7. San Juan
San Juan
En mi hoja de previsión, el veintitrés de junio ponía «pico moderado».
Lo había calculado con los datos del año pasado, que eran los datos de un año en que Luna ya no estaba bien, y por eso me salió lo que me salió: ciento veinte cubiertos, refuerzo de una persona, tres barriles.
A las seis de la tarde, Teo pasó por delante de mi hoja, la leyó del revés —cosa que hace— y dijo:
—Ciento veinte.
—Ciento veinte.
—Vale. —Se secó las manos—. He pedido siete barriles y viene Nando, que es el hermano de Óscar, y su prima. Y he hecho cuarenta kilos de ensaladilla.
—¿Cuarenta?
—Cuarenta.
—Eso no lo justifica ningún histórico.
—Es que San Juan no es un histórico, Santos. Es San Juan.
◆
Vinieron cuatrocientos y pico.
No los conté. No se pueden contar. Es una cifra que reconstruí después, a las cuatro de la mañana, con las comandas de Óscar, el barril y medio que quedaba y la cuenta de las cocas de Chelo, que trajo cuarenta y se llevó las bandejas vacías a las diez.
A las siete empezó a bajar gente hacia la playa con neveras.
A las ocho, la Asociación de Vecinos montó la hoguera grande a doscientos metros de la terraza, la de siempre, y otras cuatro pequeñas fueron apareciendo hacia el norte como si alguien las hubiera repartido.
A las nueve ya no había una silla libre en Calaluna.
A las nueve y media dejamos de dar mesas y pasamos a dar lo que hubiera, de pie, en vasos de plástico, con la barra como frontera.
Y entonces pasó una cosa que yo no había previsto en ninguna hoja.
Que funcionó.
◆
Empecé llevando cafés, como el domingo, con el paso equivocado de quien intenta ayudar y estorba. A las diez menos cuarto, Óscar me quitó una bandeja de las manos y me dijo, muy educadamente y sin dejar de andar:
—Jefa, no. Tú a la barra, que sabes cobrar.
Y me fui a la barra, y ahí me quedé cuatro horas.
La barra de El Varadero mide tres metros y medio y tiene un hueco de paso de sesenta y cinco centímetros entre el extremo y el marco de la cocina. Eso lo sé porque me lo aprendí aquella noche con el cuerpo.
El sistema, que nadie explicó y que a los veinte minutos era evidente, funcionaba así: Óscar y Nando entraban con las comandas de fuera y salían con las bandejas; la prima de Óscar reponía y limpiaba; Teo estaba en el pase y en la plancha a la vez, y salía a la barra cada cinco o seis minutos para las cosas que no podía hacer nadie más; y yo cobraba, servía cañas y llevaba la cuenta de lo que faltaba antes de que faltara.
Los sesenta y cinco centímetros los cruzábamos los dos.
La primera vez nos chocamos. La segunda casi.
A la quinta, sin decir nada, se estableció una regla: el que va cargado pasa, el que va vacío se pega a la nevera.
A la décima, ya no hacía falta ni mirar.
Yo notaba que venía por el cambio de luz en la puerta de la cocina y me pegaba a la nevera, y él pasaba rozándome el hombro con el hombro, y decía «dos de sardina» o no decía nada, y seguía.
Hubo un momento, hacia las once, en que fue al revés: iba yo cargada con dos cubiteras y fue él quien se pegó a la nevera, y al pasar quedamos así, hombro contra hombro, de frente y de espaldas al mismo tiempo, y ninguno de los dos se movió.
Yo diría que fueron tres segundos.
Se pueden hacer muchas cosas en tres segundos. Se puede, por ejemplo, decir «perdona». Se puede pasar. Se puede mirar al frente, que era lo que teníamos los dos a un palmo.
Nos quedamos.
Y luego se acabó, porque en la barra alguien pidió tres claras y un vermú y Óscar gritó «¡marchando!» desde la otra punta con esa voz que tiene, y yo dije «voy», y él dijo «voy», y fuimos.
Eso fue todo. Consigno el dato porque después de aquello estuve tres semanas fingiendo que no había pasado nada, y para fingir bien conviene tener claro qué es lo que no ha pasado.
A las once menos diez apareció Nuria al otro lado de la barra con un niño colgado de la cadera y el mayor agarrado al bolso, y me pidió dos batidos y una caña que no se iba a beber.
—Trece minutos —dijo—. Los tengo aquí trece minutos y luego los subo, que mañana el pequeño tiene revisión.
—No me da tiempo ni a saludarte.
—Es que no vengo a saludarte. Vengo a que me veas con los niños para que te dé pena y no me falles el viernes. —Cogió los batidos—. Farmacia, a las dos y media. Y no me vengas con que tienes que cerrar una hoja.
—Tengo que cerrar una hoja.
—Ya. —Se colocó al niño en la otra cadera—. El viernes, Gabi.
Y se fue por el paseo esquivando gente, y desde la barra la vi pararse dos veces a hablar con dos personas distintas, que es lo que tarda uno en cruzar Calaluna en la noche de San Juan.
◆
A las once y veinte, un señor se apoyó en el extremo de la barra y esperó su turno como si le sobrara la noche.
Cuando llegué a él, pidió una caña y un vaso de agua, y dijo:
—Un servicio brutal, con perdón. Llevo un rato mirándolo.
Cincuenta y pocos aparentes, cuarenta y muchos reales. Camisa buena, arrugada bien, esa clase de gente que sabe que aquí no se viene de lino planchado. Y una manera de estar apoyado en una barra atestada sin ocupar espacio que a mí me sonó a algo, porque yo esa manera la he visto en congresos.
—Gracias.
—¿La caña te la cobro o me la cobras tú? —dijo—. Perdona: es un chiste malísimo. Trabajo en un grupo hotelero y llevo desde las nueve intentando no hacerlo.
Le puse la caña.
—Marc Soldevila. —Y me dio la mano por encima de la barra, cosa que no había hecho nadie en toda la noche—. Mar Ponent. Expansión.
Yo tenía las manos mojadas y un trapo colgado del cinturón. Se la di igual.
—Gabriela Santos.
—Lo sé. —Levantó las cejas medio milímetro, lo justo—. En un pueblo de tres mil habitantes en junio no hace falta ser muy listo. Lo siento mucho, por cierto. Lo de tu abuela.
—Gracias.
—Y ahora, si me dejas, hago lo de mi oficio y me quito.
—Bebió—. Sé lo que hay: cláusula hasta septiembre, dos socios, cuarenta-sesenta.
Nosotros llevamos cuatro años mirando esta punta de playa y a tu abuela le pregunté yo mismo dos veces, y las dos veces me contestó, muy amablemente, que ni de coña.
Me reí. Se me escapó y se oyó.
—Eso suena a ella.
—La segunda vez me invitó a un arroz. —Dejó la caña—.
Mira, no te voy a soltar el discurso esta noche.
Sería feísimo y además no funciona. Solo te digo tres cosas.
Una: nos interesa, y nos interesa el cien por cien, no el sesenta.
Dos: cuando quieras hablar, hablas tú, no yo.
Y tres, que es la importante: no tengas prisa.
Este sitio no necesita que nadie lo venda. El sitio habla solo.
Sacó una tarjeta del bolsillo trasero y la dejó boca arriba en la barra mojada, con dos dedos, sin empujarla hacia mí.
—Esto se va a poner perdido —dijo—. Es un poco el efecto que buscaba.
—Una pregunta antes de que te vayas —dije—. ¿Vosotros tenéis esto en un mapa? Uno con puntos naranjas y fichas en inglés.
Marc no fingió sorpresa, que le honra.
—Nosotros y otros cuatro. Esas listas las hacen empresas que se dedican a hacer listas y luego nos las venden. —Se encogió de hombros—. Yo, personalmente, prefiero venir y mirar. Sale más caro y funciona mejor.
—En la ficha ponía «activo con potencial».
—En la ficha ponía cuatro cosas verdaderas y ninguna importante. Así es como se escriben. —Cogió la caña—. Tú eso lo sabes mejor que yo, imagino.
Y se fue con su caña a beberla de pie, mirando el mar, entre cuatrocientas personas.
Yo me quedé con la tarjeta pegada a la barra, cogiéndola por una esquina, y con dos sensaciones simultáneas y contradictorias que voy a escribir aquí sin adornarlas.
La primera: alivio profesional. Por fin alguien hablaba mi idioma. Por fin alguien decía «cláusula» y «cien por cien» y no me contestaba con una frase del margen de un cuaderno.
La segunda: unas ganas raras de que no hubiera venido.
Guardé la tarjeta en el bolsillo del delantal. En el bolsillo del delantal, que no es la carpeta.
◆
A las doce menos cuarto, la barra respiró tres minutos porque todo el mundo bajó a la playa a la hoguera grande.
Salí a la terraza con un trapo en la mano por si acaso. Teo salió detrás con una caja de vasos vacíos y la dejó en el suelo.
Desde la terraza de El Varadero, la playa de Calaluna la noche de San Juan es una cosa que no voy a describir bien: cinco fuegos a distintas distancias, gente saltando el pequeño, gente de espaldas mirando el grande, críos con bengalas, y el mar negro detrás haciendo su ruido de siempre, que esa noche no lo oye nadie.
Y a la izquierda, al norte, donde se acaba la arena y empiezan las rocas, no hay fuego ninguno.
Ahí está la cala de los Frailes, que se llega andando por arriba en un cuarto de hora, y que la noche de San Juan está siempre vacía porque hay que pasar por las piedras a oscuras y porque la gente prefiere estar donde está la gente.
Miré hacia allí.
Y él miró hacia allí.
Lo sé porque volvimos los dos la cabeza hacia el otro lado exactamente a la vez, con esa sincronía humillante de las cosas que se hacen sin querer, y nos quedamos los dos mirando la hoguera grande con un interés en la hoguera grande que no tenía ninguno de los dos.
El veintitrés de junio.
Yo no había pensado en la fecha, o eso me dije durante casi todo el día. La había visto en la hoja de previsión ocho o nueve veces, escrita por mí, y las ocho o nueve veces había sido un dato de facturación. Un pico moderado. Ciento veinte cubiertos.
Es asombroso lo que puede hacer una hoja de cálculo por una persona.
—Va a haber que recoger todo esto —dije.
—Va a haber que recoger todo esto —dijo él.
Y volvimos dentro.
◆
A las tres y media echamos al último, que era un chico de Vilarreal que quería una tortilla y al que Óscar convenció con una bolsa de patatas.
A las cuatro menos cuarto la terraza estaba barrida, las sillas apiladas y la caja hecha. Nando y la prima se habían ido. Óscar estaba enchufando el leasing con la cara de alguien a quien acaban de atropellar, muy contento.
Teo sacó tres vasos y una botella de esas que no están en la carta.
—Cuatrocientos treinta y uno —dije, mirando el papel—. Sin contar los que solo bebieron.
—Ciento veinte —dijo él.
—Pico moderado —dijo Óscar, que no sabía de qué iba y que había captado lo esencial.
Levantamos los vasos. Y ahí, por primera vez desde que llegué, la pulla vino sin nada dentro:
—Oye, para ser una que viene a vender, cobras muy bien.
—Para ser uno que no mide nada, has clavado los barriles.
—Es que yo mido —dijo—. Lo que pasa es que no lo escribo.
Y brindamos.
Óscar se fue a los cinco minutos. Se le oyó el patinete subiendo la cuesta y luego ya no se le oyó.
◆
Yo recogí mi carpeta, el móvil y el jersey que no me había puesto, y él se puso a meter los vasos sucios en las cajas, y yo dije «me voy», y él dijo «venga», y llegué hasta el borde de la terraza, donde acaba la madera y empieza la arena.
Y desde allí, por educación, o por lo que fuera, hice lo que se hace.
—Buenas noches, Arbona.
Él estaba de espaldas, con una caja en las manos.
—Quince años —dijo— y sigues sin saber despedirte.
Lo dijo ligero. Con el mismo tono con el que había dicho lo de los barriles.
Yo diría que no sonó ligero. Pero eran las cuatro de la mañana, y había bebido media copa, y llevaba dieciocho horas de pie, y desde ahí se veía el humo de la hoguera grande apagándose, y a lo mejor no era el tono.
A lo mejor era la hora.