernes no existo.

A dos posibles clientes más les he dicho que no este mes, con una educación carísima, y el segundo ha vuelto a llamar ofreciendo más dinero, que es exactamente lo que pasa cuando dices que no.

No he hecho un PowerPoint desde el nueve de abril.

Hago informes. Los informes se leen y sirven para algo. Las presentaciones se enseñan.

Y hablo con mi madre los domingos por la tarde, entre las siete y las siete y cuarto, quince minutos, sobre el turno, el tiempo y si he comido.

No hemos vuelto a tener ninguna conversación de las de agosto y no creo que la tengamos.

Vino a comer el domingo once y trajo lentejas hechas de su casa, en un táper, a un pueblo donde vive un cocinero.

Se comieron las lentejas. Estaban buenísimas.

◆

A Nuria la veo los martes.

Es un acuerdo formal, con hora y todo, y lo propuso ella el seis de octubre por mensaje, de esta manera:

Martes a las 4. Yo cierro a las 2 y hasta las 5 tengo a los críos en el cole. Si me fallas dos martes seguidos me enfado de verdad, que ya te conozco.

Vamos a la plaza si hace bueno y al bar de la iglesia si no. Ella se toma un café y yo también, porque en octubre a las cuatro de la tarde el vermú es una decisión que se paga.

El primer martes me preguntó por el piso.

El segundo me preguntó por el piso y por la obra.

El tercero, que fue el trece, no me preguntó por nada de eso: me contó, durante cuarenta minutos, un asunto larguísimo de la farmacia con un pedido de vacunas y una empresa de reparto, con nombres, con fechas y con dos personas que se portaron fatal.

Yo escuché.

Y en algún momento, a la media hora, me di cuenta de que llevaba quince años sin escuchar a mi mejor amiga contarme una cosa aburrida de su trabajo, que es exactamente lo que hace la gente que se ve todas las semanas y lo que no puede hacer la gente que se ve dos veces al año.

Al final, poniéndose el bolso, dijo:

—Oye, una cosa.

—Dime.

—Que no te lo he dicho nunca y ya está bien. —Se colgó el bolso—. Yo en junio pensé que te ibas otra vez, en plan, seguro. Lo pensé el primer día, cuando me llegó lo de Chelo de que habías pasado en el coche sin parar. Dije: esta se va en tres semanas y no la veo hasta el entierro de otro.

—Ya.

—Y me alegro un montón de haberme equivocado. Eso es todo. No lo voy a repetir. —Se puso las gafas de sol, que en octubre son un gesto puramente defensivo—. Venga, que tengo que recoger a Nil.

Y se fue andando deprisa por la calle de la iglesia, parándose dos veces a hablar con dos personas distintas, que es lo que tarda uno en cruzar Calaluna a cualquier hora del año.

◆

Teo tiene una libreta nueva.

Es verde. La compró en la papelería de Vilarreal el nueve de octubre y en la primera página, en la esquina de arriba, ha escrito «2027», que es una manera de decir algo sin decirlo.

La azul está jubilada. Está en un cajón, pero no en el de abajo del todo: está en el de arriba, con los bolígrafos, y la abre cuando quiere mirar una cosa vieja.

En la verde lleva escritas, hasta hoy, catorce cosas.

Óscar viene en junio. Se lo dijimos el treinta de septiembre, el día que se le acababa el contrato, con un papel y todo, y él dijo «bueno» y luego se puso colorado.

Aprobó Contabilidad II con un cinco y medio, cosa que nos comunicó por el grupo de WhatsApp a las ocho y catorce de la mañana con cuatro signos de exclamación.

En junio cobrará un doce por ciento más y tendrá contrato hasta el quince de octubre. Está en el papel. Lo hice yo.

◆

Y ahora la parte que no queda bien en las novelas.

Los jueves hay visitas en el piso.

Las agencias las agrupan de cinco a ocho, y a las ocho y media, o a las nueve, me llaman para contarme qué tal, y el que me llama es un chico muy majo que se llama Iván y que dice «la vivienda» y «el producto».

Ha visto el piso once personas. Ha habido dos ofertas, las dos por debajo, y las dos las he rechazado, y no sé si he hecho bien, y no lo voy a saber nunca porque las cosas que uno rechaza no se pueden comparar con nada.

Los jueves estoy rara. No lo comento. Trabajo, bajo a la obra, hablo con el de la madera, y hacia las ocho me pongo insoportable de una manera muy fina y muy educada, y a las nueve y cuarto me llama Iván, y a las nueve y veinte se me pasa.

Teo lo sabe.

No me pregunta nada. Los jueves aparece a las ocho y media con dos cervezas y se sienta en la plataforma nueva conmigo, en el sitio donde no hay barandilla todavía, y me cuenta cualquier cosa de la obra durante cuarenta minutos hasta que suena el teléfono.

Es exactamente lo mismo que hizo el doce de julio con un café en la puerta de una cámara frigorífica, y a mí me sigue pareciendo la cosa más elegante que sabe hacer una persona.

Y hay noches, no todas, en las que me despierto a las tres y hago números.

Los números, algunas noches, no salen. Sale un invierno justo, un abril complicado y un junio que tiene que ir bien sí o sí. Y me quedo un rato mirando el techo del cuarto pequeño, con el delfín de cerámica en la estantería, calculando qué pasa si en junio llueve tres fines de semana seguidos.

No hay certeza. Eso es lo que hay. Yo elegí esto un sábado por la tarde sentada en la arena y elegirlo no lo convierte en seguro.

Lo que pasa es que ahora, cuando no me salen los números, son mis números.

◆

El sábado diecisiete bajé al horno a las nueve y media.

—Café con leche —dije.

—¿De vaca o de la otra? —dijo Chelo.

Levanté la cabeza.

En la barra, junto a la máquina, había un brik de leche de avena. Abierto. Con la fecha escrita en el borde con boli, que es lo que hace ella con todo.

—¿Tú tienes leche de avena?

—Tengo desde agosto. —Metió la pala en el horno sin mirarme—. Es que ahora la pide todo el mundo. No te vengas arriba.

◆

Por la tarde nos sentamos en la terraza.

Hacía viento del norte, del limpio, que es el que deja el aire transparente y quita diez grados de golpe. Yo llevaba puesta la rebeca mostaza, que estaba encima de la caja de ROPA desde el seis de agosto y que me viene un poco grande de hombros.

No lo comenté. Él tampoco.

Hicimos un café solo, uno, porque la cafetera grande está desmontada hasta que venga el electricista, y lo hicimos con la cafetera italiana en el hornillo pequeño y lo servimos en un vaso de caña, que era lo que había limpio.

Sacamos dos sillas a la plataforma nueva. Las pusimos de cara al mar, al lado de la esquina donde falta la barandilla, con cuidado.

Y estuvimos ahí un rato largo, con las manos las dos alrededor del mismo vaso, porque el vaso era uno y porque a las seis de la tarde de un diecisiete de octubre, en esta costa, quema poco y calienta bien.

Se veía el mar de octubre, que estaba plano y muy azul y no le importábamos nada.

Hablamos de cosas. De que el electricista viene el martes.

De que la barandilla sur, la vieja, la gris, no la vamos a cambiar aunque no pegue, porque a esa barandilla se ha agarrado medio pueblo durante veinte años y hay cosas que no se sustituyen por estética.

De que en marzo, cuando venga el de la caña, habrá que decidir si se pone igual que estaba o se pone mejor, y de que casi seguro se pondrá igual que estaba.

Y de si abrimos el uno de abril o el uno de mayo, que es una discusión que llevamos teniendo desde el ocho de octubre y en la que él dice abril y yo digo mayo, y en la que voy a perder.

Y en algún momento me acordé de una cosa y la dije en voz alta, porque me apeteció y porque hacía tres meses que la llevaba dando vueltas.

—Oye. Lo que decía mi abuela.

—¿Qué decía tu abuela?

—Que a Calaluna no se viene. —Le pasé el vaso—. Que se vuelve. Aunque sea la primera vez.

Teo lo cogió con las dos manos.

—Ya —dijo—. Eso lo decía mucho.

—¿A ti también?

—A mí me lo dijo el primer día que entré en la cocina, en Semana Santa, con la bolsa de naranjas todavía en la barra.

Se rió por la nariz.

—Yo llevaba aquí treinta y un años.

◆

El toldo verde daba una sombra torcida encima de la madera nueva, porque las bridas de un lado están más tensas que las del otro y hay que arreglarlo antes de que venga el frío.

A las siete menos veinte pasó Andreu por el paseo con las manos a la espalda, nos vio, levantó la barbilla y siguió andando.

El vaso se acabó a las siete y pico.

Ninguno de los dos se levantó a recoger las sillas.