16. Nada de nada
Nada de nada
La cocina de El Varadero se llama «la lancha».
Se lo oí decir a Teo el segundo día y tardé cinco semanas en preguntarle por qué.
Me contestó que porque mide dos metros y medio por cuatro, porque todo está a un brazo y porque ahí dentro no se anda: se navega.
Uno se mueve girando sobre sí mismo, con la cadera, sin levantar los pies del suelo, y el que no lo hace así se lleva un codazo o quema a alguien.
En la lancha, cuando dos personas coinciden, se rozan. Siempre. Es un dato de metros cuadrados, no de biografía.
Del sábado veinticinco de julio en adelante, aquello se convirtió en un problema diplomático.
◆
Porque nos pusimos a ser educados.
Yo entraba a por hielo y me pegaba al marco.
Él iba a por una bandeja y se paraba en seco a metro y medio con la mano extendida y decía «pasa».
Yo decía «no, pasa tú». Él decía «que pases».
Y en esos tres segundos de cortesía protocolaria nos quedábamos los dos en la parte más estrecha de una cocina de dos metros y medio por cuatro, obligados a cruzarnos de frente y despacio, cuando antes nos cruzábamos de espaldas y a toda velocidad y no pasaba absolutamente nada.
Es una ley que debería estar escrita en algún sitio: fingir que no hay tensión requiere más contacto físico que no fingirlo.
El martes veintiocho, Óscar entró a por una comanda, nos vio a los dos parados en el pase cediéndonos el paso con la mano como dos ministros, se quedó mirándonos tres segundos y dijo:
—¿Vosotros estáis enfadados?
—No.
—No.
—Ah. —Cogió la comanda—. ¿O al revés?
Y se fue.
◆
Y sin embargo aquella semana, si tengo que ser exacta, es la semana en la que mejor lo pasé en todo el verano.
No en la parte del teatro. En la otra.
Porque a las once y media, cuando ya no queda nadie y Óscar se ha ido con el leasing y las sillas están del revés, deja de hacer falta el protocolo. Y a esa hora nos entendíamos con muy pocas palabras.
Cosas de aquella semana, sin orden:
Que aprendí a cerrar la caja en cuatro minutos y que él me cronometraba desde la barra, en voz alta, como un entrenador.
Que le enseñé a usar el filtro de la hoja de escandallos y que dijo «anda» tres veces, que en él es un aplauso.
Que descubrí que sabe todas las letras de las canciones de Camilo Sesto y que no sabe ninguna posterior a 2004.
Que le llevé el segundo café sin preguntar y no dijo nada, y el tercer día ya estaban los dos puestos cuando yo llegaba a la barra.
Que una noche, hablando de nada, se me escapó lo del baño de la planta once del nueve de abril.
Se lo conté sin el chiste. Es la segunda persona en el mundo a la que se lo he contado y la primera a la que se lo he contado bien, y él no dijo «vaya» ni «qué fuerte»: se quedó un rato callado y luego dijo que a él, cuando murió su madre, le pasó tres semanas seguidas que llegaba al mercado y se quedaba parado delante del puesto del pescado sin saber a qué había ido.
Y que el jueves, a la una y veinte de la madrugada, discutimos veinticinco minutos sobre si el pan de la coca de Chelo es mejor el de la primera hornada o el de la segunda. Veinticinco minutos. Con datos.
Eso también es una semana de la vida de una persona, y no se puede meter en ninguna hoja.
◆
El miércoles apareció aquello en la pizarra.
Estaba abajo del todo, en la zona azul, entre los resultados de la porra y una anotación de Paco sobre no sé qué penalti. Letra pequeña, redondita, con acento circunflejo en la o de «goleada», que no lo lleva:
Cuota de apuestas sobre los jefes: cerrada por goleada.
Yo lo leí a las nueve y veinte de la mañana, con las llaves en la mano.
Miré a la mesa de la barandilla. Los cuatro estaban desayunando con una concentración sobrenatural. Paco leía el periódico local, que en Calaluna se lee en once minutos. Matilde miraba el mar. Andreu miraba a Matilde. Y Rosario tenía el móvil en la mano y estaba grabando, según ella, «las olas».
No dije nada. No lo borré.
Cuando Teo salió a media mañana y lo vio, se quedó delante de la pizarra un momento, con las manos en la cintura, y dijo:
—Bueno.
Y se metió dentro.
◆
La segunda cena fue el sábado uno de agosto, y a esta no hubo que engañar a nadie.
Hicimos tres platos nuevos y repetimos la sepia. Vinieron los mismos, más Xavi, más una prima de Chelo que había oído hablar del asunto en el horno y que se presentó directamente. El postre, esta vez, era una cosa de melón y almendra y estaba bien.
Y ahí fue donde tuvimos la discusión del papelito.
Porque el arroz meloso llevaba desde el veintiuno de julio colgado con una pinza al lado de la barra, en un folio escrito a mano, bajo el epígrafe:
FUERA DE CARTA
—Teo.
—Dime.
—Eso está en la carta.
—Eso está fuera de carta.
—Está colgado en la pared, a un metro de la carta, y lo lee todo el que entra. —Señalé con el vaso—. Está más en la carta que los berberechos, que están mal escritos y en tiza.
—Es distinto. —Y lo dijo completamente en serio, con la seriedad de un notario—. La carta es la carta. Esto es una cosa que hay hoy.
—Lleva doce días.
—Y puede no haberla mañana.
—¿Va a no haberla mañana?
—Puede.
—Teo, tienes veintiséis kilos de arroz bomba en el almacén y el pedido semanal lo hiciste tú.
Se quedó callado. Cogió el vaso. Le dio un trago.
—Es que en la carta ya no cabe —dijo.
—En la carta caben cuatro líneas más y lo sabes.
—Bueno.
Y con ese «bueno» se acabó la discusión, y el papelito siguió colgado con su pinza, y yo entendí aquella noche una cosa que ya me imaginaba: que aquel folio con una pinza no era una decisión de carta.
Era una puerta que él dejaba entornada para poder cerrarla en cualquier momento diciendo que nunca la había abierto del todo.
◆
Y luego pasó lo de las sillas.
La cena acabó tarde. La prima de Chelo se fue la última, a las tres menos veinte, y a las tres estaba todo recogido menos las dos mesas del centro, que las dejamos porque ya daba igual.
Nos sentamos a esperar a que se enfriara el mundo.
Eso fue lo que dijo él, textualmente: «siéntate un rato, que hay que esperar a que se enfríe esto», refiriéndose a la plancha, que necesita bajar de temperatura antes de la limpieza final.
Y nos sentamos los dos en las sillas de fuera, las de plástico con reposabrazos, puestas en paralelo mirando a la playa, a treinta centímetros una de otra porque es lo que dan de sí los reposabrazos.
Hablamos un rato. De la prima de Chelo, que resultó ser una mujer con opiniones. De agosto, que empezaba el sábado siguiente y que en este pueblo es un animal distinto. De que había que llamar a Antonio para doblar el hielo.
Y en algún momento dejamos de hablar.
Yo tenía la cabeza apoyada en el respaldo, que en esas sillas queda muy bajo, y estaba mirando el cielo, que en Calaluna en agosto no tiene estrellas hasta que te apartas de las farolas del paseo.
Y me quedé dormida.
Eso es mentira. Eso es lo que le conté a Nuria.
Lo que pasó de verdad fue esto: yo tenía la cabeza en el respaldo y la fui girando hacia la izquierda muy despacio, milímetro a milímetro, durante un tiempo que no soy capaz de calcular pero que fue largo, con la respiración muy controlada, hasta que la sien me tocó la parte de arriba de su hombro.
Y me quedé ahí.
Y él no se movió.
No se movió de esa manera específica en la que no se mueve alguien que está despierto. Cambió la respiración. La cambió durante dos ciclos, la recuperó, y a partir de ahí se quedó quieto de una forma que ningún ser humano dormido consigue.
Yo tenía el brazo derecho debajo del reposabrazos, en una postura mala, y no lo moví.
Estuvimos así, calculo, cuarenta minutos.
Y fueron cuarenta minutos incomodísimos, y no en el sentido bonito.
Para empezar, la postura era mala. La sien contra la costura del hombro de una camiseta de trabajo, que tiene una costura gorda; el cuello en un ángulo que a los diez minutos empezó a avisar y a los veinte ya dolía de verdad.
Yo tenía dos opciones: moverme, que era admitirlo, o quedarme, que era pagar el cuello. Pagué el cuello.
Segundo problema: la respiración. Cuando uno está fingiendo que duerme, la respiración se convierte en un trabajo a jornada completa.
Hay que hacerla lenta, hay que hacerla regular, y hay que evitar el fallo típico, que es tragar saliva, porque tragar saliva se oye.
Yo tragué saliva dos veces en cuarenta minutos y las dos veces me pareció que se oía desde el paseo.
Tercer problema, y este es de él: la nariz.
A los quince minutos le picó la nariz. Lo sé porque hizo con la cara ese movimiento mínimo de la gente que se aguanta un picor, dos veces, y luego levantó la mano derecha —la derecha, la del lado libre, muy despacio, como quien desactiva una bomba—, se rascó y la bajó otra vez, y en toda la operación no movió ni un milímetro el hombro izquierdo.
Sé algunas cosas más de esos cuarenta minutos.
Sé que a las tres y media pasó el camión de la basura por el paseo y ninguno de los dos se movió.
Sé que en algún momento se le durmió el brazo, el izquierdo, el de mi lado, porque lo noté cambiar de tensión y luego notarlo no cambiar más, que es lo que hace un brazo cuando alguien decide dejarlo así.
Sé que a las cuatro y cuarto refrescó de golpe, como refresca aquí en agosto una hora antes del amanecer, y que yo tenía los brazos helados y no cogí la chaqueta que tenía a metro y medio, en el respaldo de la silla de al lado.
Y sé que en todo ese rato ninguno de los dos dijo una sola palabra, porque decir una palabra habría significado admitir que estábamos despiertos, y admitir que estábamos despiertos habría significado admitir lo otro, y lo otro no cambiaba nada, según habíamos acordado formalmente el viernes anterior en una piedra caliente.
A las cinco y veinte empezó a clarear.
Yo me incorporé despacio, con toda la cara de estar despertándome que fui capaz de fabricar, y dije «uf», que es un sonido que hace la gente cuando se despierta.
Él dijo «anda, mira la hora», mirando el reloj del móvil que tenía en la mano, encendido, desde vete a saber cuándo.
—Nos hemos quedado fritos —dije.
—Fritos.
—Yo es que no me he enterado.
—Ni yo. —Se levantó y estiró el brazo izquierdo dos veces, hacia delante y hacia atrás, con una cara que no era de dormido: era de brazo dormido, que es otra cosa completamente distinta y que yo vi perfectamente.
Nos quedamos los dos de pie un minuto más, mirando el amanecer.
Él lo miraba hacia el este, por encima de la punta del norte, que es por donde sale.
Yo lo miraba en la pared del chiringuito, que es donde se ve la luz cambiar de color si estás de espaldas al mar, que es como estaba yo, porque me había sentado en su silla.
◆
Dormí cuatro horas y a la una del mediodía del domingo me sonó el móvil con un número que no tenía guardado.
—¿Gabriela? Marc Soldevila.
—Hola.
—Perdona el domingo. Te llamo por una cosa práctica: nos gustaría ir a ver el negocio en funcionamiento antes de cerrar nada. Sin visita guiada, sin reunión. Comer y ya está.
—Claro.
—La semana del diez, si os va bien. Un día entre semana, en pleno servicio, que es cuando se ve todo.
—El diez es agosto.
—El diez es agosto —dijo—. Por eso.
Colgué.
Y me quedé un rato de pie en el balcón con el móvil en la mano, mirando hacia abajo, hacia la punta del norte, donde se ve un trozo de la terraza de El Varadero entre la casa de los Ramírez y la medianera, con dos sillas de plástico todavía sin recoger, puestas en paralelo, a treinta centímetros una de otra.