6. El Comité delibera
El Comité delibera
El domingo por la mañana, en mi pizarra, debajo de los seis indicadores, con la misma letra ligada y perfectamente inclinada, ponía:
Me quedé de pie delante un rato largo, con las llaves todavía en la mano.
Lo de las tres veces era falso. Fueron dos.
Y el hecho de que yo lo supiera con esa precisión, y de que estuviera haciendo el recuento a las nueve y veinte de un domingo delante de una pizarra de rotulador, era exactamente el tipo de dato que a mí, profesionalmente, me habría hecho poner una raya de riesgo en el margen.
—No lo borres —dijo Teo desde dentro—. Se lo pasan mejor si no lo borras.
—Es un panel de seguimiento.
—Está haciendo seguimiento.
◆
Los domingos hay arroz y aquí no cabe un alma. Eso lo entendí a las once, cuando ya había tres mesas reservadas por gente que había llamado el martes, y a las once y media, cuando entró Chelo con dos bandejas y las dejó en la barra sin decir nada y se fue.
El arroz de los domingos no está en la pizarra de la carta. No hace falta. Se sabe.
A la una y media, el aparcamiento de arriba estaba lleno y había cuatro coches con matrícula de Madrid y uno francés, y por la arena venía gente andando desde el otro extremo del paseo, que es un dato que en mi hoja no cabe y que sin embargo es el dato.
Óscar hizo cuarenta y un servicios él solo entre la una y las tres y media.
Yo cronometré los primeros nueve y luego dejé de cronometrar porque hacía falta alguien llevando cafés.
Sí: llevé cafés. Con la libreta de KPIs en el bolsillo del pantalón, que es donde acaban los sistemas.
Y a las doce menos cuarto llegó el Comité, que a esa hora ya lleva tres horas despierto y viene de otra cosa.
Vinieron los cuatro juntos, que no es lo normal, y con el cuaderno cuadriculado por delante, que tampoco.
Se sentaron en la mesa de la barandilla.
Y el del polo azul marino —Paco, Paco el Vespa, exmecánico, cuarenta y un años arreglando motos y once explicando a todo el mundo por qué ya no las arregla— se levantó, se acercó a mi pizarra, la miró de arriba abajo con las manos en los bolsillos y dijo:
—Esto está desaprovechado.
—Es un panel de seguimiento —dije yo, que ya llevaba dos.
—Ya, ya. —Le dio dos golpecitos con el nudillo—. Pero mira: tú tienes seis rayas ahí puestas y te sobra medio metro por abajo. Y nosotros llevamos la porra en un cuaderno que se moja.
—¿La porra de qué?
Los cuatro se miraron entre ellos, como se mira alguien que ha preguntado quién es el rey.
—De todo —dijo Matilde.
Y así fue como perdí la mitad inferior de mi panel de indicadores.
Negociamos, eso sí. Yo puse dos condiciones: que la porra no tapara mis seis líneas y que se escribiera con el rotulador azul, no con el negro, para poder distinguir mi información de la suya.
Paco puso una: que si se acababa el rotulador azul, lo comprara yo.
Firmamos el acuerdo estrechándonos la mano, y aquella fue, con diferencia, la negociación más rápida y más honrada de mi carrera.
◆
Aquí conviene que los presente, porque a partir de ese domingo estuvieron en todas partes, incluidas algunas en las que no estaban.
Paco el Vespa tiene setenta y ocho años, dos motos en el garaje que no arranca «porque para eso hay que tener tiempo», y una teoría sobre el aparcamiento de la playa que expone completa una vez por semana.
Lleva la contabilidad de la porra con una pulcritud que le pediría yo a un departamento financiero: columnas, fechas, raya doble, saldos arrastrados.
Cobra los martes, como Antonio el del hielo, lo cual empiezo a sospechar que en este pueblo no es una coincidencia sino un sistema.
Matilde fue maestra durante treinta y ocho años en la escuela de Calaluna y ocho en la de Vilarreal, jubilada desde hace once, y el único ser humano de la provincia que puede corregirte sin levantar la voz ni una nota.
Tomó café solo. Me estuvo escuchando explicar durante cuatro minutos el asunto de la rotación de mesas —yo entusiasmada, con el móvil, enseñándole el cronómetro— y cuando terminé dijo:
—O sea, que cuanto antes se van, mejor.
—No es eso exactamente.
—Es exactamente eso, hija, lo que pasa es que lo has dicho en bonito. —Bebió—. Yo también daba clase así los últimos años. Se llama informe.
Andreu hizo un ruido que en él es una carcajada.
Y yo, que llevo desde los veintitrés cobrando por decir las cosas en bonito, me quedé mirando a una señora de setenta y tantos con un café solo y sentí un respeto instantáneo, de esos que ya no se te quitan.
Rosario tiene setenta y uno y es viuda desde el veintidós de marzo. Tiene TikTok, y lo tiene bien: mil ochocientos y pico seguidores, vídeos de treinta segundos, casi todos de la playa a las siete de la mañana, y me enseñó cuatro con la naturalidad de quien enseña las fotos del pueblo.
También vive en la calle del Forn, tres portales más abajo que yo.
—A mí antes me daba pena esa escalera vacía en invierno —dijo—. Ahora hay siete pisos turísticos y la puerta hace pip. Pip, pip, pip. Y a las tres de la mañana bajan las maletas por los escalones, brrrrrr, porque las llevan a rastras, y yo pensaba que la vejez sería más tranquila y es más ruidosa.
Se rieron todos. Ella también.
Y yo me acordé de una libreta de espiral debajo de una barra, y de la última línea escrita por mi abuela el catorce de abril: Rosario, 1 caja, ya se lo cobraré cuando esté para eso.
Veintidós de marzo. Catorce de abril.
Tres semanas.
Aquello no era una caja de cerveza fiada. Era una manera de decir una cosa sin decirla, escrita en la contabilidad B de un chiringuito, y yo llevaba cuatro días auditándola sin entender nada.
Andreu tiene setenta y cuatro. Ya lo conocen: mira las tabletas hasta que desaparecen. Ese domingo alguien preguntó por su hijo, que se llama Sergi y que vive en Barcelona, y Andreu dijo:
—Bien. Trabaja en una empresa de vermú.
—¿Y qué hace?
—Lleva las redes.
Pausa.
—Lo de internet —dijo.
Pausa más larga.
—Que él pone las cosas. Y luego la gente…
Y se paró ahí, con la mano abierta en el aire haciendo un gesto que quería decir «y luego la gente» y que no acabó de decirlo, y todos asintieron mucho, muy deprisa, como se asiente cuando alguien está pasando un mal rato con una frase, y Paco dijo que en Barcelona se gana bien, y todos dijeron que sí, que en Barcelona se gana bien.
Andreu vendió su barca hace seis años.
◆
A las doce y media, Paco contó lo del contrabandista.
No sé quién lo pidió. Sospecho que nadie. Sospecho, más bien, que hay un momento del domingo en el que Paco cuenta lo del contrabandista igual que hay un momento del domingo en el que se saca el arroz.
—Esto fue el setenta y ocho —dijo—. O sea, yo tenía el taller ya en la calle de arriba.
Y estaba aquí, donde estás tú, un tío de Denia con un barco, que le decían el Cabra, y traían medias.
Medias de señora, de las de entonces. Y las metían en cajas de fruta.
—Bebió—. Y venía el de la Guardia Civil, que era un tal Segura, buena persona, que luego se casó con una de Pego.
Y las cajas estaban ahí. Ahí mismo, donde la barandilla. Y él las veía.
Silencio.
—Y no decía nada —dijo Paco.
Más silencio.
—Bueno, sí decía. Decía buenos días.
Y ahí se acabó.
Nadie preguntó nada. Nadie dijo «¿y qué pasó?», que es la pregunta que a mí me estaba saliendo por la boca y que se me murió a mitad de camino al ver la cara de Matilde, que era la cara de quien lleva cuarenta años calculando exactamente cuánto se alarga esa historia si alguien pregunta.
—Hombre, el Cabra —dijo Rosario, por decir algo.
—El Cabra —confirmó Andreu.
Y se pasó a otro tema.
◆
El otro tema fue mi abuela, porque el otro tema, ese verano, siempre acababa siendo mi abuela.
Y ahí fue donde me pasó lo que me pasó.
Paco dijo que Luna era una mujer que no se callaba una. Que le montó al ayuntamiento lo de las hamacas del noventa y seis, que fue al pleno con una carpeta, que hizo llorar a un concejal.
Matilde dijo que Luna era muy callada.
Yo levanté la cabeza.
—Callada no —dijo Paco—. Callada, Luna, no.
—Callada de lo suyo —dijo Matilde—. De lo de fuera hablaba todo lo que hiciera falta. De lo suyo, ni media palabra en cincuenta años. Que no es lo mismo.
—Eso sí —concedió Paco.
Rosario dijo que Luna era generosísima, que a ella le había perdonado cosas y que no pensaba dar detalles delante de la nieta.
Matilde dijo que Luna era agarrada como ella sola y que en cuarenta años no la había visto invitar a una ronda entera.
Y las dos tenían razón, y las dos hablaban de la misma mujer, y ninguna se molestó en resolverlo, porque en una mesa así las contradicciones no se resuelven: se apilan.
Rosario dijo que en invierno cerraba el chiringuito el uno de noviembre y se iba once días a algún sitio, ella sola, y que nunca dijo adónde.
Andreu dijo que a Almería. Rosario dijo que a Almería no.
Paco dijo que él la llevó dos veces a la estación de Vilarreal y que compró billete en la máquina, no en la ventanilla, «que ya me dirás para qué».
—Los últimos dos años ya no fue —dijo Matilde.
—No.
—Ya no fue —repitió Rosario, y removió el café que ya no tenía nada que remover.
Y yo estuve escuchando aquello con la espalda muy recta y el móvil en la mano, apagado, y por primera vez desde que llegué entendí una cosa muy simple y bastante fea: que había una Luna que yo no conocía.
No la de mi infancia. Esa me la sé entera. Me sé cómo escurría el atún dos veces y cómo se ponía la rebeca por encima de los hombros sin meter los brazos.
Hablo de la otra. La de después. La de los quince años en los que yo llamaba los domingos y ella contestaba «bien, hija, aquí todo igual», y mientras tanto se iba once días sola a un sitio que no decía, le fiaba una caja de cerveza a una viuda de tres semanas para tener una excusa de ir a verla, dejaba de irse los últimos dos años sin contárselo a nadie y en febrero se iba a una notaría de Vilarreal a cambiar tres líneas y media de su testamento.
De esa mujer, en aquella mesa, sabían todos más que yo.
◆
—Ay, es que tu abuela lo decía siempre —dijo Matilde entonces, y lo dijo alegre, sin ninguna intención, secándose la boca con la servilleta de papel—: a Calaluna no se viene. Se vuelve. Aunque sea la primera vez.
Se rieron los cuatro, con el gusto de las frases que se han repetido mucho.
Yo me reí también.
Me reí medio segundo tarde, que en una mesa de cuatro jubilados que llevan toda la mañana observándote no es medio segundo: es un informe completo.
Matilde no dijo nada. Cogió su café solo, que ya estaba frío, y se lo bebió mirando al mar.
◆
Me estaba levantando para volver a la barra cuando Rosario, que llevaba un rato con el móvil, dijo:
—Niña.
—Dime.
—Ven, que esto no sé si lo sabes.
Me acerqué. Tenía abierta una página en inglés con un mapa de la costa y unos puntos naranjas, y en uno de los puntos naranjas, cuando lo tocó con el dedo, se abrió una ficha con una foto de nuestra terraza tomada desde la arena, en una tarde de agosto de vete a saber cuándo.
—Me ha salido buscando lo de los pisos —dijo—. Pone «activos con potencial». Nosotros somos uno.
Le cogí el móvil. La ficha tenía cuatro líneas: metros de fachada al mar, aforo estimado, meses de temporada y una casilla que decía ownership: private / family . Debajo, un botón azul para pedir información.
Ninguna de las cuatro líneas era falsa. Ninguna de las cuatro decía nada. Aquello estaba escrito exactamente como escribo yo.
—¿Eso qué es? —preguntó Paco, estirando el cuello.
—Un listado de sitios interesantes —dije.
—Ah, bueno. —Volvió a su cuaderno—. Interesante ya éramos.
Le devolví el móvil a Rosario, me fui a la barra y desde la barra miré hacia dentro, hacia el pase, donde Teo estaba emplatando el último arroz de la una y media con la espalda muy recta y sin saber absolutamente nada de todo esto.
Y no se lo dije aquel día.