11. La libreta azul
La libreta azul
El jueves bajé con el delantal lavado y doblado, y con una presentación de once diapositivas.
Lo del delantal lo resolvió él en cuatro segundos: lo cogió, lo miró, lo colgó en el gancho de detrás de la puerta y dijo «ese ya es el tuyo», sin más ceremonia, y siguió a lo suyo.
Y yo me quedé mirando un gancho con un delantal azul viejo colgado, en una cocina en la que no trabajo, con una sensación que no pienso desarrollar aquí.
Fuera, mientras tanto, Calaluna hacía lo que hace la segunda semana de julio: llenarse de gente que anda despacio.
Hay que salir a las nueve para hacer cualquier cosa.
A las once ya no se puede aparcar en el paseo, a las doce hay cola en el horno de Chelo hasta la esquina, y por la tarde el pueblo tiene un olor a crema solar que se te mete en la ropa y que a mí, la primera semana, me parecía insoportable y a la segunda ya no notaba.
Lo de las once diapositivas costó bastante más.
◆
Se lo presenté a las diez y media, en la mesa de dentro, con el portátil girado y el café al lado. Lo llamé «línea de crecimiento» porque llamarlo por su nombre me pareció, esa mañana, una imprudencia táctica.
—Tenéis un problema de estructura de carta —dije—.
Todo lo que vendéis está en la franja de nueve a catorce euros.
No hay nada arriba. Eso significa que el ticket medio no puede subir aunque suba la afluencia, y significa también, y esto es lo importante para septiembre, que cuando alguien mire este negocio va a ver un techo.
—Un techo.
—Un techo. —Pasé de diapositiva—. La solución no es subir el arroz. Ya me quedó claro. La solución es meter tres o cuatro platos en otra franja. Producto de aquí, elaboración distinta, precio de veintidós a veintiocho. No sustituyen: conviven. Los pides tú si quieres pedirlos.
Teo se echó hacia atrás en la silla.
—¿Y quién los hace?
—Los haces tú.
—Ya. —Se rascó la ceja con el pulgar—. ¿Y qué platos son esos?
Y ahí llegué al momento que había ensayado, que era la diapositiva ocho, en la que yo había escrito, con toda mi buena intención y toda mi torpeza:
Ejemplos orientativos: pescado de lonja con base de escabeche templado; arroz de sofrito largo; producto local en formato «de temporada».
Escabeche templado.
Yo no sé cocinar. Yo había escrito «escabeche templado» porque lo había leído tres días antes en una libreta azul de tapa dura que un hombre me quitó de las manos con una suavidad que fue peor que un grito.
Teo leyó la diapositiva ocho.
La leyó entera. Se tomó su tiempo. Y luego dijo, muy amable:
—Muy bien. Eso es carta de restaurante, no de chiringuito. —Cogió su café—. ¿Sabes lo que pasa si yo saco eso ahí fuera? Que la mesa de la barandilla se piensa que hemos subido los precios y se va a Vilarreal. Y con eso, adiós febrero.
—No he dicho que quitemos—
—Y además la gente aquí no quiere eso, Santos. Aquí la gente quiere sardina. Llevo doce años viéndolo. —Sonrió. Sonrió por delante, de las suyas—. Que tú tienes muchas diapositivas, pero yo tengo doce agostos.
Y se levantó a por el pedido del pescado, que llegaba a las once.
Guasa por delante, puerta cerrada por detrás, y todo dicho de una manera que no admite discusión porque no ha habido discusión: ha habido un señor simpático explicándole el mundo real a una señora con un PowerPoint.
Lo conozco. Lo he hecho yo en reuniones. Se llama tener razón por adelantado.
Aquel jueves, además, tenía yo dos correos sin contestar.
Uno era del gestor de Ferrandis, con el modelo trimestral, y lo contesté en cuatro minutos.
El otro era de Marc Soldevila y llevaba en la bandeja desde el lunes.
Tres líneas, sin asunto comercial, sin adjuntos: que había estado en Calaluna el fin de semana con su hermana y los sobrinos, que habían comido en El Varadero, que el arroz merecía la pena la cola, y que cuando yo quisiera hablar, hablaba yo.
Firmaba «M.».
Estuvo así todo el día, abierto en una pestaña, mientras yo montaba once diapositivas sobre estructura de carta para un negocio que tenía comprador desde el veintitrés de junio.
Lo contesté por la tarde con siete palabras: Gracias. Ahora estoy con la temporada. Hablamos.
Y no se lo dije a nadie, que ya iban dos semanas y media.
◆
Lo que pasó después no lo provoqué yo. Lo provocó Óscar, que es el instrumento con el que este pueblo comunica lo que no se dice.
Fue a las seis y media, en la barra, cuando ya no quedaba nadie. Yo estaba con el cierre de la semana y él estaba metiendo los vasos limpios.
—Oye, jefa, ¿tú el martes que viene libras?
—Yo no libro nunca. No trabajo aquí.
—Ya, bueno. —Se rió—. Es que el martes creo que hay cena de las buenas y si te avisan te viene bien saberlo.
Levanté la cabeza.
—¿Cena de las buenas?
—Sí, hombre. Cuando cerramos. —Y lo dijo con la naturalidad de quien explica dónde está el baño—. El jefe se queda y hace cosas. Cosas suyas, ¿eh?, no de la carta. Y luego a veces se lo damos a los de la mesa de la barandilla si están, o se lo lleva Nando, o me lo como yo si sobra.
—¿Y él qué dice cuando lo saca?
Óscar se paró a pensar, con un vaso en la mano.
—Nada. Dice «esto me ha sobrado». —Se encogió de hombros—. Que es mentira, ¿eh? Porque anteayer hizo cuatro raciones iguales y todo el mundo lo vio.
◆
Aquella noche me quedé.
No me quedé a espiar; me quedé porque me quedé, con la excusa del cierre de la semana, en la mesa de dentro, con el portátil abierto en una hoja que no toqué.
A las once y veinte, Teo salió con dos platos.
Eran dos platos de verdad. No dos platos de comer: dos platos puestos , con la salsa hecha con una cuchara, con las cosas colocadas donde alguien había decidido que fueran.
Los dejó en la barandilla, delante de Paco y Andreu, que a esa hora estaban terminándose una cerveza que llevaban una hora terminándose.
—Esto me ha sobrado —dijo.
Paco dijo «hombre». Andreu no dijo nada, que en él es un aplauso.
Se lo comieron los dos en silencio, mojando pan, sin decir nada más que dos o tres cosas del calor y de la porra, y cuando terminaron, Paco dijo:
—Bueno, pues nada.
Y se fueron.
Yo, que llevo desde los veintitrés midiendo cosas, medí aquello también: cuatro minutos y medio comiendo, cero comentarios sobre el plato, dos frases sobre el calor y una sobre un delantero centro.
Y sin embargo Andreu se llevó el plato al borde de la barandilla para mojar el pan a gusto y con las dos manos, cosa que yo le había visto hacer con exactamente una comida en tres semanas, que era el arroz del domingo.
Eso, en el idioma de esta gente, es una ovación de cuatro minutos. Lo que pasa es que hay que llevar aquí más tiempo del que llevaba yo para saber leerlo, y él, que lleva doce años, lo estaba leyendo mal a propósito.
Teo recogió los platos, y en la cara, mientras los llevaba a la cocina, tenía una expresión que yo he visto muchas veces en mi vida profesional, en salas de reuniones, en gente que acaba de presentar algo suyo delante de doce personas y está esperando que alguien diga algo, lo que sea, y nadie dice nada porque están mirando el móvil.
Y me di cuenta de la cosa a la vez, de golpe, como se dan cuenta las cosas: que aquello no es que le sobrara.
Que aquello es lo que él hace cuando no lo ve nadie.
Que lo saca disfrazado de sobras para poder recogerlo sin que le duela si nadie dice nada.
Y que yo, que llevo quince años escribiendo informes impecables sobre negocios ajenos y que en abril me quedé en blanco en la diapositiva cuatro delante de doce personas, tengo exactamente el mismo miedo con otro delantal.
Y aquí la gente se entera perfectamente.
Al día siguiente le pregunté a Matilde, como quien no quiere la cosa, si a ella le habían dado alguna vez «de eso que hace el chico por las noches».
—Tres o cuatro veces —dijo, sin levantar la vista del crucigrama.
—¿Y qué tal?
—Muy bueno. —Escribió una palabra—. Muy bueno de verdad, ¿eh? No de decirlo por decirlo.
—¿Y se lo habéis dicho?
Matilde levantó la cabeza.
—Hija, se lo comemos.
Y volvió al crucigrama.
Y ahí es donde entendí el sistema entero, que es un sistema muy español y muy de aquí: él saca la comida diciendo que le ha sobrado para no exponerse, y ellos se la comen sin decir nada para no exponerlo. Los dos lados protegiéndose de lo mismo. Cuarenta años de práctica.
Y así se pueden pasar diez temporadas seguidas.
◆
Yo tenía la respuesta preparada.
Tenía la frase entera montada mientras él recogía los platos.
Era una frase buena, además: llevaba dentro lo de la diapositiva ocho, lo de «escabeche templado», lo de que aquello no era carta de restaurante sino carta suya, y llevaba también, muy al fondo y bien envuelto, un reproche por lo del gancho de la libreta y el rollo de papel film.
Habría quedado bien. Yo quedo bien en estas cosas: es mi oficio.
Y me la callé.
Cerré el portátil y me la callé, y a día de hoy sigo pensando que aquella fue la primera cosa útil que hice en Calaluna.
Porque hay conversaciones que se ganan y se pierden a la vez. Y porque a un hombre que saca su trabajo por la puerta de atrás llamándolo sobras no se le convence con once diapositivas: se le convence de otra manera, que a mí me costó nueve días más entender.
◆
Salí a la terraza. Él estaba fregando y se oía el agua.
Y como no me iba a quedar callada del todo, porque tampoco soy una santa, hice lo otro que se puede hacer, que es cambiar de tema y pegar donde no duele.
—Oye. En la pizarra de la carta, «berberechos» lleva una be que no le corresponde.
Se cortó el agua.
Teo salió secándose las manos, se puso a mi lado, miró la pizarra como si no la hubiera visto nunca, y estuvo así unos segundos.
—Lleva mal veintidós años.
—Ya lo sé. Lo vi el primer día.
—Y te has callado tres semanas. —Colgó el trapo—. Eso, en ti, es un récord.
—¿Por qué no lo arregláis?
—Porque lo escribió tu abuela en el 2004 —dijo—. Y porque tú viniste una tarde de agosto con quince años y se lo dijiste delante de la mesa de la barandilla entera. Con esa voz que ponías. «Luna, eso está mal escrito».
—Yo no ponía ninguna voz.
—Ponías una voz. —Se apoyó en el marco—. Y ella te dijo: pues que se quede. Y ahí lleva veintidós años. Cada mes de mayo lo copio yo igual. Con su be y todo.
Nos quedamos los dos mirando una falta de ortografía en una pizarra de tiza en un chiringuito vacío a las doce menos cuarto de la noche.
—Gracias, Santos —dijo.
Y esas dos palabras, en ese orden y con esa entonación exacta, son lo que me decía ese chico en clase de Sociales cada vez que yo le corregía algo en voz baja, entre los quince y los diecinueve años, unas cuatrocientas veces.
—De nada, Arbona.
◆
En casa saqué la libreta y miré la lista.
CERRAR CALALUNA 1. Notaría (viernes 12) ✓ 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver 5. ¿?
No taché nada. Tampoco escribí nada. Estuve un rato con el bolígrafo en la mano, que es una cosa que yo no hacía antes de venir aquí.
Y entonces vibró el móvil en la mesa, boca arriba, y en la pantalla ponía:
Mamá
Lo miré sonar.
Son seis o siete tonos, según. A partir del cuarto ya sabes que no vas a cogerlo, y los que quedan sirven para ir buscando el motivo. El mío fue que era tarde. Las doce y veinte. Si llamaba a esa hora era por algo, y si era por algo, ya me lo diría mañana.
Paró.
Esperé dos minutos exactos —los conté— y le di a llamar.
Comunicaba.
Volví a darle a los cinco minutos. Comunicaba.
A la tercera dejó de comunicar y empezó a sonar, y sonó seis o siete tonos, según, y no lo cogió.