17. Las cajas
Las cajas
Abrí las cajas por un motivo administrativo.
Muy de guardar.
El jueves seis de agosto, a las cinco y veinte de la tarde, con el pueblo aplastado por el calor y la terraza vacía hasta las ocho, subí a casa, me puse delante de las siete cajas del pasillo y abrí la que ponía PAPELES.
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Dentro de la caja que ponía PAPELES estaba el pueblo entero.
No exagero. Había una carpeta de gomas con las facturas de la luz del chiringuito desde 1998, ordenadas por año, con una goma cada cinco años.
Había recibos del agua. Había un sobre con los pagos del seguro.
Había tres cuadernos pequeños con anotaciones de proveedores, anteriores al de tapas de hule, y una libreta más antigua todavía, con la letra de otra persona, que decía «AMPARO» en la primera página y que dejé donde estaba porque no me sentía capaz.
Y había, en una carpeta azul de cartón, sujeta con dos gomas cruzadas, la licencia de actividad original con su sello y su anexo y todo.
Y había, en una caja de puros vacía, cuarenta o cincuenta papeles pequeños que no eran de ella.
Recibos. Resguardos. Un impreso de la mutua.
La factura de una reparación de una lavadora a nombre de Rosario Ferrando, de 2019.
Un justificante de matrícula de un curso de la Universidad de Alicante a nombre de un chico cuyo apellido no me sonaba de nada.
Dos recetas médicas antiguas. Un presupuesto de una funeraria de Vilarreal, de 2011, a nombre de una familia del pueblo.
No entendí nada durante bastante rato. Y luego lo entendí, que es peor: eran los papeles de la gente que no sabe con los papeles.
Los que se traen aquí para que alguien los mire.
Cuarenta y tantos trámites ajenos guardados en una caja de puros por una mujer que en cuarenta años no le contó a nadie adónde iba en noviembre.
La saqué en once minutos. Once minutos.
Cuatro meses de tenerlas ahí. Once minutos.
Podría haberme parado ahí. Tenía lo que había ido a buscar, la terraza abría a las ocho y yo tenía que ducharme.
Lo que hice fue sentarme en el suelo del pasillo y seguir.
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De la de ROPA saqué la rebeca mostaza, que era lo que llevaba dos meses empujando la solapa desde dentro.
La reconocí de arriba abajo, incluido el bolillo del segundo botón, que lleva flojo desde que yo tengo memoria. Mi abuela se la ponía por encima de los hombros, sin meter los brazos, en octubre, en marzo y en cualquier tarde con viento, que aquí son casi todas.
La saqué, la doblé bien y la dejé encima de la caja en vez de volver a meterla, y no le di ninguna importancia a eso en aquel momento.
Debajo había blusas. Una bata de casa. Dos jerséis de invierno metidos en una bolsa con una pastilla de esas contra la polilla. Un abrigo bueno, azul marino, que yo le había visto puesto exactamente dos veces en mi vida, las dos en Vilarreal, y del que ella decía que era «para las cosas».
Y en el bolsillo del abrigo bueno, una entrada de autobús de la línea de Alicante, de noviembre, sin año.
La miré un rato. Once días en noviembre, todos los años, a un sitio que no le dijo a nadie.
La volví a meter en el bolsillo, que es lo que hace la gente cuando encuentra algo que no le corresponde.
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La de FOTOS era la peligrosa y la abrí de todos modos.
Y resultó ser la más fácil, porque las fotos antiguas están muy vistas: mi abuela de joven, mi abuelo con un bigote imposible, mi padre a los diez años en la escollera, mi madre y mi abuela en la boda, las dos serias, separadas por un tío mío.
Yo con cinco años en la arena. Yo con once, con un flotador.
Yo con quince, en la barandilla del chiringuito, con el pelo mojado, riéndome de algo que está fuera del encuadre.
Esas duelen menos porque duelen como duelen las fotos. Es un dolor conocido, casi cómodo, que uno sabe manejar.
Lo otro estaba en la caja sin etiquetar del fondo. En la tercera. En la que estaba debajo de todo y que era la más pequeña.
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Era una caja de zapatos. Y dentro había papeles impresos.
Lo primero que saqué fue una hoja doblada por la mitad, impresa en blanco y negro, con la maquetación descuadrada que sale cuando alguien imprime una página de internet sin saber.
Era mi perfil profesional. El de la red esa donde ponemos los ascensos.
Estaba entera: la foto —la del ascenso, la que me hice en 2019 con una camisa blanca—, los puestos, los años, las cuatro líneas que escribí yo misma un domingo por la tarde para que sonaran a algo.
En la esquina superior derecha, la impresora había puesto la fecha y la hora:
14/11/2023 23:07
Debajo había otra hoja igual, del 2021. Y otra del 2019.
Había una entrevista de dos páginas de una revista del sector, en la que yo salgo citada dos veces y en la que hablo de transformación operativa, impresa también, con la fecha de febrero de 2022.
Había una foto de un premio interno, que ni siquiera es un premio, es una cena de la empresa, sacada de la web corporativa, en la que yo estoy en la tercera fila con la boca a medio abrir.
Había, en total, once documentos.
Once documentos que abarcan del 2016 al 2024 y que están impresos en tres papeles distintos y con tres tóners distintos, uno de ellos azulado, que es el de la impresora de la biblioteca municipal de Calaluna, donde cobran diez céntimos la hoja y donde hay que pedir turno.
Mi abuela, que no tenía ordenador. Mi abuela, que a las once y siete de la noche de un martes de noviembre no estaba en la biblioteca, o sea que se lo imprimió alguien, o sea que alguien estuvo once años imprimiéndole a mi abuela cosas mías de internet.
Debajo del todo, en el fondo de la caja de zapatos, había un papel pequeño, cuadrado, arrancado de una libreta, con su letra picuda inclinada a la izquierda.
Ponía:
Mi nieta, la importante.
Cuatro palabras.
Y yo llevo desde el seis de agosto sin saber, y no voy a saber nunca, si eso está escrito con orgullo o con retintín, o con las dos cosas a la vez, que es lo más probable y lo peor, porque era mi abuela y en esa mujer las dos cosas cabían perfectamente en el mismo papel.
◆
Lloré en el suelo del pasillo de una casa de la calle del Forn a las siete menos veinte de la tarde de un jueves de agosto.
Y lloré mal. Con hipo, que es lo que me pasa. Con ese hipo espasmódico y ridículo que empieza a los dos minutos y que no se va, y con la nariz, y teniendo que quitarme el pelo de la cara con el dorso de la mano porque tenía las manos sucias de polvo de caja.
No fue silencioso ni bonito ni breve. Duró bastante. En algún momento me di cuenta de que había empezado a ordenar las once hojas por fecha mientras lloraba, y de que las estaba ordenando bien, con las esquinas alineadas, porque las manos hacen lo que saben hacer aunque el resto no.
Y en medio de todo eso me acordé de una cosa concreta, que es la que me remató: que en abril, tres semanas después de lo de la diapositiva cuatro, hubo un lunes en que estuve a punto de llamarla.
Lo pensé en el metro, entre Bilbao y Alonso Martínez.
Pensé: llamo a mi abuela y le cuento que estoy mala.
Y no la llamé porque calculé que iba a tener que explicárselo, y que explicárselo iba a llevar veinte minutos, y que ella no lo iba a entender, y que luego se iba a quedar preocupada sin poder hacer nada.
Eso lo pensé yo. Sola. En un metro. Sobre una mujer que se pasó once años pidiendo turno en la biblioteca municipal para imprimir a diez céntimos la hoja cosas que yo escribía en internet.
No sé cuánto rato.
Lo que sé es que a las siete y cuarto sonó el timbre.
◆
Era Teo.
—Necesito las cajas del almacén —dijo desde el rellano—. Las de la vajilla de tu abuela. Que agosto y se rompen platos y no—
Y ahí me vio la cara.
Y le vi hacer, en dos segundos, un cálculo entero: mirarme, mirar el pasillo, mirar las siete cajas abiertas, y decidir.
Lo que decidió no fue abrazarme.
Lo que hizo fue entrar, cerrar la puerta detrás de él, dejar las llaves en el mueble de la entrada como si aquella fuera su casa, sentarse en el suelo del pasillo a un metro de mí con la espalda contra la pared, coger un montón de fotos de la caja de FOTOS y ponerse a mirarlas.
Sin decir nada.
Estuvo así, calculo, seis o siete minutos. Mirando fotos, dejándolas en el suelo en dos montones, uno más grande y otro más pequeño, con un criterio que yo no le pregunté nunca.
Yo seguí con mi hipo.
En algún momento me pasó un pañuelo de papel, sin mirarme, con el brazo estirado de lado.
Y en otro momento, que no sabría fechar dentro de aquellos minutos, me apoyé en su hombro.
No me dijo nada. No me pasó el brazo por encima, ni me dio palmaditas, ni dijo ninguna de las cosas horribles que dice la gente en esos momentos, que son todas verdad y todas inútiles.
Se quedó quieto, siguió pasando fotos con la mano libre, y en un momento dado dijo, en voz muy baja, sobre una foto:
—Esta es del noventa y cuatro. Es la fiesta de la Virgen.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque salgo yo detrás.
◆
Estuvimos ahí hasta las ocho menos veinte. Óscar abrió la terraza solo aquel día y no pasó nada.
Y a las ocho menos veinte, cuando yo ya estaba en esa fase idiota en la que uno se ha quedado sin llorar pero le sigue funcionando el hipo, Teo levantó una foto de las de la caja grande y la giró hacia mí.
Era mi abuela en 1971, calculo, con veintipocos, en la puerta de una casa que no reconozco, con un vestido de flores y una melena castaña, espesa, larga hasta media espalda, brillante, absolutamente indecente.
Miré la foto con la nariz llena.
—Perdona —dije—. ¿Mi abuela tuvo este pelazo y a mí me dejó este?
◆
Teo se quedó a dormir.
No fue una conversación. Fue: yo dije «voy a bajar a echar una mano», y él dijo «no vas a bajar», y a las once y media apareció con dos táperes del arroz meloso de la comida del personal y la noticia de que Óscar había hecho ochenta y nueve cubiertos él solo y estaba tan orgulloso que le habría dado un aneurisma si hubiéramos bajado a ayudarle.
Cenamos en la mesa camilla, con el balcón abierto y el cuaderno de tapas de hule apartado a un lado.
A las dos, cuando se hizo evidente que ninguno de los dos iba a decir «bueno, me voy», saqué una sábana del armario del pasillo, una almohada de la cama de mi abuela y una toalla limpia, y se lo dejé todo en el sofá del salón.
—Es un sofá malísimo —dije.
—He dormido en sitios peores.
—Ya. Bueno.
—Ya.
Le di las buenas noches con el apellido desde la puerta del pasillo y me metí en el cuarto pequeño, en la cama de noventa, y me quedé mirando el techo un rato largo, escuchando a un hombre de treinta y seis años intentando colocarse en un sofá de dos plazas al otro lado del tabique, en una casa en la que hay siete cajas abiertas por el suelo.
A la mañana siguiente, ninguno de los dos dijo una palabra del asunto.
Él bajó a las siete y media a recibir el pescado. Yo bajé a las nueve con la licencia de actividad original en la carpeta azul, y a las nueve y diez la escaneé y se la mandé a la gestoría de Ferrandis, que es el motivo administrativo por el que abrí las cajas.