14. Sesión golfa
Sesión golfa
La idea se me ocurrió el jueves por la noche, a la una y media, con el cuaderno de tapas de hule abierto por la página cincuenta y uno.
La ejecuté el viernes, que es el plazo que me doy para las cosas que sé que no voy a poder pensar mejor.
Y la ejecuté con alevosía, que es la única manera de ejecutar algo cuando la otra parte tiene derecho de veto y va a usarlo.
Sobre el motivo he pensado bastante después, y tengo dos versiones.
La primera es la que le conté a Nuria: que si vamos a vender esto en septiembre, la carta es un activo y hay que probar si funciona. Es verdad, es defendible y la sostengo delante de cualquiera.
La segunda es que el jueves un señor muy educado me había puesto delante veintidós páginas impecables con una cifra en la diecinueve, y yo llevaba dos días haciendo la misma división en la cabeza, y no había sido capaz de contestar a una pregunta de cuatro palabras.
Cuando yo no soy capaz de contestar a una pregunta, monto un proyecto. Es lo que hay.
◆
A las once de la mañana llamé a Nuria y le dije que el viernes por la noche, al cerrar, había «una prueba de proveedores» y que necesitaba paladares.
—¿Paladares.
—Gente que coma.
—Eso ya me suena más. —Estaba en la farmacia, se le oía el trasteo—. ¿A qué hora?
—A las doce y media.
—Gabi, yo mañana abro a las nueve y media.
—Ya.
—Voy.
A las once y veinte se lo dije a Matilde, que estaba en la barandilla, y Matilde se lo dijo a los otros tres antes de que a mí me diera tiempo a decírselo, y a las once y media Paco ya había preguntado si había que traer algo y yo le había dicho que no y él había dicho que traería vino igual.
A las doce y cuarto entré en el horno de Chelo y le expliqué el plan, y Chelo, con las manos en la masa, me dijo:
—Yo a las dos empiezo.
—Ven a las doce y media y te vas a la una y media.
—Una hora.
—Una hora.
—Vale. —Metió la pala—. Pero como sea una tontería de esas de la tele, me voy a los diez minutos.
◆
A las once y veinte de la noche del viernes cerramos la cocina. A las doce y cuarto se levantó la última mesa de fuera, que eran cuatro alemanes muy educados que se quedaron con el café puesto hasta el final.
Óscar y Nando empezaron a recoger. Teo estaba en el pase limpiando la plancha con esa cosa que parece una espátula de albañil.
Y yo cogí la escalera de mano, subí al estante de encima de las cajas de sal, aparté el rollo de papel film y bajé la libreta azul.
Se la puse delante, encima del pase, con la goma todavía puesta.
—Vienen diez personas a las doce y media —dije—. Está el Comité entero, Nuria, Chelo, Óscar y Nando. Chelo se va a la una y media porque a las dos amasa.
Teo miró la libreta.
Luego me miró a mí.
Luego volvió a mirar la libreta.
—Gabi.
—Cocinas lo tuyo —dije— o cocino yo. Y yo tengo un máster y ninguna idea.
◆
Lo que pasó a continuación duró unos doce segundos y no voy a poder contarlo bien, porque en aquellos doce segundos no dijo absolutamente nada.
Cogió el trapo del hombro. Lo dejó otra vez. Se apoyó con las dos manos en el borde del pase, con la cabeza baja, y se quedó así el rato suficiente como para que yo empezara a considerar seriamente que aquello había sido un error de los gordos.
Después estiró la mano y puso el dedo índice encima de la libreta. Solo el dedo. Como se toca una cosa para comprobar si está caliente.
Y dijo:
—¿Diez?
—Diez.
—¿Y de postre qué se supone que hago?
—No lo sé. Yo he traído a la gente.
—Ya. —Quitó la goma—. Óscar. ÓSCAR. Deja eso. Ponme dos ollas y baja la sepia de la cámara.
—¿La de mañana?
—La de mañana.
Y en los cuarenta minutos siguientes no me habló, no me miró y no me pidió nada, y yo estuve pelando cebolla en un rincón con el delantal azul puesto, y en algún momento, sobre la una menos veinte, pasó por detrás de mí, me quitó el cuchillo de la mano, cortó tres cebollas en el tiempo que yo tardo en cortar una, me devolvió el cuchillo y siguió.
Eso, en él, es una frase entera.
◆
La cena empezó a la una menos cinco en dos mesas juntas, la seis y la ocho, con el mantel de papel puesto del revés y una vela de las de emergencia porque a Rosario le pareció que sin vela no era cena.
Salieron cinco cosas.
Primero, la sepia con cebolla asada y naranja amarga. Silencio de ocho segundos en la mesa, que es el mejor sonido que puede hacer una mesa. Matilde dejó el tenedor, se limpió la boca y dijo «vaya», y Paco preguntó dónde estaba el pan sin dejar de comer.
Yo estaba de pie, apoyada en la barra, sin sentarme, porque llevaba toda la noche sin sentarme. Y desde ahí vi una cosa que no se ve desde la mesa: que en la puerta de la cocina había un hombre mirando comer a ocho personas con las manos colgando, como si se le hubieran olvidado en el pase.
Después, la sardina en escabeche templado.
Esta la había leído yo en la libreta, tres semanas antes, y la había puesto en una diapositiva.
Aquella noche entendí por qué una diapositiva no vale para nada: la sardina llegó tibia, con el escabeche caliente por encima, y a Andreu se le cambió la cara.
Andreu, que trae la sardina. Andreu, que lleva seis años sin barca comprando pescado ajeno en la lonja de Vilarreal para tener algo que traer.
No dijo nada, claro. Se comió tres y dejó el plato limpio con el pan, con las dos manos.
Luego el arroz meloso de sofrito quemado, que era el irregular. Yo lo vi desde la cocina: le pasó algo con el punto y salió más suelto de lo que él quería, y en la mesa nadie lo notó excepto él, que lo probó con la cuchara del cordel y torció el gesto.
Una cosa con calabacín cuyo nombre no aprendí y que estaba bien sin más.
Y el postre, que fue un desastre.
Era una especie de crema de almendra con higo, y le faltaba algo, o le sobraba, o las dos cosas.
Nuria, que es muy educada, dijo que le recordaba a un postre de una boda.
Óscar dijo que él se lo comía igual y se lo comió.
Y Matilde, que llevaba media hora sin decir nada, empujó el plato tres centímetros y sentenció:
—Interesante. Como los yernos.
—Que estás en tu casa, Matilde —dijo Paco.
—Estoy en casa de Luna. —Se acabó el vino—. Y ella también lo habría dicho.
◆
A la una y veinte, Paco contó lo del contrabandista.
—Esto fue el setenta y ocho —dijo—. Y aquí, donde estáis vosotros, estaba un tío de Denia al que le decían el Cabra, que traía tabaco. Cajas y cajas de tabaco, en cajones de pescado. Y el de la Guardia Civil…
—Segura —dije yo.
Paco me miró con un respeto nuevo.
—Segura. Buena persona. Que luego se casó con una de Pego. —Bebió—. Y era febrero, ¿eh?, que eso la gente no se lo cree. Febrero. Con un frío que pelaba y aquel hombre ahí en el muelle con las manos en los bolsillos.
Yo abrí la boca.
Y entonces vi la cara de Matilde, que llevaba dos semanas enseñándome esa cara sin decir nada, y cerré la boca.
En junio eran medias de señora en cajas de fruta y era agosto.
En julio es tabaco en cajones de pescado y es febrero.
Nadie parpadeó. Nadie dijo «pero si el otro día dijiste». Rosario asintió, Andreu dijo «el Cabra» y Nuria, que ha oído esta historia unas ochenta veces en su vida, me miró y levantó las cejas medio milímetro, que en el idioma de este pueblo es una carcajada y un abrazo.
◆
Y a la una y media pasó lo otro.
Rosario se levantó a por su chaqueta y, al apoyarse en el borde de la mesa ocho para incorporarse, la tabla de debajo cedió su centímetro largo y soltó su ruido, que no es un crujido, que es un ruido de cosa que trabaja.
—Ay.
—No pasa nada —dijo Teo desde la cocina, sin salir—. Es la plataforma.
—Pues como me caiga yo aquí dentro no me sacáis.
Se rieron todos. Chelo, que estaba recogiendo su bolso para irse a amasar, dijo que esa tabla llevaba mala desde la Semana Santa. Paco explicó cómo se arregla, con detalle, durante bastante rato.
Y yo saqué el móvil, abrí la nota del documento de trabajo, escribí «obra plataforma — pedir 2º presupuesto» y, antes de guardar, borré la línea y escribí en su lugar la que ya estaba escrita en el apartado de inversiones desde el diecinueve de junio:
(después de la venta)
Guardé el móvil.
Aquello me llevó once segundos.
◆
A las dos menos cuarto, con la mesa medio recogida y el vino de Paco acabado, Andreu dijo la única frase larga que le he oído decir en todo el verano.
Dijo:
—El arroz ese raro. El meloso. ¿Ese lo vais a poner?
Y hubo un momento en el que nadie contestó, porque Teo estaba en la puerta de la cocina, apoyado en el marco, con el trapo en las manos.
Se estuvo secando las manos mucho rato.
Las tenía secas. Yo lo sé porque llevaba diez minutos fregando y se las había secado ya dos veces.
Y él seguía dándole vueltas al trapo entre los dedos, mirando la mesa, con una cara que era exactamente, exactamente la misma cara que yo he visto en gente que acaba de presentar una cosa suya y no se cree que alguien haya dicho algo.
—Salió suelto —dijo.
—A mí me ha gustado —dijo Matilde.
—Salió suelto, Matilde.
—Pues que salga suelto otro día y me lo comes otra vez —dijo Andreu.
Y se levantó a por su gorra, y ahí acabó la conversación, porque en esta gente las cosas importantes duran cuatro frases y luego se habla del aparcamiento.
◆
Nuria se fue a las dos y cuarto. En la puerta me dio dos besos y, con la mano todavía en mi brazo, dijo:
—Ya.
—¿Ya qué?
—Nada. Ya.
Y se fue.
◆
Teo me acompañó por el paseo a las tres menos veinte.
No lo propuso nadie. Salimos los dos a la vez porque los dos íbamos hacia arriba, y anduvimos sin hablar mucho: dos frases sobre lo del postre, una sobre Chelo, otra sobre que a Andreu se le había olvidado la gorra igualmente.
El paseo de Calaluna a las tres menos veinte de una madrugada de julio está vacío y tiene todas las farolas encendidas para nadie. Se oyen dos cosas: el mar, que ya está bajo, y el zumbido de los congeladores del súper.
Y en el segundo banco, donde el paseo se separa en dos, hay un desvío.
A la derecha se sube al pueblo por la calle del mar. A la izquierda se sigue por las rocas, un cuarto de hora, hasta la cala de los Frailes.
No hay farolas hacia la izquierda. Hay un poste de madera con una flecha comida por la sal, y a partir de ahí está oscuro.
Los dos aflojamos el paso.
Los dos. A la vez. No un poco: lo suficiente como para que se notara, como para que aquello dejara de ser andar y pasara a ser otra cosa durante cuatro o cinco pasos, con el desvío ahí, a la izquierda, negro y perfectamente disponible.
Yo iba por dentro, por el lado del muro, y él por fuera.
Íbamos cerca. Íbamos, de hecho, mucho más cerca de lo que habíamos ido en todo el paseo, porque en algún punto entre el súper y el segundo banco la distancia se había reducido sin que ninguno de los dos hiciera nada, que es como se reducen esas distancias.
En el poste de la flecha comida por la sal hay una cosa escrita con navaja que lleva ahí desde antes de que naciéramos y que no se lee.
Nadie dijo nada. Nadie miró hacia allí.
Y seguimos rectos.
Subimos hasta el desvío de la calle del Forn, nos dijimos buenas noches con los apellidos, y yo entré en casa, y estuve un rato de pie en el pasillo, entre las siete cajas, con las llaves todavía en la mano.