12. Frialdad cordial
Frialdad cordial
Mi madre me contestó el viernes a las siete y cuarto de la mañana con un mensaje de dos líneas:
Perdona, se me quedó el móvil en la taquilla. Estoy de tardes todo julio. Si quieres subes el domingo y cenamos aquí, que tengo media hora a las nueve.
Cenamos aquí.
Aquí es el Hospital Comarcal de la Marina, cuarenta minutos de carretera desde Calaluna, y concretamente la cafetería de la planta baja, que a las nueve de la noche de un domingo de julio está cerrada y consiste, por tanto, en cuatro máquinas expendedoras, seis mesas de formica y un ventanal que da al aparcamiento de urgencias.
Yo llegué a las nueve menos diez, después de un domingo de ciento sesenta y ocho cubiertos, con el pelo recogido de cualquier manera y oliendo a fritura. Me duché en casa antes de coger el coche y no sirvió de nada: hay olores que ya no son del pelo, sino del coche.
Ella llegó a las nueve y cuatro con el pijama verde y las zapatillas blancas, y lo primero que hizo fue mirarme y decir:
—Estás morena.
—Un poco.
—Ponte factor cincuenta en la nariz, que la tienes pelada. —Metió la moneda en la máquina—. ¿Café o té? El té es asqueroso.
—Café.
—Es peor. Pero es café.
◆
Cenamos un sándwich mixto de máquina cada una, calentado en un microondas comunitario que hay junto a la puerta y que tiene un cartel pidiendo por favor que se limpie, escrito por alguien que ya se ha rendido.
Y entonces empezamos, con la profesionalidad de dos delegaciones que se conocen bien, con los temas seguros.
El turno de julio. La compañera que se jubila en octubre y a la que no van a cubrir.
Que en urgencias, en verano, la mitad son cosas de playa: cortes de digestión, alacranes, un chaval que se tiró de cabeza donde no cubría.
El aire acondicionado del coche, que hay que mirárselo.
El precio del gasoil. Un primo de mi padre que se ha mudado a Elche.
Al primo de mi padre lo mencionó ella, y lo mencionó como se mencionan estas cosas en mi familia: nombre, ciudad, punto.
Mi padre se murió cuando yo tenía siete años, en marzo, y en casa se hablaba de él exactamente así, de refilón y en frases de una línea, con sus primos y sus cuñados apareciendo de vez en cuando en una conversación sobre otra cosa.
Yo tengo de él cuatro recuerdos y medio, y el medio no sé si es mío o es de una foto.
Pasamos a otra cosa en dos segundos, como siempre.
Mi madre habla como escribe un parte: sujeto, verbo, dato. Nada de adjetivos si no son necesarios. Cuando algo es grave, dice «es lo que hay». Cuando algo es muy grave, no dice nada y hace un gesto pequeño con la mano, hacia abajo, que quiere decir que ese asunto ya está cerrado por arriba.
Yo, que llevo quince años cobrando por hablar bien, la escuchaba con la incómoda impresión de estar oyendo una versión mía sin los adornos.
—¿Y el chiringuito? —dijo, al llegar a la mitad del sándwich, que es cuando se pasa al asunto real.
—Va bien. Julio va muy bien. Vamos un veintidós por ciento por encima del año pasado en cubiertos y un ocho en ticket medio.
—Ah.
—Y estoy ordenando las cuentas para poder venderlo en condiciones en septiembre.
—Ya. —Le dio la vuelta al vaso de café, que estaba vacío—. ¿Y tú cómo estás?
—Bien.
—Vale.
Esa es, literalmente, la conversación que mantuvimos sobre mí. Duró seis segundos y las dos la dimos por buena.
◆
Lo otro pasó a las nueve y veinticinco, cuando ya se estaba levantando.
Yo le había contado, por decir algo, lo del arroz de los domingos. Lo del caldo variable, lo de la cuchara del cordel, lo de que Teo dice que no le sale como a ella.
Y mi madre, de pie, con el vaso de plástico en la mano y buscando la papelera con la mirada, dijo:
—Es que tu abuela cocinaba de pena.
Me quedé con el último trozo de sándwich en la mano.
—¿Cómo?
—Que cocinaba de pena, hija. —Encontró la papelera—.
Todo lo bueno de esa carta era de tu bisabuela Amparo.
El arroz, la ensaladilla, el escabeche. Todo.
Luna lo hacía porque era lo que había que hacer, y le salía bien porque llevaba cuarenta años haciéndolo, pero cocinar, cocinar, no le gustaba nada. En su vida.
—Eso no es verdad.
—Es verdad. —Sin énfasis. Sin ninguna intención—. Lo que pasa es que a tu abuela eso no se lo discutía nadie, y yo tampoco, que bastante teníamos.
Y ahí se calló, porque se había pasado.
Le vi pasarse. Le vi el momento exacto en el que se dio cuenta de que había abierto una puerta que llevaba treinta años cerrada, y le vi hacer con la boca el mismo gesto que hago yo cuando me oigo decir algo de más en una reunión.
Y a mí, mientras tanto, se me estaba cayendo una cosa por dentro, que era esta: yo tengo en casa, encima de la mesa camilla, un cuaderno de tapas de hule con la letra de mi abuela invadiendo los márgenes de doce años de escandallos.
Lo he leído entero. Sé lo que le costaba el arroz y lo que cobraba, sé lo que pensaba de la coca de Chelo, sé a quién había que pagarle sin discutir.
En doce años de márgenes no hay una sola frase sobre cómo se hace nada.
Ni una. Ni un truco, ni un tiempo, ni una cantidad puesta por gusto. Todo son costes, avisos y personas. Yo lo había leído como se lee a una empresaria, y llevaba tres semanas repartiendo esas notas por ahí como si fueran recetas.
—Bueno. Que se me va la hora.
—Mamá.
—Es que a las nueve y media entro, Gabi, no es una manera de hablar. —Se colocó la bata—. El otro día vino un chaval de Vilarreal con una cosa en el ojo y no había nadie en el triaje.
Y cambió de tema con una limpieza que le agradecí y que me dio rabia a partes iguales, porque yo hago eso mismo y sé exactamente lo que cuesta hacerlo bien.
◆
Salimos juntas hasta la puerta.
Y en el pasillo, mientras andábamos, dijo la otra cosa. La dijo sin mirarme, con el tono de las que ya ha dicho antes, entre lo del ojo y lo del aparcamiento:
—Oye, el chico ese os avisó, ¿no? De lo del final.
—¿Teo?
—Teo. A mí me llamó dos veces esa semana. —Saludó con la barbilla a un celador que pasaba—. Una el lunes, para decirme cómo estaba, y otra el miércoles por la noche, para decirme que subiera si podía. Y por eso llegué a tiempo, que si no.
—Ya.
—A ti no sé.
—Ya.
No dije nada más. Nada.
Y no dije nada más porque a mí Teo no me llamó.
Ni el lunes, ni el miércoles por la noche, ni ninguno de los otros días de aquella semana.
A mí me llamó mi madre el jueves a las seis y cuarto de la mañana, cuando ya no había nada que hacer, para decirme una frase de siete palabras que no voy a poner aquí.
Teo tenía mi número. Lo tiene desde que existen los números. Lo tenía ese lunes y ese miércoles y los quince años anteriores.
Eso lo pensé entero, con esas palabras, en dieciocho segundos de pasillo de hospital, entre la máquina de agua y la puerta de urgencias.
Y luego mi madre dijo que condujera con cuidado, que en la comarcal hay jabalíes, y yo dije que sí, y nos dimos dos besos, que es lo que nos damos.
◆
Volví a Calaluna a las diez y veinte con la ventanilla bajada.
Cuarenta minutos de comarcal de noche, que son los cuarenta minutos más útiles que tiene el día si uno necesita pensar y no quiere.
Porque yo iba pensando en la bisabuela Amparo, en el escabeche y en una mujer que cocinó cuarenta años una cosa que no le gustaba hacer.
Y debajo de eso, ocupando bastante más sitio, iba lo otro: dos llamadas el lunes y el miércoles, y ninguna a mí.
Yo no soy de las que se tragan estas cosas. En mi trabajo, cuando alguien me oculta un dato, lo digo. Lo digo el mismo día, delante de quien haga falta, y me he ganado media carrera haciendo exactamente eso.
Y aquella noche, en la comarcal, monté cuatro versiones de la frase con la que se lo iba a preguntar. Cuatro. Con sus entradas y sus salidas.
No dije ninguna. Ni aquella noche, ni en agosto, hasta el veintiocho.
Y no las dije porque las cuatro versiones tenían el mismo problema, que es que todas empezaban por «oye, ¿por qué no me llamaste?» y que a esa pregunta, hecha en junio, en julio o en agosto, él me podía contestar perfectamente con otra pregunta de seis palabras que yo no tenía ninguna gana de oír.
No subí a casa.
Aparqué arriba, bajé por el paseo, abrí la puerta de servicio de El Varadero con mi llave —tengo llave desde el veinte de junio y aquel día fue la primera vez que la usé para entrar en un sitio cerrado— y encendí el fluorescente de la cocina.
Y me metí en la cámara.
Aquí conviene explicar una cosa que a mí me costó años entender de mí misma: yo, cuando no puedo con algo, ordeno otra cosa.
No es una metáfora ni una gracia. Es un procedimiento.
En Madrid he vaciado un armario entero a las tres de la mañana la noche antes de una entrevista de rendimiento.
En abril, después de lo de la diapositiva cuatro, llegué a casa y clasifiqué cuatro años de facturas por proveedor.
La cámara de El Varadero tenía cuatro baldas y un sistema que consistía en que las cosas estaban donde cabían.
Empecé por abajo. Saqué los barreños, agrupé por familias, puse el pescado en la balda de abajo del todo y las salsas arriba, hice hueco para los táperes del caldo, y estuve cuarenta minutos a cuatro grados con una chaqueta de punto que no era mía, colocando cosas de un negocio que estoy vendiendo.
A los veinte minutos me di cuenta de que estaba haciendo el mismo movimiento con las manos que hace mi madre cuando coloca cosas: coger, mirar, girar el envase para que la etiqueta quede de frente. Todas de frente. Mi madre lleva cincuenta y ocho años poniendo las etiquetas de frente.
Seguí colocándolas de frente igual.
A las once y media se abrió la puerta de la cámara.
Teo se quedó en el marco, con las llaves en la mano. Venía a por algo, supongo. Nunca lo pregunté.
Me miró. Miró las baldas. Volvió a mirarme.
Y no dijo ni una sola de las cosas que se dicen. No dijo «¿qué haces aquí?», ni «¿estás bien?», ni «¿ha pasado algo?».
Dijo:
—Voy a poner un café.
Y se fue.
◆
Volvió a los cinco minutos con dos cafés y me dio uno en la puerta de la cámara, y luego se puso a hacer una cosa que yo, si hubiera estado de otro humor, habría reconocido inmediatamente: ordenar algo que no hacía falta ordenar.
Se puso con el estante de las especias. Que estaba bien.
Estuvimos así un rato, cada uno con lo suyo, sin hablar. En algún momento me pasó la caja de las etiquetas sin que se la pidiera. En algún otro le pasé yo un rotulador.
Y hacia las doce, sin venir a cuento de nada, con media espalda dentro del armario de las especias, dijo:
—Mi madre y yo tampoco hablábamos.
Seguí etiquetando.
—Nos llevábamos bien, ¿eh? Muy bien. Pero hablar, hablar, nada. —Movió un bote—. Y luego, los últimos meses, ya solo se podía hablar. No había otra cosa que hacer. Y hablamos muchísimo, y estuvo muy bien, y aprendí un montón de cosas de ella.
Dejó el bote donde estaba.
—No lo recomiendo, el sistema.
◆
Nos quedamos hasta la una y cuarto.
Etiquetamos catorce táperes de caldo con la fecha y el contenido, que es una tarea que no requiere dos personas y que hicimos entre los dos.
Él escribía la fecha y yo pegaba. En algún momento me di cuenta de que la letra de él en las etiquetas es una letra pequeña y muy clara, de las que se leen desde lejos, y que la mía, al lado, parecía la de alguien con prisa.
También me di cuenta de que llevábamos veinte minutos sin decir nada y de que no estaba pasando nada malo. Eso, en mi vida de los últimos quince años, tampoco es tan frecuente.
Cerramos, y él subió por el paseo y yo subí por el paseo, y en el desvío de la calle del Forn nos dijimos buenas noches con los apellidos.
No hablamos de mi madre. No hablamos de la suya, tampoco, más allá de aquellas tres frases dentro del armario de las especias.
Cuando llegué a casa, en el pasillo seguían las siete cajas. Me lavé los dientes, apagué la luz y me acordé de que se me había quedado la chaqueta de punto en la cámara, a cuatro grados, colgada de la balda de arriba.