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8. Nuria no se ríe

Nuria no se ríe

La farmacia de Calaluna abre de nueve y media a dos y de cinco a nueve, y en verano tiene, según su titular, tres clientelas: la de siempre, la de los que se han quemado y la de los que se han creído que aquí hay urgencias.

Llegué a las dos y veinte y me senté en la silla de plástico del rincón, que es la silla en la que se sientan los que esperan a alguien, y estuve cuarenta minutos viendo trabajar a mi mejor amiga.

Entró una señora a por lo de la tensión y se quedó nueve minutos contando lo del hijo.

Entró un chico inglés con una quemadura solar de las de manual y Nuria le vendió una crema y le explicó tres veces, en un inglés funcional y sin adornos, que hoy no se bañara.

Entró Chelo a por ibuprofeno. Entró un hombre con una receta electrónica que no salía y Nuria le dijo que era el sistema, y él dijo que ya, y estuvieron los dos mirando la pantalla en silencio, resignados, como se mira llover.

Entró una pareja joven a preguntar dónde estaba el médico, y cuando Nuria les dijo que el consultorio abre martes y jueves de nueve a una y que lo demás es Vilarreal, la chica puso la cara que se pone cuando uno descubre que ha alquilado sus vacaciones dentro de un sitio donde vive gente.

Y entró, a la una y media larga, una mujer que no compró nada. Se apoyó en el mostrador, dijo tres frases sobre el calor y se fue. Nuria, sin mirarme, dijo:

—Esa viene todos los días. Desde que se le murió el marido. —Colocó una caja—. Aquí eso también es la farmacia.

A las tres menos diez bajó la persiana hasta la mitad, se quitó la bata y dijo:

—Vamos, que tengo hasta las cinco menos veinte.

◆

Recogimos a los niños en casa de su madre. El mayor se llama Biel, tiene siete años y una opinión formada sobre todo. El pequeño se llama Nil, tiene dos y medio y se llevó todo el camino diciendo «mira» sin señalar nada.

Nos sentamos en la terraza del bar de la plaza, la que da a la iglesia, y pedimos dos vermús y un plato de patatas para la infancia.

Y a partir de ahí la conversación fue así, y lo transcribo tal cual porque si lo ordeno miento:

—Bueno. —Nuria se echó hacia atrás—. A ver.

—A ver.

—No, a ver tú. —Le quitó a Nil una servilleta de la boca—. Que llevas dos semanas y media aquí y nos hemos visto trece minutos.

—Es que he estado…

—Biel, no. Biel. Que te vas a caer y luego lloras. —Volvió—. Perdona. Que has estado qué.

—Con el negocio. En serio. Estoy con los escandallos, los proveedores, la…

—Ya, ya. —Bebió—. Eso ya lo sé, en plan, aquí lo sabemos todo. Lo de la pizarra, lo de la comanda esa, lo de que le has sacado dinero al de las bebidas. Mi madre me lo cuenta todo mal y aun así me llega. —Miró a Nil, que había cogido una patata—. Esa no, que quema. Que quema. Bueno, pues nada.

Se hizo una pausa de esas que hacen las conversaciones con niños, en la que no se retoma nada.

—¿Y tú? —dije.

—Yo bien. Cansada, en plan cansada de fondo. —Se encogió de hombros—. Xavi tiene turnos raros este mes, la peque de mi hermana ha empezado a andar, y yo llevo desde marzo diciendo que voy a apuntarme a natación. Eso es todo. Mi vida cabe en un mensaje de voz.

Yo tenía en el bolso, en el bolsillo de dentro, una tarjeta con un logotipo azul que llevaba tres días conmigo y de la que no le había hablado a nadie. Ni a ella, ni a Teo, ni a mi madre.

Estuve a punto de sacarla. Iba a decirlo, incluso: me vino uno de un grupo hotelero en San Juan. Es información. Es información que, siendo estrictos, mi socio debería tener desde el miércoles por la mañana.

—¿Qué? —dijo Nuria.

—Nada. Que si el vermú de aquí es del bueno o del otro.

—Del otro. —Levantó el vaso—. Pero está fresco, que es lo que hay que pedirle a un vermú en junio.

◆

Hablamos un rato de tonterías buenas: de una compañera del instituto que se ha ido a vivir a Irlanda, de que el aparcamiento de la playa es una vergüenza y de que Paco tiene una teoría al respecto, teoría que Nuria conoce entera y de la que hizo un resumen de ocho segundos que fue lo más gracioso de la tarde.

Y luego dijo:

—Oye. ¿Tú por qué no vienes nunca?

Yo tenía la respuesta preparada desde hace años. La tengo tan preparada que ya no la pienso: sale sola, con su cadencia, con sus dos ejemplos de apoyo y su remate autocrítico para que parezca que uno está siendo sincero.

—Porque en mi trabajo agosto es cuando cierran los clientes, y julio es cuando se prepara agosto, y en septiembre—

—Gabi.

—Y porque los puentes los he pasado los últimos años en—

—Gabi. —Se limpió las manos en el pantalón—. Que no te estoy pidiendo cuentas, tía. Que te lo pregunto de verdad. Que llevo quince años viéndote hacer una cosa rarísima, que es defender Madrid.

—Yo no defiendo Madrid.

—Lo defiendes muchísimo. Cada vez que hablamos me explicas por qué está bien. Como el que enseña un piso que quiere alquilar.

Cogí el vermú. Le di un trago que no me hacía falta.

—Es que a mí Madrid me gusta.

—A ti Madrid no te gusta —dijo—. Te gusta habértelo ganado. Que no es lo mismo.

Y se levantó a por Nil, que se había ido hacia los escalones de la iglesia, y me dejó sola en la mesa con esa frase encima de las patatas.

◆

Cuando volvió, con el niño en brazos, decidí hacer una cosa que no había hecho nunca.

Se la conté.

Y se la conté como la cuento yo, que es como cuento todo, o sea: en formato anécdota, con su montaje, su ritmo y su remate.

—El nueve de abril tenía una presentación con un cliente grande.

Doce personas en la sala, cuatro por videollamada.

Yo llevaba tres semanas con eso y me lo sabía de memoria, hasta las transiciones.

—Estaba haciendo el gesto de las manos, el mío, el de las reuniones—.

Y en la diapositiva cuatro, que es una de contexto, una tontería de mercado, me quedé en blanco.

Pero no en blanco de «se me ha ido el dato».

En blanco de no saber qué hacía yo ahí de pie.

Y me empezó a faltar el aire, y me senté, y le dije al director de proyecto que continuara él, muy tranquila, muy…

operativamente. Con esa palabra en la cabeza.

Operativamente. Y él continuó, y salió bien la presentación, y yo estuve cuarenta minutos en un baño de la planta once mirándome las manos como si fueran de otra.

Hice la pausa. La pausa está calculada.

—Y a eso, en mi cabeza, lo llamo «el incidente del PowerPoint» —dije—. Porque queda mejor.

Y ahí es donde se ríe la gente.

Se ríe siempre. Se rieron dos compañeras a las que se lo conté por mensaje, se rió mi vecina, se rió incluso la médica de empresa, un poco, por educación.

Es un buen chiste. Está bien construido.

Tiene el sitio exacto donde el otro suelta el aire y dice «ay, qué fuerte», y luego se habla de otra cosa y todo el mundo se va a su casa tranquilo.

Nuria no se rió.

Se quedó mirándome con Nil en el regazo, quitándole una patata de la mano, y no dijo «ay, qué fuerte», ni dijo «bueno, eso le pasa a todo el mundo», ni dijo nada.

Y el silencio duró lo bastante como para que yo oyera mi propia frase otra vez, ya sin música, y me sonara a lo que era: una mujer de treinta y cuatro años sentada en el suelo de un baño de oficina el nueve de abril.

—Vale —dije—. No hace gracia.

—No.

—Es que contado así, sin más, queda—

—Queda como es.

Cogí el vaso. Estaba vacío. Lo dejé.

—Ya.

—Gabi, ¿tú se lo has contado a alguien sin el chiste?

Miré la plaza. Había un crío subiendo y bajando el escalón de la iglesia, y en la esquina, el mismo cartel de la fiesta de agosto que estaba el año pasado y el otro.

—No.

—Ya —dijo ella. Y no lo dijo con pena, que se lo agradecí muchísimo.

◆

Volvimos andando hacia arriba porque a Nil había que dormirlo.

Es una cuesta de las de aquí, corta y con mala idea, y Nuria la sube todos los días dos veces con un niño de dieciséis kilos.

Por el camino me contó, sin que viniera a cuento, que en marzo estuvo a punto de pedir el traslado a una farmacia de Elche, que es donde está la de su hermana, y que lo dejó estar porque Xavi tiene aquí el trabajo y porque Biel había empezado en el colegio de aquí.

—¿Y te habrías ido?

—Qué va. —Se cambió al niño de lado—. Pero es que hace falta pensarlo una vez al año. Si no lo piensas, un día te levantas con cuarenta y cinco y no sabes si estás aquí porque quieres o porque sí.

Lo dijo sin ninguna intención. Lo dijo como quien habla del colegio.

Y por el camino, sin ningún énfasis, empezó a contarme el último año de mi abuela.

Que en septiembre se cayó en la cocina de su casa y no lo dijo hasta tres días después.

Que en enero le cambiaron la medicación y estuvo un mes rara.

Que en marzo ya no bajaba andando al chiringuito y la subían y la bajaban.

Que hasta el final iba, se sentaba en la mesa de dentro, la de la barra, y miraba.

—¿En la mesa de dentro? —dije.

—En la de dentro. La de la barra. Decía que fuera le daba el aire.

En la mesa de dentro me siento yo desde el quince de junio. Con el portátil, con la hoja de rotación y con el cronómetro. Nadie me dijo que me sentara ahí; me senté porque no daba el sol y porque desde ahí se ve el pase.

No dije nada de eso. Es la clase de cosa que, dicha en voz alta, se convierte en otra cosa.

—El chico estuvo todos los días —dijo Nuria—. Todos. Y no es una manera de hablar: todos. Cerraba a las cinco, subía, le llevaba la compra, se quedaba un rato y se iba. En invierno, cuando esto está cerrado, igual. Los últimos dos meses le hacía la comida y se la subía en un táper.

Yo miraba la cuesta.

—Ya lo sé —dije.

—No sé si lo sabes.

—Sé que estuvo.

—Vale.

Anduvimos unos metros. Nil se había dormido y pesaba el doble.

Y entonces Nuria dijo, con el mismo tono con el que había dicho lo de la natación:

—Oye, y una cosa. Que te lo digo porque te quiero y porque llevo quince años aquí y tú no. —Se cambió al niño de lado—. Teo nunca lo cuenta. Nunca. Yo no le he oído decir en la vida «yo estuve». Pero fíjate qué casualidad que siempre está delante cuando lo cuentan otros.

No contesté.

Ella tampoco esperó respuesta, porque ya estábamos en su portal y porque a los niños hay que meterlos dentro.

—El domingo comemos en casa de mi madre y vienes —dijo, buscando las llaves con una mano—. Y llama a la tuya, que me la encontré en el súper de Vilarreal y me preguntó por ti como quien pregunta por una prima segunda.

—La llamé el martes.

—Llámala otra vez, Gabi. —Abrió la puerta con la cadera—. Que os pasáis las dos la vida llamando a la otra el martes.

◆

Bajé por la calle del mar cuando ya eran casi las ocho y el sol estaba en esa posición en la que todo el mundo, absolutamente todo el mundo, sale a la calle.

Familias con la nevera vacía volviendo de la playa, el chico del quiosco de los helados montando la cola, dos señoras andando rápido con zapatillas.

Y pasé por delante de El Varadero.

Estaba cerrado, con las sillas de fuera puestas del revés sobre las mesas y la puerta de la barra echada. Los viernes hay cena a partir de las ocho y media, así que dentro había luz en la cocina y se oía el extractor, y en la pizarra de tiza alguien había escrito ya el pescado de esta noche.

Me quedé en la arena, a unos veinte metros, con las sandalias en la mano.

Pensé en entrar y decirle lo de la tarjeta. Pensé también en entrar y no decirle nada, que era peor.

Estuve así hasta que se me enfrió la planta de los pies. No entré. Luego subí a casa por el paseo, contando persianas.