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9. Recogiendo la terraza

Recogiendo la terraza

El último martes de junio hubo treinta y un cubiertos y llovió doce minutos.

Doce minutos exactos, a las ocho y cuarto, con esa lluvia de verano que no moja nada y que sirve únicamente para que la gente se levante, meta las sillas y decida irse a casa. A las diez y media quedaban dos mesas. A las once, ninguna.

Óscar se fue a las once y veinte porque tenía un trabajo de la asignatura de Alojamientos que entregaba el jueves y porque nadie sensato se queda a recoger un martes de treinta y un cubiertos.

Se llevó una bolsa de sobras que Teo le dio llamándola «excedente», palabra que le he oído usar tres veces y siempre para lo mismo.

Y nos quedamos los dos.

Yo tenía que haberme ido también. Tenía el portátil cerrado desde las nueve y media, la caja hecha, y encima de la mesa de dentro una carpeta con el cierre de junio que ya no daba más de sí.

Pero me quedé apilando sillas, que es lo que hago últimamente cuando no quiero irme a una casa con siete cajas en el pasillo.

Se apilan de seis en seis. Más de seis se caen.

Eso lo aprendí el segundo día y me pareció una tontería, y desde entonces lo pienso más de lo que debería: que hay una cifra exacta a partir de la cual las cosas se vienen abajo, y que en este oficio la sabe todo el mundo y nadie la ha escrito en ninguna parte.

En la pizarra, mis seis indicadores tenían ya el cierre de junio a falta de un día.

Cubiertos: bien, mejor de lo previsto, gracias a una noche de cuatrocientos treinta y uno que me ha deformado el mes entero.

Ticket medio: plano. Merma: alta, y no por descontrol, sino porque aquí se cocina lo que trae Andreu, y lo que trae Andreu no lo decide nadie.

Debajo, en azul, la porra iba por la jornada catorce de algo que se juega en Sudamérica y que Paco sigue con una devoción que no me ha explicado.

◆

A las doce menos veinte estaba todo recogido, el suelo barrido y las luces de fuera apagadas menos la de la barra, que es amarilla y da lo justo.

Teo salió con dos cafés y dejó uno delante de mí.

—Es descafeinado —dijo—. Que luego no duermes y al día siguiente me montas un panel.

Nos sentamos en la mesa cuatro, la buena, con las sillas del revés alrededor y el mar haciendo ese ruido de las noches sin gente, que es más ruido que de día porque no hay nada encima.

Él se sentó de espaldas al agua, como siempre.

Estuvimos un rato callados. Del pueblo llegaban dos ruidos: una tele en alguna terraza de arriba, con el volumen de la gente mayor, y un grupo de críos en la playa, lejos, en la zona del norte, riéndose de algo cada tres minutos.

—Esos van a estar ahí hasta las tres —dijo él.

—¿Los conoces?

—A dos. Uno es sobrino de Chelo. —Bebió—. Yo estuve ahí quince años. Y tú.

—Y yo.

En aquella playa, a los dieciséis años, hicimos exactamente eso: estar. Sin nada. Sin bebida, sin plan, sin más ambición que quedarse hasta que empezara a hacer frío y luego seguir un rato más.

Y entonces, sin que yo preguntara nada, dijo:

—Yo estuve cuatro años en Valencia.

—Lo sé.

—Sabes que estuve. No sabes dónde.

Y me lo contó.

◆

Un restaurante del centro, quince mesas, un cocinero de esos que salen en las listas, y él de segundo desde los veintiséis.

Cuatro años levantándose a las seis para ir a la lonja y acostándose a las dos.

Una casa compartida con un pastelero rumano que no hablaba y con el que se entendía perfectamente.

—El último año ya sonaba lo de la estrella. Sonaba de verdad, ¿eh?, no de fantasía. Vinieron dos veces a comer los que vienen. —Le dio vueltas al café—. Y en marzo me llamó mi madre y me dijo que le habían encontrado una cosa.

Lo contó sin bajar la voz y sin poner cara.

Contó que se vino un mes «a echar una mano», que el mes se hizo tres, que en el restaurante le guardaron el puesto hasta septiembre y luego hasta diciembre y luego ya no.

Que su madre duró tres años, que fueron tres años largos, y que dentro de esos tres años hubo cosas graciosísimas que no se le pueden contar a nadie porque no se entienden fuera.

—Le daba por la lotería —dijo—. Los dos últimos años.

Compraba en tres administraciones distintas por si acaso, y tenía una teoría sobre la de Vilarreal que era…

mira, era exactamente igual que la teoría de Paco con el aparcamiento.

La misma estructura. Yo creo que en este pueblo hay una única teoría y la gente le cambia el tema.

Me reí. Se rió él también, un segundo, y luego se le quedó la cara normal.

—Lo que peor llevaba era la comida —dijo—.

Y esa es la parte injusta del asunto, porque yo lo único que sé hacer es de comer.

Le hacía cosas. Le hacía cosas buenísimas, ¿eh?

, cosas que en Valencia habría sacado a doce mesas, y ella daba dos cucharadas y me decía que estaba muy rico y que si le podía hacer sopa de sobre.

—¿Y le hacías sopa de sobre?

—Al principio no. —Movió el vaso—. Al principio le explicaba.

Un año y medio explicándole a mi madre por qué la sopa de sobre no es sopa.

—Se quedó mirando la mesa—. Los últimos ocho meses le hacía sopa de sobre.

Y esa es la única cosa de la que me arrepiento de aquellos tres años: de haber tardado dos años y medio en abrir el sobre.

Y ahí sí bajó la voz, una sola frase, y luego la subió otra vez.

—Cuando murió, yo tenía treinta y uno y llevaba tres años sin cocinar en un sitio serio —dijo—.

Y aquí, mira, es que no hay nada. No hay dónde.

Puedes trabajar en el Costa Azul, que es un hotel de doscientas habitaciones y allí lo que se hace es alimentar.

Puedes irte otra vez. —Se encogió de hombros—.

Y estuve un año largo diciendo que en septiembre me iba. Cada septiembre.

—¿Y?

—Y en enero de aquel año tu abuela apareció en casa de mi madre, que ya no era la casa de mi madre, era la mía, con una bolsa de naranjas y me dijo que se le había ido la chica de la cocina y que si le echaba una mano en Semana Santa.

—Semana Santa.

—Semana Santa. —Levantó el café—. Nueve años.

◆

Y aquí es donde yo tenía que haber dicho algo normal.

Algo tipo «vaya», o «lo siento», o «no lo sabía», que además era verdad: yo no sabía nada de esto.

Yo sabía que la madre de Teo había muerto porque me lo dijo la mía por teléfono en su momento, en una de esas llamadas de resumen del pueblo, entre lo de una boda y lo del ambulatorio, y yo estaba en el metro.

Pero es que llevaba un rato notando una cosa incómoda, que era esta: él acababa de contarme, en voz baja y sin pedir nada, por qué se había quedado. Y en la mesa de al lado, invisible, estaba la pregunta de por qué me fui yo.

Así que hice algo que no había hecho en quince años, que fue dar algo primero.

—Yo llevaba tres años sin venir —dije.

—Ya.

—No, o sea. —Cogí el vaso, lo dejé—. Sé que se sabe. Lo que quiero decir es otra cosa. Es que yo, si me lo preguntas, te digo la frase. Y tengo la frase muy hecha. La frase es «es que nunca era buen momento».

Teo no dijo nada.

—Y la he dicho tantas veces que ya se me había olvidado que es mentira.

—Miré la barandilla, que era lo más lejos que podía mirar sin levantarme—.

Porque no es que no fuera buen momento. Es que había otras cosas.

Y las otras cosas eran, no sé, un ascenso, un cliente de Zaragoza, un fin de semana en el que estaba cansada.

Cosas de esas. Y todas juntas se llaman «nunca era buen momento», y suena a que la vida te lo impide, y no.

—Gabi.

—Espera, que si paro no lo digo. —Respiré—. La última vez que hablé con ella fue el dos de marzo. Dieciocho minutos. Le dije dos veces «cuando pueda». Y esa frase me da asco. La frase me da asco a mí, en mi boca, y no se me quita.

Silencio.

Un silencio de los normales, de los que duran lo que duran.

—Ella no lo contaba como tú lo cuentas —dijo él.

—Ya, bueno.

—No, en serio. Yo lo que oí durante quince años fue: «mi nieta trabaja en Madrid». Y lo decía como quien enseña un reloj.

—Eso es peor.

—Eso es lo que había.

◆

No sé cuánto rato estuvimos así.

Sé que en algún momento dejamos de hablar y no fue incómodo, y que la luz amarilla de la barra le daba a él por un lado, y que yo me di cuenta de que llevaba un rato sin mirar el móvil, y que me di cuenta también de que me estaba dando cuenta.

Sé que pasó una moto por el paseo y que él dijo «ese es el hijo del de la ferretería» sin volverse, y que yo pensé que hay que llevar mucho tiempo en un sitio para distinguir a la gente por el ruido.

Sé que a lo lejos, en la playa, había dos que se bañaban de noche y se reían mucho, y que estuvimos escuchándoles reírse un rato sin decir nada, y que aquello, no sé por qué, era mejor que hablar.

Él estaba con los antebrazos en la mesa, girando el vaso vacío por la base, muy despacio.

Y en un momento dado se paró.

Yo tenía la mano en la mesa. Él tenía la suya a un palmo, o menos de un palmo, y ninguno de los dos había movido nada, y a la vez la distancia era distinta que hacía un minuto, y eso pasa sin que se mueva nada, cosa que yo no sabía a los diecinueve años y que a los treinta y cuatro sé perfectamente.

Iba a decir algo. Tenía algo en la boca, incluso: una frase corta, de las que se dicen bajito y no se pueden retirar.

No la dije.

Levanté la cabeza.

Él ya la tenía levantada.

Y entonces, calle arriba, sonó una persiana metálica.

Fue larga, escandalosa y absolutamente inoportuna: la del obrador de Chelo, que a esa hora no se baja, se sube, porque Chelo empieza a las dos y a las dos y cuarto ya tiene la primera hornada.

Los dos giramos la cabeza hacia la calle como si fuéramos a ver algo.

No había nada que ver. Es una persiana.

—Chelo —dije.

—Chelo —dijo él.

Y se levantó a llevar los vasos.

◆

Lo que vino después fue una obra maestra de la retirada por ambas partes.

Él dijo que mañana venía Antonio a las nueve y media y no a las nueve.

Yo dije que había que revisar el tema de las reservas de los domingos.

Él dijo que sí, que el domingo del arroz había gente que llamaba con nueve días.

Yo dije que eso era un dato buenísimo para el informe, y él dijo «pues ya está», y yo dije «pues ya está», y ninguno de los dos había dicho absolutamente nada durante hora y media excepto las dos cosas que sí habíamos dicho.

Cogí el bolso. Fui hasta el borde de la terraza, donde acaba la madera y empieza la arena, que es un sitio en el que ya me han pasado cosas.

Y me di la vuelta.

—Buenas noches, Arbona.

En San Juan le había dicho lo mismo y él me había contestado con quince años y una despedida que no supe hacer.

Esta vez estaba de cara. Tenía el trapo en el hombro y una caja de vasos en la cadera, y tardó dos segundos, que a esas alturas de la noche eran una unidad de medida que ya me sabía.

—Buenas noches, Santos.

◆

En casa saqué la libreta.

La lista sigue en la primera página, con la letra de las actas:

CERRAR CALALUNA 1. Notaría (viernes 12) 2. Tasación — pedir 3 ofertas 3. Vender 4. Volver

El uno tiene su raya desde el doce. El dos lo tengo a medias, porque una de las tres ofertas se me ha presentado sola en una barra y me la he guardado en el bolso sin decírselo a nadie. El tres tiene fecha. El cuatro no admite discusión: el cuatro es lo que hace uno cuando termina.

No taché nada.

Debajo del cuatro, en pequeño, y con una letra que no era la de las actas, escribí:

5. ¿?