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15. La cala de los Frailes

La cala de los Frailes

En la semana que va del sábado dieciocho al viernes veinticuatro no pasó nada, y esa es exactamente la clase de semana en la que pasa todo.

El arroz meloso salió en carta el martes.

No en la de tiza: en un papel escrito a mano y sujeto con una pinza al lado de la barra, con el epígrafe «fuera de carta», que es una expresión que yo he discutido mucho desde entonces y que aquella semana me pareció prudente no discutir.

Se pidió once veces el martes y diecinueve el miércoles.

La sepia se acabó el jueves a las dos y cuarto.

Y el jueves por la tarde, mientras yo metía los datos en la hoja, me di cuenta de que llevaba tres días haciendo una cosa que no había hecho en cinco semanas: mirar la puerta de la cocina.

No al pase. A la puerta.

Consigné el dato, como hago con todo, y no le puse ninguna raya al lado.

Hubo más cosas de esa semana que tampoco tienen raya.

Que el jueves me guardó un plato de la sepia sin que yo se lo pidiera y me lo dejó en la mesa de dentro tapado con otro plato, que es como se guarda la comida en los sitios donde no sobra el tiempo.

Que el miércoles, cuando entré en la cocina a por hielo, se apartó antes de que yo llegara, sin mirar, calculando por el ruido de mis pasos que iba hacia la izquierda.

Y que yo, el martes, le llevé un café a las cinco y media de la tarde. Un café. A un hombre que tiene la máquina a metro y medio.

Nada de eso es nada. Lo escribo aquí porque después de aquel viernes me pasé tres semanas explicándome a mí misma que no había pasado nada, y conviene tener el inventario completo de lo que no estaba pasando.

◆

Lo de las fotos lo propuse yo.

Lo propuse el viernes a las seis y media, con la voz más neutra de la que soy capaz, y lo propuse así:

—Para el dossier de venta necesito fotos decentes del entorno. No del local: del entorno. La ubicación es el activo, y ahora mismo lo único que tengo son cuatro capturas de Google.

—Ya.

—Y la mejor imagen de esta punta de costa no se hace desde aquí. Se hace desde el norte, mirando hacia acá, con la luz de la tarde.

Teo estaba deshuesando otra cosa. No levantó la cabeza.

—Desde la cala.

—Desde la cala.

—Ajá.

Silencio de cuatro segundos, y todo lo que había dentro de esos cuatro segundos.

—Óscar —dijo entonces, en voz alta, sin apartar la vista de la tabla—. ¿La mise está?

—Está.

—¿La sepia?

—Limpia.

—Si llega alguien antes de las diez, les das cerveza y les dices que la cocina abre a las diez.

Óscar asomó la cabeza por la puerta con una cara que yo prefiero no describir.

—¿Que la cocina abre a las diez?

—A las diez.

—Vale, jefe.

Aquello, en doce años, no había pasado nunca. Me lo dijo Óscar dos semanas después, muy contento de decírmelo: que Teo no había salido de esa cocina un viernes de julio a las siete y media de la tarde ni cuando se le murió el perro.

◆

A la cala de los Frailes se va por arriba, por el sendero de las rocas, quince minutos si no vas mirando dónde pisas y veinte si vas mirando.

Fuimos en veinte, con la cámara del móvil, una botella de agua y un silencio que empezó siendo cómodo y a los diez minutos ya no lo era.

Los primeros diez minutos hablamos de trabajo.

De la merma de la semana. De que hay que subir el precio de la coca porque Chelo ha subido la harina y llevamos tres semanas perdiendo dinero con cada coca, cosa que él sabía y no me había dicho. De que Nando puede venir dos días más en agosto si le avisamos ya.

Y a mitad del sendero, en el tramo donde hay que ir de uno en uno, dejamos de hablar.

No por nada. Es que ahí no se puede ir hablando: hay que mirar dónde se pisa, y el que va detrás mira la espalda del que va delante, que es una situación que no tiene ninguna solución conversacional.

Yo iba detrás.

Es una cala pequeña, de piedra, con dos entradas de arena estrechas y un fondo de posidonia que hace que el agua salga de un color que no sale en las fotos.

Hay una pared de roca a la izquierda con dos pinos encima que llevan cuarenta años cayéndose sin caerse.

No hay chiringuito, no hay servicio de nada y no llega el coche, y por eso, un viernes de julio a las ocho menos cuarto de la tarde, había cuatro personas recogiendo las toallas y a las ocho y cuarto ya no había nadie.

De aquí nos sabemos todo. Dónde se pisa mal, dónde hay erizos, en qué piedra se ponía la nevera cuando bajábamos ocho o nueve críos con dos neveras y una radio. Está igual. Está exactamente igual.

Hice las fotos.

Hice, para ser exacta, dieciocho fotos, y las hice mal.

Las hice con la luz de frente, cosa que sabe hasta un niño que no se hace, y salieron todas oscuras por delante y quemadas por detrás, y la punta del Varadero, que era el objeto declarado de la expedición, aparece en cuatro de ellas y en tres está movida.

Aquella noche, al pasarlas al ordenador, esto no me pareció importante.

En septiembre, en Madrid, sí.

◆

Nos sentamos en la piedra grande, la que está a la izquierda de la entrada, que es plana y guarda el calor del día hasta bien entrada la noche.

Y estuvimos un rato hablando de cosas.

De la ordenanza de alturas. De si el sendero de arriba lo arregla el ayuntamiento o no lo arregla nunca. De que Andreu se dejó la gorra y tardó cinco días en volver a por ella, cinco, teniendo el chiringuito a doscientos metros de su casa.

Y luego, sin cambiar de postura ni de tono, Teo dijo:

—Aquí no había venido desde hace mucho.

—Yo tampoco.

—Ya lo sé.

Se quedó mirando el agua, que a esa hora ya estaba oscura por debajo.

—La última vez que estuve aquí fue en San Juan —dijo—. En el once.

Y ahí está.

Quince años. Quince años y aquella es la primera vez, la primerísima, que uno de los dos pone las dos cosas juntas en una frase: el sitio y la fecha.

Ni en el entierro, ni en junio, ni en la barra a las cuatro de la mañana, ni la noche de la terraza cuando él me contó lo de su madre y yo le conté lo mío.

Y yo tuve, calculo, tres segundos.

—El sendero está fatal —dije—. Deberían poner una barandilla en la parte de los pinos, porque si alguien se cae ahí de noche, eso es una responsabilidad civil de las gordas y encima el ayuntamiento diría que la culpa es del que anda.

Teo no dijo nada.

No hay manera de escribir peor una confesión que esa.

Yo lo supe mientras lo estaba diciendo. Supe, en la palabra «barandilla», que acababa de decirle a ese hombre exactamente lo que llevaba quince años sin decirle, y que se lo había dicho con las tres peores frases de mi vida, y que él lo había entendido todo, y que además había entendido también que yo sabía que él lo había entendido.

Se rió.

Se rió una vez, corto, mirando el agua.

—Vale —dijo.

◆

Y entonces se volvió.

No sé cuál de los dos. Lo he pensado bastante y no lo sé, y creo que es de las pocas cosas de aquel verano de las que me alegro de no tener el dato.

Fue torpe medio segundo. Los dos nos movimos a la vez y con la misma prisa, que es justo lo que no hay que hacer, y hubo un choque pequeño de nariz y de mandíbula y un ruido corto de alguien que se ríe con la boca ocupada.

Y después fue exacto.

No voy a contar más. Diré, porque es información y porque llevo toda mi vida profesional escribiendo hechos, que duró lo suficiente como para que se me cayera el móvil sobre la piedra, con las dieciocho fotos malas dentro, y que ninguno de los dos lo recogió hasta bastante después.

De fondo estaba el mar, haciendo lo que hace.

No pienso ponerle ningún adjetivo. Es agua contra piedra, ocurre cada cuatro segundos desde antes de que hubiera nadie mirando, y no tuvo absolutamente nada que ver con nosotros.

◆

Lo que vino después fue una obra maestra de dos profesionales.

Nos separamos. Yo me arreglé el pelo, que no hacía falta. Él recogió mi móvil, le limpió la arena con la camiseta y me lo dio.

—Está entero —dijo.

—Gracias.

—De nada.

Y nos quedamos los dos mirando la pared de roca de la izquierda, con los pinos.

—Oye —dije—. Esto no cambia nada.

Lo dije con mi voz de reunión. Con la de los martes.

—Nada —dijo él.

—Ni con el negocio, ni con septiembre, ni con nada. Somos socios y hay una operación en marcha, y yo no—

—Nada de nada —dijo—. Faltaría más.

Los dos mentimos con muchísima soltura, y los dos, y esto lo sé porque yo estaba pensando exactamente eso y le vi la cara, calificamos la mentira del otro de chapuza.

Él dijo «faltaría más». Un hombre que no ha dicho «faltaría más» en su vida.

Yo dije «hay una operación en marcha». Como si estuviera dando un parte a un consejo.

Éramos dos personas de treinta y tantos años sentadas en una piedra caliente diciendo tonterías de altísima calidad técnica.

—Y de todas formas —añadí, porque no sé parar— mañana tenemos ciento sesenta reservas.

—Ciento sesenta y cuatro.

—Ciento sesenta y cuatro.

—Y el pedido de bebidas a las nueve.

—Y el pedido de bebidas a las nueve.

Nos quedamos callados un momento, los dos mirando al frente, muy dignos, con la lista de tareas de un negocio de temporada haciendo de chaleco salvavidas.

—Vámonos, que se hace de noche —dije.

—Vámonos.

◆

Volvimos por las rocas en fila india, él delante y yo detrás, porque en el tramo de los pinos no caben dos, y durante quince minutos hablamos sin parar y a una velocidad que no hemos alcanzado ni antes ni después.

—Cuidado ahí, que está suelta.

—Ya la veo.

—Que está suelta, Santos.

—Que la veo, Arbona. Que llevo andando por estas piedras desde los seis años.

—Y te caíste dos veces.

—Me caí una.

—Te caíste dos y la segunda te llevaron a Vilarreal a que te miraran la muñeca.

—Eso fue en la escollera del puerto y fue mi prima.

—Fue tu prima. —Saltó al escalón siguiente y me dio la mano hacia atrás sin volverse, y yo la cogí y la solté en el mismo movimiento—. Fue tu prima y tú estabas al lado diciéndole que saltara.

—Eso no lo puedes saber.

—Lo sé porque estaba yo, que fui el que fue a avisar a tu abuela.

—…Ah.

—Ya.

—Y luego mi abuela le dijo a mi madre que estaban las dos «insoportables».

—Las dos —dijo él—. Y llevaba razón.

Y así los quince minutos enteros, sin una pausa, sin un silencio de más de un segundo, subiendo por un sendero que está fatal y que necesita una barandilla en la parte de los pinos.

Nos despedimos en la puerta de servicio a las nueve y veinte. Él entró a abrir la cocina con cuarenta minutos de retraso sobre su propio horario inventado, y Óscar, desde la barra, dijo «buenas noches, jefes» con una entonación que le costará cara el resto de su vida.

◆

En casa escribí tres mensajes.

El primero decía: Oye, lo de antes. Lo borré porque no llevaba a ninguna parte.

El segundo decía: Las fotos han salido fatal, mañana las repito. Lo borré porque era cobarde hasta para mí.

El tercero decía: No quiero que esto complique lo de septiembre. Lo tuve escrito once minutos, con el dedo encima, y lo borré porque me di cuenta de que no era verdad. O de que era verdad pero no era eso. O de que llevaba once minutos con el dedo encima de un mensaje, que es un dato en sí mismo.

Dejé el móvil boca abajo en la mesilla a la una y media.

A las dos y catorce vibró.

Mañana toca pedido de bebidas. Lo digo por si también va a no cambiar nada a las 9:00.